“Sentimientos, sensaciones, instantes…eso es el Claro de Luna, un lugar en el que todo, absolutamente todo, es posible.”

viernes, 11 de septiembre de 2009

La fiesta de las maravillas (Parte Final)

Me gustaba el sonido, era alegre y entusiasta, aunque no me convencía del todo, quizá para mi gusto resultaba demasiado ruidosa, quería algo alegre sí, pero un poco más suave. Mi mente imaginó la armonía, decidí que la melodía la tenía que llevar un instrumento que resultase muy ligero y que a él se le unirían poco a poco el resto. Apenas me dio tiempo a terminar la composición en mi mente cuando el piano de la banda ya empezaba a tocar la pequeña introducción que había diseñado para la pieza y seguido sonó la melodía, interpretada por una flauta. No recordaba haber visto ninguna sobre el escenario y es más, por más que la buscaba no conseguía encontrarla, hasta que de detrás del tablado apareció alguien con una flauta entre las manos. Cuando el foco le iluminó a él también, mi cabeza ni se molestó en sorprenderse, ya había visto tantas y tantas cosas, que sabía perfectamente que allí podía pasar de todo. No era humano, eso seguro, estaba hecho más bien de madera o eso parecía desde mi posición y la flauta que era del mismo material, la tenía pegada a la cara, más concretamente a donde debería estar su nariz. Esa especie de primo-hermano de Pinocho había convertido su larga nariz en una flauta, que emitía mejor sonido que cualquiera que hubiese escuchado hasta entonces. Nadie aparentaba extrañarse lo más mínimo, era como si todo aquello sucediese tan a menudo que ya estaban completamente acostumbrados.

En cuanto concluyó mi composición cambiaron de forma radical el estilo. Pasaron de la tranquilidad y la dulzura a algo más agresivo y oscuro, tanto que me recordó a una tormenta llena de lluvia, relámpagos y truenos. Noté algo frío y húmedo que caía sobre mi cabeza, lo que hizo que levantara la vista para observar el techo. Seguía forrado de espejo al igual que el resto de la habitación, pero el fondo exhibía un cielo negro y enfadado, lleno de nubes que dejaban caer, cada vez de manera más copiosa, las pequeñas gotas de lluvia que me salpicaban. Los truenos y relámpagos de aquel reflejo siempre coincidían con el choque de platillos de la banda, como si fuesen un adorno visual de la música. Poco a poco el suelo se fue inundando, pero era como si sólo yo me diese cuenta de que cada vez el agua estaba un poco más por encima de mis tobillos.

De repente el suelo sólido de debajo de mis pies desapareció y caí dentro del agua. Sabía nadar, así que al principio no me asusté demasiado, pero pronto sentí que no importaba cuánto agitase las piernas para flotar, no servía de nada y continuaba hundiéndome. A medida que me tragaba el agua, veía como me miraban desde la superficie los camareros, el gamusino, el primo-hermano de Pinocho e incluso el gato persa que no sé dónde se había escondido hasta el momento, pero en sus ojos no había ninguna señal de que me fueran a tender una mano, simplemente sonreían y se despedían con la mano.

Según iba naufragando sus figuras se fueron haciendo cada vez más y más pequeñas hasta que dejé de verlas por completo. Había empezado a pensar que aquella masa de agua no tenía fondo, pero entonces noté que mis pies dejaban de estar en contacto con líquido y pasaban a algo gaseoso. Pronto todo mi cuerpo salió del agua y cayó rápido pero con suavidad, hasta detenerse envuelto por una masa azul de gas. Estaba como flotando, resultaba todo muy curioso, así que miré hacia todas las direcciones posibles para hacerme una idea de dónde estaba. Supongo que la forma más fácil de describirlo sería diciendo que el mar era el cielo y el cielo era el mar, ya que sobre mi cabeza podía observar el volumen de agua desde el que había resbalado, y bajo mis pies y a todos los lados sólo había aire con el fondo azul celeste.

Traté de desplazarme a nado (si se le puede llamar así), pero el movimiento resultaba muy lento y además tampoco sabía hacia dónde dirigirme puesto que todo lo que me rodeaba era del mismo color. En algún punto añil del horizonte invertido atisbé una pequeña mota de luz al mismo tiempo que mis oídos captaba un silbido lejano. Poco a poco la partícula de luz se convirtió en un farolillo que guiaba a su góndola para no perderse en el ancho cielo y al parecer, el silbido provenía del gobernante que la dirigía. En cuanto la embarcación estuvo lo suficientemente próxima a mí, me percaté que el gondolero era idéntico a los camareros que había en la fiesta, pero en vez de camisa y chaleco, vestía con una camiseta de rayas blancas y negras. Me tendió su mano etérea, aunque al agarrarla parecía casi tan sólida como la mía, y me impulsó hacia dentro de la góndola. No habló, simplemente sonrió con esa sonrisa brillante que ya conocía, y continuamos el viaje hacia ninguna parte mientras él seguía silbando. Me sonaba la melodía, así que no tardé demasiado en descubrir que se trataba del Bolero de Ravel, y ya que la conocía, y no esperaba que mi compañero conversase demasiado, me uní a sus silbidos.

Empezaba a refrescar considerablemente, además el hecho de tener el pelo y la ropa aún húmedos no ayudaba demasiado. Proseguimos el viaje, que pese a ser agradable y tranquilo, comenzaba a eternizarse, hasta que llegamos a un pozo de piedra construido sobre el aire. No alcanzaba a ver del todo su interior, pero imaginaba que sería muy muy negro y nada acogedor. Vi que el gondolero con su incansable sonrisa y un gesto de la mano, me invitaba a que me levantara y echase un vistazo a las oscuras profundidades. Lo hice, mis piernas tambalearon un poco al ponerse en pie y asome la cabeza todo lo que pude para ver mejor. Entonces mi compañero de viaje se acercó a mí e inesperadamente me empujó al interior, donde caí y caí sin ver nada más que oscuridad.

Para cuando volví a parpadear, todo lo que estaba a mi alrededor había cambiado, ahora ya estaba en un lugar que conocía, mi casa, mi habitación. Seguía teniendo el teléfono pegado a la oreja y fue cuando sonó el cuarto tono, el último antes de saltar el contestador. “En este momento no puedo atenderte, deja mensaje después de la señal, piiii”. Tardé unos segundos en reaccionar, estaba acariciando las puntas de mi pelo aún húmedo y vi que mi prenda se había tornado de nuevo en mi camisón blanco. Sonreí y no pude decir otra cosa más que “¿Cuándo repetimos?”.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

La fiesta de las maravillas (Parte 3)

Entre pensamiento y pensamiento, me centré en un débil sonido que no sabía muy bien de donde venía, pero que era lo más parecido a un reloj que había escuchado en aquel lugar. Me centré en él, con la taza en las manos y los ojos cerrados, hasta que durante un momento dejé de oírlo; al segundo siguiente me sobresalté al escuchar el sonido del cuco de algún antiguo reloj avisando de las horas en punto. Rápidamente abrí los ojos y me fijé en el camarero por si me podía dar algún dato sobre qué hora era y cuánto llevaba allí, pero antes siquiera de tener tiempo de levantarme e ir a preguntarle, se multiplicó en dos. Así de fácil, de la sombra que me había hecho sonreír, salió de repente otra más, también vestida con chaleco, camisa y pantalones; esta nueva figura se acercó a la barra, cogió una bandeja y comenzó a pasear por la estancia como si estuviese llena de gente que atender. La primera sombra seguía inmóvil, aunque enseguida entendí por qué, le estaban saliendo más clones de la espalda y todos ellos acababan haciendo lo mismo, acercarse a la barra, coger una bandeja y dirigirse a trabajar.

Estaba demasiado sorprendida como para acordarme de que quería preguntar la hora y en mi mente se estaba formando la idea de que, efectivamente, había llegado demasiado pronto y que la fiesta empezaba justo ahora. Pensé en ir al baño antes de que empezase a llegar gente y lo abarrotasen, así que me acerqué a uno de los camareros para preguntar dónde estaba, pero no abrí la boca, lo cierto es que ni siquiera sabía si me iba a entender o a escuchar, no sabía ni si podía hablar para responderme. No hizo falta, no sé si era demasiado obvio a dónde quería ir o si para compensar el posible hecho de no hablar sabía leer la mente o algo, pero el caso es que tras dedicarme una sonrisa igualmente blanca y brillante que la de su compañero, me señaló amablemente una pequeña puerta en la que antes no había reparado, situada en una esquina. Le devolví la sonrisa a modo de agradecimiento y me dirigí allí. Nada más abrir la puerta algo saltó sobre mí y me empujó de tal manera que casi hizo que cayera al suelo. Me giré mientras me quejaba en voz baja, pero en cuanto lo vi, enmudecí.

En el suelo, apoyado sobre las dos patas traseras se erguía un animal de pelaje corto y marrón, aunque en algunas partes se dejaban ver motitas blancas, como si alguien lo hubiese salpicado con pintura; tenía unas orejas largas y puntiagudas que eran más grandes que su cabeza y unos ojos diminutos como canicas, completamente negros. Lo más curioso de todo es que iba vestido y no de cualquier forma, sino con traje y la forma de éste se parecía mucho al de trajes ingleses y antiguos de los 50. Hubiera jurado que no era más que un muñeco con apariencia de conejo de no haber sido porque se movía sin parar apoyándose primero en un pie y luego en el otro, como si bailase. Parecía tremendamente contento y aún lo estuvo más en cuanto sacó del bolsillo del traje un pequeño reloj dorado y miró la hora; empezó a saltar como loco, dando vueltas sobre sí mismo y sin reparar en absolutamente nadie. “Umm…disculpe…¿podría decirme qué hora es?” fueron las únicas palabras que consiguieron hacerse paso por mi garganta. El animal se me quedó mirando con esos ojos negros, aparentaba estar muy extrañado y contrariado, como si fuese algo raro que yo pudiese hablar. Se lo pregunté una vez más al mismo tiempo que intenté agarrarlo para que estuviese quieto y dejara de botar, me ponía realmente nerviosa, no sé cómo Alicia nunca perdió los papeles.

Dio un salto hacia atrás para que no lo pudiese atrapar y tras soltar un sonido agudo que supuse que serían risas, levantó la cabeza hacia mí para contestar: “Nos sal zeid, ydalim. Aroh ed esritrevid”. En cuanto pronunció la primera palabra dejé de atender a las siguientes ya que, si ya era raro que un conejo vistiese de traje, tuviese un reloj y supiese hablar en algún idioma incomprensible, aún más extraño era que cada palabra que decía saliese escrita de su boca con caligrafía típica de siglos anteriores, no del nuestro, puesto que poseía muchas curvas y adornos. En cuanto el término acababa de escribirse, éste levitaba ligeramente y paseaba por la estancia como si de una pluma se tratara. El resto de palabras siguieron a la primera, no podía dejar de seguirlas con la mirada, observarlas en la realidad y en los reflejos, de modo que parecía que hubiese miles de frases flotando en el aire. Los espejos llamaron mi atención, la oración real era diferente a las reflejadas, ahora sí que podía comprender las palabras que había formulado el gamusino. “Son las diez, milady. Hora de divertirse.”.

Pronto se dio cuenta de que había logrado comprender sus palabras, por lo que siguió hablando y yo atenta a los espejos, a la espera de la traducción: “Los invitados estarán a punto de llegar, humanos…siempre llegan tarde. Nos esperan cinco horas de baile, comida y fiesta”. Hice los cálculos rápidamente. “Entonces la fiesta dura hasta las tres de la madrugada, ¿no es así?” dije. Pese a que sus ojos eran muy pequeños, quedó claro que estaban abiertos como platos después de escuchar mi comentario. “¿A las tres de la madrugada? Usted se ha vuelto loca señorita, ¿cómo pretende que estemos aquí diecinueve horas seguidas? No, no, no, a las cinco de la tarde daremos por concluido el festejo.”. No me molesté ni en hacer las cuentas, aquello era completamente incoherente, pero algo me impulsó a preguntar “¿Sería tan amable de volver a decirme la hora, por favor?”. La consulta pareció irritarle un poco, pero aún así sacó su reloj y tras mirarlo dos segundos dijo “las diez menos diez”. Genial, por si no era raro todo lo que ocurría en este lugar, ahora resultaba que las manecillas se movían hacia la izquierda en vez de la derecha.

Tenía ganas de preguntar muchas más cosas, pero en ese momento todos los camareros que estaban paseando por el local se pararon en seco, levantaron su mano derecha y la abrieron a la vez, para dejar así libres una inmensa cantidad de mariposas de diferentes colores que se dedicaron a iluminar el lugar como si fuesen pequeñas estrellas en el cielo. El gamusino se emocionó tanto que comenzó a saltar de un lado a otro sin parar, pero siempre dando saltos hacia atrás, de modo que en un par de ocasiones se chocó con algún camarero, haciendo que las bebidas de colores brillantes se desparramasen por todo el suelo. Pareció no importarles, quizá ya estaban acostumbrados a la presencia de semejante personaje y simplemente lo ignoraban. Uno de los saltos hizo que el conejo aterrizase sobre el escenario, en ese momento la luz de un foco que no existía le apuntó para que se le viese bien y comenzó a hablar emocionado. Los camareros no necesitaban leer las traducciones, simplemente le miraban y escuchaban; yo sin embargo deseaba tener más ojos, para verlo todo, las mariposas, las traducciones, las palabras que aparecían de su boca… “Por fin es hora de que empiece la fiesta” leí “les presento a nuestra banda particular”.
Todos los camareros sonrieron y comenzaron a aplaudir mientras que los instrumentos que había sobre el escenario se iluminaban. Vi como algunas teclas del piano se movían, como si alguien las estuviese pulsando, pero no había nadie. El arco que antes permanecía al lado del chelo, estaba ahora rasgando las diferentes cuerdas del instrumento; incluso el contrabajo y demás aparatos sonaban sin que nadie los controlara. Las mariposas que habían soltado los camareros revoloteaban por el aire al compás de la música de la banda y bailaban con el gamusino que, una vez fuera del escenario, danzaba alegremente por todo el suelo.

lunes, 7 de septiembre de 2009

La fiesta de las maravillas (Parte 2)

En cuanto crucé la puerta todo se iluminó, pero no con luces brillantes que dejasen ver con nitidez el contenido de aquella estancia, sino con una luz tenue de color azul neón que no parecía venir de ninguna parte en concreto, pero que dejaba ver con elegancia y misterio aquel lugar. Me miré, de abajo a arriba; sé lo que hace este tipo de luces, todos los colores que no sean el blanco los torna muy oscuros, casi negros, mientras que el blanco brilla con una intensidad increíble. Y esto lo pude comprobar en mí, mi piel parecía muchísimo más oscura de lo habitual y el camisón blanco parecía ahora una señal luminosa que dijese sin palabras “estoy aquí”. Sólo que ya no era un camisón o no lo aparentaba al menos; quizá fuesen las luces o que mi percepción parecía algo alterada o quizá que realmente la prenda había cambiado, pero ahora se le asemejaba más a un vestido que a una prenda para dormir.

Observé el lugar de la forma más precisa que me lo permitían mis ojos. Las paredes estaban completamente forradas con espejos como si de un estudio de ballet se tratara, incluso el techo lo estaba, pero al mirarlos más detenidamente, resultaban algo curiosos. En todos ellos podía ver mi reflejo sin problema alguno, pero cada uno de los reflejos tenía un fondo diferente que, aunque requerían de mucho esfuerzo para verlos, definitivamente, no pertenecía a nada que estuviese en aquella estancia. Posé mis yemas sobre las de mi imagen y comencé a recorrer las láminas de una en una. En la primera me topé con nada menos que el Coliseo de Roma a mis espaldas, era una imagen casi transparente, apenas perceptible, pero no por ello dejaba de ser hermosa. Al pasar al segundo espejo el coliseo se desvaneció para dejar sitio a una estructura de hierro perfectamente iluminada con focos. A los pies de la Torre Eiffel las aguas del Sena descansaban tranquilamente, si agudizaba el oído parecía incluso que podría llegar a escuchar su murmullo, pero por más que intentase concentrarme no lo conseguí. La tercera y última pared mostraba tras mi reflejo una imagen no tan universal, pero que su mar, el cielo grisáceo y demás detalles dejaban claro que se trataba de algún lugar de por aquí cerca situado en la costa del País Vasco.

No sé cuánto tiempo había transcurrido desde que entré en la estancia, estaba tan maravillada con todo lo que había visto hasta ahora que tardé otro buen rato en darme cuenta que aún no me había fijado realmente en qué había allí dentro. Esparcidas por todo el lugar se podían vislumbrar pequeñas mesas redondas con la suficiente claridad como para no chocarse con ellas; tomé asiento en una de las muchas sillas ya que empezaba a notar cansados los pies, supongo que en gran parte por andar descalza. Apoyé los codos sobre la mesa y desde la comodidad de posar la barbilla sobre las manos, clavé los ojos en aquella mesa.

Aunque parecía madera, algo dentro de mí sabía que no lo era. Paseé el índice por la superficie y al retirarlo algo brillante se había adherido a él. No estoy segura de por qué esa fue mi primera reacción, pero el caso es que me llevé el dedo hasta la punta de la lengua, sabía dulce e increíblemente rico. Probé con la silla en la que estaba sentada…¡ésta también sabía a caramelo! Las mesas de al lado tenían sabores diferentes, pero todos ellos eran de dulces; incluso la enorme puerta, que no recordaba cuándo ni cómo se había cerrado, estaba elaborada del más delicioso de los chocolates. Movida por la curiosidad, me dediqué a degustar todos los muebles que había por allí, fue gracias a esa ruta turística que terminé de ver toda la estancia, descubriendo así, que al fondo había un escenario con varios instrumentos de música, pero sin ningún músico que los hiciese sonar, y cerca de éste había una barra de bar con muchísimas botellas de diferentes colores brillantes en las baldas. El único hueco en el que no se veían botellas, lo ocupaba una máquina italiana de capuchinos que hubiese hecho las delicias de cualquiera, excepto las mías, pues jamás me gustó el café.

Tras la visita turística me paré en medio de la habitación y fue cuando recordé que estaba allí por una fiesta, pero no había nadie, ¿quizá era aún demasiado pronto? ¿Debía esperar a alguien o marcharme ya? Estaba algo cansada, ¿pero si ni siquiera sabía cómo había llegado hasta allí, cómo se supone que iba a salir? Y también estaba algo hambrienta, pese a que había saboreado todos los muebles. Lo cierto es que aquellos pensamientos consiguieron que me entristeciese un poco, sólo quería saber dónde estaba, que alguien me aclarase algo, lo que fuese. En ese momento vi un destello detrás de la barra de bar, no sabía muy bien qué era ni si me lo había imaginado, pero al momento siguiente me di cuenta de que no, no era mi imaginación. Justo en el lugar donde había visto el destello apareció una figura vestida con chaleco y pantalón negros y una camisa blanca que por culpa de la luz azul neón, brillaba más de lo normal.

Se acercó a mí, al principio pensé que no le podía ver la cara por culpa del truco de luces, pero a medida que acortaba distancias me di cuenta que realmente no tenía rostro, sólo era una sombra negra con forma humana y vestida de…¿camarero? No tenía claro cual de los dos sentimientos era más fuerte en mí en aquel momento, si el de extrañeza o el de diversión, pero luego caí en la cuenta, claro, estaba en una fiesta, así que no era una completa locura pensar que podía haber camareros para servir las cosas. Cuando llego hasta mí me di cuenta que me sacaba prácticamente cabeza y media, pero se agachó poniendo a la altura de mis ojos justo la parte de sombra en la que, de haber sido una cara, tendrían que estar los suyos. Me quedé mirando aquella figura, como si realmente la estuviese mirando a los ojos; no sentía miedo, es más, me agradaba no estar completamente sola en este lugar.

De repente aquella sombra sonrió, sonrió de verdad, en el lugar que tendría que estar la boca nació una línea blanca que poco a poco fue curvando las comisuras hacia arriba. Era tal el destello, que me recordó a algún anuncio de la tele en el que apagan las luces y sólo se ve el brillo de los dientes de las personas. Antes incluso de que le diese tiempo a mi mente para cambiar mi estado de ánimo, la sombra levantó su mano y la abrió con suavidad a pocos centímetros de mi cara. De repente aparecieron pequeñas luces centelleantes de muchísimos colores revoloteando entre mi compañero y yo; una de ellas, verde e increíblemente hermosa, se posó sobre su camisa y fue entonces cuando la pude observar con claridad y darme cuenta de que no, no eran simples luces, si no mariposas. Estaba tan maravillada con su espectáculo de colores que no pude contener más la sonrisa, me sentía genial, tranquila y en paz. Las seguí mirando hasta que se esparcieron por toda la habitación y empezó a resultar difícil verlas a todas a la vez. Mi compañero me cogió de la mano, que a pesar de ser una sombra la noté suave y algo sólida, y me llevó hasta la silla donde poco antes había estado sentada. Me dejó allí durante unos segundos para volver a su barra, “tendrá trabajo” pensé, pero al poco rato volvió con una bandeja en la mano derecha y sobre ésta, una taza que dejó sobre mi mesa a la vez que me dedicaba otra sonrisa y se retiraba con tranquilidad.

Olisqueé el contenido antes de decidirme a probarlo. No era alcohol, eso seguro, y un refresco…en una taza seguramente tampoco, así que no me quedó otra más que apoyar los labios sobre la taza y beber. En cuanto mis labios rozaron el líquido, me di cuenta de que el extraño camarero volvía a sonreír, sabía que me iba a gustar, vaya que si lo sabía. Era chocolate de beber, caliente pero sin llegar a quemar, dulce pero no empalagoso y después de cada trago no me entraba sed. Me lo tomé con tranquilidad mientras le contemplaba trabajar, por más que bebía parecía no terminarse nunca y después de todo lo que había pasado desde que llegué allí, era más que probable que fuese eso, que realmente no se acabase nunca por mucho que bebiera.

domingo, 6 de septiembre de 2009

La fiesta de las maravillas (Parte 1)

A Leire, gracias por la fiesta.


“Monto una fiesta en mis sueños esta noche, el que se apunte que me dé un toque.”

Ya me había puesto el camisón y estaba a punto de apagar el ordenador para irme a la cama cuando reparé en el mensaje. Una fiesta en sueños, ¿eh? Bueno, por qué no, podría resultar divertido. Dejé que el PC terminara de apagarse antes de dirigirme a mi cuarto y coger el móvil que tenía bastante abandonado desde hacía horas sobre el escritorio. Tras pulsar unas pocas teclas, apareció el número que buscaba en la pantalla y deslicé mi pulgar hasta posarlo sobre el botón verde. Dudé considerablemente, tanto que mi dedo tamborileaba sobre el botón con cada duda, pero al final, tras cerrar los ojos un momento mientras llenaba mis pulmones bien de aire, lo pulsé.

Un tono…sin respuesta aún, dos tonos…venga coge, no te hagas de rogar, tres tonos…¿ya durmiendo, quizá? En una fracción de segundo, antes de que el cuarto tono sonase, el teléfono empezó a crear una corriente de aire succionadora que tenía la suficiente fuerza como para mantener mi oreja pegada al aparato. Pero pronto elevó su poder, ya no bastaba con retenerme pegada al teléfono, si no que ese aire comenzó a tirar de mi oreja, luego de mi cabeza, mi cuerpo, mis piernas…hasta que finalmente me engulló por completo.

Para cuando volví a parpadear, todo lo que estaba a mi alrededor había cambiado, ya no era mi habitación, ni cualquier otra parte de la casa, ni siquiera algún lugar en el que hubiese estado con anterioridad. Lo primero que noté fue frío bajo mis pies, los miré; seguían igual de descalzos que en casa, un mal hábito por mi parte que ahora tenía que pagar en el pasillo de piedra en el que, no sabía muy bien cómo, había aterrizado. Ante mí se levantaba una puerta enorme y majestuosa, poseía unas cinco o seis veces mi altura y en toda su madera tenía talladas pequeñas figuras que parecían estar narrando un cuento.

A ambos lados se erguían sólidas paredes de piedra iluminadas únicamente por dos antorchas encendidas que descansaban sobre ellas, sin soporte alguno. Eché un vistazo hacia atrás con la mirada para ver si el pasillo poseía alguna fuente más de luz, pero no era así, más allá del límite de luminosidad marcado por las antorchas sólo había oscuridad fría y siniestra. Pese a que pueda sonar extraño, una gran parte de mí deseaba adentrarse en ella a explorar, pero antes de que diese un paso, la enorme puerta crujió y se entreabrió, pero no lo suficiente como para que pudiese ver qué había en el interior.

La curiosidad pudo conmigo, fue algo que no pude evitar; posé las palmas justo en el centro de la puerta, preparada para tener que utilizar toda mi fuerza para poder terminar de abrirla, pero no hizo falta, en cuanto mis manos entraron en contacto con la madera la puerta comenzó a abrirse lentamente y sin mi ayuda. Seguía completamente quieta con las palmas hacia fuera cuando la puerta acabó de abrirse. Pese a ello, no se veía absolutamente nada del interior, estaba todo negro, pero no era una oscuridad como la del fondo del pasillo, hostil y desagradable, sino todo lo contrario, invitaba a cualquier curioso a invadirla. Algo rozó mi pierna derecha en ese momento, me sobresalté considerablemente pues tras el tiempo que llevaba allí plantada, no esperaba compañía alguna. Al mirar por primera vez, sólo vi una bola de pelo blanca, de tacto aparentemente suave; al pestañear y mirar fijamente, me di cuenta que esa bola poseía ojos azules, nariz, boca e incluso cola. Quise acariciarlo para comprobar si realmente el pelaje del siamés era tan suave como aparentaba, pero el gato volvió a rozarme la pierna y se adentró enseguida en aquella oscuridad tan amable. Entonces yo también me adentré, no sé si para seguirlo o porque ya tenía ganas de saber qué envolvía aquella oscuridad.

miércoles, 1 de julio de 2009

¿El fin de la imaginación?

Hoy. Hoy es el día elegido. Cualquiera estaría contento, pero yo no sé si lo estoy. Lo cierto es que en el fondo me preocupa, no lo puedo evitar. Pero al contrario de lo que muchos puedan pensar, no me preocupa que algo salga mal, la posibilidad para eso es bastante inexistente; digamos que me da más miedo el cómo pueda repercutir en mí.

Hoy el día ha comenzado como todos durante estos veinte años: borroso. Y acabará como nunca antes lo había hecho: totalmente nítido. Y es que hoy dejo de ser topo (diría “dejo de ser miope” si fuesen pocas dioptrías, pero creo que el concepto topo lo deja más claro).

Me da miedo que ahora que mi percepción va a ser diferente, eso haga que también cambien mis puntos de vista.

Siempre he tenido claro que lo que veo no es lo más importante. La gente suele ver la realidad como algo perfecto, importante, inalterable y único. Pero yo he tenido la oportunidad de aprender que no es así porque la percibo como algo defectuoso, lo que la convierte en poco importante y por supuesto, nada singular, ya que vuestra forma de percibirla y la mía son completamente diferentes. Pero si ahora mi realidad se va a igualar a la vuestra en nitidez…¿cambiarán mi prioridades? ¿Acabaré dándole más importancia a lo que veo que a todo lo demás?

Siempre he percibido la realidad borrosa y eso me ha dado muchísima facilidad para dejar que mi mente vuele a cualquier parte. ¿Y si ahora que la realidad va a ser más nítida y contundente que nunca, mi capacidad de imaginación desaparece? ¿Y se dejo de ser capaz de dar forma a miles de pensamientos irreales que fluctúan por mi cabeza a cada segundo? ¿Y si mi mente se queda atrapada de por vida en la realidad y no puede volver a hacer esas escapadas que tanta falta me hacen?

Creo que en el fondo todo se reduce a eso: tengo miedo de que la realidad se convierta en mi eterna cárcel.

miércoles, 24 de junio de 2009

Vacaciones


Por fin, otro curso que se va y unas vacaciones que vuelven. Hoy ha sido mi último examen, ya puedo dejar de estudiar, ya tengo permitido un descanso (de casi tres meses) en los que aún no tengo ni idea de lo que voy a hacer, bueno…algún que otro pensamiento tengo, pero hay que elaborarlo. Y nada más por hoy. A los que se queden por aquí en verano, comentarles que ahora podré volver a escribir más a menudo y me pondré al día con vuestros blogs, que últimamente los tengo un poco abandonados…perdón, ha sido por una buena causa. Y a los que tengan la suerte de marcharse de vacaciones…pues bon voyage :)

P.D. Cuidado con el Sol

jueves, 4 de junio de 2009

Tormentas de verano


Por fin ha estallado la tormenta, los truenos, los relámpagos, cada gota de agua golpeándolo todo. A los demás no les suele gustar la lluvia, dicen que son días grises, tristes y que el agua arrastra la alegría del mundo hasta el alcantarillado.

Pero a mí me gusta. No lo veo como algo triste, si no como un proceso necesario para limpiar. Limpiar el Tiempo que se estaba empezando a oxidar anclado en las hojas de los árboles; depurar el aire que ya estaba lleno de ideas mustias; salpicar de frescor cada sentimiento.

Hoy es la primera vez en muchas semanas que consigo volver a respirar la lluvia. Ha entrado en mí cada gota, encharcándome los pulmones como si se tratase del aire más puro. Después toda esa agua se ha mezclado con mi sangre para poder extenderse a cada parte del cuerpo, y en la siguiente exhalación ha vuelto ha salir, casi tan fácil como entró, pero algo menos ligera, pues todas ellas llevaban enganchados a sus espaldas fragmentos de mis preocupaciones. He visto irse a cada gota, flotando ingrávidas, y yo ahí, con la ventana abierta, mojándome, pero bastante más tranquila que antes.

jueves, 14 de mayo de 2009

Carta a un efímero amor eterno

Querido fugaz amor eterno,

Si estás leyendo esto significa que ya apareciste en mi vida. Puede incluso que ya te fueras y que Saturno decidiese diluir tus recuerdos en el café de la mañana.

Confieso que siento curiosidad por conocer tu rostro y ansío delinear cada facción con la yema de los dedos. A cada segundo cierro mis ojos y veo los tuyos, brillantes, alegres. No hago más que soñar que me pierdo en ellos, a veces creo bucear en la inmensidad del océano Pacífico, pero de repente el agua cambia a un frondoso bosque, sólo por si la naturaleza fuese tan caprichosa de darte ojos verdes; incluso hay momentos en los que toco esos árboles y éstos se desmenuzan en granos de arena, hasta convertirse en dunas de cobre.

No necesito saber la forma o color de tus ojos para estar segura de que cada vez que los mire, me proporcionarán toda la calma que necesito. Llegaré a un equilibrio que apenas se puede soñar siquiera, sólo al observarte, sólo al ver que tus ojos me dedican la mayor de las sonrisas sin ninguna necesidad de curvar los labios.

Y tu voz, la oigo dormida, despierta, tanto si es muy grave como si no. Es un dulce canto de sirena llamándome desde algún lugar en el Tiempo, decidido a encandilar todos mis sentidos hasta que naufrago en tus labios de ficción.

Cualquiera pensará que no te conozco, que cómo puedo amar a alguien a quien nunca he visto, oído o tocado; pero todos ellos se equivocan. Te he tenido y te tengo siempre presente, cada día, porque el aire te ha traído atravesando el Tiempo y la distancia, permitiéndome que respire tu alma, tu esencia, tu calidez y seas parte de mí. Y ahora que tu presencia se ha incrustado en todo mi ser, mi corazón late al escuchar tus susurros y con cada palpitación puede acariciarte, sintiendo casi tanto como si realmente estuviese rozando tu piel.

Tengo tantas ganas de que por fin te traslades desde mi futuro a mi presente, de prendarme de tus ojos y escribir nuestra historia juntos utilizando las caricias como pluma y los besos como tinta. Deseo que llegue el momento en que pasemos las horas conversando sin necesidad de decir palabra alguna y terminar la noche envuelta en ti

En ese fugaz instante en el que cruces la puerta de mi vida, no llames, no hará falta, porque será una fracción de segundo en la que mis ojos se cruzarán con los tuyos y mi alma quedará atrapada, acomodada entre tus brazos de sentimientos que le dan la bienvenida.

Llegarás a tener mil rostros, mil nombres, existen tantas y tantas combinaciones posibles, pero sólo tú serás quien consiga hacerme vibrar de emoción mientras dure nuestra efímera eternidad.

martes, 5 de mayo de 2009

Hakkuna Matata

Hakkuna Matata

Vive y deja vivir

Hakkuna Matata

Vive y sé feliz

Ningun problema

Debe hacerte sufrir

Lo mas fácil es

Saber decir

Hakkuna matata.


¿Piensas pasarte ahí el día sin sonreír?

domingo, 19 de abril de 2009

Escudo

Sensación del 27/3/09


El ruido de la puerta del copiloto al cerrarse ha conseguido mitigar el crujido de mi escudo que finalmente se ha quebrado tras tu última piedra verbal. Aún no entras, gesto que agradezco, ya que me permite intentar tranquilizarme en el interior del automóvil. Aquí dentro todo parece más tranquilo, es como si la carrocería hubiese tomado relevo en el cometido que hasta hace pocos segundos poseía mi burbuja invisible.

Poco a poco noto que los pequeños fragmento se van fusionando uno a uno, mi escudo se está reconstruyendo. Es la primera vez que se quiebra y nunca había hecho la prueba para saber qué pasaría después, pero algo me decía que no se quedaría en simples añicos, al fin y al cabo tantos años perfeccionándolo tenían que dar sus frutos, y aquí están, la burbuja se repara en poco tiempo, sólo necesita tranquilidad.

Te miro por la ventanilla; estás de espaldas al coche, terminando el cigarrillo que has encendido antes de que yo entrara en vehículo. Te está durando más que de costumbre así que supongo que lo haces para darme algo de tiempo, o puede que para dártelo a ti. En el fondo me alegro de que estés de espaldas porque, aunque me encantaría que te girases y sonrieses a modo de que todo está bien, sé que ahora mismo en tu rostro no se dibuja esa sonrisa que tanto querría ver. Tras un par de minutos dejo de ver el humo marchándose sigilosamente por encima de tu cabeza, tiras la colilla y me echas un vistazo rápido justo antes de entrar.

Agacho la cabeza, necesito pensar ya que eso me calma y es precisamente lo que necesito para que mi escudo termine de repararse, pero no me concedes el tiempo que requiere la reconstrucción. Nada más abrir la puerta del conductor empiezas a hablar, o a disparar más bien, palabras que en cuanto salen de tu boca, mi ayer las convierte en dardos venenosos. Los lanzas uno tras otro, sin haberme mirado aún, mientras te acomodas en el asiento, y cada uno de ellos se incrusta con fuerza en las paredes incompletas de mi burbuja, haciendo que se disuelvan.

Ya no me queda refugio, pero las piedras siguen cayendo, rozándome la piel, la cabeza, la mente. Nunca me había enfrentado sin protección alguna a palabras y resulta tan insoportable que el dolor y el sufrimiento comienzan a aflorar en mis ojos. Por fin me miras y te das cuenta que me has empujado hasta el borde de mi propio precipicio, abismo del que mi escudo me mantenía a salvo hasta ahora. Dejas de hablar y me ofreces tus brazos, pero por mucho que me aferre a ellos mis ojos ya están completamente desbordados puesto que nada me puede brindar la perfecta protección que me obsequiaba mi refugio.

Parece que verme así ha hecho que tu irritación amaine y decides concederme otra oportunidad lanzando de nuevo una pregunta a la que estás empeñado que responda, pero ya no te escucho. Estoy demasiado ocupada desviando toda la energía que hay en mí a recrear el escudo, lo necesito, no puedo estar más tiempo aquí sin él. Tengo que hacer algo mientras se repara, así que como último recurso convierto mi cuerpo en un caparazón completamente inquebrantable, pero que me deja paralizada para cualquiera del exterior, tú incluido. Lanzas tu pregunta un par de veces más, no obtendrás repuesta, lo que hace que estés más nervioso con más que evidentes matices de enfado. Comienzas a hablar de nuevo, esta vez con un discurso algo diferente, ahora intercalas anécdotas relacionadas contigo con algún que otro dardo. Supongo que ambos creemos que si me das algo de tiempo seré capaz de descongelarme y reaccionar, pero nos equivocamos; aunque sean en menor cantidad, las piedras vuelven a rozarme y logran que mis ojos derramen pequeñas gotas saladas que intentas detener con tus dedos, mientras el resto de mi cuerpo permanece totalmente inerte.

De vez en cuando llega desde el otro lado de mi caparazón el sonido de tu voz preguntándome si te estoy atendiendo, lo cierto es que no lo sé, oigo pero no asimilo, mis fuerzas siguen centradas en la reparación. Tengo ganas de gritar, de gritarte para que te calles, para que dejes de decirme cosas que no quiero oír porque ya sé que tienes razón, y quiero que dejes de presionarme para que te cuente cosas que no te puedo contar porque significan recuerdos y dolor, y precisamente para eso estaba mi escudo, para ser un refugio en el que no hay nada de eso. Lo intento, trato de producir voz en mis cuerdas vocales, no sé si para gritarte o para decirte por fin lo que quieres saber, pero no ocurre nada. Clavo los ojos en el espejo retrovisor, veo un cuerpo inmóvil de ojos rojos, pero completamente inexpresivo, impenetrable; ni siquiera parece que esté haciendo el esfuerzo de hablar o aunque sea de abrir la boca.

Estás enfadado, irritado, se nota a la legua incluso desde el interior de mi coraza. Giras la llave para poner el motor en marcha y comienzas a conducir de camino a casa. En un par de ocasiones me veo tentada a pedirte que enciendas la radio para que espante al silencio que se ha creado entre nosotros desde que has arrancado el coche, pero no lo hago, no me atrevo a mirarte y tener que comprobar que realmente te has enojado conmigo. Así que me sumo en el silencio, convirtiéndome en su amiga durante el trayecto, hace que me tranquilice un poco. Cada vez me gusta más la idea de llegar a casa, saber que le podré dar a mi escudo todo el tiempo que necesite para terminar de repararse por completo. Me gusta esa idea. Lo necesito.

martes, 7 de abril de 2009

Miedo


Miedo de que llegue la noche.
Miedo de que amanezca.

Miedo de que haya demasiada gente.
Miedo de que no haya nadie.

Miedo de abrir los ojos y no ver más que oscuridad.
Miedo de abrir los ojos y ver todo demasiado claro.

Miedo de que las cosas cambien.
Miedo de que todo siga igual.

Miedo de sentir.
Miedo de ser incapaz de sentir.

Miedo de no saber lo que pasará.
Miedo de saberlo.

Miedo de recordarte para siempre.
Miedo de olvidarte.

Miedo de que no vuelvas nunca más.
Miedo de que algún día vuelvas.

Miedo…


… de tener miedo.

viernes, 27 de marzo de 2009

La vida sigue igual


Todos los años, al llegar el 27 de marzo, mi contador vital garabatea una nueva cifra sobre la anterior, pero esta vez es diferente ya que varían ambos números.

Podría comenzar a enumerar la cantidad de cosas que han cambiado hasta ahora y no acabaría nunca, aunque si echo otro vistazo hacia atrás, resulta que en realidad, a rasgos generales todo permanece en el mismo lugar. ¿Cambiar para seguir igual? No sé, es sólo que no lo entiendo.

El mundo no se parará hoy por mucho que para mí sea un día especial (¿realmente lo es?), pero eso ya lo sabía, al fin y al cabo, la vida sigue igual.

viernes, 13 de marzo de 2009

Alas de libertad

“Algunas cárceles tienen paredes de papel pintado.”


Era como si la presión dentro de la casa se hiciese cada vez más y más grande. El fondo del pasillo comenzó a distorsionarse hasta el punto de parecer un enorme agujero negro. Aquella boca estaba decidida a engullir todo el pasillo para llegar hasta ella. Las paredes más próximas a ella comenzaron a temblar, cada vez de forma más compulsiva y la alfombra que cubría toda la madera del pasillo se levantó para dar inicio a un terrorífico baile que la hacía parecer la hambrienta lengua de aquel agujero distorsionado. Aquella serpiente de movimientos iba acercándose a ella sin remedio.

Tardó varios segundos en asimilar y reaccionar. Consiguió que sus pies la obedecieran a tiempo para no ser ella misma el postre de aquel festín. Recorrió lo poco que quedaba de pasillo, entró en la cocina y cerró la puerta de un golpe. Esperaba que eso bastara para cesar el hambre de la casa, pero no fue así, pronto la puerta y los azulejos de alrededor formaron parte de la boca engullidora.

Caminaba hacia atrás, sin poder dejar de mirar el agujero negro que iba creciendo. Notó algo sólido y frío tras de sí. La manilla del balcón. La agarró con fuerza y en un rápido movimiento tiró de ella para abrirla y se encerró en el balcón Tras respirar varias veces con fuerza, abrió los ojos.

Mirando a través del cristal todo estaba tranquilo en el interior de la casa. O había nada que se estuviese moviendo o desapareciendo, la puerta permanecía perfectamente cerrada, tal y como ella la había dejado y ningún ruido daba a entender que la casa fuese a ser engullida.

Siempre le pasaba. El aire fresco la hacía volver en sí, al mundo real, conseguía que la fuerza negativa producida por esas cuatro paredes no le afectase. Se sentó en el suelo, arrimando la cara lo máximo posible a las rejas, para poder ver mejor el paisaje. Todo verde, absolutamente todo. Algún que otro color de las flores se infiltraba de vez en cuando entre la hierba, pero por lo demás era un mar verde. A lo lejos, se conseguía divisar un muro que limitaba la llanura; estaba allí desde que era capaz de recordar, al igual que el pequeño boquete que tenía en el medio. Nunca había sabido si aquel agujero era realmente pequeño o si era la visión que obtenía de él desde su balcón, aunque no le importaba gran cosa, pues tanto si era grande como pequeño, a ella siempre le servía de puerta hacia el mundo de la irrealidad.

Era increíblemente fácil respirar sueños desde allí, cerrar los ojos y al volver a abrirlos toparse con la hermosura del aire contoneándose frente a ella, invitándola a volar. Cuántas veces había imaginado que, justo en el mismo instante en el que el viento le tendía la mano, en su espalda crecían delicadas alas que la hacían levitar hasta llegar a la altura de la barandilla y posarse suavemente sobre ésta. Después, como si no pesase ni un solo gramo, se dejaba caer, pero no existía la velocidad, sino en contoneo de una pluma; y antes de llegar al suelo, abría por completo sus alas para cambiar de dirección y dirigirse a aquella hermosa campa que la llamaba sin cesar.

Bailar con los pájaros sin apenas posarse sobre una brizna de hierba resultaba tan relajante; al igual que saludar al sol y que éste le devolviera el saludo acariciándola con sus cálidos rayos. Tras pasar un rato recorriendo el campo, al final la encontraba, allí cada vez más próxima a ella, la única brecha que existía en su prisión, el único punto por el que su cárcel se hacía vulnerable. Y lo atravesaba. Tan pronto como pasaba al otro lado, el aire volvía a cambiar de aroma hasta que todo su ser saboreaba la libertad, el ancho mundo por descubrir, la inmensidad.

Arrugó la nariz, la brisa ya no era fresca, sino que se había tornado turbia y pesante. Le resultó imposible mantenerse en su fantasía y finalmente tuvo que abrir los ojos, para contemplar muy a su pesar, que su cuerpo no se había movido ni un ápice, seguía sentada en su balcón, observando desde los barrotes cómo la llamaba la libertar. ¿Pero por qué tenía que quedarse allí en el suelo como había hecho siempre?

Miró atrás, al interior de la casa que parecía amenazarla con cada azulejo, puerta y armario; seguido se giró hacia el ancho mar verde que la esperaba. No había nada más que pensar. Con menos gracia que la que le daban sus sueños se subió al balcón e hizo lo que siempre soñaba hacer, dejarse caer, sólo que en aquella ocasión, sus alas no se abrieron.

jueves, 5 de marzo de 2009

La noche que la Luna salió tarde

El título se debe a la canción que escuchaba mientras el texto surgió en mi mente.


La medida del tiempo siempre se diluía con la corriente del riachuelo, sólo para ellos, cada vez que pasaban en aquel claro varias horas. Allí, con un majestuoso roble ofreciéndoles su tronco y sus raíces como hamaca, les resultaba imposible saber si estaba a punto de amanecer o si, por el contrario, hacía poco que la luna visitaba el cielo.

La noche transcurría entre sonrisas y miradas que permitían que la eternidad ocupara cada segundo y la conversación había rozado tantos y tantos temas que apenas podían recordarlos. En una pequeña pausa en la que las sonrisas se instalaron en el instante, ella aprovechó para preguntar:

- ¿Me quieres?

Él, con su rostro más cálido y perfecto, clavó sus ojos en los de ella, sonrió y volvió a dirigir su mirada hacía el oscuro cielo.

- ¿Alguna vez has escuchado cómo el mar canta a la Luna? ¿O cómo el viento acaricia la tierra?- la rodeó entre sus brazos esperando una respuesta que ya conocía.

- No.- agudizó sus oídos; sabía perfectamente que de aquellas preguntas acabaría aprendiendo algo interesante.

Se giró hacia ella, colocó con suavidad los dedos sobre su frente y los deslizó con cuidado hasta cerrarle los párpados.

- Cierra los ojos y escucha.

Se zambulló en el silencio y la paz que le proporcionaba la oscuridad; comenzó a escuchar. Pronto el silencio dio paso a numerosos sonidos que necesitó desmenuzar para llegar a discernirlos en su totalidad.

Lo primero que llegó a sus oídos fue el murmullo fresco y alegre del riachuelo al golpear con suavidad las piedras que encontraba a su camino. El silbido de la brisa no era lo suficientemente fuerte como para eclipsar el susurro que creaban los grillos al rozar sus patas. Hubo un instante en el que incluso le pareció percibir el crujido de la hierba que crecía poco a poco o incluso el rumor de los insectos el deslizarse por la tierra. Pero ante todo, le escuchaba a él, su respiración pausada y no tardo en reparar en sus latidos; sístole y diástole, casi tan precisos como un reloj. Sus propias palpitaciones también se unieron a esa melodía nocturna tan especial que había logrado advertir.

Pero en aquel momento todos los demás sonidos se convirtieron en poco más que sombras, frente al claro golpeteo de su corazón y por primera vez aquella noche sus latidos formularon la misma pregunta que ella minutos atrás, “¿Me quieres?”, a lo que el corazón de su compañero respondió “Te quiero”.

jueves, 26 de febrero de 2009

Isla de Tiempo

Aunque la Luna intentaba ser discreta, aquella noche no podía evitar echar un vistazo de vez en cuando al interior de la ventana y seguir el rastro de ropa tirado en el suelo que iba desde la puerta hasta la cama.

Ella mantenía la cara oculta entre su hombro y su barbilla para que el calor que desprendía su cuello templara sus mejillas. Llevaba rato sin hablar, con los ojos cerrados, buceando tranquilamente en su océano de pensamientos, pero sin dejar de disfrutar ni un solo minuto de aquel instante.

El estado de él no distaba mucho del de su compañera. Tenía los ojos abiertos aunque inmóviles, sin ganas de contemplar el exterior y pestañeaba únicamente cuando se le empezaban a resecar. Su mano danzaba de forma casi automática por una superficie sedosa; su melena, siempre tan lisa y delicada que cada terminación nerviosa de las yemas le confirmaban que estaba acariciando una extensión excepcional. Por fortuna, la postura que había adoptado ella sobre su hombro le permitía consentir que sus labios estuvieran rozando su suave frente de forma permanente.

Sintió un leve cosquilleo en el cuello. Al parecer ella se había decidido por fin a volver al mundo físico y sus pestañas provocaron las ligeras cosquillas durante el tiempo que sus ojos tardaron en adaptarse a la luminosidad.

- ¿En qué piensas?

Él deslizó los labios cerca de su oído para acaparar su atención y formuló la pregunta con la mayor dulzura en la voz. Ella se movió, aún algo aturdida, para que su piel abarcara la máxima superficie del cuerpo de su acompañante.

- En islas.- la respuesta provocó una sonrisa en su interlocutor, sabía que él esperaba que continuase sin necesidad de preguntárselo, por lo que prosiguió- Pensaba un poco en el tipo de gente que se toma unas vacaciones y van a una isla a descansar. Creo que se asemejan a nosotros.

- ¿Quieres que nos vayamos a una isla a descansar?- su tono resultó jocoso, sabía perfectamente que no era eso lo que ella quería decir, pero siempre le gustaba hacerla sonreír.

- Ya estoy en mi propia isla. Me refería a que se marchan a lugares en los que su vida no existe para poder sentirse libres y desconectar, aunque saben que siempre acabarán volviendo a sus vidas. Nosotros somos algo parecido, ninguno de los dos pertenece al mundo del otro; mi vida no encaja en tu puzzle, ni la tuya en el mío, pero ambos necesitamos unas horas en las que el exterior no exista. Somos algo así como dos personajes de novelas completamente diferentes, que durante un rato necesitan salir de su historia, pero que al llegar el día tienen que volver cada uno a su libro.

- Somos islas de tiempo.

Ambos se miraron sonriendo. Ella se alegraba de que lo hubiese entendido a la perfección y él siempre disfrutaba de sus intercambios de ideas por muy abstractas o extrañas que fueran. Se sumergieron en un nuevo silencio cálido, cada cual pensando por su cuenta en la pequeña conversación y fue él quien, tras un rato de cavilaciones, lo rompió con voz apesadumbrada.

- Algún día esto se acabará.- ella asintió en un susurro casi inaudible.

No era una pregunta, ambos sabían perfectamente que aquellos encuentros tenían los días contados, que cada vez que se veían se precipitaban de forma estrepitosa al final de aquella historia paralela al mundo real. Él perfiló sus tiernos labios con los dedos, sopesando todo lo que dejaría de poseer dentro de un tiempo incierto.

- Lo echaré de menos.

- Yo también.

Pronto emergieron también en ella las mismas sensaciones y se aferró a él como si eso pudiese impedir que algún día el mundo real les arrebatase aquellos instantes. Tras percibir su turbación, él la envolvió con su cuerpo en un eficaz intento por intentar devolverla a la burbuja que habían creado aquella noche sólo para ellos.

Allí afuera, la Luna seguía haciendo de centinela, evitando a toda costa que la realidad irrumpiese demasiado pronto en aquella habitación. Aún les quedaban unas pocas horas antes de que el amanecer terminara por consumir su isla de tiempo.




domingo, 22 de febrero de 2009

Querido Corazón

Todas las calles yacían oscuras y silenciosas, hacía ya varias horas que nadie las perturbaba, hasta que unos débiles pasos se escucharon rumbo a la plaza. La figura difuminada por la noche no tardó más de cinco minutos en alcanzar un enorme edificio de piedra, en el que se paró y se arrodilló en las escaleras que lo presidían. Hasta ese momento las calles no se habían dado cuenta que la mujer sujetaba entre sus brazos un bulto, que acunaba sin cesar, pero que en cuanto llegó a las escaleras, lo dejó con mucho cuidado sobre estas. Rápidamente se inclinó sobre él e intentó decir algunas palabras que le resultaron completamente imposibles de pronunciar, ya que los sollozos le provocaban continuos estragos en la garganta. Se levantó aún mirando por última vez el fardo que dejaba allí y comenzó a andar por la misma calle que había aparecido, hasta que no pudo contenerse más y echó a correr, para que su tentación por volver a la plaza se esfumase junto con el ruido de sus zapatos.

Dentro del pequeño fardo comenzó a despertarse un pequeño corazón que no tardó en revolverse asustado. Sus ojitos fluctuaron por todo el paisaje que sus pupilas eran capaces de percibir, hasta que allí, al lado de la manta que le envolvía, encontró una carta, con letra muy cuidada, dirigida a él.


"Querido corazón,

Sé que en cuanto abras el sobre que contiene estas frases y descubras que lo he escrito yo, mirarás a un lado y al otro de forma frenética con la esperanza de encontrarme, y que pueda sacarte de la confusión, pero lo siento, para cuando leas esto yo ya estaré muy lejos de aquí.

No puedes ni imaginarme lo difícil que ha sido tomar esta decisión, aceptar que lo mejor para ambos es que estemos distanciados, pero al final lo he hecho. No puedo seguir vagando por el mundo mientras seas el cajón en el que se atrincheran todos los sentimientos porque resulta terriblemente complicado sacarlos de ahí, y duele. Duele cada vez que bombeas, junto con la sangre, una nueva dosis de enrevesados sentimientos; sobre todo cuando son esas sensaciones que alguna vez fueron reflejo de mi felicidad, pero que tú te sigues empeñando en enseñarme. Crees que esas imágenes y voces darán inicio a una cascada de sonrisas y una euforia incontrolada, pero te equivocas, no te das cuenta que cada vez que intentas alegrarme así consigues que duela aún más. Y entonces tú recibes y guardas esa tortura y, obedeciendo a tu deber, haces que cada parte de mi ser se de cuenta de lo que estoy sintiendo.

No me tomes por cruel, querido corazón, sabes mejor que nadie los buenos momentos que gracias a ti he podido conservar durante tanto tiempo, pero es que me dueles, me acuchillas, me matas, sé que no es tu intención, aunque igualmente atormenta.

Es irónico, lo sé, la vida en todos sus sentidos es completamente ilógica sin un corazón y sin embargo me siento incapaz de seguir mi camino contigo a cuestas. Por eso hoy, aquí, se separan nuestros caminos. Espero que logres encontrar otro dueño, alguien que sólo tenga buenos sentimientos y jamás te lastimes, que te conviertas en un precioso cajón de alegrías y que palpites con toda la energía del mundo. Yo, en cambio, seguiré mi rumbo indefinido, sin sentido ni sentimientos, puesto que te los dejo todos a ti, yo no los quiero y tampoco podría guardarlos.

Quizá hubiese sido menos doloroso explicarte esta misma carta en persona, pero de haberlo hecho, sé que hubiese sido incapaz de alejarme de ti.

Ya es hora de irme, pequeño corazón. Ahora duele, pero a medida que mis pasos se distancien de ti, se irá rompiendo el vínculo que une a todo cuerpo con su corazón, hasta que sólo me quede la fría lógica.

Espero que algún día puedas perdonarme."


jueves, 19 de febrero de 2009

Polvo de estrella

Hoy se cumplen dos años desde que comencé a escribir de nuevo y estoy segura de algo, el Claro de Luna no ha muerto.



Una noche cálida de verano, perfecta para observar las estrellas, aunque las casas de piedra gris con sus tejas a lo alto hacían que el pueblo no fuese el lugar más idóneo para este pasatiempo. Pero desde allí en la campa, a escasos kilómetros de la aldea, resultaba fascinante mirar al cielo, incluso parecía que las nubes habían pactado dejar la vista totalmente despejada.

Un joven muchacho había encontrado la comodidad necesaria en una roca para poder usarla de almohada mientras observaba con fascinación el cielo. Cada noche se pasaba allí horas maravillado por cada reluciente estrella y realizando conjeturas sobre su creación. Las repasaba con la mirada una y otra vez hasta lograr reconocer cada constelación que aparecía en los antiguos libros de astronomía que tenía en casa.

No tardó en hallar algo diferente aquella noche. Una de las estrellas brillaba con mayor intensidad que de costumbre, lo que hizo que el joven se levantara curioso de su improvisada cama, con la vana esperanza de ver algo mejor. Creía haber visto cómo el pequeño punto luminoso se agitaba sobre el manto oscuro de la noche. ¿Sería su imaginación? Se agitó otra vez. Antes de que el muchacho pudiese siquiera pestañear la estrella se iluminó aún más y comenzó rápidamente un descenso en picado sin frenos, hasta que sólo la tierra pudo pararla. La colisión provocó tal estruendo que todos los habitantes del pueblo se asomaron horrorizados a sus ventanas para observar cómo el astro había acuchillado su preciada tierra hasta crear un cráter lo suficientemente hondo como para no poder ver su final.

El joven continuaba en el campo, estupefacto y sin habla, observando el orificio que se había producido a apenas unos kilómetros de él. Debía haber alguna explicación para aquello, pero sabía que probablemente en el pueblo nadie sabría contestar, así que sólo le quedaba acudir a la única que sin duda conocería la respuesta. Echó a correr tan rápido como pudo, mientras gritaba al cielo hasta quedarse casi sin voz

-¡Luna! ¡Luna! ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué están cayendo las estrellas?

La aludida, que hasta ese momento había permanecido en completo silencio, contestó al chico con su voz sonora, para que incluso los del pueblo la pudieran escuchar.

- Una estrella sólo puede caer del cielo cuando se apaga y muere.

- ¿Las estrellas se están muriendo?

- Así es.

- ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

Se tomó su tiempo en responder y al hacerlo, su voz sonaba aún más triste y ancestral que nunca.

- Cada estrella se alimentan de esperanza para poder brillar con todas sus fuerzas, pero aquí, en la tierra, ya no queda nada de ilusión, los humanos la habéis consumido toda y ya no sois capaces de soñar para poder renovar esa esperanza. Y cuando a un lucero no le quedan energías para resplandecer, se debilita hasta que muere y cae estrepitosamente contra la tierra.

Comenzaron a oírse ruidos y pasos rápidos procedentes de la aldea, al parecer todos habían decidido en los últimos minutos que lo mejor era abandonar aquel lugar y buscar otro en el que poder asentarse. Pero el muchacho persistió:

- ¿Entonces no hay nada que hacer? Tiene que haber algo.

La Luna lo miró como si acabara de percatarse de su presencia. ¿Quizá…? No, imposible…aunque, ¿podría resultar? Tras una meditación que pareció eterna, extendió su mano hacía él y dijo:

- Tal vez haya una manera, pero debes confiar en mí.

No entendía a qué se refería, pero tampoco se lo pensó dos veces y también alargo su brazo. La fría mano de la Luna agarró la suya con firmeza y tiró de él. Sin haberlo esperado si quiera, sus pies se despegaron del suelo casi al instante, y el fuerte empujón lo catapultó como si de un cohete se tratara, hacia el cada vez más oscuro cielo.

Pronto, la pálida esfera lo soltó, sin avisos ni explicaciones, únicamente una sonrisa deslumbrante y segura dibujada en su rostro. Tras unos escasos segundos desde su despegue, el joven abrió lo ojos por fin, en una mezcla de curiosidad e impaciencia, pero el pánico se apoderó de todo su ser en cuanto sus ojos comenzaron a captar las primeras imágenes. Parecía que el cuerpo del muchacho no pesaba nada, puesto que seguía elevándose con más y más velocidad, sin ningún cambio en la trayectoria.

Aquello no podía ser bueno, cuanto más ascendiese, más velocidad tendría al caer…La caída…no se había parado a pensar en ello. ¿Cuánto tardaría en alcanzar la altura máxima y precipitarse contra el suelo? Iba a convertir sus huesos en pura papilla, y ¿todo eso para qué? ¿Qué conseguiría con eso? El plan de la Luna, si es que verdaderamente tenía uno, resultaba absurdo meditado desde aquella altura, con la tierra amenazando con acogerle entre sus brazos de la forma más estrepitosa posible y con la sangre golpeándole la cabeza a martillazos incesantes. En un momento sólo quedó espacio en su mente para la ansiedad y la incertidumbre de no saber de cuánto tiempo disponía antes de que ocurriera el desastre.

Caer…y no volver a ver a nadie más…caer…y no poder disfrutar nunca más de la compañía de quienes le querían…caer…y jamás volver a escuchar la risa inocente de su hermano pequeño cada vez que se ilusionaba con cualquier cosa, por simple que fuera…y caer…¿por qué? ¿Quién o qué lo ordenaba? ¿Y si no ocurría? Improbable, pero no imposible. ¿Y si todas las leyes físicas del mundo se equivocaran esta vez? Más improbable aún, pero tampoco imposible. Alguien debería protagonizar la excepción, ¿no? ¿Y por qué no iba a ser él?

Cerró los ojos, cogió aire lentamente hasta llenar sus pulmones por completo e intentó poner en claro sus últimas ideas en voz alta, puede que así tuviesen más sentido. Pero no pudo, su voz no pronunció tales conjeturas si no la frase más ilógica que cabría esperar en ese momento:

- Aún tengo esperanza. – y sonrió.

En ese instante toda su piel palideció hasta volverse de un blanco brillante, como si una luz le estuviese iluminando desde el interior. La sensación de que su cuerpo iba a caer se hacía más pequeña a medida que ascendía y una cálida esperanza tomaba el relevo al pesimismo con gran rapidez.

Ya no se precipitaría al vacío. No sabía por qué, ni cómo explicarlo, simplemente lo sabía.

No abrió los ojos, no lo necesitaba para saber lo que le empezaba a ocurrir a su cuerpo. Comenzando desde la punta de los pies, cada partícula de su anatomía comenzó a soltarse de su cuerpo, iluminándose aún más a medida que se alejaba. Pronto, una estela dorada delataba el rastro del muchacho, ya prácticamente desmembrado.

Polvo de estrella, el origen de toda la materia de los planetas y de los astros más jóvenes. Cada partícula de esperanza, ilusión, sueños…todas ellas sirvieron para alimentar a las estrellas moribundas que amenazaban con caer, lo que llevó a que se disipara el pánico que se había creado en el pueblo. Todos estaban atónitos, era algo imposible, ya lo decían los ancianos, una vez que cae una estrella todas las demás la siguen. ¿Cómo se podía explicar algo imposible? Nadie tenía la más mínima oportunidad de sobrevivir al desastre, pero al final lo consiguieron y todo porque uno de ellos no había renunciado a la esperanza.

miércoles, 28 de enero de 2009

Amanecer

"El dolor era desconcertante.
Exactamente eso, me sentía desconcertada. No podía entender, no le encontraba sentido a lo que estaba ocurriendo.
Mi cuerpo intentaba rechazar el suplicio, y me absorbía una y otra vez una oscuridad que me evitaba segundos o incluso minutos enteros de agonía, haciendo que fuera aún más difícil mantenerse en contacto con la realidad.
Intenté hacer que se separaran, el dolor y la realidad.
La irrealidad era negra y en ella no me dolía tanto.
La realidad era roja y me hacía sentir como si me aserraran por la mitad, me atropellara un autobús, me golpeara un boxeador, me pisotearan unos toros y me sumergieran en ácido, todo a la vez.
La realidad era sentir que mi cuerpo se retorcía y enloquecía aunque yo no podía moverme, posiblemente debido al mismo dolor.
La realidad era saber que había algo mucho más importante que toda esta tortura, pero ser incapaz de recordar qué era.
La realidad había llegado demasiado rápido."
Stephenie Meyer, Amanecer, pág. 406

martes, 20 de enero de 2009

Bekaturako bidean

Nonbaiten ezkutaturik,
mundua han kanpoan utzita,
biak puzzle piezak dira
bikain osatzen direnak.

Labankadak sartzeko prest
zaude, barnetik erauziz
ahots txuriko inuzentea.
Ilargiak zain dezala bere arima
zuk bekatuari gorputza
eskaintzen diozun bitartean.

Zer egin duzu zuk,
ihesbako harrapakin,
bihar emakume esnatzekotan,
eman diozu zure hesiak
igarotzeko baimena,
ta orain hemen zaude
plazerra eta minaren
arteko linea arakatzen.

Erritmoak bizkortzen, eta
arnasestu kantutan, hasi
dira biak dantzatan.
sinfoniaren amaiera
maindireko kolofoi isurkin.

Bekaturako bidean
topatuko duzue elkar
ilargi zurbil betea
galtzen den hurrengo gauean.




En el camino hacia el pecado


Escondidos en algún lugar,
dejando el mundo allá fuera,
ambos son como piezas de puzzle
que se complementan a la perfección.

Estás dispuesta a apuñalar
extirpando de tu interior
a la inocente de voz blanca.
Que la luna cuide de su alma
mientras tú le ofreces
al pecado tu cuerpo.

Qué has hecho tú,
presa sin escapatoria,
con intención de levantarte mañana mujer,
le has dado el permiso
para cruzar tus barreras.
Y ahora aquí estás
escudriñando la línea
entre el placer y el dolor.

Acelerando los ritmos y
cantando en jadeos
han comenzado los dos a bailar.
El final de la sinfonía,
el colofón sobre las sábanas.


En el camino hacia el pecado
os encontraréis
la próxima noche
que se pierda la pálida luna llena.

martes, 23 de diciembre de 2008

Addio viaggiatore

A menudo un viajero se enamora de la ciudad que visita, pero ¿cuántas veces se enamora una ciudad de su viajero?


Siempre a esta hora te asomas para deleitarte con el gran festín del horizonte, devorar al sol y como si de un ritual se tratara, posas tu mirada en cada farola, las velas que acompañarán tan suculento banquete. Las altas farolas…buen lugar sobre el que reflejar mis ojos y así poder observarte, igual que cada noche, detrás de tu ventana. Pero tú nunca me ves, lo sé, porque siempre fluctúo de una luz a otra, cuando te fijas en una yo ya me he escondido en la siguiente. Si me descubrieses, ¿cómo podría explicarte los motivos por los que tu propia ciudad te espía cuando cae la noche?

Hoy pareces inquieto, algo te come por dentro y no sé lo que es. Normalmente permites al humo que sale de tus pulmones llevar consigo información sobre las cosas que te preocupan, tus ideas, pensamientos…recoger ese humo, junto con tus conversaciones con el mar, han sido siempre la manera más eficaz que he tenido para poder saber qué te pasaba y tratar así, mi querido viajero, de hacer cuanto estuviese en manos de esta vieja ciudad para que te sintieses mejor. Pero no, hoy no me has dado ni una sola pista de tus dudas.

Ya ha muerto el día, ni siquiera le has prestado atención a uno de tus espectáculos favoritos, y has dejado que se consuma gran parte del cigarro que has apoyado sobre el alféizar, sin apenas haberlo probado. Miras el reloj, parece que ya es la hora, pero ¿la hora de qué? Te giras y desapareces de la ventana, veo cómo la luz de la habitación se apaga. ¿Será que te fuiste a dormir? Si es así, sabes que acomodaré la noche para que nadie perturbe tus sueños. No estoy segura de dónde estás y lo reconozco, eso me inquieta.

No han pasado ni cinco minutos, que una figura sale de tu portal cargado con varios bultos a su espalda; el hecho de que no le pueda ver la cara por la oscuridad y que esté pendiente de si vuelves o no a la habitación, consiguen que realmente no preste demasiada atención a esa persona. Pero la luna, dichosa luna, siempre tan amiga y sincera, alumbra su cara… y un rostro conocido aparece…¿tú?...sí, tú intentando arreglártelas como puedes para cargar con una mochila y una maleta llena de objetos. Una vez que has conseguido colocar el equipaje de forma que lo puedas llevar relativamente cómodo comienzas a caminar con decisión, echando una mirada rápida primero a tu ventana y después a la luna.

Esto me ha pillado tan de sorpresa que para cuando he podido reaccionar ya te habías alejado varios metros. Me muevo de farola en farola lo más veloz posible, intentando atajar por algún camino, pero sin conseguir adelantarme a tus movimientos. Te detienes delante de la estación de trenes…me quedo expectante, pensando…tomarás el tren al centro de la ciudad, ¿cómo no se me pasó antes por la cabeza? Tendría que haberlo sabido, es uno de los mejores métodos para salir de aquí.

Me desvanezco de la farola para reflejarme sobre el cristal del tren, quiero comprobar que has subido a él, aunque eso conlleve el riesgo de que me veas. Vuelvo a desaparecer del vagón una vez que ha comenzado a andar. Sé que no tengo mucho tiempo, quizá una hora escasa para poder detenerte; me odiarás por esto, lo sé y lo siento, pero viajero, no te puedo dejar marchar. Siento cómo lo raíles vibran sobre mi suelo, oigo el ruido, noto la velocidad…¿cómo pararte sin hacerte daño? El viento, sí, al menos tengo que intentarlo. Es un gran amigo, me ayudará si se lo pido. Comienzan a crearse pequeños remolinos en las calles y en menos de un minuto las ráfagas son espeluznantes, pero nadie sabe que justo en el túnel que ahora mismo engulle a tu vagón el viento es aún más fuerte, es casi como un titán con las manos apoyadas en la parte frontal del tren, intentando que frene.

Maldita sea, no ha conseguido más que retrasarte unos minutos, lo suficiente para que pierdas tu próximo transporte, pero algo me dice que ni eso te retendrá esta noche, estás decidido a llegar a tu destino, sea cual sea. Rápidamente sales de la estación, intentando aún mantener en equilibrio todo tu equipaje. Es mi última oportunidad, después de esto no sé ni cómo podré volver a mirarte a los ojos, pero el miedo de no volver a verlos es mucho más fuerte. Afilo mis uñas, invisibles para ti y el resto de mis habitantes, y las clavo en una comisura de tu mochila para que cuando sigas caminando ésta se rasgue. No te das cuenta de que la tela se ha roto hasta que la colisión de un par de objetos contra el suelo te ha alertado. Los recoges mientras compruebas que no están rotos y, visiblemente malhumorado, comienzas a hacer malabares con la mochila y la maleta para poder continuar tu camino sin más incidentes.

Estás furioso, ¿conmigo quizá? No estoy segura. Pero aún así sigues caminando. Dios, ¿por qué? ¿Qué demonios es eso tan importante que te aguarda? Tanta decisión sólo puede significar una cosa, que pase lo que pasa, da igual lo que se me ocurra hacer, tú seguirás andando. Resulta desesperante, ¿qué hacer? Si ni siquiera sé por que o quién me abandonas; si no me puedo hacer a la idea de que otra ciudad te acoja, te cuide y se refleje en tus ojos cuando llegan tus momentos más felices. Supongo que lloraría si mis ojos reales, pero no lo son; soy sólo un mar con su paseo, unas calles mal asfaltadas, que la mayoría del tiempo acaban empapadas por culpa del temporal. ¿Cómo vas a preferir tú, mi estimado viajero, a esta ciudad antes que a cualquier otra en la que luzca el sol siempre en lo alto?

Parece que las nubes han visto mi llanto invisible y han decidido llorar por mí. Poco a poco finas gotas de agua comienzan a calar el asfalto, mis habitantes y a ti. Echas a correr como puedes, supongo que con la esperanza de que no resbalar y terminar con todo el equipaje por el suelo. Ya no sé si he dejado de observarte y sólo pienso o si he dejado de pensar y sólo te observo, pero a medida que te alejas por la calle principal recuerdo tantas cosas que a partir de mañana ya no pasarán.

Yo te he obsequiado cada día con los mejores bancos de todo el paseo para que pasaras allí las tardes con tu viejo cuaderno de notas, varios cigarrillos y poco más. Cuántas horas has invertido observando al mar, permitiendo que la sal y el humo invadiesen tus pulmones y así poder captar imágenes y sonidos que diesen forma a las frases que escribías sobre papel. Pero de lo que nunca te diste cuenta es que cada vez que agachabas la mirada para posarla sobre el cuaderno, yo me valía del mar para reflejar mis ojos y observarte, mi querido viajero.

Ya no disfrutaré de tu compañía cada noche cuando salías a correr de madrugada y me inquietaré al no saber si tu nueva ciudad también hace brillar las farolas para que, cada vez que atajes por el bosque, sepas siempre dónde está la carretera principal que te llevará de vuelta a casa.

Te detienes, exhausto y completamente empapado, frente a la gran estación de autobuses que permitirán que te alejes de mí para siempre. Pese a la hora que es hay bastante gente, personas que se van y familiares que los despiden. Y a ti viajero ¿quién te despide? La pequeña gran ciudad que ha intentado cuidarte todo este tiempo y ni siquiera lo sabes. Buscas entre todos los autobuses el que te llevará a tu destino, hasta que finalmente lo encuentras allí agazapado en una esquina, con el maletero abierto invitándote generosamente a que por fin tus hombros dejen todo el peso que llevan y descansen.

Subes al autobús, sigues el pasillo hasta encontrar un asiento que sea más o menos de tu agrado hacia el final del vehículo y te acomodas en el asiento del lado de la ventanilla, mirando a través de ésta. No estoy muy segura de si me miras a mí en forma de despedida o si simplemente tienes la mirada perdida y la mente puesta ya fuera de aquí. Y lo único que me queda claro es que cuando la última de esas lágrimas se haya evaporado, ya no quedarán restos de mi alma en ti.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Duerme ciudad, duerme




Duerme ciudad, duerme,
tú que ayer viste mis primeros pasos,
hoy soy yo quien te arropa.

El autobús no espera a nadie,
ya lo sabes bien,
y mientras avanza chirrían
las ruedas de goma gastada.

Tantas veces ha hecho el viaje…
y la primera vez que lo hago yo.

El miedo galopa hasta mí,
pero yo no quiero hacerle caso
y llegan a mí los recuerdos,
las imágenes de cómo tú,
en tus tierras cultivaste
mis dos primeras sonrisas:
una por escuchar las caricias
entre tierra, mar y puerto
y otra al saber que,
fuese donde fuese,
cuidarías de mí a través del viento.

Hoy duerme ciudad, duerme
que mis sueños descansarán
sobre tus farolas mientras
no termine esta noche.

Sal al ancho mar, ese que
te arropa cada día, pues
las olas te esperan ya
para cuidar de tus marineros.

Y una vez allí, no mandes
gaviotas a buscarme
porque allá donde voy,
sus voces no llegan
y no podrán encontrarme.

Siempre sabré que has sido
la más bella ciudad
que nadie pueda conocer,
la única a quien perteneceré
y a quien dejo esparcida
la ilusión que nace al crecer
para que la custodies
y nunca pueda morir.

Pero si algún día Saturno
te traiciona y arrebata
esa hermosa silueta
de mar, puertos y montañas,
no desesperes que yo
la retendré en mi mente
sin importar donde vaya.

Durante esta apacible noche,
duerme ciudad, duerme
que mañana cuando amanezca
te oraré con otro nombre.





domingo, 26 de octubre de 2008

Los muertos no tiemblan en días fríos

Hoy quiero inaugurar una pequeña sección que titularé “Teorías”. Éste escrito que os presento realmente no es el primero que debería aparecer en este apartado, pero es el último que he escrito y por ello lo expongo aquí. Lo cierto es que hasta ahora había suprimido este tipo de textos por ser muy diferentes a la temática central de este blog, pero he pensado que esto también es parte de mí, por lo que perfectamente puedo incluirlo en mi pequeño espacio virtual. Sólo decir que es una sección que encontraréis mucho más caótica y menos elaborada que el resto de escritos, pero eso sólo es porque, en este caso, le doy más importancia a las propias ideas que a la manera de contarlas.


Ayer rescaté varios cuadernos antiguos, entre ellos uno que me servía de diario en esos tiempos en que los problemas no eran problemas y yo no era más que una pequeña inocente, ingenua y feliz.

Recuerdo que cada vez que de pequeña leía una historia me imaginaba que yo era la narradora de una historia que se iba haciendo realidad en algún mundo desconocido a medida que las frases del libro tomaban forma frente a mis ojos.

A veces incluso llevaba esa fantasía un poco más allá e imaginaba que la vida de cada uno era la trama de un cuento leído por un niño; y nosotros y las personas que nos rodean, los protagonistas. Ninguno de los dos mundos se mezclaba, la única conexión que había entre ambos era esa voz interior que cada uno de cada cual escucha cuando leemos para nosotros mismos, sólo que esta vez era la de ese niño desconocido que se hallaba en algún rincón en el que jamás sería encontrado en este mundo.

A lo que iba, que me desvío del tema. Comencé a ojear esa especie de diario, reconozco que al principio sin demasiado interés, sólo una pequeña curiosidad de a ver qué tipo que chorradas me daba por escribir hace años. Y lo cierto es que sí, la mayoría de las cosas (por no decir todas) eran temas sin ningún tipo de importancia, pero el caso es que mientras las leía veía nombres, nombres de gente de la que ya ni siquiera me acordaba es más, algunos me costó un gran trabajo traerlos de vuelta a mi memoria aunque fuese sólo por unos minutos. Había de todo, personas que se cambiaron de colegio y de la que no volví a saber más; gente que a día de hoy aún son buenos amigos; otros que por aquel entonces no lo eran pero que ahora sí; incluso gente que hizo su gran viaje demasiado pronto.

Por un instante hasta me pareció que era otra vez esa niña pequeña que creía que las cosas que leía estaban sucediendo en algún otro lugar. Y llegué a algo así como la versión ampliada de lo anterior: ésta vez cuando yo leía en el presente el diario, a cada frase se estaba creando el pasado en otro mundo; y mi presente era el pasado leído en un tiempo futuro.

Entonces es cuando se me ocurrió el poder que podría tener una simple goma de borrar; lo que podría llegar suponer eliminar incluso la más insignificante de las frases o el punto peor puesto. En ese momento muchas de las cosas que siguiese a esa pequeña oración desaparecerían ante mis propios ojos. Incluso podría llegar más lejos aún y no conformarme sólo con haberla borrado, sino coger un lápiz y reinventar la frase y ver así cómo los próximos sucesos cambian sin necesidad de que yo los escriba.

¿Pero qué es lo que nos diferencia a nosotros, los de este presente que leemos cosas pasadas; de nosotros, ese pasado leído en un presente que aún es futuro? ¿O qué me diferencia a mí de todos esos fantasmas que aparecen en las frases escritas a lápiz, fantasmas que aparecen y desaparecen a su antojo a lo largo de capítulos enteros?

Lo cierto es que hasta esta mañana no he encontrado una respuesta viable a todo eso. Al parecer la temporada de heladas que comienza estos días no sirve sólo para hacer tiritar hasta el último músculo de mi cuerpo, sino también para activar mi cerebro y hacer que piense más y más deprisa, aunque sea en teorías absurdas de estas.

Pero incluso después de haber tenido la oportunidad de reflexionar tanto, creo que el hecho de haberme pasado un buen rato mirando por la ventana cuando ni siquiera había amanecido aún, es lo que más ha aportado para que piense que probablemente, la única diferencia que haya entre ellos y nosotros, es que los muertos no tiemblan en días fríos.

domingo, 5 de octubre de 2008

El mundo a través de una canica


Recién llegado el otoño, resulta una maravilla poder contemplar desde un banco de madera cómo comienza el sol a dorar las finas hojas de los árboles. Poco falta para que el transcurso de los días vaya consumiendo más y más al astro rey hasta que llegue un momento en el que apenas quiera salir a visitarnos.

Al parecer, los dos pequeños muchachos de apenas seis años de edad que juegan en medio del parque se han percatado de que pronto perderán a ese amigo brillante que tanto les ha acompañado durante el verano, y por ello, intentan aprovechar al máximo el tiempo que les queda a su lado, divirtiéndose con pequeñas y relucientes canicas que el sol hace resplandecer aún más. Desde mi banco puedo ver sus caras inocentes llenas de emoción cada vez que una de las canicas golpea suavemente a otra y sigue girando en una nueva dirección.

Una de esas pequeñas esferas de cristal rueda sin detenerse hasta chocar con mi zapato. Sin saber muy bien por qué, atrae mi atención más de lo que cabría esperar y, al observarla, su brillo atrapa mi mirada, invitándome así a cogerla suavemente entre mis dedos. Es extremadamente ligera y su tacto agradable se acentúa cada vez que la deslizo de manera casi imperceptible por las yemas.

Su sutil calidez logra que mis curiosos ojos se cierren con el único fin de que mi tacto se agudice lo suficiente para deleitarme aún más con el extraño objeto. Pero al volver a abrirlos ya nada es igual.

Toda la explanada que se extiende ante mí comienza a derretirse hasta formar un fluido de tono turbio y verdoso a causa de la mezcla de tierra y vegetación. A medida que se liquida, su espesor se diluye y adquiere un intenso matiz azul. Justo en el lugar en el que se encuentran los jóvenes muchachos se perfora el recién formado océano con un remolino descomunal cuyo fondo parece ser un abismo infinito. Ambos niños intentan de forma enérgica nadar a contracorriente para que el vacío que hay tras ellos no consiga devorarlos, pero uno de ellos, el más rezagado pierde sus fuerzas y se ve arrastrado al interior del desagüe oceánico. El pánico es fácilmente perceptible en la cara de su compañero que aún lucha con todas las fuerzas que le quedan contra el mar, aunque no son suficientes. Poco a poco siente como el vacío comienza a extenderse bajo sus pies; pronto todo su cuerpo se precipitará.

En ese instante en que lo cree todo perdido algo lo aferra de la muñeca; algo casi como una mano, pero más fría, más áspera y más firme. En un acto reflejo, el muchacho se apresura a sacar la otra mano del agua para sujetarse mejor a esa rama que lo acaba de atrapar como si no fuese más que un pececillo indefenso. Ésta lo impulsa fuera del agua con tal vigor que la propia velocidad del aire consigue que las ropas del chico estén completamente secas antes de aterrizar en la copa de un árbol. El robusto tronco es la única tierra firme que se consigue atisbar en el ancho océano, aunque parece completamente imposible que sus raíces estén unidas a algo.

El aire se agita cada vez con más intensidad hasta llegar a convertirse en viento y es entonces cuando el joven decide que ya es hora de abandonar su improvisado islote. Se aproxima lo máximo posible a la punta de una rama donde aún las ráfagas no han conseguido arrancar todas las hojas y se monta con mucho cuidado en una de ellas, dejando que la ventisca haga el resto. Por fin su plataforma verde se desprende del árbol para comenzar a planear hacia el horizonte, donde las aguas han recuperado su tranquilidad.

Mientras viaja hacia ninguna parte, no puede evitar mirar atrás para fijarse en la boca del océano que prácticamente lo devora y que ahora se rellena de agua desde su interior. Pero no es únicamente agua lo que regurgita el océano; del centro del agujero casi cerrado emerge una figura que se mantiene firme sobre su extraño soporte. Desde su hoja el joven muchacho no puede contener una sonrisa de asombro y felicidad al comprobar que no es otro que su compañero a lomos de una balsa gigante de tortugas. Pronto el capitán del navío acorta distancias hasta alcanzar a su amigo y ambos continúan el viaje dirigido por el viento.


No pasa demasiado tiempo hasta que en el horizonte aparece una pequeña mota que va aumentando de tamaño conforme se acercan a ella. Una playa de la más fina arena les da la bienvenida a la isla llena de exuberante vegetación que impide ver lo que hay más allá de los primeros árboles. Allí, al comienzo del bosque, les esperan un par de aves de picos dorados; éstas se inclinan ligeramente con gesto elegante, invitando a los dos aventureros a subirse a su espalda. Una vez arriba, cada muchacho se aferra firmemente a las plumas del cuello de sus improvisados medios de transporte y antes de poder mirarse si quiera una vez, ambos pájaros echan a volar de forma vertiginosa a través del bosque. El paisaje se convierte en poco más que un borrón debido a la creciente velocidad hasta que de repente y sin previo aviso se paran en seco en una explanada justo en el corazón de la espesura.

En el medio del insignificante claro se apilan unos cuantos pedruscos grises, dando forma a una pequeña y fría morada. No tiene puerta, sólo una manta colgada que evita que se vea el interior. Uno de los jóvenes la desplaza con cuidado para poder entrar seguido por su compañero.

En una esquina crepita suavemente un fuego azul y cálido que se encarga de iluminar la estancia; a su lado, una figura lo alimenta con pequeñas ramas secas, pero se gira hacia la entrada al oír a sus inesperados invitados. Las tres figuras se aproximan y dos de ellas extienden las manos; una para dar algo, y la otra para recibir ese objeto, pero en ese momento en el que la pequeña pieza se suelta de su amo el fuego centellea con más energía y el objeto, aún en el aire, expulsa todo el brillo reflejado de las llamas, consiguiendo cegar por unos instantes a todos los presentes.

Pestañeo un par de veces y me sorprende darme cuenta de que tengo a uno de los niños justo delante de mí, a menos de dos metros, sonriéndome pero a la vez con una mirada un tanto perpleja al no entender por qué tardo tanto en devolverle su preciado tesoro.
La diminuta esfera continúa brillando con la misma intensidad que antes, quizá esperando a una nueva persona a la que poder abrirle las puertas de la fantasía.

Cierro los ojos un instante y al abrirlos me quedo observando cómo el joven muchacho vuelve alegremente al encuentro de su compañero de juego para poder vivir mil nuevas aventuras más.

Sonrío permitiendo a los escasos rayos de hoy que bañen mi cara y dejo que mi mente siga volando hacia algún lugar desconocido. Al fin y al cabo, puede que el mundo que realmente esté del derecho sea ese que vemos a través de una pequeña canica.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Otoño


Supongo que cada año siempre hay una época que nos hace reflexionar más y zambullirnos en nuestros propios recuerdos. Al parecer la llegada del otoño es un momento más que perfecto para ese fin, así pues de mi propia inmersión pude rescatar esto, escrito hace poco más de un año.



Un año más el otoño llega con sus humildes marejadas
para empezar a deleitarnos una vez más con su canción.
Se le unen mil vientos y lluvias
para entonar flamantes melodías que sólo escucharán lo sabios

Un año más un hombre se sienta en el columpio del parque
donde hacía unas horas reían niños.
Mira al cielo de frente porque ya no le tiene miedo.

Y el otoño descarga toda su belleza
con gotas de lluvia cristalina
que mojan suelos, hojas y nuestras vidas.

Su alma quebrada en dos, uno lo que ha sido siempre,
y otro lo que nunca volverá a ser.
La lluvia cae sobre él,
llevándose consigo todo lo que ya fue
y empapa el suelo de recuerdos
que ni el otoño le hará olvidar.

Pero poco le importa porque
todo tiene principio y final;
ahora busca algo nuevo que consiga hacerle vibrar.

Ya no le queda nada que hacer en ese lugar.
Todo terminó y ahora debe volver a empezar.
Se levanta para iniciar de cero una vida ya comenzada.

Y el otoño descarga toda su belleza
con gotas de lluvia cristalina
que mojan suelos, hojas y nuestras vidas.