“Sentimientos, sensaciones, instantes…eso es el Claro de Luna, un lugar en el que todo, absolutamente todo, es posible.”

lunes, 31 de marzo de 2008

Sobre comedias románticas

Esto es lo que pasa cuando se me deja pensar demasiado de forma muy pesimista (¿o quizá debería decir realista?)…

El otro día vi una comedia romántica de esas que dos horas después ya no se acuerda una ni del título pero que el argumento siempre se reduce a lo mismo: chico conoce a chica, ambos se idiotizan, luego se mete alguien en medio para darle un poco de emoción a la película y finalmente acaban juntos. Y ya está, esa es la trama de toda comedia romántica. Lo curioso es que si nos fijamos bien, en ninguna de ella veremos que la historia narre algo más después de que los dos protagonistas acaben juntos, en alguna como mucho aparece la boda justo al final con un “y vivieron felices y comieron perdices” y listo, nada más. ¿Alguien se ha preguntado alguna vez cómo siguen todas esas historias? ¿Alguien se atreve a narrarlas? ¿No? Bueno, pues ya lo hago yo.

Partimos justo después de la boda, cuando toda película se acaba mostrándonos qué feliz está todo el mundo. Pues bien, unos seis meses después del acontecimiento, justo cuando ya empiezan a notar lo difícil que será terminar de pagar esa boda, ella se queda embarazada. Entonces él tiene que meter ni sé cuántas horas extras para poder afrontar todo lo que supondrá eso y tras nueve meses, llega el niño. En este momento todavía tiene la estúpida idea de que son o seguirán siendo felices. Pero son casi unos recién casados y el bebé no les ayuda precisamente a su relación de pareja, así que poco a poco se van distanciando y empiezan a aparecer las primeras brechas en esa relación. Pasan los años y ellos siguen hasta el cuello intentando poder pagar todo lo que el niño necesita. Cada vez se hacen más brechas y aumentan las discusiones en la familia porque hay demasiada tensión. En dos tres años les llega el siguiente bombazo: ella se ha quedado de nuevo embarazada. Tienen muchos problemas entre ellos y su economía no está precisamente para tirar cuetes, pero aún así deciden tenerlo, pensando que ese nuevo hijo les ayudará a unirse un poco. Ilusos. ¿Qué pasa después? Pues que unos pocos años más tarde se dan cuenta que todo eso no aguanta en pie ni un minuto más y deciden separarse, así que mandan a ambos niños al psicólogo para intentar que el trauma sea lo más pequeño posible, pero no lo consiguen, se quedan traumatizados para siempre y con unas carencias afectivas bastante importantes. Sigue habiendo más discusiones entre la pareja que se separó porque los dos quieren quedarse con la mayor cantidad de cosas posibles y después de conseguir repartirse todos los bienes que tenían, se acuerdan de que tienen hijos y empieza la disputa por ellos. Da igual quién gane, los hijos aún se traumatizan más, se empiezan a meter en mil problemas diferentes, pero los padres siguen intentando utilizarlos para molestar más al otro. Continua pasando el tiempo y por fin cuando los hijos están más cerca de los treinta que de los veinte, consiguen marcharse de casa y conocen a alguien que ellos denominan como “especial”, se vuelven a idiotizar y juran que no les pasará lo mismo que a sus padres. Pero ellos también son unos ilusos. Claro que volverá todo a ser igual, es una historia que no hace más que repetirse. Y si alguien no me cree, por favor que intente buscar a una pareja que lleven más de diez años casados, con hijos y que encima sean realmente felices. ¿Conocéis a alguien así? Yo no, porque no se acaban las películas como todo el mundo dice, sino con un “y vivieron amargados para siempre y se atragantaron con las perdices”.

jueves, 27 de marzo de 2008

Bajo un cielo estrellado

Hoy pretendía tomarme el día libre para poder comer mi tarta bien a gusto, pero luego se me ocurrió postear este texto como un pequeño regalito para vosotros. La imagen del final es de la película Ghost.


El pasillo estaba oscuro por lo que no pudo evitar alegrarse al llegar a la cocina y ver que estaba ligeramente iluminada gracias a la luz de las farolas que entraban por el cristal. Tampoco necesitaba la luz para guiarse en aquella casa en la que pasaba tantas y tantas horas; abrió la nevera para poder sacar un cartón de leche y calentar un vaso en el microondas. Al de un rato se dio cuenta que lo había dejado calentar demasiado, así que rodeó el recipiente con sus manos para que éstas se templasen mientras ella esperaba. Ojeó su alrededor de forma distraída hasta que sus ojos se toparon con la figura que estaba apoyada en la barandilla del balcón observando el cielo de aquella noche. Se acercó sigilosamente a la puerta del balcón y dio unos pequeños golpes, como quien llama a la puerta de una habitación pidiendo permiso para entrar.

-¿Se puede?
-Ey, hola, claro, pasa. Espero no haberte despertado al levantarme.
-No, es que no podía dormir.

Dejó el vaso de leche en la encimera y salió al balcón para ser gratamente recibida por la cálida brisa de verano de aquella noche. Se acercó a él despacio, a su espalda y le fue imposible evitar rodear su cuerpo con los brazos, de forma que sus mejillas quedaron perfectamente acopladas bajo los hombros de él.

-¿Estás bien?
-Sí, no te preocupes. Tenía ganas de abrazarte.- cerró los ojos por unos instantes, con el único propósito de poder sentir cómo respiraba.

Una sonrisa de cariño afloró en el rostro de él y a modo de respuesta, tomó sus manos con firmeza pero con una gran suavidad para poder dedicarse a acariciarlas. Era algo que siempre le había encantado hacer porque cada vez encontraba esas delicadas manos aún más sutiles y acogedoras. Segundos después se valió de sus propias manos para separar muy despacio los brazos que le rodeaban y conseguir que la dueña de aquellas palmas se deslizase hacia delante y, tras colocarla de espaldas frente a él, la envolvió entre sus brazos con seguridad, como si estuviese decidido a no dejar ni una sola posibilidad de que ella se cayese. La besó despacio en la mejilla, luego se retiró ligeramente para poder estar más cerca de su oído, lo que le invitaba a susurrarle cuanto dijese y así ser capaz de crear entre ellos una atmósfera de más ternura aún. Sin apenas soltarla, señaló hacia arriba:

-¿Mira, ves cuántas estrellas hay hoy en el cielo? Se dice que hay noches en las que la Luna desaparece del cielo para ir en busca de su amado Sol y que, mientras, las estrellas se ocupan de cuidarnos hasta que su pequeña amiga plateada regrese.
-¿Esa historia la inventaste tú?
-Son historias antiguas, algunas de cuando nació la Tierra.
-¿Y te sabes más? Me gustaría mucho poder escucharlas.
-Me sé varias más, pero creo que es mejor que cuando regrese, le pidas a la Luna que nos las cuente, ella las narra mucho mejor que yo.

Ambos se quedaron observando el cielo durante unos instantes y después ella giró suavemente sobre sí misma intentando seguir envuelta en él, pero pudiendo así verle la cara directamente. Desde que había aparecido en el balcón se notaba que estaba realmente alegre y eso era algo que no había pasado desapercibido para él.

-¿A qué se debe que estés tan sonriente hoy?- preguntó él con un tono divertido y amable.
-Será que consigues que sea feliz.- había una gran sonrisa llena de amor sobre sus labios al soltar esas palabras que, junto con lo que había dicho, consiguieron que él se sintiese aún más querido en aquel momento.

La estrechó todavía más entre sus brazos, vio que ella le miraba con esos ojos brillantes llenos de pureza e inocencia que parecía que a cada segundo se iluminaban un poco más, como si fuese su forma de decirle que le quería. Bajó sus labios hasta poder rozar los de ella, ni siquiera lo pensó, no tuvo que hacerlo, sólo quería dejarse llevar por todas aquellas sensaciones y sentimientos que surgían cada vez que estaban juntos. Y allí se quedaron, mientras todo el mundo dormía, bajo un marco de luces celestes, arropados por ese delicado manto de sentimientos que tanto les gustaba tejer.

martes, 25 de marzo de 2008

Llantos de Vela

Confieso que este texto es realmente raro...
Esta noche la Luna se vuelve de barro, sola, frágil y olvidada, llora sardinas de latón que se disuelven en la fuente ya seca que un día fue anfitriona de tan dulces ríos de vino tinto, pero que hoy no conserva ni una fugaz chispa etílica.

Desde la ventana, un búho encadenado me vigila y me reprocha, picotea mis palabras envueltas en un susurro como si fuesen margaritas que deshoja a su paso. Dice que no las despelleja deprisa por temor a que me rompa, después funde las bombillas para que la oscuridad me alumbre y al final me acaba matando tan despacio.

Pintaste las paredes de mentiras y para ocultarlas quisiste empapelarlas con periódico y mortajas, pero el Tiempo a llorado demasiado y ahora se manchan de tinta china, empapándolas de secretos olvidados como fragmentos de cuchillas que se clavan bajo las uñas. Los espejos de la habitación reflejan lo invisible para que el eco de los nocturnos escorpiones de plata haga su aparición entre ambos porque las paredes que un día pintaste de gris ahora el hielo las tiñe de negro.

Los gritos del silencio devoran la noche advirtiéndome que estas ásperas caricias sólo significan que estoy en una ilusión tatuada en el aire por el cálido humo de esa vela encendida que llora lágrimas de cera al darse cuenta que se consume por intentar avivar un fuego que nunca llegará a encender tu corazón.

domingo, 16 de marzo de 2008

Devorar

Llevaba horas leyendo aquel libro, aunque pronto se dio cuenta que había llegado al final de esa última página sin prestar atención a ni una sola de las palabras que estaba leyendo. Volvió al inicio de la página intentando obligarse a sí misma a concentrarse en lo que decía cada frase, pero cada dos por tres sus ojos se distraían y su atención se disipaba por la habitación. Lo notaba, estaba nerviosa y mucho además. Una de sus piernas comenzó a temblar levemente, como si toda su ansiedad se hubiera concentrado en un solo punto del cuerpo, aunque la agitación no tardó en extenderse a la otra pierna, a las manos hasta conquistar todo su cuerpo e intensificarse se manera alarmante. Necesitaba calmarse, tanto su cuerpo como su mente se lo pedían a gritos y sólo sabía una forma de tal ansiedad se esfumase.

Soltó el libro de repente sin molestarse si quiera en marcar la página en la que iba y saltó rápidamente de la cama para dirigirse de forma apresurada a la cocina. Una vez dentro fue directamente al armario donde guardaban todos aquellos alimentos que no necesitaban mantenerse en la nevera. Se sentó en el suelo, abrió las puertas y sin pensarlo comenzó a sacar toda la comida que encontraba allí dentro. No se molestó en llevarla a la mesa para poder comer cuanto sacaba, no, no quería esperar tanto, no podía esperar tanto, abrió un paquete de galletas y empezó a engullirlas de dos en dos, tragándoselas sin apenas masticar. Aquel primer mordisco hizo que todo su cuerpo se relajase de golpe para disfrutar del sabor que acababa de introducir en su cuerpo, pero la calma no duró mucho, sus manos comenzaron a convulsionar nuevamente, por lo que tuvo que coger más alimentos que llevarse a la boca. Galletas, patatas fritas, chocolate, algún que otro dulce que había para los postres…no podía dejar de ingerirlas a toda prisa. Apenas había empezado a comer una cosa, que ya estaba abriendo el paquete que separaba su calma de su boca.

Pasó cerca de veinte minutos devorando todo cuanto encontró en aquel armario, hasta que finalmente consiguió dejar de temblar. Miró a su alrededor, tanto el suelo como su camiseta estaban llenas de paquetes de plástico y migas que no se había ni molestado en retirar mientras comía. Se levantó despacio sacudiendo sus prendas y pronto se topó con su propio rostro reflejado en el cristal de la puerta del balcón. Aunque se veía algo borroso no pudo soportarlo y tuvo que echar a correr hacia el baño.

Cerró la puerta de madera tras de sí, mientras se apoyaba en ella y dejaba que su espalda se resbalase hacia el suelo por culpa del barniz. En ese momento se dio cuenta que tenía las manos manchadas por la comida, lo que provocó que las convulsiones y el descontrol volvieran a apoderarse de ella. Quería pararlo, dejar de sentirse así, hasta agarró su cabeza para que sus brazos quedasen aprisionados entre ésta y sus piernas para intentar que parasen los temblores, pero aquello era más fuerte que ella. En un último intento de pararlo se levantó, abrió el grifo y metió la cabeza en él como pudo y al parecer el agua fría y todas sus lágrimas decidieron otorgarle una tregua a su malestar.

Secó su cara con la toalla más cercana que encontró. Lentamente alzó su rostro hasta poder contemplarlo en el espejo; ahí seguía, el mismo reflejo que le había devuelto la mirada en el cristal de la puerta del balcón. Le pareció frío, horrible, incluso repugnante. Vio cómo su reflejo movía los labios y la gritaba con odio “¡Das asco!”. No podía más, no lo aguantó, giró sobre sí misma para así poder subir la tapa del retrete y esperó a que las nauseas que le producían su propia imagen le ahorrasen trabajo, pero no fue así. No esperó más, introdujo sus delgados dedos temblorosos por la boca hasta lo más hondo que le fue posible. Al principio no pasó nada, sólo conseguía que toda la saliva que no estaba tragando cayese al agua, pero pronto su garganta y su estómago reaccionaron, de manera que todo lo que había comido antes se dio de bruces con el mismo destino que había tenido su saliva. Aunque expulsó todo lo que había ingerido, no paró ahí, volvió a meter sus dedos, esta vez con más decisión, dispuesta a arrojar incluso sus tripas si hacía falta.

Tras un rato volvió a sentarse en el suelo, con la espalda apoyada en la bañera, estaba demasiado cansada como para moverse de allí. Miró su mano derecha y pudo comprobar que se habían abierto de nuevo las heridas que siempre se hacía al raspar sus dientes con el dorso de la mano, justo a la altura de los nudillos. Le dolía la garganta al tragar y estaba a todo sudar del esfuerzo que había hecho, pero le daba igual, ahora se sentía mucho mejor. Ya estaba tranquila, calmada, al menos hasta que la ansiedad volviera a apoderarse por completo de ella para hacer que perdiese el control.

sábado, 8 de marzo de 2008

Desconocidos

Cada día nos topamos en nuestro camino con cientos de desconocidos en los que nunca reparamos lo más mínimo. En el tren, en la calle, en la tienda donde vamos a comprar a diario, pero ¿y si alguien se diera cuenta al fin de que muchas veces vemos a los mismos desconocidos en diferentes lugares? Esta historia comienza justo ahí…

Jueves 7:30 de la mañana, algunos rezagados se aferraban a sus sueños como podían mientras que otros ya hacía un par de horas que habían amanecido y se dirigían al metro para así dar comienzo a su larga jornada. Como cada mañana sobre esa hora, el andén estaba completamente abarrotado de gente de todo tipo: varios con maletines, otros con mochilas y apuntes en las manos, unos pocos con bolsas de plástico y el pan recién horneado…Todos esperando al siempre puntual metro que ya se oía a lo lejos cómo iba llegando. Al de pocos segundos se abrieron las puertas permitiendo el paso de la muchedumbre que, poco a poco, iban llenando los asientos.

Comenzó a sonar un pitido intermitente indicando el inminente cierre de las puertas. Justo en ese momento aparecía un joven bajando a toda prisa las escaleras que desembocaban en el andén. Con un ágil movimiento consiguió entrar en el vagón y buscar algo a lo que aferrarse para no perder el equilibrio en el poco espacio que le dejaban los demás.

Al igual que hacía en todos sus viajes, sacó de su mochila los auriculares que conectaban con el reproductor de música que aún seguía en el interior, e intentó que su mente se alejase un poco más de la realidad, al menos en lo que duraba el trayecto.

No tardó mucho en desconectar de las voces que le rodeaban, ni siquiera se inmutaba cada vez que, en una nueva parada, las puertas del vagón se abrían permitiendo el intercambio tanto de personas como de la fría corriente típica de la época. Pero en la siguiente parada algo llamó su atención. Junto con todos los desconocidos entró una chica que le resultaba familiar, aunque realmente no recordaba dónde la había visto. Ella se sentó en un asiento al lado de la puerta que acababa de quedar libre y él aprovechó para poder observarla en silencio sin que ella se percatara lo más mínimo.

No era mucho más joven que él, quizá un año, poco más. Iba lo suficientemente abrigada con un jersey marrón y una falda larga como para no pasar frío incluso con el día de invierno que hacía. Llevaba varias hojas perfectamente resguardadas en lo que seguro era su cuaderno de apuntes. Nada más sentarse sus ojos se perdieron a través del cristal, sin ningún interés en reparar en el resto del vagón.

De pronto le vino el recuerdo a la cabeza, ya sabía dónde la había visto. La recordaba con atuendos diferentes, pero con los mismos ojos grises tan llamativos. Se habían cruzado en el autobús más de una vez, incluso creía habérsela encontrado en la cafetería junto con alguna amiga el día anterior. Y ahora que realmente se fijaba en ella, le parecía que siempre coincidían en el metro, sólo que ella entraba tres paradas después que él.

Le entró la curiosidad de descubrir si ella también se había dado cuenta de esas coincidencias y se dispuso a averiguarlo. Así pues soltó la barra metálica a la que iba sujeto desde hacía unos minutos, dejó que los auriculares colgaran de su mochila y se aproximó a ella.

-Disculpe señorita, ¿me está usted siguiendo?- acompañó la extraña pregunta con una divertida sonrisa, intentando que ella no fuese a tomarle de buenas a primeras por un loco, pero al menos consiguió sacarla de su ensimismamiento y que posara sus bellos ojos en los de él. Al ver que no estaba muy segura de lo que debía responder, él prosiguió- Lo digo porque llevo días encontrándome contigo, primero en el autobús…luego en la cafetería…hoy en el metro…

-Entonces quizá yo también podría preguntarte lo mismo.- su voz sonó jocosa, nada cortante, dando a entender que sentía una gran curiosidad por saber cómo continuaría esa conversación.

-Yo soy Alex.- le tendió la mano.

-Clara- le resultaba divertido que alguien se presentara dándole la mano en vez de los dos besos típicos en las mejillas a modo de saludo. Junto con una discreta sonrisa cerró el apretón de manos y ambos llegaron a comprobar la calidez de la piel del otro.

-¿Y qué es lo que atrae a Clara hasta las profundidades de la Tierra a coger el metro?- se apoyó en el cristal de la puesta dispuesto a no dejar la conversación en un simple saludo.

-Pues obligación y gusto al mismo tiempo. Obligación porque hay días en los que ni me molestaría en levantarme con el día que hace, y gusto porque soy una apasionada de las ciencias y es justo lo que estudio. ¿Y al chico que utiliza la música para alejarse de todo?- él no pudo ocultar un gesto de asombro ante tal comentario, por lo que ella señaló los auriculares que seguían colgando de la mochila y explicó- Quizá no seas el único que se dedica a observar a los demás sin que se enteren.

Soltó esta última frase sin darle ningún tipo de importancia, como quien comenta el tiempo que hace, aunque sabía que tendría reacción en su oyente. Él se asombró aún más y sonrió con admiración, igual que un niño que acaba de entender que su abuelo le ha vuelto a ganar jugando al ajedrez. Sólo pudo musitar un “Vaya, impresionante” y aceptar esa primera derrota. Aunque lejos de avergonzarse porque ella le hubiese descubierto mirándola, se divirtió aún más y quiso seguir con esa especie de juego que había comenzado él, pero en el que claramente ahora jugaban los dos.

- A mí es que me gusta pasarme el día viajando en el metro para encontrar por casualidad a chicas de ojos grises que al parecer me persiguen a todas partes.- ambos intercambiaron una sonrisa de complicidad.- Así que ciencias, ¿eh? Entonces, ¿eres el tipo de persona que busca una explicación para absolutamente todo o eso es sólo un tópico?

-Más o menos.- esta vez fue ella quien se sorprendió de la pregunta.

-¿Crees en la magia?- él se apresuró a seguir preguntando al creer que había creado un cierta molestia en ella. Mientras, sacó una baraja de la mochila.

-¿No sólo te dedicas a viajar en metro sin ninguna razón, si no que también eres mago?- cada vez le resultaba más cómico e interesante aquel tipo con el que hablaba.

-Sólo en mis ratos libres.- comenzó a barajar las cartas de forma muy hábil- Piensa en una carta, da igual cual, la primera que te venga a la mente. ¿Ya?- tras unos instantes ella asintió- Veamos…no, esa carta no me gusta, mejor piensa en otra.- ella soltó una gran carcajada y volvió a asentir una vez elegida su nueva carta.- Bueno…vale…esa ya me gusta un poco más.

Terminó de barajar y con un gesto le indicó que pusiera el cuaderno que aún llevaba en las manos sobre sus piernas para poder utilizarlo como soporte. Acto seguido eligió tres cartas al azar y las colocó boca abajo sobre la mesa recién improvisada.

-Levanta las cartas una a una lo suficiente como para que puedas ver cual es, pero sigue dejándolas boca abajo.

Ella obedeció, lentamente fue mirando las cartas que él había dejado sobre su cuaderno…el siete de copas…el rey de espadas…la sota de oros, y al final, con aire triunfal dijo:

-Vaya…me parece que tendrás que practicar más. No es ninguna de ellas.

-¿Qué? No es posible.- agachó ligeramente la cabeza, decepcionado consigo mismo- ¿Cuál pensaste?

-El As de picas.

-Claro, ¿así como voy a acertar? Yo con una baraja española y tú pensando en una carta francesa…La próxima vez tendré que especificar de qué baraja hay que elegir la carta…- miró un instante por el cristal- Esta es mi parada.

En unos segundos todos los que iban a bajarse en aquella estación se levantaron, preparándose para salir en cuanto se abrieran las puertas.

-Quédate con las tres cartas, así la próxima vez que nos encontremos por casualidad me las podrás devolver.- las puertas del metro se abrieron- Creo que la del medio te interesará más que las otras.

El comentario le sonó muy extraño por lo que cogió rápidamente y miró la carta del medio que aún seguía boca abajo. Le invadieron de pronto sensaciones de emoción, admiración y asombro al ver ante ella ese As de picas en el que había pensado. Aunque tampoco pudo disimular su sorpresa al encontrarse bajo ese As un número de 9 cifras escrito con rotulador negro. Giró la carta para que él pudiese verla, como diciendo “¿Anda, y esto?”. Las puertas estaban a punto de cerrarse, él esbozó una sonrisa y finalmente dijo:

-Por si se dejan de dar estas casualidades.- y con un gesto de mano en forma de despedida salió del vagón para diluirse entre la gente.

Ella permaneció sentada aún con la boca abierta sin saber cómo pudo haber cambiado la carta sin que ella se diera cuenta. Miró sonriente el número de teléfono que seguía en su mano y deseó no tener que utilizarlo porque esas casualidades comenzaban a gustarle y mucho.

domingo, 2 de marzo de 2008

Por si volvieras

Qué mejor que una canción para poder expresar lo que no sé poner en palabras. Es un tema de Pastora Soler que últimamente escucho mucho en la radio, os dejo en enlace abajo, espero que os guste.
Cada noche hay una rosa en la cama, por si volvieras…
No he cambiado ni una cosa de lugar, por si volvieras.
Le he pedido a Dios, que no sufra de amargura,
Que esa aventura que él empezó, no se le haga tan dura,
Como mis besos que aún lo desean, y me arañan la boca por ser tan idiota de quererlo aún más.


Por si volvieras aún me queda en una esquina,
La esperanza que retrasa mi condena,
Por si volvieras aún me queda ese silencio,
Y esas manos que una vez fueron las mías.
Por si volvieras, por si quieres enredarte una vez más entre mi cuerpo,
Hay tantos besos y promesas, presumiendo de grandeza,
Que hoy mendigan sin rumbo por las calles desiertas.


Y te inventaré despierta cada día, por si volvieras,
Hoy no quemaré tus fotos en la hoguera, por si volvieras,
Que no me cansaría de esperarte, aunque muera cada día,
Que lenta agonía si no estás aquí qué me importa la vida,
Y qué me importa ahora enfrentarme a tener que perderte entre rejas y olvidos, por amarte aún más…


Por si volvieras aún me queda en una esquina,
La esperanza que retrasa mi condena,
Por si volvieras aún me queda ese silencio,
Y esas manos que una vez fueron las mías.
Por si volvieras, por si quieres enredarte una vez más entre mi cuerpo,
Hay tantos besos y promesas, presumiendo de grandeza,
Que hoy mendigan sin rumbo por calles desiertas…

Por si volvieras, por si quieres enredarte una vez más entre mi cuerpo,
Hay tantos besos y promesas, presumiendo de grandeza,
Que hoy mendigan sin rumbo por calles desiertas…

Por si volvieras…

miércoles, 27 de febrero de 2008

Vientos del Norte

Hacía poco que los rayos del Sol habían asomado por el horizonte inundando así de luz toda la playa. Gracias a esa calidez algún que otro pájaro madrugador ya se posaba sobre la orilla esperando a que las aguas humedeciesen la arena. No eran los únicos que estaban allí tan temprano. Una joven muchacha de ojos tristes entraba justo en ese momento a la playa con un vestido blanco muy fino, no demasiado adecuado para las fechas que eran y con los zapatos en la mano para poder mantener el equilibrio sobre los montículos de diminutas partículas.

Al poco de su llegada una ligera brisa la envolvió, acariciando así todo su cuerpo y rozando de forma jocosa su delicado rostro, y pudo escuchar una leve voz susurrándole al oído, “¿Bailas?” “¿Qué? No, no sé bailar” “No te creo. Vamos, es muy fácil, incluso divertido. Dame la mano y déjate llevar.” Pasó por debajo de su mano, acariciándola y consiguiendo que ésta se alzase ligeramente, como si realmente alguien la estuviese sujetando. Ella no hacía más que mirar a un lado y al otro para comprobar que nadie más los observaba, no estaba demasiado segura, pero al ver el entusiasmo de su extraño compañero de baile comenzó a mover los pies tímidamente. A penas removía la arena con sus pasos y seguía manteniendo los brazos muy pegados al cuerpo como si eso fuese a hacer que se la viera menos. El viento no pudo evitar soltar una carcajada al darse cuenta de la vergüenza que habitaba en su nueva amiga; la soltó de modo que ella pensara que se había dado por vencido en su intento de hacerla bailar, pero seguido cogió impulso y se deslizó con decisión rodeando su cintura para hacerla girar sobre sí misma. Esto hizo que ella perdiese el equilibrio, por lo que cayó sobre la fina arena, aunque no le produjo ningún tipo de daño, si no todo lo contrario, por alguna extraña razón comenzó a reírse sin poder parar hasta que tuvo que detenerse para coger aire.

Se levantó hábilmente aún con la inmensa sonrisa dibujada en la cara; su mirada buscó rápidamente al viento que seguía danzando por toda la playa. Éste lo entendió a la perfección, esta vez realmente quería bailar, así que no se hizo de rogar. Volvió hasta ella y empezaron a moverse de forma muy alegre. Ella giraba sobre sí misma sin parar, con los brazos extendidos y el rostro orientado hacia el cielo mientras que el viento volaba casi al ras del suelo consiguiendo crear pequeños remolinos de arena. De vez en cuando volvía a cogerla de la mano para que bailasen juntos y otras se movía cerca de ella consiguiendo que su fino vestido blanco cogiese algo de vuelo.

Después se le ocurrió, ¿por qué iban a ser felices sólo ellos dos? ¿por qué no hacer bailar a alguien más? Dejó que ella siguiese bailando y mientras corrió hasta la orilla del mar para hacer que todas las aves se moviesen. Lo consiguió de casi de inmediato; pronto hubo una gran bandada de pájaros revoloteando por toda la extensión de la playa cantando alegremente para animar la fiesta improvisada que se le había antojado al viento.

El mar quiso sumarse a la velada aportando su agua por lo que permitió que el aire llevase un gran número de gotas y las arrojase sobre la pequeña bailarina, de forma que pareciesen diminutos cristales brillando sin cesar e iluminando la figura de la chica, aunque no consiguieron iluminar más que su mirada. Ella se sentía cada vez más feliz, más de lo que se había sentido en muchísimo tiempo. Le parecía que en cualquier momento podría unirse a todas las aves del cielo y volar junto a ellas creando hermosas figuras sobre el fondo azul. Ya le daban igual sus miedos, sus vergüenzas y todo ese tipo de cosas que sólo conseguían que estuviese triste, era tiempo de reír hasta que se le saltaran las lágrimas y parar únicamente para poder respirar. Había llegado el momento de disfrutar de las cosas que hacía, de que no le importase lo que pensaran los demás ni lo que pudiesen decir sobre ella. En ese instante el mundo la había invitado a bailar y ella quería aceptar.

Gente que paseaba cerca de la playa se había parado al ver a esa alocada muchacha que bailaba y reía sola sobre la arena. Pronto ella se dio cuenta de la presencia de los nuevos espectadores, incluso de sus miradas atónitas y alteradas, a las que respondió con una sonrisa aún mayor, una carcajada que sólo podía denotar una infinita felicidad y un aumento de sus movimientos. El viento seguía tan alborotado que no se había percatado que los contemplaban, por eso decidió comunicárselo. “Viento, mira, nos observan.” “Qué más da. Mira a tu alrededor, las aves se divierten bailando a tu ritmo, el mar ha querido que brilles aún más y el Sol está dirigiendo todos sus rayos dorados hacía ti para enfocarte. Hoy la protagonista eres tú y lo que opinen los demás no importa.”

sábado, 23 de febrero de 2008

La dulce Nadie



“Lo bueno de decidir llorar en la ducha es que si alguien entra, nunca podrá saber si las gotas que resbalan por tu rostro son saladas o no.”

Un ruido de llaves, un chirriar de la puerta al abrirse y entró ella en el piso. Durante un instante pensó que alguien saldría a recibirla, pero pronto se dio cuenta de su vana ilusión. ¿Quién demonios esperaba que saliese a su encuentro? ¿El gato que nunca tuvo? ¿El novio que la abandonó hace meses? ¿Quién?

Comenzó a oír los gritos que daban los vecinos, era una familia con críos que siempre estaban discutiendo y como las paredes eran casi de papel, ella tenía que aguantar todas sus voces. Dejó caer las bolsas de la compra en la entrada y posó las llaves en el taquillón con bastante desgana, le daba igual que éstas también acabasen en el suelo. Ni siquiera hizo un amago de ir a guardar la compra en la nevera, estaba demasiado cansada, cansada de todo.

Echó a correr por todo el pasillo directamente rumbo al baño; una vez dentro cerró la puerta a toda prisa. Allí dentro se sentía a salvo del mundo, de ella misma, era su escondite en el que podía pensar tranquilamente sin que nadie la fuera a molestar. Sacó un par de toallas para después, abrió el grifo del agua para que se fuese templando y seguido comenzó a quitarse la ropa, dejando que el espejo pudiese observarla un poco más con cada prenda que soltaba. Se quedó mirando su cuerpo como si fuese la primera vez que lo veía, incluso pensó en explorarlo intensamente para así poder perderse en sí misma y tranquilizarse, pero en cuanto vio su figura emborronada por el vaho que se había ido acumulando en el espejo esa idea se evaporó de su mente. En ese instante se sentía igual que si fuese el reflejo desdibujado que le devolvía la mirada, una mancha prescindible más, una simple sombra, una dulce nadie.

El ruido del agua cayendo le recordó que llevaba varios minutos allí plantada frente al espejo sin moverse. Entró despacio en la ducha, intentando no caer y colocó el chorro de agua en lo más alto para que todas y cada una de las templadas gotas resbalase por sus mechones hasta caer a los hombros y proseguir así su descenso hasta el frío suelo.

Le encantaba meterse en la ducha hasta que podía ver los dedos de sus manos completamente arrugados mientras aspiraba el vapor que salía del grifo. Le ayudaba a pensar, quizá demasiado. En aquella ocasión no fue distinto, en cuanto el calor acarició sus fosas nasales su mente se sumergió en un océano de reflexiones, dudas, nostalgia y lamentos.

Inevitablemente, lo primero en que pensó fue él, ¡quién sino! Tantos años juntos, se habían escapado de golpe por el desagüe con una simple nota escrita con prisa que contenía poco más de una frase. Las pequeñas gotas de agua de la espalda comenzaron a quemarle la piel como si de ácido se trataran, o eso le pareció a ella. Cada vez que se dibujaba la imagen de él en su mente se sentía mal, sin ningún tipo de cobijo abandonada a su suerte, que últimamente siempre era mala. Comenzaron a caer lágrimas por su rostro, que rápidamente se entremezclaron con el agua de la ducha. Sólo quería respuestas que nadie podía darle. Sólo quería poder formular esa pregunta que siempre se atragantaba en sus cuerdas vocales y nunca conseguía decirla en voz alta. Únicamente necesitaba saber por qué. ¿Por qué a ella? ¿Por qué tras tantos años? ¿Por qué la dejó ahí tirada arrancándole lo poco que tenía? Quiso gritar, pero el agua, más sabia que ella, se lo impidió acariciando su rostro suavemente y al mismo tiempo inmovilizando su lengua. Lo que no consiguió fue detener el golpe que su mano asestó a los azulejos del baño, lo que produjo en ella un punzante dolor que intentó aliviar frotando con la otra mano.

Abrió el grifo aún más hasta que la cascada de agua consiguió el mayor volumen posible. Se sentía sucia por haber malgastado tanto tiempo con un tipo así y lo peor es que aún seguía sintiendo todo su veneno dentro de ella, aún escuchaba esa risa que ahora sabía lo falsa que era. Todavía notaba sus caricias que ahora le irritaban la piel al recordarlas. Quería sacar todo eso de ella. Cruzó sus brazos como si fuese a abrazarse a sí misma, pero en vez de eso clavó con fuerza las uñas en sus hombros y rasgó tan fuerte como pudo, casi intentando arrancarse la piel. De los hombros pasó a los brazos y luego a la espalda. En ningún momento consiguió hacerse más que unos simples arañazos, pero casi todo su cuerpo estaba tan enrojecido que ahora sí, verdaderamente el agua empezó a escocerle por toda la piel. Sintió como si las trasparentes gotas fueran cuchillos que le estaban abriendo aún cada una de las invisibles heridas que nunca llegaron a cicatrizar, pero al mismo tiempo esas pequeñas chispas de agua las ayudaban a suturar, arrastrando sus recuerdo hacia el desagüe, para que al menos hasta la próxima ducha no volviesen a aparecer.

Con la cabeza apoyada en la pared cerró el grifo y el agua dejó de besar su cuerpo de golpe. Comenzó a oír las voces lejanas de la familia vecina que se gritaban unos a otros. Sonrió. Todo volvía a ser como siempre, todo estaba en su sitio y ella no era la protagonista de nada, ni siquiera de su propia vida. Una vez más, igual que los últimos años, volvía a ser esa persona en la que nadie repararía al verla por la calle, volvía a ser esa pequeña y dulce Nadie.

martes, 19 de febrero de 2008

A quien abandone a mitad de camino

Recordé que hoy hace un año que volví a escribir, ese es justo el texto que aparece debajo y que creo necesario compartir hoy con los demás. A veces creo que debería hacerle caso a mis propias palabras, quién sabe, dudo que algún día lo consiga. Supongo que encontraréis el estilo bastante diferente a lo que estáis acostumbrados en este blog, no sé, al parecer he evolucionado quizá para bien o quizá no.


A la persona que abandone a mitad de camino la llamaré cobarde. A quien se crea sin fuerzas a un paso de la meta sólo recibirá una palabra de mi parte: ¡Levántate! Porque cuando no vemos la salida todos acabamos pensando que las fuerzas nos han abandonado, que nos han dejado solos, cuando en realidad, es nuestra mente la que abandona a esas fuerzas por creer que no hay escapatoria. Por eso mientras estés perdido dentro de ti mismo sin saber a dónde ir lo único que tendrás que hacer será cerrar los ojos para poder contemplar el mundo más claramente y así poder darte cuenta de que siempre que quede un aliento de vida en ti, la esperanza no huirá de tu corazón ni de tu alma. Y aunque no puedas ver todo eso, sentirás la energía fluyendo por tus venas y apoderándose de tus sentidos, hasta que llegue a un punto en el que no tengas dudas de querer seguir adelante por muchos obstáculos que encuentres en el camino.

Así pues, informo al mundo de que cogeré mi alma impregnada con el aroma de la esperanza y la partiré, elaborando con cada fragmento pequeñas semillas que sembraré en el corazón de cada persona para que en sus almas florezca el rayo de luz que creían haber perdido, luz que brotará como esperanza y que finalmente desembocará en felicidad. Porque no importa cuanto trates de esconderte de la vida, la vida, junto con su felicidad, siempre acabará encontrándote.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Confesiones de una Luna llena

Es muy tarde y hace ya unas horas que estoy cobijada por las sábanas intentando conciliar el sueño que, para no variar, se demora considerablemente. Apenas he oído ruido alguno en el tiempo que llevo así, sólo un par de autos pasando de largo, pero desde hace unos minutos escucho lo que parece ser un pequeño sollozo ahogado que alguien intenta disimular. Miro a mi alrededor para comprobar que no es posible que tal sonido provenga de dentro de la habitación y es entonces cuando veo a través del cristal de la ventana a una pobre Luna plateada haciendo todo lo posible por seguir alumbrando la solitaria calle sin que nadie se de cuenta de sus lamentos. Abro la ventana despacio para que el aire de fuera no entre de forma demasiado enérgica. Ella también se ha fijado en mí, en mi rostro, no de pena, si no de comprensión y acepta en silencio mi invitación de pasar dentro.

Me siento en la cama junto a ella y le ofrezco un pañuelo de tela fina con el que poder secar sus lágrimas. Tras unos instantes apoya su cabeza en mi hombro y yo intento abrigarla entre mis pequeños brazos; sabe que no le preguntaré nada, pero que puede contarme cuanto quiera. Al final consigue calmarse y se decide a hablar.

“Esto resulta demasiado angustioso, nunca pensé que me llegaría arrepentir tanto de tener que cuidar la noche” Me mira y comprueba que no consigo seguir del todo el hilo de su explicación por lo que decide comenzar su historia desde el principio. “Hace milenios que estoy enamorada del Sol, antes incluso de que este planeta existiera. Él también sentía lo mismo por mí y durante mucho tiempo pudimos disfrutar de aquel amor estando juntos, pero al crearse la Tierra nos obligaron a separarnos, puesto que él debía reinar con sus imponentes rayos durante el día y yo tenía que custodiar la noche. Y ahora estoy aquí, condenada a estar sin él, a permanecer en lo alto de la noche hasta que llegue el próximo eclipse para poder verle sólo un segundo. Resulta una espera demasiado tormentosa ya que existen demasiadas cosas sobre este planeta que me recuerdan todo lo que yo he perdido.

Cada noche desde lo alto del cielo puedo oír a través de las ventanas el leve susurro de canciones tristes y lentas, pero ya ni siquiera puedo terminar de escucharlas porque todas me recuerdan a él y acabo sintiéndome tan mal que me veo obligada a dejar de atender a lo que ocurre dentro de esa ventana y enfocar mi atención a otra. ¡Y vaya suerte la mía! Justo coincide que alguien está viendo una película romántica de esas con final feliz y no puedo dejar de imaginarme que los protagonistas somos nosotros viviendo una historia realmente preciosa.

Quizá la imagen de la siguiente ventana es la que más me molesta. Siempre me encuentro con alguna persona enfadada o discutiendo con otra porque esa otra no siente lo mismo. Y es cuando yo pienso ¿enojo? ¿por qué? Puedo comprender que se junten sentimientos de tristeza, desilusión y pena, pero nunca podré entender que alguien se enfade simplemente por no ser correspondido. Si tanto se quiere a esa persona habría que desearle toda la felicidad del mundo, incluso aunque en esa felicidad no entrase uno mismo. Enfadarse es muestra de un deseo de posesión, algo material fuera de los sentimientos más puros. Y eso, que espero ver cómo algún día alguien sobre la Tierra lo comprende, no es amar.

Y yo, sin embargo, aquí sigo pretendiendo expresar con palabras lo inexpresable, pero lo sigo intentado, aún sabiendo que ni todas las palabras que existen me alcanzan. Aunque diga un “te quiero” eso son sólo dos palabras que guardan dentro de sí una montaña enorme de sentimientos hacia él, pero que aún así son indescriptibles. Porque quererle significa echarle de menos a cada segundo que no está a mi lado. Significa desear cuidarle con todo el cariño del mundo incluso estando dormido para que a nadie pueda siquiera molestarle y escribir poemas sobre su espalda mientras duerme usando un pequeño rayo de plata como pluma, poemas que después recitarán todos lo enamorados durante las calurosas noches de verano.

Me entristezco cada vez que me pongo a pensar en todo lo bueno que merece porque sé que nunca recibirá todo eso de mí, yo sólo le daré todo lo que pueda, pero muy a mi pesar, jamás llegará a ser todo lo que merece.

Aunque precisamente el hecho de saber eso es lo que más me impulsa a querer tratarle aún mejor para que, al menos por un breve instante, pueda llegar a saborear aunque sólo sea una pequeña parte de lo que debería poder disfrutar. Y cuando los vientos me dicen que le vieron un poco triste, me dan ganas de cambiar el mundo entero para que esté mejor, para que sonría aunque sólo sea una vez, porque lo único que quiero es que él esté bien, todo lo demás no me importa, sólo él, aunque eso signifique tener que esperar durante muchísimos años para poder verle sólo un instante.

Pero me doy cuenta que cualquier espera merece la pena siempre y cuando al final de esa espera esté él. Porque en cada eclipse, justo en ese momento en el que nuestras siluetas se complementan a la perfección, él decide parar el tiempo y conseguir así que ese fugaz instante parezca que no terminará nunca. Es entonces cuando sobran todas las palabras y él me envuelve con toda su calidez consiguiendo por un momento que ambos seamos el otro y nosotros mismos al mismo tiempo. Una gran conexión en la quedamos atrapados dentro de miles y miles de sentimientos, sensaciones y emociones distintas pero increíblemente intensas y hermosas, todas aquellas que se han ido amontonado durante el tiempo que no hemos estado juntos.

Y ahora vuelvo a esperar ansiosa ese momento para recordar nuevamente ese conjunto de miradas, abrazos, caricias y ternura que nos permite saber lo que el otro piensa y siente en ese instante.

Pero esos mismos sentimientos son los que consiguen atemorizarme. Son los que hacen que tenga un pánico terrible a tener que despedirme algún día de él. Tengo miedo de que la próxima vez que llegue el eclipse sus ojos se vuelvan fríos, aparte la mirada porque no me quiera ni ver y que no desee parar el tiempo sólo por ese pequeño instante.

Y no hago más que repetirme que quizá esto sea una de esas historias imposibles, sólo que yo me empeño en no verlo. Y aunque a veces sí empiece a ver que no son posibles siempre me queda una pequeña esperanza de que en realidad no sea tan imposible como parece y lo paso mal porque soy incapaz de asimilar que siempre hay mil posibilidades que dicen que no volveremos a estar juntos.

Pero aún así, pese a que cada dos por tres piense de esa forma, no puedo evitar imaginar que de un momento a otro irrumpirá en mi oscuridad para reclamar mi compañía. O que la próxima vez que le vea me dirá que ya no hace falta que siga esperando noche tras noche porque ya nos permiten estar juntos. Es por eso que cuando llega la hora de retirarme siempre intento quedarme un poco más para conseguir verle, pero es entonces cuando aparece ante mí el Destino agarrándome de la muñeca y arrastrándome hacia mi cueva de oscuridad para que no pueda saber nada de él. Pero mientras él tira de mí yo sigo mirando al horizonte con la esperanza de ver aunque sólo sean los luminosos rayos que le envuelven para así poder aspirar su calidez y que ésta inunde mi cuerpo. Pero el Destino siempre es más rápido que el amanecer.

Y aunque sepa que debo dejar de cuidar la Tierra e ir a dormir no puedo evitar susurrar su nombre para que, en caso de que esté ahí, me abrace. Pero nunca está y sé que tampoco lo estará.

Al despertar dejo mis ojos cerrados durante un rato y pido, deseo, incluso rezo para que cuando los abra él vaya a estar ahí delante mirándome, sonriendo, dándome toda su calidez. Pero eso tampoco pasará nunca.

Y sigo esperando impaciente la llegada del día en el que pueda decir “te quiero” sin que mis oídos sean los únicos testigos de esa confesión

Daría cualquier cosa por convertirme, aunque fuese únicamente por un instante, en esos rayos de luz que le envuelven y le cuidan siempre. Hay momentos en los que siento tanta envidia de ese aire que no hace más que rozarle y acariciarle, me gustaría tanto poder hacer yo lo mismo.

Y hay noches en los que estoy tan decidida a estar con él que le sueño durante horas y horas para intentar que sea real, para que se materialice junto a mí y que verdaderamente esté aquí conmigo. Pero al parecer lo le sueño con suficiente intensidad como para que eso ocurra.

Otras noches grito ¡basta ya! Y me decido a dejar todo sin importar lo que vaya a pasar e ir a buscarle. Echo a correr lo más rápido posible, pero está a cuatro mil eternidades luz de distancia. Aunque esté al borde del desmayo y ya haga rato que se me nubló la vista, mi cuerpo sigue corriendo guiado por el calor que desprende que, pese a estar tan lejos, es capaz de llegar hasta mí, pero no me llegan las fuerzas, sé que de un momento a otro voy a caer, pero justo antes extiendo mis brazos por si a pesar de no ver, a pesar de caer puedo al menos rozar su piel, pero eso nunca pasa. A la noche siguiente despierto en mi cielo de siempre cubierta con el manto de oscuridad que tanto tengo que proteger, ese por el que tuve que renunciar a verle a diario.

Con esto quiero que comprendas por qué varias noches me ausento y después voy apareciendo poco a poco. Es como si fuese renaciendo despacio, un poco más cada noche hasta llegar a brillar lo máximo que pueda ahí en lo alto del cielo. Esa es mi forma de gritar su nombre, mi manera de decir que le necesito. Y espero a que alguna ráfaga de viento compasiva arrastre mi voz hasta él, pero nunca termino de saber si le llegó o no. Es por eso que las noches siguientes acabo entristeciéndome más y más hasta que vuelvo a decidir salir a buscarle en plena oscuridad.

Vaya, mira que tarde es, no es posible que me haya pasado casi la noche entera hablando y mientras tú aquí escuchándome sin un solo rastro de incomodidad o fastidio en tu cara. Ya es hora de que vuelva a cuidar de mi noche, pues las estrellas habrán comenzado a preocuparse. Sólo un favor, si es que puedo pedirte alguno, guárdame este secreto, que no llegue hasta el Sol la noticia de que lloré por no poder estar a su lado, no me gustaría ser un posible motivo de tristeza para él.”

Acaricia suavemente una de mis mejillas con su pálida mano y yo le devuelvo el gesto con una pequeña sonrisa. Después se levanta, abre la ventana y comienza a separarse lentamente del suelo, como flotando, hasta salir completamente y ascender hacía la noche. Yo también me acerco a la ventana para así poder posar mi mirada en ella y ver cómo se va alejando. Apoyada en el alféizar, permito que el frescor del aire roce mi rostro, mis ojos dejan de observar a la Luna para poder perderse en el horizonte. Es entonces cuando sonrío nuevamente al imaginar que, en uno de esos invisibles puntos de luz engullidos por el horizonte, pero que no consigo llegar a ver, justo ahí, también está mi Sol.

sábado, 9 de febrero de 2008

Suge hozka


Que los verdaderos poetas perdonen mi atrevimiento al considerar esto un poema. (La traducción la tenéis debajo, pero está hecha de forma literal, quiero decir que no tiene ni rima ni métrica, es sólo para que podáis entender la historia.)



Dena atzean utzita, korrika
Ta bere irrifarra bertan,
Zapatilekin batera
Han, botata atari ondoan.

Desagertzeko desioz
Musika ahalik eta altuen.
Arrastaka eta isilpean
Sugeak hasi dira heltzen


Beso ta hanketatik heldu
Oin jada ez du mugitzerik,
Gorroto horzkada sarkorrak,
Nork nahi du bera bizirik?


Heriotzaren hortz pozoitsuz
Haiek zorroztu labana
Eta azkenik lortu dute,
Betiko urratu diote arima


Tantaka-tantaka dario
Eskumuturretik irteten
Bere ilusio hil guztixak
Gorri bizian islatzen


Nork josiko dizkio orain
Trebeziaz bere urradurak?
Nork hartuko ditu jada
Bere malko gazi isuriak?


Ta bere irrifar isila
Zapatilekin, bertantxe
Atari ondoan botata
Oin ja besterik ez ta negarrez


*******

Mordedura de serpiente


Dejando todo atrás, corriendo
Y su sonrisa ahí,
Junto con las zapatillas
Ahí, tirada al lado de la entrada.


Con el deseo de desaparecer
La música lo más alta posible.
A rastras y en silencio
Las serpientes han comenzado a llegar.


Cogida de brazos y piernas
Ahora ya no tiene cómo moverse,
Penetrantes mordeduras de odio,
¿Quién la quiere a ella viva?


Con los dientes envenenados de la muerte
Ellos han afilado la navaja
Y al final lo han conseguido,
Le han rasgado para siempre el alma.


Gota a gota están
Saliendo de su muñeca
Todas sus ilusiones muertas
Reflejándose en el rojo intenso.


¿Quién le va a coser ahora
Con habilidad sus jirones?
¿Quién cogerá ya
Sus lágrimas saladas?


Y su risa silenciosa
Con las zapatillas, ahí
Tirada al lado de la entrada
Ahora ya nada más que llorar.


jueves, 7 de febrero de 2008

Recuerdos Tóxicos

Recuerdos que llevan bajo tierra semanas, meses, incluso años; recuerdos que han empezado a descomponerse y su hedor es capaz de entrar por cualquier resquicio que encuentre. El marco de la ventana, la rendija de debajo de la puerta, los agujeros de los enchufes…buscan todas las vías posibles para encontrarme y por fin lo han conseguido. Entremezclados con el aire se acercan a mí en plena noche, a mis fosas nasales, para que en cuanto me descuide los aspire a ellos también junto con el cálido aire de la madrugada.

En cuanto entran en mí mi cuerpo responde al ataque con una leve convulsión. Quiere que me despierte antes de que me hagan daño, pero no lo consigue. Parte de los recuerdos se han quedado fuera, formando grilletes alrededor de mis muñecas para que no pueda ni moverme, para que no pueda escapar. El veneno que acabo de inhalar inunda cada parte de mis pulmones y pasa a la sangre a una velocidad alarmante.

Han llegado hasta mi cabeza, se empiezan a apoderar de mis pensamientos y sensaciones hasta conseguir que un dulce sueño se torne en la peor pesadilla. Cada vez mi corazón bombea más y más deprisa mientras que mi cuerpo permite que la transpiración aumente; quiere expulsar a toda costa las toxinas.

Una última convulsión aún más enérgica que las anteriores logra despertarme, justo a tiempo para poder distinguir varias sombras saliendo a toda prisa por debajo de la puerta, otras perdiéndose por el enchufe, y unas pocas marchándose a través del resquicio del marco de la ventana. Me incorporo e intento tranquilizar mi respiración mientras siento cómo las palpitaciones van disminuyendo. Instintivamente me palpo la cara. Noto un sudor frío, que consigue que me estremezca, en la frente y gran parte del rostro, pero mis ojos y mejillas están completamente humedecidos de forma cálida, al parecer he estado llorando durante todo el forcejeo del que ahora sólo las sábanas son testigo.

Decidida a descubrir lo que ha sucedido, voy a buscar los recuerdos a cualquier descampado de mi imaginación. Allí están. La tierra está algo revuelta y fijándome más detenidamente veo a unos pequeños gusanos, los mismos que se alimentan de la degradación de mis recuerdos y los que sin querer han hecho que algunos de ellos se pudiesen escapar esta noche. Sin pensarlo dos veces, hecho más tierra encima, tapando así todos los agujeros para que sea imposible que volváis a salir. Os quedaréis ahí pudriéndoos, pudriéndote.

miércoles, 6 de febrero de 2008

De vuelta por mucho tiempo

Justo hoy he terminado los exámenes y ya estoy aquí de vuelta, ¡qué le vamos a hacer! Soy incapaz de dejar de escribir. Estas semanas pasaron algunas cosas tanto buenas como malas, así que no puedo clasificar en “buenos” o “malos” estos días, dejémoslo simplemente en “diferentes”. Pero lo que sí puedo decir es que ahora mismo me siento genial, quizá sea por haber terminado el cuatrimestre o quizá por todo en general, y que estoy en la parte alta de mi pequeña gran montaña rusa. Sé que volveré a bajar, pero también sé con total seguridad que aunque eso pase habrá un momento en el que regrese arriba del todo, a ese instante en el que basta con estirar ligeramente el brazo para poder tocar las esponjosas nubes. Eso sí, tanto si subo como si bajo seguiré escribiendo, al menos hasta que se me agote la imaginación o empiece otra vez con exámenes. No haré esta entrada demasiado larga porque prefiero simplemente que sigáis leyéndome. Sólo me queda decir que bienvenidos una vez más a mi pequeño Claro de Luna y que espero que encontréis estos relatos, mezcla de fantasía con unas gotas de realidad, de vuestro agrado.

P.D: Se me ocurrió poner una lista con los enlaces de los blogs que suelo visitar (en cuanto averigüe cómo se hace), pero antes quería contar con vuestro permiso. Así pues…si me lo concedéis os rogaría dejar un comentario diciendo que estáis de acuerdo. Gracias.

martes, 29 de enero de 2008

Bufón

Me siento como en una plaza en la que están todos los del pueblo esperando con la cosecha que se les ha podrido y yo, siendo las mofas de todos, en una especie de escenario de madera en medio de todos atada y sin poder moverme. Uno gritando “Jajajaja, mira qué tonta es….toma tomatazo”, otro “Jajajaja, mira qué ingenua….toma huevos podridos”, y “Jajaja”…”Jajaja”…”Jajaja” hasta que todo el escenario se llena de hortalizas y a mí me van llegando golpes por todos sitios. Y al final pierdo toda la noción del tiempo y de los golpes y solamente me llegan las risas como si fuesen dardos venenosos.

Y ahora resulta que tengo una ansiedad de caballo que aún no sé ni cómo frenar.

El otro día fui al balcón porque necesitaba pensar. Recordé que de pequeña siempre quería echar a correr por toda la extensión de hierba que comienza justo en frente de mi casa, pero nunca lo hice. Supongo que ahora el deseo es el mismo, sólo que con ganas de llegar hasta el mismísimo Serantes y seguir corriendo para perderme aún más. Me dio por pensar lo que ocurriría si venciese la valla, supongo que con suerte podría conseguir sujetarme a tiempo al borde y quedar colgando aunque no caer. También pensé en la larga lista de personas que estarían dispuestas a pisarme las manos y ver cómo caería. Luego decidí que tenía que calmarme de una vez, que necesitaba algo que me inundase casi completamente y que me ayudase a no pensar o al menos ha estar más tranquila.

Necesito calmarme, tranquilizarme, perderme en el mar como cuando hacía de pequeña “el muerto” que consistía en tumbarme sobre las olas y simplemente flotar, nada más. Necesito algo así. Algo que me arrastre a ni sé dónde, si tengo que acabar en una isla desierta, pues genial, si resulta que viene un tiburón y termita por arrancarme un brazo de cuajo, pues bueno, qué le vamos a hacer, pero necesito esa tranquilidad. Y quiero que llueva de una vez, que jarree con ganas, que se inunde todo el pueblo. Una tormenta de esas que se pasa días y días lloviendo (pero sin viento, que entonces ya no me gusta) y yo metida en la cama con las mantas y el edredón hasta el cuello para no pasar frío, mientras oigo cómo cae la lluvia fuera, mientras truena tan fuerte que siento como ese sonido son todos los gritos que yo no puedo dar, y mientras caen miles y miles de gotas cada una de ellas llevándose consigo un pensamiento de mi mente hasta que ésta se quede en blanco y yo me tranquilice. Y coger a la mañana siguiente y abrir las ventanas lo máximo posible para que entre todo ese olor a suelo mojado que tanto me gusta. Lo necesito, necesito que estalle esa tormenta o acabaré por estallar yo.

Se suponía que hasta que no acabasen los exámenes yo no iba a escribir más, pero joder, cuánto se echa de menos esto de poder contar lo que me de la gana.

P.D. Probablemente vayáis a encontrar todas las ideas que he contado muy desordenadas, es que lo he escrito según se me pasaba por la cabeza, necesitaba soltar todo esto.

miércoles, 2 de enero de 2008

Echo el cierre


Pues nada, al final voy a hacer lo que tenía que haber hecho hace más de una semana, puede que incluso un mes. Echo el cierre. Se acabó el ordenador, el escribir y todo eso al menos hasta la segunda semana de febrero, si después volveré a abrir o no, es algo que aún no tengo pensado.



Oficialmente lo dejo por los exámenes, pero todo el mundo sabe que las versiones oficiales no siempre son las verdaderas. Así que nada, como no aguanto más con todo esto y necesito dejar de pensar me voy a enfrascar en mis exámenes, tanto en los obligatorios como en los otros, que a veces me parece que están a años luz y otras a la vuelta de la esquina.



Quizá alguno hubiese esperado un texto de esos míos en forma de despedida, pero os dejo sólo con esto. De paso aprovecho para agradeceros haber estado aquí, que es algo que nunca he hecho. Gracias a todos los que me habéis seguido en esta travesía hasta la fecha de hoy como a los que habéis caído en ella accidentalmente y no habéis regresado, gracias tanto a los que habéis dejado vuestros comentarios como a los que han preferido simplemente leerme sin dejar constancia de ello.

Quisiera poder despedirme con un "hasta dentro de varias semanas", pero es algo que no tengo claro, así que prefiero no mentir.


Saludos a todos,


Clair de Lune

martes, 25 de diciembre de 2007

Componiendo la melodía perfecta

Escrito en compás de dulzura por exquisitez, siete emociones diferentes cabalgando por líneas invisibles de la piel. Se agrupan, se separan, danzan y cantan a ritmos vivos, consiguiendo que cada sensación y sentimiento conocido y por conocer quede plasmado en sus elegantes melodías.

Comienzan a crear océanos; océanos llenos de sonoridad que invitan a los sentidos a bucear en la profundidad de sus aguas, vibrando con cada movimiento del oleaje por leve que sea. Desde lo más hondo de la inmensidad del mar, un alma, miles de palpitaciones canalizando un pequeño soplo de aire hasta los labios. Los acaricia al ser expulsado con tanto sentimiento provocando susurros dulcemente melodiosos. Un soplo que se convierte en viento y se desliza de forma suave haciendo que las siete emociones se agiten aún con más pasión contagiando así de su alegría al fuego que ha comenzado a avivarse. Una combinación de muy diversos colores, cada cual más brillante que el anterior, deciden aportar su propio sonido a los que ya se estaban creando desde un principio. Las llamas juegan y se entretienen, invitando de vez en cuando al viento a unirse a ellas, consiguiendo que las sombras reflejadas en la pared brinquen llenas de júbilo.

Y de repente silencios, todo calla y empiezan a cantar tus ojos. Miradas llenas de melodías imperceptibles para los oídos, pero claramente advertidas por la piel. Vuelven las emociones, aún más sonoras que antes, cogen de la mano las miradas, fundiéndose en perfectas espirales de sonidos y silencios que sobrevuelan las cinco líneas invisibles casi sin rozarlas.

Se detienen momentáneamente en cadencias, luego siguen su camino. A veces desaparecen las miradas, pero pronto vuelves a abrir los ojos colgando inquietantes silencios entre tan intensos sonidos. Otras veces son las emociones las que parece que se van apagando lentamente; en seguida resurgen saltando desde dentro de las llamas, como si sólo estuviesen jugando al escondite. Pero tanto miradas como emociones siempre terminan juntándose de nuevo volviendo a cabalgar conjuntamente.

Así continúan todo su viaje, necesitan divertirse, aunque saben que llega el desenlace. Ven que no muy lejos terminan las líneas donde dejar sus sonidos, por eso deciden agruparse aún más. Olas, llamas, viento, emociones y miradas juntas una última vez, volando aún más al ras de la piel para que ésta les responda con su deliciosa voz. Cogen velocidad, saben que está ahí la pared que indica su final, pero no les importa. Chocan lo más fuerte posible contra esa pared provocando una explosión magnifica de sonidos y palpitaciones. Y al final todo queda en silencio, aunque las vibraciones siguen perdurando, muestra de una composición perfecta.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Despedida sobre la arena

Disculpad la tardanza, les había dado a mis musas unos días libres para que celebrasen las fiestas y al parecer con tanto champagne se les olvidó el camino de regreso a mi cabeza.



Hoy estoy aquí de nuevo en esta playa en la que siempre veníamos juntos. Hacía tanto que no pasaba por aquí que ya hasta se me había olvidado la belleza de este lugar, aunque por suerte la suavidad de la arena, el olor a sal que se cuela por las fosas nasales y el sonido de las olas que rompen en las rocas de allá a lo lejos me han recibido con los brazos abiertos una vez más, no se habían olvidado de mí. El leve viento que siempre guardaba el secreto de nuestras escapadas ha sido quien me ha saludado justo después. Se ha extrañado de verme aquí, aunque creo que se ha sorprendido más de que haya venido sin ti, aún así no ha preguntado nada, ya sabes cómo es, siempre igual de discreto.

Entonces miles de recuerdos han comenzado a salir del mar queriendo darme la bienvenida, venían tan alegres a saludarme…y sin embargo yo ahí de pie, sin poder ocultar mi tristeza…se han dado cuenta y han pasado de largo, aunque al llevar tal velocidad he caído al suelo cuando han rozado mi espalda. Mis manos se han hundido en la arena; al sacarlas he visto que habían dejado huella en ella, pero que poco a poco los pequeños hoyos que acababa de hacer desaparecían al ser rellenados por el resto del terreno. Es entonces cuando mis palmas han alisado los montículos que hay delante de mí y sin saber realmente por qué, mis dedos han comenzado a dibujar lo que parecían letras, hasta llegar a formar las líneas que ves ahora.

Creo que esto es una despedida, o al menos se le parece mucho. He venido aquí para echar al mar el resto de recuerdos, de imágenes, de sensaciones y que el viento se lleve mis sentimientos de la forma menos dolorosa que pueda. ¿Pero por qué escribir sobre arena? Porque me da miedo que esto permanezca aquí por siempre y arrepentirme de haber escrito estas frases. Mientras venía me he dado cuenta de que algunas de mis huellas se iban borrando lentamente, pero otras permanecían ahí, testigos del camino que he recorrido.

No sé lo que pasará con estas líneas. Puede que el mar se compadezca de mí y mande a sus olas para borrar este mensaje y así, si alguna vez vuelves a esta playa, no puedas ver que hoy me quiero despedir de ti, pero que me cuesta tanto hacerlo. Quizá en ese preciso instante en el que te encuentres aquí plantado con la mirada perdida eches de menos los momentos que vivimos y decidas llamarme, aunque sólo sea para preguntar “¿Cómo estás? Hacía mucho que no hablábamos, echaba de menos oír tu voz”. Aunque también es posible que estas aguas se den cuenta de mi malestar, de todas las lágrimas que terminan disolviendo aún más la sal que contienen y crean necesario que este mensaje perdure, por mucho que vaya a doler no verte más.

Pero sé que al final soy yo quien decide, por mucho que las olas y el viento opinen y quieran ayudarme, por mucho que crean saber qué es lo mejor para mí, al final soy yo quien deja este mensaje y quien puede volver a escribirlo aunque se haya borrado, da igual que las palabras vayan a ser diferentes, de mil formas se puede decir adiós. Claro que también es posible que en cuanto haya dado un par de pasos para alejarme de aquí vuelva corriendo y patee la arena haciendo que todo cuanto he escrito desaparezca en un instante. Todo puede ser, pero por de pronto tengo el suficiente valor como para exponer esto, un torbellino de ideas, un millón de sentimientos y sensaciones, pero una única palabra, un simple y sincero adiós.

domingo, 9 de diciembre de 2007

Aire

Hoy me he convertido en aire, por unos momentos, por un pequeño instante me he entrelazado con los brazos del viento. Estaba tumbada, a punto de quedarme dormida cuando me he separado de mi cuerpo y le he permitido que siguiese yaciendo allí lo que queda de noche. Yo he traspasado el cristal de la ventana, sin chocar, sin que fuese una barrera para seguir adelante. Nunca antes me había sentido tan ligera, tan volátil. Desde aquí se puede ver toda la calle, algún coche solitario sin rumbo fijo, varios adolescentes sentados en el portal de la esquina y muchas farolas alumbrando la nada.

Unas débiles ráfagas que pasan por aquí me cogen suavemente de las muñecas y me piden que las acompañe. Les digo que sí, por supuesto, estoy deseando ver la noche desde esta nueva perspectiva. Consiguen moverme con delicados tirones que me impulsan sin descanso hacia delante. Pasamos por las casas que estaban a los lejos, llenas de diminutos puntitos de luz por la gente que aún estará despierta, después vemos las inmensas campas verdes, ésas que a la mañana brillaban por culpa de las gotas de lluvia. Cuando pasamos por encima de la carretera ambas ráfagas me miran sonrientes con aire divertido, intercambian entre ellas un par de miradas misteriosas y acto seguido incrementan la velocidad de nuestro extraño viaje de una forma extraordinaria. A cada segundo que pasa aceleran un poco más hasta que el paisaje que tenía debajo se torna completamente borroso y las luces de los coches se convierten de repente en gusanos luminosos, algunos rojos y otros blancos.

No sé a dónde me llevan, las miro en busca de respuestas, pero sólo sonríen. No puedo concretar cuánto tiempo llevamos viajando, quizá horas, quizá segundos; el viento acariciando mi rostro incorpóreo, invitándome a seguir en esta travesía, a descubrir el final. Sin previo aviso nos paramos en seco unos metros por encima de una casa en la que una de sus ventanas desprende tenues rayos de luz. Mis compañeras de viaje me animan a acercarme mediante un dulce gesto y yo, haciéndolas caso, me aproximo a la ventana. Está entreabierta, con las cortinas retiradas hacia los lados. Hay alguien dentro de la habitación, quien al parecer no tiene demasiado sueño y sigue despierto a estas horas de la noche. Se da la vuelta, veo su rostro, sé quién es. Sentimientos de alegría, incertidumbre y sorpresa se mezclan en mí; miro atrás buscando a las culpables de que yo esté aquí, pero ya no están, se han marchado, quizá para no interrumpir, quizá para que no les pueda preguntar el camino de vuelta. Sigues ahí dentro sentado frente a una pantalla, con los ojos perdidos en mares de letras, ignorando que alguien te está viendo desde la ventana.

Me decido a entrar de forma suave y silenciosa para no importunar. Por un momento creo que me has visto o al menos has sentido mi entrada, te levantas a cerrar la ventana, quizá sólo sentiste un poco de frío. Te vuelves a sentar en la silla, se te ve cansado con los ojos algo enrojecidos y no tardas en apagar la pantalla. Te vas de la habitación, incluso apagas la luz, al parecer no tienes pensado regresar. Has dejado la puerta abierta y pese a que no sabes que estoy aquí, lo tomo como una invitación para seguir buscándote en la oscuridad del resto de la casa.

No he tardado mucho en encontrarte tumbado en la cama de un cuarto en el que la poca luz que hay proviene de las rendijas de una persiana casi completamente cerrada. Parece que estás dormido o demasiado cansado para tener los ojos abiertos, no lo sé muy bien. Se te ve tan tranquilo que intento no moverme por si cualquiera de mis movimientos pudiese hacer ruido y despertarte. Dan ganas de abrazarte, pero sé que seguramente el frío te despertaría, al fin y al cabo sólo soy aire. No puedo evitarlo, lo siento si te despierto, prometo que sólo será una caricia, simplemente rozar tus mejillas durante un segundo. Me acerco y extiendo lo que hasta hace bien poco había sido mi mano. Unos centímetros me alejan de ti, estiro la mano para lograr mi propósito, estoy a escasos milímetros de tu rostro. En este momento siento frío, ¿por qué? Han vuelto, están ahí tras de mí las mismas ráfagas de viento que me han traído hasta ti. Siguen igual de sonrientes y juguetonas que cuando me han dejado. Me miran. ¡Oh no! Sé lo que pretenden, esperad un poco más por favor, sólo unos milímetros. Se miran. Antes de que pueda acercarme un poco más a ti me agarran firmemente de ambos tobillos y tiran de mí hacia atrás.

Como si de una película a cámara lenta se tratase veo como me alejan de ti, con la mano aún extendida queriendo llegar a tus mejillas sólo por un instante aunque sea, pero no me dejan. A toda velocidad salimos del cuarto, regresamos a la habitación por la que he entrado antes y la atravesamos lo más rápido posible. Volvemos a acelerar una vez nos hemos alejado un poco de tu ventana. Creo que repetimos el mismo camino de antes, pero esta vez muchísimo más veloces, así que no lo puedo asegurar. Traspaso un cristal y súbitamente abro los ojos, estoy en mi habitación de nuevo.

Compruebo que estoy en mi cuerpo porque no estoy segura de que haya sido un sueño. Me levanto y me acerco a la ventana. Se puede ver toda la calle desde aquí, pero me fijo en las luces que hay a lo lejos y después en el reflejo de mi rostro en la ventana. Pienso que quizá alguno de esos puntitos luminosos de allá a lo lejos esté más cerca de ti de lo que estoy yo. Acerco mi mano al cristal como si de repente fuese a aparecer tu figura en él, no puedo evitar sonreír. No sé si ha sido un sueño, pero sé que de alguna forma he estado allí y casi consigo rozarte. Quizá en la próxima visita lo consiga de verdad…quizá en el próximo sueño…quizá.

sábado, 8 de diciembre de 2007

Historia de una gota de agua


Hola, soy sólo una simple y pequeña gota de las miles y miles que hay en el cielo. Dicen que nací de fragmentos de otras como yo, de esas otras que bajaron, pero no regresaron jamás. Aunque son muchas las leyendas que circulan sobre ese infierno, realmente nadie de aquí sabe mucho sobre lo que se puede encontrar allá. La mayoría de la información que tengo yo de ese sitio me la relataron mis padres, de ellos aprendí mucho, pero les llegó la hora de precipitarse como a otros tantos, dejando solos y desamparados a sus familiares. Nadie sabe realmente cuando les tocará la hora de caer, no hay unas pautas marcadas, no son ni siempre los más viejos ni los más jóvenes, simplemente un día te llega el momento y hasta entonces te pasas las horas temiendo que llegue ese día.

Muchos de los ancianos que aún quedan aquí nos cuentan historias casi a diario sobre lo que hay ahí abajo. Algunos dicen que es un paraíso lleno de zonas verdes y que debería ser un completo honor para todos nosotros regar toda esa vegetación y ayudar a que crezca con más brillo. A los que piensan así los llaman locos, no en voz alta por supuesto, pero los miran de mala manera, como esperando ver una sombra de su locura en su rostro.

En el resto de leyendas no surgen tan hermosas imágenes. Dicen que es un paraje frío y desértico, lleno de piedras grises y que en cuanto llegas a él caes en una espiral de desesperanza y desilusión, como si toda esa visión fuese capaz de robar la alegría de una forma tajante y despiadada. Los más optimistas creen que después de haber caído en las fauces de ese mundo algunas gotas logran las suficientes fuerzas como para volver aquí arriba, pero eso son sólo travesías que se cuentan de aquellos que fueron valientes, nunca nadie los ha visto volver de verdad.

Acaba de sonar la alarma. Una fuerte explosión en el cielo hace que empiece a cundir el pánico. Saben lo que se avecina, se ve en sus caras la preocupación y todos corren en busca de sus conocidos. La nube comienza a tornarse más compacta y gris. Alguien grita no muy lejos de aquí y todos se vuelven a ver qué ocurre. Una de las gotas se está hundiendo en la superficie, dentro de poco desaparecerá y caerá al vacío. Ahora sí se puede ver el terror en las caras de cada uno, todo es un caos, corren sin rumbo fijo, atropellándose unos a otros.

Más gotas comienzan a resbalarse por la nube, parecen elegidas al azar, lo mismo una de las que acaban de llegar que algunos de los ancianos que nos cuentan las leyendas. Caen y sus gritos se van perdiendo a medida que descienden. De repente el suelo comienza a tirar de mis pies, como si estuviese entre arenas movedizas. No, no puede ser, ¿por qué yo? Poco a poco la nube gris me engulle para después soltarme bruscamente y dejar que me precipite hacia un lugar del que no sé nada realmente cierto.

Las alarmas siguen sonando, pero estoy demasiado lejos ya y casi no puedo oírlas, pero lo que sí puedo escuchar bien claro son los gritos de mis compañeras, algunas están por debajo de mí, otras cayeron más tarde. A medida que descendemos se va acercando a nosotras ese mundo del que tanto habíamos especulado. Increíble, al parecer todos los ancianos tenían razón. Puedo ver zonas verdes, no muchas, pero sí algunas llenas de exuberante vegetación, aunque también hay muchas piedras grises que absorben la alegría de cualquiera. Creo que no dan a elegir dónde caerá cada una de nosotras, me gustaría poder opinar y ya que es inevitable que caiga, al menos me gustaría poder ser parte del rocío de todas esas plantas. Veo como algunas de mis compañeras van a parar justo ahí, pero al parecer yo no, acaba de tropezarse con muchas de nosotras un viento vigoroso que nos hace cambiar el rumbo. Muchas de las que habían caído antes que yo se estrellan contra ventanales enormes y fríos, es una imagen espantosa, yo no quiero terminar así. Sigo cayendo, no sé dónde acabaré. Finalmente mi cuerpo golpea sobre el duro asfalto, estoy aún aquí, puedo sentir y oír aunque tampoco creo que por mucho tiempo.

Empiezo a resbalar hasta juntarme con las aguas de un charco. Sus gotas vienen hasta mí, pero no son como las que yo conozco, son más oscuras y parece que menos amistosas. Para mi sorpresa me llevan hasta un lugar por debajo de ese asfalto y comienzan a cuidarme. Dicen que en unos meses me habré repuesto del todo y que siguiendo el camino de estas corrientes subterráneas llegaré hasta algo que ello han llamado “mar”. No sé lo que es, pero no parece un futuro tan malo. Creo que después de acabar allí habrá una posibilidad de regresar a mi hogar. Puede que algunas de las leyendas que contaban tuviesen su parte de verdad y que las historias de las gotas que regresan no sean sólo simples relatos.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Camino de Vuelta


Debe de ser aún pronto porque no hay mucha luz entrando por las rendijas de la persiana. Me doy la vuelta intentando encontrarte, pero sólo me tropiezo con un hueco vacío en la cama. Paso mi mano por ese gran hueco que ha dejado tu ausencia, pero sólo me sirve para confirmar lo que ya sabía. No estás, hace mucho tiempo que no vienes a arroparme, ni a darme un beso de buenas noches, ni siquiera a permitirme quedarme dormida entre tus brazos. Ahora hasta las sábanas más suaves arañan mi piel porque tú no estás, porque no pueden aprender de tu dulzura, porque te has ido.

Recuerdo las primeras noches así, en las que en plena madrugada, hallaba el hueco que habías dejado en mi cama, en mi vida, pero sobre todo en mi alma. Aquellas noches en las que rompía a llorar durante horas hasta quedarme dormida de puro cansancio y encontrar la almohada aún húmeda a la mañana siguiente. No ha cambiado mucho todo eso. Ya no me saltan las lágrimas tan a menudo, pero las grandes sensaciones de vacío y soledad se siguen apoderando de mí a altas horas de la noche, cuando todo el mundo duerme y yo solamente puedo pensar en que no estás a mi lado, ni hoy, ni ayer, ni hace tantos y tantos meses. Ya no puedo girarme en plena oscuridad y sentir que estás ahí, aunque sea dormido y descansar sobre tu pecho mientras te oigo respirar con la mayor tranquilidad del mundo.

Me he levantado con desgana. Vaya, el camisón está incluso más arrugado que las sábanas, todo por culpa de estar horas dando vueltas en la cama recordando, recordándote. Subo la persiana y unos nubarrones grises me saludan desde lo lejos; es más de día de lo que había pensado en un principio. Cruzo la habitación, pero muy a mi pesar me encuentro de frente con el espejo que hay en el rincón. Es de los grandes, de esos que muestran toda tu figura y te apuñalan con la más cruel realidad. Entiendo por qué te fuiste de mi lado, no tengo más que mirarme a través del espejo y devolverle la mirada a esa figura que hay dentro de él, esa sombra que dicen que soy yo, sin nada por lo que poder ser querida y llena de mil y un defectos, todos ellos desquiciantes. Te entiendo y no te culpo, me culpo a mí. Esa imagen me da tanta rabia…¿de verdad soy yo? No lo soporto, no me soporto.

Sin pensarlo siquiera cojo el teléfono que hay en la mesita y se lo lanzo con la mayor fuerza que puedo. La misma imagen me sigue devolviendo la mirada, sólo que esta vez en trozos quebrados, algunos aún en pie, otros muchos en el suelo. Me adelanto para arrancar todos los pedazos que quedan colgando del marco del espejo. La planta de mis pies pisa sin darse cuenta los fragmentos afilados del suelo, pronto empiezan a formarse charcos de sangre, pero no me aparto, sigo quitando hasta el último de los trozos para así evitar ver esa figura de ahí dentro.

Tras asegurarme de que no queda ninguno más en pie salgo lentamente de la habitación, posando los pies con cuidado sobre la alfombra, intentando que los fragmentos de espejo no se me incrusten más. Voy hasta el baño y justo antes de cerrar la puerta me fijo en que mis huellas han quedado impresas en el suelo, simulando un camino. “Un camino hacia mí” pienso. Un camino hecho de dolor, de sufrimiento, pero no por el espejo, sino por ti, por tu ausencia, por tu partida, por mi soledad. Quizá si algún día vuelvas y veas esas pisadas, son la senda que te trae de vuelta a mí.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Voces de Depresión

Era uno de los más antiguos de la casa o el que menos se habían molestado en repararlo al menos. Hacía varios años que no servía para nada que no fuese amontonar trastos viejos y polvo en cualquiera de sus rincones, sólo que aquel día ella estaba allí, sentada en el suelo, sujetando las rodillas contra el pecho, intentando refugiarse del resto del mundo, queriendo quedarse en la tranquilidad que le proporcionaba la soledad. Únicamente la pequeña bombilla que colgaba del techo era la encargada de proporcionar un poco de luz a aquella estancia, bombilla sin ningún tipo de tulipa, pues nadie se molestó en poner una nueva cuando ésa se rompió. A ella no le importaba que no hubiese demasiada luz, es más, lo prefería así, necesitaba perderse en sus pensamientos y de haber colores muy intensos perdería su ensimismamiento. La pequeña fuente de luz comenzó a oscilar muy levemente a causa de un viento sin procedencia concreta. Tras varios parpadeos se apagó, bañando toda la estancia de una oscuridad casi total. Fue entonces cuando ella sintió algo, algo que no debía estar allí y levantó la mirada en su busca, pero sólo se tropezó son sombras que danzaban con ritmos diferentes. Intentando escuchar algún tipo de ruido agudizó el oído hasta conseguir captar varios susurros dirigidos a ella.

-Hacía mucho que no hablábamos.

-¿Dónde estás? ¿Quién eres? Nunca he hablado contigo, ni siquiera sé quién eres.

-Claro que lo sabes niña. Escucha atentamente mi voz, ya la conoces, la habías oído antes. Soy la que siempre viene a decirte la verdad.

-¿Y para qué has venido hoy aquí?

-Te he visto muy sola, aquí arriba tan triste. ¿Por qué no vas con el resto?

-Hoy no quiero estar con ellos, me apetece estar sola un buen rato, necesito tranquilidad.

-¿Estás segura de que eso es cierto? Porque yo creo que lo que dices y la realidad no coinciden en absoluto. Me parece más bien que son todos ellos los que no quieren estar contigo, los que quieren que les dejes solos y en la tranquilidad que da el hecho de no estar contigo.

-No sabes lo que dices.

-Claro que lo sé. Estás fuera de sus vidas, no te quieren en ellas, te han dejado completamente sola, no formas parte de nadie y sabes tú mejor que cualquiera que no les importas a ninguno de los que hay ahí afuera.

-Eso no es verdad…Quizá no haya muchos, pero está mi familia que intenta apoyarme siempre que puede, mis amigos que me animan en los malos momentos y casi nunca me fallan, y…

-Y…¿él? Veamos…tu familia…no haces más que causarles problemas y sumergirles en disgustos uno tras otro. No, no te hagas ilusiones en vano, lo único que consigues cada día es que se angustien por lo desastre que eres, seguro que se sentirían más aliviados si tú dejases de meter la pata cada dos por tres, si dejases de molestarlos con todas tus ocurrencias absurdas…Tus amigos…¿realmente existen? Vamos, niña, ya sabes la respuesta. Quizá como mucho puedas llamarles conocidos, pero ¿amigos? Tú no sabes lo que es eso, siempre te alejas de ellos, manteniendo las distancias. Con esa conducta fría nadie va a confiar en ti y sabes que es así, no te engañes. No se quejan de ti a la cara, por supuesto que no, pero cuanto menos tiempo estén contigo mejor para ellos….Y él…por favor, ¿qué puedo decir? Tanto que te importa y te da terror llamarle por teléfono, pero no es por no molestarle ¿a que no? Por mucho que intentes autoconvencerte ambas sabemos que la mayor de las razones es por que sabes que pensará algo así como “¿Para qué demonios me llama?”, pero también sabes que por mucho que lo piense no te lo dirá, pero simplemente por pura educación, nada más.

-¡No, mientes, basta ya! Nada de lo que has dicho es cierto, ¡no pienso escucharte más!

-No necesito que me escuches, dentro de ti sabes que todo lo que estoy diciendo es verdad, es más, es lo que en el fondo piensas, pero nunca te atreverás a admitirlo en voz alta, siempre has preferido dejar ese pequeño margen de duda para sentirte a salvo, para no tener que enfrentarte con toda esa realidad. Por mucho que intentes negarlo siempre pensaste así e incluso hoy sabes que todo esto es cierto. ¿Niña, de qué te sirve negarlo? El simple hecho de estar aquí sentada medio sollozando me da la razón. Absolutamente nadie te ha incluido dentro de su vida, estás sola, sin nadie que suba a hacerte compañía…¿realmente crees que alguien se dará cuenta de que falta ahí abajo? ¿Y aunque se den cuenta…crees que les importará? Mientras estés aquí no puedes hacer daño a nadie, no puedes molestarles, ni amargarles, ni nada de nada. Estarán más contentos mientras tú sigas aquí arriba.

-No sigas, yo ya sé lo que pienso, sé lo que tengo en la cabeza….y hay muchas cosas en las que creo que tienes razón. ¿Pero y si no es así? ¿Y si eres tú quien me está bloqueando, quien me impide pensar con total claridad?

-No te engañes, no vale de nada. Es mejor que lo aceptes cuanto antes. Ya te he demostrado que no sirves para nada, yo te estoy siendo completamente sincera, pues no tengo motivos para mentirte, sólo quiero ayudarte a que comprendas que tu sitio está aquí arriba completamente sola y no ahí abajo, déjales ser felices. Lo que te digo no es para hacerte daño, es para que veas la realidad, pero no te preocupes, yo te haré compañía, puedes quedarte aquí llorando, no molestarás a nadie, nadie se acordará de ti.

Tras unos instantes de silencio la bombilla que colgaba del techo parpadeó hasta volver a encenderse y ella siguió allí acurrucada, perdida en sí misma y con la cabeza ladeada, como si la estuviese apoyando sobre el hombro de alguien.

domingo, 25 de noviembre de 2007

¿Qué es la amistad?

Este texto fue creado el dos de marzo del 2007 pocos días después de mi vuelta al mundo literario tras una pausa de varios años. Hoy, cuando mi vida está llena de traición, comparto estas líneas con vosotros para recordarme a mí misma lo que pensaba hace no muchos meses e intentar que estos temas no me hagan perder la sonrisa. Espero tener fuerzas y argumentos suficientes para poder seguir defendiendo esta opinión.


¿Qué es la amistad? Por muy sencilla que parezca la respuesta quizá tengáis problemas para definir esta palabra. He conocido a varias personas que han intentado dar su versión acerca de la amistad y lo cierto es que podría dividirlas principalmente en dos grupos. En el primero está todo aquel que opina que sólo se tienen amigos para poder pedirles favores, por lo que creen que no es más que un contrato en el que, mientras las dos partes cumplan con lo suyo, esa “amistad” seguirá en pie, pero que en cuanto deje de darse alguna de las cláusulas convenidas, todo se habrá acabado. En el segundo grupo se encuentran los que por culpa de los anteriores han acabado pensando así. Me explico: unos tienen amistades únicamente para poder sacar algún beneficio y los otros creen que no existe más gente que piense de otro modo, es por ello que están sumergidos en el pesimismo, creyendo así que no hay nadie que no vea a los amigos como simples partes de un contrato.

Yo, a mis casi dieciocho años, estoy en disposición de poder anunciar a los dos grupos ya mencionados que ambos se equivocan. Puede que sea parte de una minoría o incluso que sólo yo piense así, quizá por ser demasiado ingenua e inocente y pensar que siempre queda algo bueno en las personas que merezca la pena ser salvado. En mi opinión (que no es más que eso, sólo una opinión entre miles y miles distintas que pueda haber) si se tiene un amigo no es para sacar todo el beneficio posible, no es para poder pedirle cien favores y que esté “obligado” a cumplirlos en nombre de esa amistad. Esas personas son especiales, tienen algo que únicamente ves tú y que por eso decides que valen mil sacrificios intentar pelear por ellos. No hay que esperar a “deberles” un favor para ayudarles o portarse bien con ellos, simplemente es algo que sale de dentro. Les das todo lo que puedes porque te importan, porque es gente que se lo merece (las cosas buenas, por supuesto) y saber que algo les va mal te parte el alma. Por ello aviso a mis amigos que si hace falta les ofrezco hasta mi voz cuando necesiten gritar y no puedan. También les digo que quizá no consiga darles todo lo que necesiten (cosa que no será por no haberlo intentado), pero que todo lo que les de será cuanto tenga. Porque para mí la amistad no es dar esperando recibir, es dar sin esperar nada a cambio, pero que como la otra persona piensa parecido al final ambos salen ganando. Hay que saber que lo importante no es lo que les puedas pedir y que encima al darles todo obtendrás algo que no querrás cambiarlo por nada: la sonrisa que te dedican por haber intentado al menos ayudarles (aunque después no saliese bien) y la alegría que les produce saber que tienen a alguien que intenta cuidarles.


Después de todo este rollo que os he metido, creo que sólo me queda concluir diciendo que si alguien es lo suficientemente especial como para poder considerarlo tu amigo, se merece todo el cariño que puedas darle. Y recordad que el mayor regalo que te pueda hacer un amigo es justo eso, que sea tu amigo.

Cuidad de cada amigo como si fuese el único en el mundo que te comprende, anima y alegra.

martes, 20 de noviembre de 2007

Aunque la eternidad dure un segundo


He abierto los ojos, estoy entre tus brazos y tú observándome con la mirada más dulce que haya visto nunca. Luego sonríes y surgen de tus labios las primeras palabras del día que oigo, un te quiero en un susurro seguido de un cálido beso en la frente. Suena tan bien que cierro los ojos durante unos momentos para que tus palabras rocen mi piel, acaricien mis labios y así poder saborearlas mejor.

Sé que podría pasarme cada día que me queda aquí, abrazada a ti, alumbrada por el increíble brillo de tus ojos, tranquila gracias a la suavidad de tu sonrisa y alimentándome únicamente de tus besos. Mis pensamientos hacen que me ruborice ligeramente, sé que te has dado cuenta, pero finjo que ha sido a causa de los acogedores rayos del sol que nos dan los buenos días a ambos. Respondo con una tímida sonrisa al comprobar que no tienes la más mínima intención de apartar tus ojos de mí durante bastante tiempo. Sabes de sobra que me pone nerviosa que te quedes observándome tan fijamente, pero eso mismo es lo que te divierte. Tras un rato son mis ojos los que quieren encontrarse con los tuyos, ambos sonreímos y terminamos en un baile de miradas, en el que al final se unen las caricias.

Acercas tus labios a mi oído, rozando en el camino mis mejillas y de una forma aún más suave que antes vuelves a susurrarme un dulce te quiero. Esto produce en mí una inimaginable sensación de felicidad, como si esas palabras creasen un escudo protector que me impiden seguir teniendo cualquier tipo de preocupación posible. Te abrazo más fuerte que antes, apoyando mi cabeza sobre tu hombro, pero intentando que mis oídos queden lo más cerca posible de tu boca para así no perder ni una sola de tus palabras.

Tú acaricias mi espalda muy lentamente, lo que me provoca un leve cosquilleo que se extiende por toda mi columna. Me siento como si estuviese acostada sobre capas y capas de algodón con suaves sábanas de seda cubriendo todo mi cuerpo. Sigues dándome pequeños besos en la frente susurrando de vez en cuando alguna que otra frase, haciéndome sentir todavía mejor. Si sigues así conseguirás que me quede dormida por la inmensa tranquilidad que me proporcionas. Pero ahora sólo quiero volver a escuchar esas dos palabras tan exquisitas. Dime que me quieres. Dime que me querrás para siempre, aunque la eternidad dure un segundo y al minuto siguiente te hayas olvidado hasta de mi nombre.