“Sentimientos, sensaciones, instantes…eso es el Claro de Luna, un lugar en el que todo, absolutamente todo, es posible.”

domingo 8 de noviembre de 2009

Vampiros emocionales

“Y al final me ha encontrado.”

Mañana soleada, pasillos fríos, pasos dormidos…pero aún así el día empieza con vitalidad, la ilusión y curiosidad por saber qué nuevas anécdotas terminaré conociendo hoy. Poco a poco la gente se amontona frente a la puerta de entrada y las conversaciones matutinas comienzan a fluir mientras dura la espera para acceder al aula. Resulta increíble la cantidad de temas diferentes que se pueden encontrar a estas horas, sólo hay que buscar el más interesante y unirse al grupillo que lo haya iniciado, la sonrisa y el comentario que me inserten en el diálogo vienen de serie, por lo que nunca suele ser demasiado complicado autoincluirse en el corro de opiniones.

Algunos minutos después una nueva voz se incorpora a las que ya había, todos ríen ante su ingeniosa frase, incluida yo. En ese momento varios alumnos de otros grupillos pasan por delante de nosotros, al parecer ya es hora de entrar a clase por lo que el círculo se disocia e intentamos colarnos lo más ordenadamente posible, pero siempre son inevitables los ligeros empujones. Tropiezo…inevitable también, sólo que esta vez antes de caerme una mano me agarra del brazo para que consiga mantener el equilibrio.

En cuanto su piel entra en contacto con la mía, una sensación extraña irrumpe en todo mi cuerpo. La mano es cálida, pero la percibo como si perteneciese a una escultura de hielo, a decir verdad, ni siquiera entiendo por qué sé que es cálida. Noto cómo la temperatura de todo mi cuerpo viaja y se empieza a acumular en el brazo; mi piel está completamente helada, mucho más que de costumbre si es que eso es posible, pero el brazo me arde tanto que tengo el presentimiento de que, de seguir así, podría incendiarse en cualquier momento. Lo miro, está completamente rojo a excepción del hueco blanco que proporciona la mano que aún me tiene aferrada. Cuando parece que ya no puede encenderse más, de pronto todo el calor que sentía acumulado se desvanece de mí y observo cómo las yemas que me sujetan se alumbran ligeramente y se reparte por su cuerpo lo que creo que es el calor que me ha robado. Me siento un poco cansada, algo mareada incluso, como si me hubiese absorbido parte de la energía que necesito para estar en pie.

A mi alrededor parece que nadie se ha percatado de nada, esperan a que reanude la marcha para entrar ya que estoy colapsando la puerta. ¿A caso me lo he imaginado todo? Termino de incorporarme y aprovecho para echar un ligero vistazo a quien ha evitado mi caída; sonríe como si nada, pero definitivamente hay algo en su mirada que no me gusta.

Tomo asiento, el profesor no tarda en llegar y dar comienzo a lo que será una larguísima hora de clase. Aún no consigo quitarme de la cabeza lo ocurrido, esa extraña sensación de que me estuviesen sustrayendo mi energía, pero tengo que hacer un esfuerzo por seguir atendiendo y coger los apuntes. Cómo no, mi cuello comienza a quejarse pronto de mantenerlo agachado, así que lo volteo ligeramente para evitar que se cargue demasiado, y ahí los encuentro a mi izquierda, los mismos ojos sospechosos de antes, acompañados con una sonrisa estática que parece de plástico. También está cogiendo apuntes lo que lleva a que su brazo roce de vez en cuando el mío. Cada pequeño contacto me produce una especie de descarga eléctrica, después de las cuales me siento aún con menos fuerzas.

A duras penas logro sostener la mirada, a ratos veo desenfocado, luego durante unos pocos instantes vuelve la nitidez. Quizá sea por el agotamiento, pero por una milésima de segundo el rostro al que miro cambia por completo; la sonrisa se mantiene, pero se acaba torciendo en una mueca fría, los ojos parece que se están divirtiendo de lo lindo viendo mi estado, aunque también se han endurecido en un gesto más gélido. Clava sus ojos en mí sin apartarlos ni un solo segundo y ensancha la falsa sonrisa hasta dejar al descubierto una dentadura perfectamente alineada de caninos acentuadamente afilados. ¿Por qué será que me siento como la presa de una extraña cacería?

Su imagen desaparece de mi campo de visión en un momento para reaparecer al instante siguiente, pero ya no es el rostro frío de antes, sino que vuelve a convertirse en la sonrisa de plástico y mirada sospechosa. Empiezo a pensar que me lo estoy imaginando todo, puede que sea por dormir tan poco últimamente que mi mente me esté gastando una mala pasada. Pero pronto descubro que no, me escuece el antebrazo y al mirarlo observo dos heridas circulares, una a escasos centímetros de la otra, por las que comienza salir a borbotones una sustancia que, para mi asombro, no es roja sino medio transparente con un toque dorado.

No sé qué me ha hecho, intento buscar una explicación en los ojos de los demás, pero ninguno de ellos mira hacia aquí, están demasiado ocupados cogiendo apuntes. Me doy cuenta de que hay algo diferente en las imágenes que percibo, sus colores son mucho más apagados de lo que eran hasta ahora. De repente siento un dolor punzante en el hombro; esta vez no ha sido un simple pinchazo, veo sus dientes incrustados aún en mí y cómo absorbe la misma sustancia que brota de mi antebrazo. Quiero gritar, es lo único que quiero ahora mismo, pero no es de dolor, ya no, creo que es de tristeza, una pena que no estoy segura de dónde ha surgido, pero que estoy segura de que algo tiene que ver con lo que me está arrebatando.

A medida que pasan los segundos desaparecen los colores, ahora toda el aula es una imagen en blanco y negro llena de desconsuelo, amargura y tormento. Si había algo de alegría en mí, definitivamente este último mordisco me la ha arrancado. La boca se aparta, todavía con un hilillo de líquido resbalando por las comisuras y el rostro se vuelve a convertir en esa cara aterradoramente gélida. Lo sé, ahora mismo soy la presa moribunda en el suelo que espera sin remedio a que el cazador dé el tiro de gracia. ¿Es que nadie se va a dar cuenta de lo que ocurre? ¿Es que mi voz va a ser incapaz de gritar por última vez?

Sin poder moverme o chillar o evitar nada, sus colmillos se vuelven a incrustar en mí, esta vez a la altura del cuello donde si encuentra una buena arteria, podrá terminar en poco tiempo de absorber mi energía. Noto cómo mi cabeza golpea contra la mesa cuando me quedo sin fuerzas para poder mantenerme erguida; las imágenes en blanco y negro se empiezan a difuminar considerablemente hasta que apenas es posible diferenciar la forma de los objetos. Logro apreciar que su rostro deja de ser frío en menos de un segundo, vuelve a coger al bolígrafo y reanuda captura de apuntes, al igual que están haciendo todos los demás. Se camufla entre el resto, nadie se ha dado cuenta de nada, aunque quizá si alguien hubiese prestado la suficiente atención, podría evitar ser el siguiente.

domingo 11 de octubre de 2009

Singing in the rain

“Cobarde” fue lo que me gritó la primera gota que impactó con fuerza contra el parabrisas. Lo hizo tan alto que me asusté por si también tú lo habías oído, pero supongo que la voz de Ismael y la tuya a dúo, no dejó que la acusación llegase a tus oídos. El ataque de gotas de agua incrementó según avanzábamos por la carretera. “Por cobarde” repitió una, “por no haberte atrevido a abrazarle durante toda la película aún teniéndolo al lado” me culpó otra. “Por haber sido incapaz de besarle cuando le tenías a menos de diez centímetros de distancia cuando estabais mirando por la ventana” me recriminó una que había chocado de manera muy violenta contra el cristal, “por no haber conseguido el valor para pedirle el teléfono y solicitar a su interlocutor que lo llamara más tarde, que ahora tenías que dejar de ser cobarde” sentenció la última.

Todas tenían razón. Al parecer mi valor se fue en el tranvía que pasó poco antes de que llegaras. Por un momento pensé que lo echarían por no haber pagado el billete y que así volvería a mí, pero mientras se alejaba el vagón vi cómo sonreía, muestra de que no tenía intención de regresar.

Si ya me llevaba sintiendo cobarde toda la tarde y parte de la noche, la sensación incrementó tras escucharte al teléfono. No pretendía ser cotilla, ni siquiera tenía intención de atender porque siempre me ha parecido una falta de respeto enterarme de conversaciones ajenas, pero es que los oídos no son como los ojos. Puedo cerrar los párpados y dejar de ver, pero no puedo cerrar los oídos, así que por más que intentase no atender, tu voz me llegaba de forma muy nítida. En cierto modo me alegro de que fuese así, me hizo abrir un poco los ojos.

Finalmente ocho horas después del comienzo lo conseguí. Besarte sin permiso fue lo más valiente que he hecho en toda mi vida. No me preguntes de dónde saqué las agallas porque ni siquiera yo lo entiendo aún, sólo me alegro de que apareciesen en mi rescate en el último momento porque nunca me habría perdonado el perder esa última oportunidad que me brindaba el tiempo. Me hubiese encantado poder quedarme dentro del coche un rato más, pero supongo que la carretera decidió por nosotros que a cada cosa hay que otorgarle su momento y duración.

Tuve todo el viaje a casa para asimilar lo que acababa de pasar. Llovía ¿y qué? Me estaba congelando de frío ¿qué más daba? Me estaba entrando agua hasta el interior de los huesos ¿importaba acaso? Me había llegado la felicidad como caída del cielo junto con las gotas de lluvia y todo lo demás me daba igual. Por un rato me sentí como Gene Kelly, a diferencia de que yo no me puse a cantar, pero mi mente sí que lo hizo.

No dormí absolutamente nada, no sé si porque no podía a causa de la emoción o si no quería porque necesitaba revivir cada instante en mi cabeza, en especial el último. Me pasé toda la noche pensando, preguntándome si estarías ya dormido o no, y si, en el caso de que aún estuvieses despierto, estarías pensando en mí.

Hay dos grandes conclusiones a las que llegué esta noche: las ocho horas de ayer fueron las más felices de toda mi vida; y, que si pensaba que era imposible engancharse aún más a ti, estaba completamente equivocada.

viernes 11 de septiembre de 2009

La fiesta de las maravillas (Parte Final)

Me gustaba el sonido, era alegre y entusiasta, aunque no me convencía del todo, quizá para mi gusto resultaba demasiado ruidosa, quería algo alegre sí, pero un poco más suave. Mi mente imaginó la armonía, decidí que la melodía la tenía que llevar un instrumento que resultase muy ligero y que a él se le unirían poco a poco el resto. Apenas me dio tiempo a terminar la composición en mi mente cuando el piano de la banda ya empezaba a tocar la pequeña introducción que había diseñado para la pieza y seguido sonó la melodía, interpretada por una flauta. No recordaba haber visto ninguna sobre el escenario y es más, por más que la buscaba no conseguía encontrarla, hasta que de detrás del tablado apareció alguien con una flauta entre las manos. Cuando el foco le iluminó a él también, mi cabeza ni se molestó en sorprenderse, ya había visto tantas y tantas cosas, que sabía perfectamente que allí podía pasar de todo. No era humano, eso seguro, estaba hecho más bien de madera o eso parecía desde mi posición y la flauta que era del mismo material, la tenía pegada a la cara, más concretamente a donde debería estar su nariz. Esa especie de primo-hermano de Pinocho había convertido su larga nariz en una flauta, que emitía mejor sonido que cualquiera que hubiese escuchado hasta entonces. Nadie aparentaba extrañarse lo más mínimo, era como si todo aquello sucediese tan a menudo que ya estaban completamente acostumbrados.

En cuanto concluyó mi composición cambiaron de forma radical el estilo. Pasaron de la tranquilidad y la dulzura a algo más agresivo y oscuro, tanto que me recordó a una tormenta llena de lluvia, relámpagos y truenos. Noté algo frío y húmedo que caía sobre mi cabeza, lo que hizo que levantara la vista para observar el techo. Seguía forrado de espejo al igual que el resto de la habitación, pero el fondo exhibía un cielo negro y enfadado, lleno de nubes que dejaban caer, cada vez de manera más copiosa, las pequeñas gotas de lluvia que me salpicaban. Los truenos y relámpagos de aquel reflejo siempre coincidían con el choque de platillos de la banda, como si fuesen un adorno visual de la música. Poco a poco el suelo se fue inundando, pero era como si sólo yo me diese cuenta de que cada vez el agua estaba un poco más por encima de mis tobillos.

De repente el suelo sólido de debajo de mis pies desapareció y caí dentro del agua. Sabía nadar, así que al principio no me asusté demasiado, pero pronto sentí que no importaba cuánto agitase las piernas para flotar, no servía de nada y continuaba hundiéndome. A medida que me tragaba el agua, veía como me miraban desde la superficie los camareros, el gamusino, el primo-hermano de Pinocho e incluso el gato persa que no sé dónde se había escondido hasta el momento, pero en sus ojos no había ninguna señal de que me fueran a tender una mano, simplemente sonreían y se despedían con la mano.

Según iba naufragando sus figuras se fueron haciendo cada vez más y más pequeñas hasta que dejé de verlas por completo. Había empezado a pensar que aquella masa de agua no tenía fondo, pero entonces noté que mis pies dejaban de estar en contacto con líquido y pasaban a algo gaseoso. Pronto todo mi cuerpo salió del agua y cayó rápido pero con suavidad, hasta detenerse envuelto por una masa azul de gas. Estaba como flotando, resultaba todo muy curioso, así que miré hacia todas las direcciones posibles para hacerme una idea de dónde estaba. Supongo que la forma más fácil de describirlo sería diciendo que el mar era el cielo y el cielo era el mar, ya que sobre mi cabeza podía observar el volumen de agua desde el que había resbalado, y bajo mis pies y a todos los lados sólo había aire con el fondo azul celeste.

Traté de desplazarme a nado (si se le puede llamar así), pero el movimiento resultaba muy lento y además tampoco sabía hacia dónde dirigirme puesto que todo lo que me rodeaba era del mismo color. En algún punto añil del horizonte invertido atisbé una pequeña mota de luz al mismo tiempo que mis oídos captaba un silbido lejano. Poco a poco la partícula de luz se convirtió en un farolillo que guiaba a su góndola para no perderse en el ancho cielo y al parecer, el silbido provenía del gobernante que la dirigía. En cuanto la embarcación estuvo lo suficientemente próxima a mí, me percaté que el gondolero era idéntico a los camareros que había en la fiesta, pero en vez de camisa y chaleco, vestía con una camiseta de rayas blancas y negras. Me tendió su mano etérea, aunque al agarrarla parecía casi tan sólida como la mía, y me impulsó hacia dentro de la góndola. No habló, simplemente sonrió con esa sonrisa brillante que ya conocía, y continuamos el viaje hacia ninguna parte mientras él seguía silbando. Me sonaba la melodía, así que no tardé demasiado en descubrir que se trataba del Bolero de Ravel, y ya que la conocía, y no esperaba que mi compañero conversase demasiado, me uní a sus silbidos.

Empezaba a refrescar considerablemente, además el hecho de tener el pelo y la ropa aún húmedos no ayudaba demasiado. Proseguimos el viaje, que pese a ser agradable y tranquilo, comenzaba a eternizarse, hasta que llegamos a un pozo de piedra construido sobre el aire. No alcanzaba a ver del todo su interior, pero imaginaba que sería muy muy negro y nada acogedor. Vi que el gondolero con su incansable sonrisa y un gesto de la mano, me invitaba a que me levantara y echase un vistazo a las oscuras profundidades. Lo hice, mis piernas tambalearon un poco al ponerse en pie y asome la cabeza todo lo que pude para ver mejor. Entonces mi compañero de viaje se acercó a mí e inesperadamente me empujó al interior, donde caí y caí sin ver nada más que oscuridad.

Para cuando volví a parpadear, todo lo que estaba a mi alrededor había cambiado, ahora ya estaba en un lugar que conocía, mi casa, mi habitación. Seguía teniendo el teléfono pegado a la oreja y fue cuando sonó el cuarto tono, el último antes de saltar el contestador. “En este momento no puedo atenderte, deja mensaje después de la señal, piiii”. Tardé unos segundos en reaccionar, estaba acariciando las puntas de mi pelo aún húmedo y vi que mi prenda se había tornado de nuevo en mi camisón blanco. Sonreí y no pude decir otra cosa más que “¿Cuándo repetimos?”.

miércoles 9 de septiembre de 2009

La fiesta de las maravillas (Parte 3)

Entre pensamiento y pensamiento, me centré en un débil sonido que no sabía muy bien de donde venía, pero que era lo más parecido a un reloj que había escuchado en aquel lugar. Me centré en él, con la taza en las manos y los ojos cerrados, hasta que durante un momento dejé de oírlo; al segundo siguiente me sobresalté al escuchar el sonido del cuco de algún antiguo reloj avisando de las horas en punto. Rápidamente abrí los ojos y me fijé en el camarero por si me podía dar algún dato sobre qué hora era y cuánto llevaba allí, pero antes siquiera de tener tiempo de levantarme e ir a preguntarle, se multiplicó en dos. Así de fácil, de la sombra que me había hecho sonreír, salió de repente otra más, también vestida con chaleco, camisa y pantalones; esta nueva figura se acercó a la barra, cogió una bandeja y comenzó a pasear por la estancia como si estuviese llena de gente que atender. La primera sombra seguía inmóvil, aunque enseguida entendí por qué, le estaban saliendo más clones de la espalda y todos ellos acababan haciendo lo mismo, acercarse a la barra, coger una bandeja y dirigirse a trabajar.

Estaba demasiado sorprendida como para acordarme de que quería preguntar la hora y en mi mente se estaba formando la idea de que, efectivamente, había llegado demasiado pronto y que la fiesta empezaba justo ahora. Pensé en ir al baño antes de que empezase a llegar gente y lo abarrotasen, así que me acerqué a uno de los camareros para preguntar dónde estaba, pero no abrí la boca, lo cierto es que ni siquiera sabía si me iba a entender o a escuchar, no sabía ni si podía hablar para responderme. No hizo falta, no sé si era demasiado obvio a dónde quería ir o si para compensar el posible hecho de no hablar sabía leer la mente o algo, pero el caso es que tras dedicarme una sonrisa igualmente blanca y brillante que la de su compañero, me señaló amablemente una pequeña puerta en la que antes no había reparado, situada en una esquina. Le devolví la sonrisa a modo de agradecimiento y me dirigí allí. Nada más abrir la puerta algo saltó sobre mí y me empujó de tal manera que casi hizo que cayera al suelo. Me giré mientras me quejaba en voz baja, pero en cuanto lo vi, enmudecí.

En el suelo, apoyado sobre las dos patas traseras se erguía un animal de pelaje corto y marrón, aunque en algunas partes se dejaban ver motitas blancas, como si alguien lo hubiese salpicado con pintura; tenía unas orejas largas y puntiagudas que eran más grandes que su cabeza y unos ojos diminutos como canicas, completamente negros. Lo más curioso de todo es que iba vestido y no de cualquier forma, sino con traje y la forma de éste se parecía mucho al de trajes ingleses y antiguos de los 50. Hubiera jurado que no era más que un muñeco con apariencia de conejo de no haber sido porque se movía sin parar apoyándose primero en un pie y luego en el otro, como si bailase. Parecía tremendamente contento y aún lo estuvo más en cuanto sacó del bolsillo del traje un pequeño reloj dorado y miró la hora; empezó a saltar como loco, dando vueltas sobre sí mismo y sin reparar en absolutamente nadie. “Umm…disculpe…¿podría decirme qué hora es?” fueron las únicas palabras que consiguieron hacerse paso por mi garganta. El animal se me quedó mirando con esos ojos negros, aparentaba estar muy extrañado y contrariado, como si fuese algo raro que yo pudiese hablar. Se lo pregunté una vez más al mismo tiempo que intenté agarrarlo para que estuviese quieto y dejara de botar, me ponía realmente nerviosa, no sé cómo Alicia nunca perdió los papeles.

Dio un salto hacia atrás para que no lo pudiese atrapar y tras soltar un sonido agudo que supuse que serían risas, levantó la cabeza hacia mí para contestar: “Nos sal zeid, ydalim. Aroh ed esritrevid”. En cuanto pronunció la primera palabra dejé de atender a las siguientes ya que, si ya era raro que un conejo vistiese de traje, tuviese un reloj y supiese hablar en algún idioma incomprensible, aún más extraño era que cada palabra que decía saliese escrita de su boca con caligrafía típica de siglos anteriores, no del nuestro, puesto que poseía muchas curvas y adornos. En cuanto el término acababa de escribirse, éste levitaba ligeramente y paseaba por la estancia como si de una pluma se tratara. El resto de palabras siguieron a la primera, no podía dejar de seguirlas con la mirada, observarlas en la realidad y en los reflejos, de modo que parecía que hubiese miles de frases flotando en el aire. Los espejos llamaron mi atención, la oración real era diferente a las reflejadas, ahora sí que podía comprender las palabras que había formulado el gamusino. “Son las diez, milady. Hora de divertirse.”.

Pronto se dio cuenta de que había logrado comprender sus palabras, por lo que siguió hablando y yo atenta a los espejos, a la espera de la traducción: “Los invitados estarán a punto de llegar, humanos…siempre llegan tarde. Nos esperan cinco horas de baile, comida y fiesta”. Hice los cálculos rápidamente. “Entonces la fiesta dura hasta las tres de la madrugada, ¿no es así?” dije. Pese a que sus ojos eran muy pequeños, quedó claro que estaban abiertos como platos después de escuchar mi comentario. “¿A las tres de la madrugada? Usted se ha vuelto loca señorita, ¿cómo pretende que estemos aquí diecinueve horas seguidas? No, no, no, a las cinco de la tarde daremos por concluido el festejo.”. No me molesté ni en hacer las cuentas, aquello era completamente incoherente, pero algo me impulsó a preguntar “¿Sería tan amable de volver a decirme la hora, por favor?”. La consulta pareció irritarle un poco, pero aún así sacó su reloj y tras mirarlo dos segundos dijo “las diez menos diez”. Genial, por si no era raro todo lo que ocurría en este lugar, ahora resultaba que las manecillas se movían hacia la izquierda en vez de la derecha.

Tenía ganas de preguntar muchas más cosas, pero en ese momento todos los camareros que estaban paseando por el local se pararon en seco, levantaron su mano derecha y la abrieron a la vez, para dejar así libres una inmensa cantidad de mariposas de diferentes colores que se dedicaron a iluminar el lugar como si fuesen pequeñas estrellas en el cielo. El gamusino se emocionó tanto que comenzó a saltar de un lado a otro sin parar, pero siempre dando saltos hacia atrás, de modo que en un par de ocasiones se chocó con algún camarero, haciendo que las bebidas de colores brillantes se desparramasen por todo el suelo. Pareció no importarles, quizá ya estaban acostumbrados a la presencia de semejante personaje y simplemente lo ignoraban. Uno de los saltos hizo que el conejo aterrizase sobre el escenario, en ese momento la luz de un foco que no existía le apuntó para que se le viese bien y comenzó a hablar emocionado. Los camareros no necesitaban leer las traducciones, simplemente le miraban y escuchaban; yo sin embargo deseaba tener más ojos, para verlo todo, las mariposas, las traducciones, las palabras que aparecían de su boca… “Por fin es hora de que empiece la fiesta” leí “les presento a nuestra banda particular”.
Todos los camareros sonrieron y comenzaron a aplaudir mientras que los instrumentos que había sobre el escenario se iluminaban. Vi como algunas teclas del piano se movían, como si alguien las estuviese pulsando, pero no había nadie. El arco que antes permanecía al lado del chelo, estaba ahora rasgando las diferentes cuerdas del instrumento; incluso el contrabajo y demás aparatos sonaban sin que nadie los controlara. Las mariposas que habían soltado los camareros revoloteaban por el aire al compás de la música de la banda y bailaban con el gamusino que, una vez fuera del escenario, danzaba alegremente por todo el suelo.

lunes 7 de septiembre de 2009

La fiesta de las maravillas (Parte 2)

En cuanto crucé la puerta todo se iluminó, pero no con luces brillantes que dejasen ver con nitidez el contenido de aquella estancia, sino con una luz tenue de color azul neón que no parecía venir de ninguna parte en concreto, pero que dejaba ver con elegancia y misterio aquel lugar. Me miré, de abajo a arriba; sé lo que hace este tipo de luces, todos los colores que no sean el blanco los torna muy oscuros, casi negros, mientras que el blanco brilla con una intensidad increíble. Y esto lo pude comprobar en mí, mi piel parecía muchísimo más oscura de lo habitual y el camisón blanco parecía ahora una señal luminosa que dijese sin palabras “estoy aquí”. Sólo que ya no era un camisón o no lo aparentaba al menos; quizá fuesen las luces o que mi percepción parecía algo alterada o quizá que realmente la prenda había cambiado, pero ahora se le asemejaba más a un vestido que a una prenda para dormir.

Observé el lugar de la forma más precisa que me lo permitían mis ojos. Las paredes estaban completamente forradas con espejos como si de un estudio de ballet se tratara, incluso el techo lo estaba, pero al mirarlos más detenidamente, resultaban algo curiosos. En todos ellos podía ver mi reflejo sin problema alguno, pero cada uno de los reflejos tenía un fondo diferente que, aunque requerían de mucho esfuerzo para verlos, definitivamente, no pertenecía a nada que estuviese en aquella estancia. Posé mis yemas sobre las de mi imagen y comencé a recorrer las láminas de una en una. En la primera me topé con nada menos que el Coliseo de Roma a mis espaldas, era una imagen casi transparente, apenas perceptible, pero no por ello dejaba de ser hermosa. Al pasar al segundo espejo el coliseo se desvaneció para dejar sitio a una estructura de hierro perfectamente iluminada con focos. A los pies de la Torre Eiffel las aguas del Sena descansaban tranquilamente, si agudizaba el oído parecía incluso que podría llegar a escuchar su murmullo, pero por más que intentase concentrarme no lo conseguí. La tercera y última pared mostraba tras mi reflejo una imagen no tan universal, pero que su mar, el cielo grisáceo y demás detalles dejaban claro que se trataba de algún lugar de por aquí cerca situado en la costa del País Vasco.

No sé cuánto tiempo había transcurrido desde que entré en la estancia, estaba tan maravillada con todo lo que había visto hasta ahora que tardé otro buen rato en darme cuenta que aún no me había fijado realmente en qué había allí dentro. Esparcidas por todo el lugar se podían vislumbrar pequeñas mesas redondas con la suficiente claridad como para no chocarse con ellas; tomé asiento en una de las muchas sillas ya que empezaba a notar cansados los pies, supongo que en gran parte por andar descalza. Apoyé los codos sobre la mesa y desde la comodidad de posar la barbilla sobre las manos, clavé los ojos en aquella mesa.

Aunque parecía madera, algo dentro de mí sabía que no lo era. Paseé el índice por la superficie y al retirarlo algo brillante se había adherido a él. No estoy segura de por qué esa fue mi primera reacción, pero el caso es que me llevé el dedo hasta la punta de la lengua, sabía dulce e increíblemente rico. Probé con la silla en la que estaba sentada…¡ésta también sabía a caramelo! Las mesas de al lado tenían sabores diferentes, pero todos ellos eran de dulces; incluso la enorme puerta, que no recordaba cuándo ni cómo se había cerrado, estaba elaborada del más delicioso de los chocolates. Movida por la curiosidad, me dediqué a degustar todos los muebles que había por allí, fue gracias a esa ruta turística que terminé de ver toda la estancia, descubriendo así, que al fondo había un escenario con varios instrumentos de música, pero sin ningún músico que los hiciese sonar, y cerca de éste había una barra de bar con muchísimas botellas de diferentes colores brillantes en las baldas. El único hueco en el que no se veían botellas, lo ocupaba una máquina italiana de capuchinos que hubiese hecho las delicias de cualquiera, excepto las mías, pues jamás me gustó el café.

Tras la visita turística me paré en medio de la habitación y fue cuando recordé que estaba allí por una fiesta, pero no había nadie, ¿quizá era aún demasiado pronto? ¿Debía esperar a alguien o marcharme ya? Estaba algo cansada, ¿pero si ni siquiera sabía cómo había llegado hasta allí, cómo se supone que iba a salir? Y también estaba algo hambrienta, pese a que había saboreado todos los muebles. Lo cierto es que aquellos pensamientos consiguieron que me entristeciese un poco, sólo quería saber dónde estaba, que alguien me aclarase algo, lo que fuese. En ese momento vi un destello detrás de la barra de bar, no sabía muy bien qué era ni si me lo había imaginado, pero al momento siguiente me di cuenta de que no, no era mi imaginación. Justo en el lugar donde había visto el destello apareció una figura vestida con chaleco y pantalón negros y una camisa blanca que por culpa de la luz azul neón, brillaba más de lo normal.

Se acercó a mí, al principio pensé que no le podía ver la cara por culpa del truco de luces, pero a medida que acortaba distancias me di cuenta que realmente no tenía rostro, sólo era una sombra negra con forma humana y vestida de…¿camarero? No tenía claro cual de los dos sentimientos era más fuerte en mí en aquel momento, si el de extrañeza o el de diversión, pero luego caí en la cuenta, claro, estaba en una fiesta, así que no era una completa locura pensar que podía haber camareros para servir las cosas. Cuando llego hasta mí me di cuenta que me sacaba prácticamente cabeza y media, pero se agachó poniendo a la altura de mis ojos justo la parte de sombra en la que, de haber sido una cara, tendrían que estar los suyos. Me quedé mirando aquella figura, como si realmente la estuviese mirando a los ojos; no sentía miedo, es más, me agradaba no estar completamente sola en este lugar.

De repente aquella sombra sonrió, sonrió de verdad, en el lugar que tendría que estar la boca nació una línea blanca que poco a poco fue curvando las comisuras hacia arriba. Era tal el destello, que me recordó a algún anuncio de la tele en el que apagan las luces y sólo se ve el brillo de los dientes de las personas. Antes incluso de que le diese tiempo a mi mente para cambiar mi estado de ánimo, la sombra levantó su mano y la abrió con suavidad a pocos centímetros de mi cara. De repente aparecieron pequeñas luces centelleantes de muchísimos colores revoloteando entre mi compañero y yo; una de ellas, verde e increíblemente hermosa, se posó sobre su camisa y fue entonces cuando la pude observar con claridad y darme cuenta de que no, no eran simples luces, si no mariposas. Estaba tan maravillada con su espectáculo de colores que no pude contener más la sonrisa, me sentía genial, tranquila y en paz. Las seguí mirando hasta que se esparcieron por toda la habitación y empezó a resultar difícil verlas a todas a la vez. Mi compañero me cogió de la mano, que a pesar de ser una sombra la noté suave y algo sólida, y me llevó hasta la silla donde poco antes había estado sentada. Me dejó allí durante unos segundos para volver a su barra, “tendrá trabajo” pensé, pero al poco rato volvió con una bandeja en la mano derecha y sobre ésta, una taza que dejó sobre mi mesa a la vez que me dedicaba otra sonrisa y se retiraba con tranquilidad.

Olisqueé el contenido antes de decidirme a probarlo. No era alcohol, eso seguro, y un refresco…en una taza seguramente tampoco, así que no me quedó otra más que apoyar los labios sobre la taza y beber. En cuanto mis labios rozaron el líquido, me di cuenta de que el extraño camarero volvía a sonreír, sabía que me iba a gustar, vaya que si lo sabía. Era chocolate de beber, caliente pero sin llegar a quemar, dulce pero no empalagoso y después de cada trago no me entraba sed. Me lo tomé con tranquilidad mientras le contemplaba trabajar, por más que bebía parecía no terminarse nunca y después de todo lo que había pasado desde que llegué allí, era más que probable que fuese eso, que realmente no se acabase nunca por mucho que bebiera.

domingo 6 de septiembre de 2009

La fiesta de las maravillas (Parte 1)

A Leire, gracias por la fiesta.


“Monto una fiesta en mis sueños esta noche, el que se apunte que me dé un toque.”

Ya me había puesto el camisón y estaba a punto de apagar el ordenador para irme a la cama cuando reparé en el mensaje. Una fiesta en sueños, ¿eh? Bueno, por qué no, podría resultar divertido. Dejé que el PC terminara de apagarse antes de dirigirme a mi cuarto y coger el móvil que tenía bastante abandonado desde hacía horas sobre el escritorio. Tras pulsar unas pocas teclas, apareció el número que buscaba en la pantalla y deslicé mi pulgar hasta posarlo sobre el botón verde. Dudé considerablemente, tanto que mi dedo tamborileaba sobre el botón con cada duda, pero al final, tras cerrar los ojos un momento mientras llenaba mis pulmones bien de aire, lo pulsé.

Un tono…sin respuesta aún, dos tonos…venga coge, no te hagas de rogar, tres tonos…¿ya durmiendo, quizá? En una fracción de segundo, antes de que el cuarto tono sonase, el teléfono empezó a crear una corriente de aire succionadora que tenía la suficiente fuerza como para mantener mi oreja pegada al aparato. Pero pronto elevó su poder, ya no bastaba con retenerme pegada al teléfono, si no que ese aire comenzó a tirar de mi oreja, luego de mi cabeza, mi cuerpo, mis piernas…hasta que finalmente me engulló por completo.

Para cuando volví a parpadear, todo lo que estaba a mi alrededor había cambiado, ya no era mi habitación, ni cualquier otra parte de la casa, ni siquiera algún lugar en el que hubiese estado con anterioridad. Lo primero que noté fue frío bajo mis pies, los miré; seguían igual de descalzos que en casa, un mal hábito por mi parte que ahora tenía que pagar en el pasillo de piedra en el que, no sabía muy bien cómo, había aterrizado. Ante mí se levantaba una puerta enorme y majestuosa, poseía unas cinco o seis veces mi altura y en toda su madera tenía talladas pequeñas figuras que parecían estar narrando un cuento.

A ambos lados se erguían sólidas paredes de piedra iluminadas únicamente por dos antorchas encendidas que descansaban sobre ellas, sin soporte alguno. Eché un vistazo hacia atrás con la mirada para ver si el pasillo poseía alguna fuente más de luz, pero no era así, más allá del límite de luminosidad marcado por las antorchas sólo había oscuridad fría y siniestra. Pese a que pueda sonar extraño, una gran parte de mí deseaba adentrarse en ella a explorar, pero antes de que diese un paso, la enorme puerta crujió y se entreabrió, pero no lo suficiente como para que pudiese ver qué había en el interior.

La curiosidad pudo conmigo, fue algo que no pude evitar; posé las palmas justo en el centro de la puerta, preparada para tener que utilizar toda mi fuerza para poder terminar de abrirla, pero no hizo falta, en cuanto mis manos entraron en contacto con la madera la puerta comenzó a abrirse lentamente y sin mi ayuda. Seguía completamente quieta con las palmas hacia fuera cuando la puerta acabó de abrirse. Pese a ello, no se veía absolutamente nada del interior, estaba todo negro, pero no era una oscuridad como la del fondo del pasillo, hostil y desagradable, sino todo lo contrario, invitaba a cualquier curioso a invadirla. Algo rozó mi pierna derecha en ese momento, me sobresalté considerablemente pues tras el tiempo que llevaba allí plantada, no esperaba compañía alguna. Al mirar por primera vez, sólo vi una bola de pelo blanca, de tacto aparentemente suave; al pestañear y mirar fijamente, me di cuenta que esa bola poseía ojos azules, nariz, boca e incluso cola. Quise acariciarlo para comprobar si realmente el pelaje del siamés era tan suave como aparentaba, pero el gato volvió a rozarme la pierna y se adentró enseguida en aquella oscuridad tan amable. Entonces yo también me adentré, no sé si para seguirlo o porque ya tenía ganas de saber qué envolvía aquella oscuridad.

miércoles 1 de julio de 2009

¿El fin de la imaginación?

Hoy. Hoy es el día elegido. Cualquiera estaría contento, pero yo no sé si lo estoy. Lo cierto es que en el fondo me preocupa, no lo puedo evitar. Pero al contrario de lo que muchos puedan pensar, no me preocupa que algo salga mal, la posibilidad para eso es bastante inexistente; digamos que me da más miedo el cómo pueda repercutir en mí.

Hoy el día ha comenzado como todos durante estos veinte años: borroso. Y acabará como nunca antes lo había hecho: totalmente nítido. Y es que hoy dejo de ser topo (diría “dejo de ser miope” si fuesen pocas dioptrías, pero creo que el concepto topo lo deja más claro).

Me da miedo que ahora que mi percepción va a ser diferente, eso haga que también cambien mis puntos de vista.

Siempre he tenido claro que lo que veo no es lo más importante. La gente suele ver la realidad como algo perfecto, importante, inalterable y único. Pero yo he tenido la oportunidad de aprender que no es así porque la percibo como algo defectuoso, lo que la convierte en poco importante y por supuesto, nada singular, ya que vuestra forma de percibirla y la mía son completamente diferentes. Pero si ahora mi realidad se va a igualar a la vuestra en nitidez…¿cambiarán mi prioridades? ¿Acabaré dándole más importancia a lo que veo que a todo lo demás?

Siempre he percibido la realidad borrosa y eso me ha dado muchísima facilidad para dejar que mi mente vuele a cualquier parte. ¿Y si ahora que la realidad va a ser más nítida y contundente que nunca, mi capacidad de imaginación desaparece? ¿Y se dejo de ser capaz de dar forma a miles de pensamientos irreales que fluctúan por mi cabeza a cada segundo? ¿Y si mi mente se queda atrapada de por vida en la realidad y no puede volver a hacer esas escapadas que tanta falta me hacen?

Creo que en el fondo todo se reduce a eso: tengo miedo de que la realidad se convierta en mi eterna cárcel.

miércoles 24 de junio de 2009

Vacaciones


Por fin, otro curso que se va y unas vacaciones que vuelven. Hoy ha sido mi último examen, ya puedo dejar de estudiar, ya tengo permitido un descanso (de casi tres meses) en los que aún no tengo ni idea de lo que voy a hacer, bueno…algún que otro pensamiento tengo, pero hay que elaborarlo. Y nada más por hoy. A los que se queden por aquí en verano, comentarles que ahora podré volver a escribir más a menudo y me pondré al día con vuestros blogs, que últimamente los tengo un poco abandonados…perdón, ha sido por una buena causa. Y a los que tengan la suerte de marcharse de vacaciones…pues bon voyage :)

P.D. Cuidado con el Sol

jueves 4 de junio de 2009

Tormentas de verano


Por fin ha estallado la tormenta, los truenos, los relámpagos, cada gota de agua golpeándolo todo. A los demás no les suele gustar la lluvia, dicen que son días grises, tristes y que el agua arrastra la alegría del mundo hasta el alcantarillado.

Pero a mí me gusta. No lo veo como algo triste, si no como un proceso necesario para limpiar. Limpiar el Tiempo que se estaba empezando a oxidar anclado en las hojas de los árboles; depurar el aire que ya estaba lleno de ideas mustias; salpicar de frescor cada sentimiento.

Hoy es la primera vez en muchas semanas que consigo volver a respirar la lluvia. Ha entrado en mí cada gota, encharcándome los pulmones como si se tratase del aire más puro. Después toda esa agua se ha mezclado con mi sangre para poder extenderse a cada parte del cuerpo, y en la siguiente exhalación ha vuelto ha salir, casi tan fácil como entró, pero algo menos ligera, pues todas ellas llevaban enganchados a sus espaldas fragmentos de mis preocupaciones. He visto irse a cada gota, flotando ingrávidas, y yo ahí, con la ventana abierta, mojándome, pero bastante más tranquila que antes.

jueves 14 de mayo de 2009

Carta a un efímero amor eterno

Querido fugaz amor eterno,

Si estás leyendo esto significa que ya apareciste en mi vida. Puede incluso que ya te fueras y que Saturno decidiese diluir tus recuerdos en el café de la mañana.

Confieso que siento curiosidad por conocer tu rostro y ansío delinear cada facción con la yema de los dedos. A cada segundo cierro mis ojos y veo los tuyos, brillantes, alegres. No hago más que soñar que me pierdo en ellos, a veces creo bucear en la inmensidad del océano Pacífico, pero de repente el agua cambia a un frondoso bosque, sólo por si la naturaleza fuese tan caprichosa de darte ojos verdes; incluso hay momentos en los que toco esos árboles y éstos se desmenuzan en granos de arena, hasta convertirse en dunas de cobre.

No necesito saber la forma o color de tus ojos para estar segura de que cada vez que los mire, me proporcionarán toda la calma que necesito. Llegaré a un equilibrio que apenas se puede soñar siquiera, sólo al observarte, sólo al ver que tus ojos me dedican la mayor de las sonrisas sin ninguna necesidad de curvar los labios.

Y tu voz, la oigo dormida, despierta, tanto si es muy grave como si no. Es un dulce canto de sirena llamándome desde algún lugar en el Tiempo, decidido a encandilar todos mis sentidos hasta que naufrago en tus labios de ficción.

Cualquiera pensará que no te conozco, que cómo puedo amar a alguien a quien nunca he visto, oído o tocado; pero todos ellos se equivocan. Te he tenido y te tengo siempre presente, cada día, porque el aire te ha traído atravesando el Tiempo y la distancia, permitiéndome que respire tu alma, tu esencia, tu calidez y seas parte de mí. Y ahora que tu presencia se ha incrustado en todo mi ser, mi corazón late al escuchar tus susurros y con cada palpitación puede acariciarte, sintiendo casi tanto como si realmente estuviese rozando tu piel.

Tengo tantas ganas de que por fin te traslades desde mi futuro a mi presente, de prendarme de tus ojos y escribir nuestra historia juntos utilizando las caricias como pluma y los besos como tinta. Deseo que llegue el momento en que pasemos las horas conversando sin necesidad de decir palabra alguna y terminar la noche envuelta en ti

En ese fugaz instante en el que cruces la puerta de mi vida, no llames, no hará falta, porque será una fracción de segundo en la que mis ojos se cruzarán con los tuyos y mi alma quedará atrapada, acomodada entre tus brazos de sentimientos que le dan la bienvenida.

Llegarás a tener mil rostros, mil nombres, existen tantas y tantas combinaciones posibles, pero sólo tú serás quien consiga hacerme vibrar de emoción mientras dure nuestra efímera eternidad.

martes 5 de mayo de 2009

Hakkuna Matata

Hakkuna Matata

Vive y deja vivir

Hakkuna Matata

Vive y sé feliz

Ningun problema

Debe hacerte sufrir

Lo mas fácil es

Saber decir

Hakkuna matata.


¿Piensas pasarte ahí el día sin sonreír?

domingo 19 de abril de 2009

Escudo

Sensación del 27/3/09


El ruido de la puerta del copiloto al cerrarse ha conseguido mitigar el crujido de mi escudo que finalmente se ha quebrado tras tu última piedra verbal. Aún no entras, gesto que agradezco, ya que me permite intentar tranquilizarme en el interior del automóvil. Aquí dentro todo parece más tranquilo, es como si la carrocería hubiese tomado relevo en el cometido que hasta hace pocos segundos poseía mi burbuja invisible.

Poco a poco noto que los pequeños fragmento se van fusionando uno a uno, mi escudo se está reconstruyendo. Es la primera vez que se quiebra y nunca había hecho la prueba para saber qué pasaría después, pero algo me decía que no se quedaría en simples añicos, al fin y al cabo tantos años perfeccionándolo tenían que dar sus frutos, y aquí están, la burbuja se repara en poco tiempo, sólo necesita tranquilidad.

Te miro por la ventanilla; estás de espaldas al coche, terminando el cigarrillo que has encendido antes de que yo entrara en vehículo. Te está durando más que de costumbre así que supongo que lo haces para darme algo de tiempo, o puede que para dártelo a ti. En el fondo me alegro de que estés de espaldas porque, aunque me encantaría que te girases y sonrieses a modo de que todo está bien, sé que ahora mismo en tu rostro no se dibuja esa sonrisa que tanto querría ver. Tras un par de minutos dejo de ver el humo marchándose sigilosamente por encima de tu cabeza, tiras la colilla y me echas un vistazo rápido justo antes de entrar.

Agacho la cabeza, necesito pensar ya que eso me calma y es precisamente lo que necesito para que mi escudo termine de repararse, pero no me concedes el tiempo que requiere la reconstrucción. Nada más abrir la puerta del conductor empiezas a hablar, o a disparar más bien, palabras que en cuanto salen de tu boca, mi ayer las convierte en dardos venenosos. Los lanzas uno tras otro, sin haberme mirado aún, mientras te acomodas en el asiento, y cada uno de ellos se incrusta con fuerza en las paredes incompletas de mi burbuja, haciendo que se disuelvan.

Ya no me queda refugio, pero las piedras siguen cayendo, rozándome la piel, la cabeza, la mente. Nunca me había enfrentado sin protección alguna a palabras y resulta tan insoportable que el dolor y el sufrimiento comienzan a aflorar en mis ojos. Por fin me miras y te das cuenta que me has empujado hasta el borde de mi propio precipicio, abismo del que mi escudo me mantenía a salvo hasta ahora. Dejas de hablar y me ofreces tus brazos, pero por mucho que me aferre a ellos mis ojos ya están completamente desbordados puesto que nada me puede brindar la perfecta protección que me obsequiaba mi refugio.

Parece que verme así ha hecho que tu irritación amaine y decides concederme otra oportunidad lanzando de nuevo una pregunta a la que estás empeñado que responda, pero ya no te escucho. Estoy demasiado ocupada desviando toda la energía que hay en mí a recrear el escudo, lo necesito, no puedo estar más tiempo aquí sin él. Tengo que hacer algo mientras se repara, así que como último recurso convierto mi cuerpo en un caparazón completamente inquebrantable, pero que me deja paralizada para cualquiera del exterior, tú incluido. Lanzas tu pregunta un par de veces más, no obtendrás repuesta, lo que hace que estés más nervioso con más que evidentes matices de enfado. Comienzas a hablar de nuevo, esta vez con un discurso algo diferente, ahora intercalas anécdotas relacionadas contigo con algún que otro dardo. Supongo que ambos creemos que si me das algo de tiempo seré capaz de descongelarme y reaccionar, pero nos equivocamos; aunque sean en menor cantidad, las piedras vuelven a rozarme y logran que mis ojos derramen pequeñas gotas saladas que intentas detener con tus dedos, mientras el resto de mi cuerpo permanece totalmente inerte.

De vez en cuando llega desde el otro lado de mi caparazón el sonido de tu voz preguntándome si te estoy atendiendo, lo cierto es que no lo sé, oigo pero no asimilo, mis fuerzas siguen centradas en la reparación. Tengo ganas de gritar, de gritarte para que te calles, para que dejes de decirme cosas que no quiero oír porque ya sé que tienes razón, y quiero que dejes de presionarme para que te cuente cosas que no te puedo contar porque significan recuerdos y dolor, y precisamente para eso estaba mi escudo, para ser un refugio en el que no hay nada de eso. Lo intento, trato de producir voz en mis cuerdas vocales, no sé si para gritarte o para decirte por fin lo que quieres saber, pero no ocurre nada. Clavo los ojos en el espejo retrovisor, veo un cuerpo inmóvil de ojos rojos, pero completamente inexpresivo, impenetrable; ni siquiera parece que esté haciendo el esfuerzo de hablar o aunque sea de abrir la boca.

Estás enfadado, irritado, se nota a la legua incluso desde el interior de mi coraza. Giras la llave para poner el motor en marcha y comienzas a conducir de camino a casa. En un par de ocasiones me veo tentada a pedirte que enciendas la radio para que espante al silencio que se ha creado entre nosotros desde que has arrancado el coche, pero no lo hago, no me atrevo a mirarte y tener que comprobar que realmente te has enojado conmigo. Así que me sumo en el silencio, convirtiéndome en su amiga durante el trayecto, hace que me tranquilice un poco. Cada vez me gusta más la idea de llegar a casa, saber que le podré dar a mi escudo todo el tiempo que necesite para terminar de repararse por completo. Me gusta esa idea. Lo necesito.

martes 7 de abril de 2009

Miedo


Miedo de que llegue la noche.
Miedo de que amanezca.

Miedo de que haya demasiada gente.
Miedo de que no haya nadie.

Miedo de abrir los ojos y no ver más que oscuridad.
Miedo de abrir los ojos y ver todo demasiado claro.

Miedo de que las cosas cambien.
Miedo de que todo siga igual.

Miedo de sentir.
Miedo de ser incapaz de sentir.

Miedo de no saber lo que pasará.
Miedo de saberlo.

Miedo de recordarte para siempre.
Miedo de olvidarte.

Miedo de que no vuelvas nunca más.
Miedo de que algún día vuelvas.

Miedo…


… de tener miedo.

viernes 27 de marzo de 2009

La vida sigue igual


Todos los años, al llegar el 27 de marzo, mi contador vital garabatea una nueva cifra sobre la anterior, pero esta vez es diferente ya que varían ambos números.

Podría comenzar a enumerar la cantidad de cosas que han cambiado hasta ahora y no acabaría nunca, aunque si echo otro vistazo hacia atrás, resulta que en realidad, a rasgos generales todo permanece en el mismo lugar. ¿Cambiar para seguir igual? No sé, es sólo que no lo entiendo.

El mundo no se parará hoy por mucho que para mí sea un día especial (¿realmente lo es?), pero eso ya lo sabía, al fin y al cabo, la vida sigue igual.

viernes 13 de marzo de 2009

Alas de libertad

“Algunas cárceles tienen paredes de papel pintado.”


Era como si la presión dentro de la casa se hiciese cada vez más y más grande. El fondo del pasillo comenzó a distorsionarse hasta el punto de parecer un enorme agujero negro. Aquella boca estaba decidida a engullir todo el pasillo para llegar hasta ella. Las paredes más próximas a ella comenzaron a temblar, cada vez de forma más compulsiva y la alfombra que cubría toda la madera del pasillo se levantó para dar inicio a un terrorífico baile que la hacía parecer la hambrienta lengua de aquel agujero distorsionado. Aquella serpiente de movimientos iba acercándose a ella sin remedio.

Tardó varios segundos en asimilar y reaccionar. Consiguió que sus pies la obedecieran a tiempo para no ser ella misma el postre de aquel festín. Recorrió lo poco que quedaba de pasillo, entró en la cocina y cerró la puerta de un golpe. Esperaba que eso bastara para cesar el hambre de la casa, pero no fue así, pronto la puerta y los azulejos de alrededor formaron parte de la boca engullidora.

Caminaba hacia atrás, sin poder dejar de mirar el agujero negro que iba creciendo. Notó algo sólido y frío tras de sí. La manilla del balcón. La agarró con fuerza y en un rápido movimiento tiró de ella para abrirla y se encerró en el balcón Tras respirar varias veces con fuerza, abrió los ojos.

Mirando a través del cristal todo estaba tranquilo en el interior de la casa. O había nada que se estuviese moviendo o desapareciendo, la puerta permanecía perfectamente cerrada, tal y como ella la había dejado y ningún ruido daba a entender que la casa fuese a ser engullida.

Siempre le pasaba. El aire fresco la hacía volver en sí, al mundo real, conseguía que la fuerza negativa producida por esas cuatro paredes no le afectase. Se sentó en el suelo, arrimando la cara lo máximo posible a las rejas, para poder ver mejor el paisaje. Todo verde, absolutamente todo. Algún que otro color de las flores se infiltraba de vez en cuando entre la hierba, pero por lo demás era un mar verde. A lo lejos, se conseguía divisar un muro que limitaba la llanura; estaba allí desde que era capaz de recordar, al igual que el pequeño boquete que tenía en el medio. Nunca había sabido si aquel agujero era realmente pequeño o si era la visión que obtenía de él desde su balcón, aunque no le importaba gran cosa, pues tanto si era grande como pequeño, a ella siempre le servía de puerta hacia el mundo de la irrealidad.

Era increíblemente fácil respirar sueños desde allí, cerrar los ojos y al volver a abrirlos toparse con la hermosura del aire contoneándose frente a ella, invitándola a volar. Cuántas veces había imaginado que, justo en el mismo instante en el que el viento le tendía la mano, en su espalda crecían delicadas alas que la hacían levitar hasta llegar a la altura de la barandilla y posarse suavemente sobre ésta. Después, como si no pesase ni un solo gramo, se dejaba caer, pero no existía la velocidad, sino en contoneo de una pluma; y antes de llegar al suelo, abría por completo sus alas para cambiar de dirección y dirigirse a aquella hermosa campa que la llamaba sin cesar.

Bailar con los pájaros sin apenas posarse sobre una brizna de hierba resultaba tan relajante; al igual que saludar al sol y que éste le devolviera el saludo acariciándola con sus cálidos rayos. Tras pasar un rato recorriendo el campo, al final la encontraba, allí cada vez más próxima a ella, la única brecha que existía en su prisión, el único punto por el que su cárcel se hacía vulnerable. Y lo atravesaba. Tan pronto como pasaba al otro lado, el aire volvía a cambiar de aroma hasta que todo su ser saboreaba la libertad, el ancho mundo por descubrir, la inmensidad.

Arrugó la nariz, la brisa ya no era fresca, sino que se había tornado turbia y pesante. Le resultó imposible mantenerse en su fantasía y finalmente tuvo que abrir los ojos, para contemplar muy a su pesar, que su cuerpo no se había movido ni un ápice, seguía sentada en su balcón, observando desde los barrotes cómo la llamaba la libertar. ¿Pero por qué tenía que quedarse allí en el suelo como había hecho siempre?

Miró atrás, al interior de la casa que parecía amenazarla con cada azulejo, puerta y armario; seguido se giró hacia el ancho mar verde que la esperaba. No había nada más que pensar. Con menos gracia que la que le daban sus sueños se subió al balcón e hizo lo que siempre soñaba hacer, dejarse caer, sólo que en aquella ocasión, sus alas no se abrieron.

jueves 5 de marzo de 2009

La noche que la Luna salió tarde

El título se debe a la canción que escuchaba mientras el texto surgió en mi mente.


La medida del tiempo siempre se diluía con la corriente del riachuelo, sólo para ellos, cada vez que pasaban en aquel claro varias horas. Allí, con un majestuoso roble ofreciéndoles su tronco y sus raíces como hamaca, les resultaba imposible saber si estaba a punto de amanecer o si, por el contrario, hacía poco que la luna visitaba el cielo.

La noche transcurría entre sonrisas y miradas que permitían que la eternidad ocupara cada segundo y la conversación había rozado tantos y tantos temas que apenas podían recordarlos. En una pequeña pausa en la que las sonrisas se instalaron en el instante, ella aprovechó para preguntar:

- ¿Me quieres?

Él, con su rostro más cálido y perfecto, clavó sus ojos en los de ella, sonrió y volvió a dirigir su mirada hacía el oscuro cielo.

- ¿Alguna vez has escuchado cómo el mar canta a la Luna? ¿O cómo el viento acaricia la tierra?- la rodeó entre sus brazos esperando una respuesta que ya conocía.

- No.- agudizó sus oídos; sabía perfectamente que de aquellas preguntas acabaría aprendiendo algo interesante.

Se giró hacia ella, colocó con suavidad los dedos sobre su frente y los deslizó con cuidado hasta cerrarle los párpados.

- Cierra los ojos y escucha.

Se zambulló en el silencio y la paz que le proporcionaba la oscuridad; comenzó a escuchar. Pronto el silencio dio paso a numerosos sonidos que necesitó desmenuzar para llegar a discernirlos en su totalidad.

Lo primero que llegó a sus oídos fue el murmullo fresco y alegre del riachuelo al golpear con suavidad las piedras que encontraba a su camino. El silbido de la brisa no era lo suficientemente fuerte como para eclipsar el susurro que creaban los grillos al rozar sus patas. Hubo un instante en el que incluso le pareció percibir el crujido de la hierba que crecía poco a poco o incluso el rumor de los insectos el deslizarse por la tierra. Pero ante todo, le escuchaba a él, su respiración pausada y no tardo en reparar en sus latidos; sístole y diástole, casi tan precisos como un reloj. Sus propias palpitaciones también se unieron a esa melodía nocturna tan especial que había logrado advertir.

Pero en aquel momento todos los demás sonidos se convirtieron en poco más que sombras, frente al claro golpeteo de su corazón y por primera vez aquella noche sus latidos formularon la misma pregunta que ella minutos atrás, “¿Me quieres?”, a lo que el corazón de su compañero respondió “Te quiero”.

jueves 26 de febrero de 2009

Isla de Tiempo

Aunque la Luna intentaba ser discreta, aquella noche no podía evitar echar un vistazo de vez en cuando al interior de la ventana y seguir el rastro de ropa tirado en el suelo que iba desde la puerta hasta la cama.

Ella mantenía la cara oculta entre su hombro y su barbilla para que el calor que desprendía su cuello templara sus mejillas. Llevaba rato sin hablar, con los ojos cerrados, buceando tranquilamente en su océano de pensamientos, pero sin dejar de disfrutar ni un solo minuto de aquel instante.

El estado de él no distaba mucho del de su compañera. Tenía los ojos abiertos aunque inmóviles, sin ganas de contemplar el exterior y pestañeaba únicamente cuando se le empezaban a resecar. Su mano danzaba de forma casi automática por una superficie sedosa; su melena, siempre tan lisa y delicada que cada terminación nerviosa de las yemas le confirmaban que estaba acariciando una extensión excepcional. Por fortuna, la postura que había adoptado ella sobre su hombro le permitía consentir que sus labios estuvieran rozando su suave frente de forma permanente.

Sintió un leve cosquilleo en el cuello. Al parecer ella se había decidido por fin a volver al mundo físico y sus pestañas provocaron las ligeras cosquillas durante el tiempo que sus ojos tardaron en adaptarse a la luminosidad.

- ¿En qué piensas?

Él deslizó los labios cerca de su oído para acaparar su atención y formuló la pregunta con la mayor dulzura en la voz. Ella se movió, aún algo aturdida, para que su piel abarcara la máxima superficie del cuerpo de su acompañante.

- En islas.- la respuesta provocó una sonrisa en su interlocutor, sabía que él esperaba que continuase sin necesidad de preguntárselo, por lo que prosiguió- Pensaba un poco en el tipo de gente que se toma unas vacaciones y van a una isla a descansar. Creo que se asemejan a nosotros.

- ¿Quieres que nos vayamos a una isla a descansar?- su tono resultó jocoso, sabía perfectamente que no era eso lo que ella quería decir, pero siempre le gustaba hacerla sonreír.

- Ya estoy en mi propia isla. Me refería a que se marchan a lugares en los que su vida no existe para poder sentirse libres y desconectar, aunque saben que siempre acabarán volviendo a sus vidas. Nosotros somos algo parecido, ninguno de los dos pertenece al mundo del otro; mi vida no encaja en tu puzzle, ni la tuya en el mío, pero ambos necesitamos unas horas en las que el exterior no exista. Somos algo así como dos personajes de novelas completamente diferentes, que durante un rato necesitan salir de su historia, pero que al llegar el día tienen que volver cada uno a su libro.

- Somos islas de tiempo.

Ambos se miraron sonriendo. Ella se alegraba de que lo hubiese entendido a la perfección y él siempre disfrutaba de sus intercambios de ideas por muy abstractas o extrañas que fueran. Se sumergieron en un nuevo silencio cálido, cada cual pensando por su cuenta en la pequeña conversación y fue él quien, tras un rato de cavilaciones, lo rompió con voz apesadumbrada.

- Algún día esto se acabará.- ella asintió en un susurro casi inaudible.

No era una pregunta, ambos sabían perfectamente que aquellos encuentros tenían los días contados, que cada vez que se veían se precipitaban de forma estrepitosa al final de aquella historia paralela al mundo real. Él perfiló sus tiernos labios con los dedos, sopesando todo lo que dejaría de poseer dentro de un tiempo incierto.

- Lo echaré de menos.

- Yo también.

Pronto emergieron también en ella las mismas sensaciones y se aferró a él como si eso pudiese impedir que algún día el mundo real les arrebatase aquellos instantes. Tras percibir su turbación, él la envolvió con su cuerpo en un eficaz intento por intentar devolverla a la burbuja que habían creado aquella noche sólo para ellos.

Allí afuera, la Luna seguía haciendo de centinela, evitando a toda costa que la realidad irrumpiese demasiado pronto en aquella habitación. Aún les quedaban unas pocas horas antes de que el amanecer terminara por consumir su isla de tiempo.




domingo 22 de febrero de 2009

Querido Corazón

Todas las calles yacían oscuras y silenciosas, hacía ya varias horas que nadie las perturbaba, hasta que unos débiles pasos se escucharon rumbo a la plaza. La figura difuminada por la noche no tardó más de cinco minutos en alcanzar un enorme edificio de piedra, en el que se paró y se arrodilló en las escaleras que lo presidían. Hasta ese momento las calles no se habían dado cuenta que la mujer sujetaba entre sus brazos un bulto, que acunaba sin cesar, pero que en cuanto llegó a las escaleras, lo dejó con mucho cuidado sobre estas. Rápidamente se inclinó sobre él e intentó decir algunas palabras que le resultaron completamente imposibles de pronunciar, ya que los sollozos le provocaban continuos estragos en la garganta. Se levantó aún mirando por última vez el fardo que dejaba allí y comenzó a andar por la misma calle que había aparecido, hasta que no pudo contenerse más y echó a correr, para que su tentación por volver a la plaza se esfumase junto con el ruido de sus zapatos.

Dentro del pequeño fardo comenzó a despertarse un pequeño corazón que no tardó en revolverse asustado. Sus ojitos fluctuaron por todo el paisaje que sus pupilas eran capaces de percibir, hasta que allí, al lado de la manta que le envolvía, encontró una carta, con letra muy cuidada, dirigida a él.


"Querido corazón,

Sé que en cuanto abras el sobre que contiene estas frases y descubras que lo he escrito yo, mirarás a un lado y al otro de forma frenética con la esperanza de encontrarme, y que pueda sacarte de la confusión, pero lo siento, para cuando leas esto yo ya estaré muy lejos de aquí.

No puedes ni imaginarme lo difícil que ha sido tomar esta decisión, aceptar que lo mejor para ambos es que estemos distanciados, pero al final lo he hecho. No puedo seguir vagando por el mundo mientras seas el cajón en el que se atrincheran todos los sentimientos porque resulta terriblemente complicado sacarlos de ahí, y duele. Duele cada vez que bombeas, junto con la sangre, una nueva dosis de enrevesados sentimientos; sobre todo cuando son esas sensaciones que alguna vez fueron reflejo de mi felicidad, pero que tú te sigues empeñando en enseñarme. Crees que esas imágenes y voces darán inicio a una cascada de sonrisas y una euforia incontrolada, pero te equivocas, no te das cuenta que cada vez que intentas alegrarme así consigues que duela aún más. Y entonces tú recibes y guardas esa tortura y, obedeciendo a tu deber, haces que cada parte de mi ser se de cuenta de lo que estoy sintiendo.

No me tomes por cruel, querido corazón, sabes mejor que nadie los buenos momentos que gracias a ti he podido conservar durante tanto tiempo, pero es que me dueles, me acuchillas, me matas, sé que no es tu intención, aunque igualmente atormenta.

Es irónico, lo sé, la vida en todos sus sentidos es completamente ilógica sin un corazón y sin embargo me siento incapaz de seguir mi camino contigo a cuestas. Por eso hoy, aquí, se separan nuestros caminos. Espero que logres encontrar otro dueño, alguien que sólo tenga buenos sentimientos y jamás te lastimes, que te conviertas en un precioso cajón de alegrías y que palpites con toda la energía del mundo. Yo, en cambio, seguiré mi rumbo indefinido, sin sentido ni sentimientos, puesto que te los dejo todos a ti, yo no los quiero y tampoco podría guardarlos.

Quizá hubiese sido menos doloroso explicarte esta misma carta en persona, pero de haberlo hecho, sé que hubiese sido incapaz de alejarme de ti.

Ya es hora de irme, pequeño corazón. Ahora duele, pero a medida que mis pasos se distancien de ti, se irá rompiendo el vínculo que une a todo cuerpo con su corazón, hasta que sólo me quede la fría lógica.

Espero que algún día puedas perdonarme."


jueves 19 de febrero de 2009

Polvo de estrella

Hoy se cumplen dos años desde que comencé a escribir de nuevo y estoy segura de algo, el Claro de Luna no ha muerto.



Una noche cálida de verano, perfecta para observar las estrellas, aunque las casas de piedra gris con sus tejas a lo alto hacían que el pueblo no fuese el lugar más idóneo para este pasatiempo. Pero desde allí en la campa, a escasos kilómetros de la aldea, resultaba fascinante mirar al cielo, incluso parecía que las nubes habían pactado dejar la vista totalmente despejada.

Un joven muchacho había encontrado la comodidad necesaria en una roca para poder usarla de almohada mientras observaba con fascinación el cielo. Cada noche se pasaba allí horas maravillado por cada reluciente estrella y realizando conjeturas sobre su creación. Las repasaba con la mirada una y otra vez hasta lograr reconocer cada constelación que aparecía en los antiguos libros de astronomía que tenía en casa.

No tardó en hallar algo diferente aquella noche. Una de las estrellas brillaba con mayor intensidad que de costumbre, lo que hizo que el joven se levantara curioso de su improvisada cama, con la vana esperanza de ver algo mejor. Creía haber visto cómo el pequeño punto luminoso se agitaba sobre el manto oscuro de la noche. ¿Sería su imaginación? Se agitó otra vez. Antes de que el muchacho pudiese siquiera pestañear la estrella se iluminó aún más y comenzó rápidamente un descenso en picado sin frenos, hasta que sólo la tierra pudo pararla. La colisión provocó tal estruendo que todos los habitantes del pueblo se asomaron horrorizados a sus ventanas para observar cómo el astro había acuchillado su preciada tierra hasta crear un cráter lo suficientemente hondo como para no poder ver su final.

El joven continuaba en el campo, estupefacto y sin habla, observando el orificio que se había producido a apenas unos kilómetros de él. Debía haber alguna explicación para aquello, pero sabía que probablemente en el pueblo nadie sabría contestar, así que sólo le quedaba acudir a la única que sin duda conocería la respuesta. Echó a correr tan rápido como pudo, mientras gritaba al cielo hasta quedarse casi sin voz

-¡Luna! ¡Luna! ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué están cayendo las estrellas?

La aludida, que hasta ese momento había permanecido en completo silencio, contestó al chico con su voz sonora, para que incluso los del pueblo la pudieran escuchar.

- Una estrella sólo puede caer del cielo cuando se apaga y muere.

- ¿Las estrellas se están muriendo?

- Así es.

- ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?

Se tomó su tiempo en responder y al hacerlo, su voz sonaba aún más triste y ancestral que nunca.

- Cada estrella se alimentan de esperanza para poder brillar con todas sus fuerzas, pero aquí, en la tierra, ya no queda nada de ilusión, los humanos la habéis consumido toda y ya no sois capaces de soñar para poder renovar esa esperanza. Y cuando a un lucero no le quedan energías para resplandecer, se debilita hasta que muere y cae estrepitosamente contra la tierra.

Comenzaron a oírse ruidos y pasos rápidos procedentes de la aldea, al parecer todos habían decidido en los últimos minutos que lo mejor era abandonar aquel lugar y buscar otro en el que poder asentarse. Pero el muchacho persistió:

- ¿Entonces no hay nada que hacer? Tiene que haber algo.

La Luna lo miró como si acabara de percatarse de su presencia. ¿Quizá…? No, imposible…aunque, ¿podría resultar? Tras una meditación que pareció eterna, extendió su mano hacía él y dijo:

- Tal vez haya una manera, pero debes confiar en mí.

No entendía a qué se refería, pero tampoco se lo pensó dos veces y también alargo su brazo. La fría mano de la Luna agarró la suya con firmeza y tiró de él. Sin haberlo esperado si quiera, sus pies se despegaron del suelo casi al instante, y el fuerte empujón lo catapultó como si de un cohete se tratara, hacia el cada vez más oscuro cielo.

Pronto, la pálida esfera lo soltó, sin avisos ni explicaciones, únicamente una sonrisa deslumbrante y segura dibujada en su rostro. Tras unos escasos segundos desde su despegue, el joven abrió lo ojos por fin, en una mezcla de curiosidad e impaciencia, pero el pánico se apoderó de todo su ser en cuanto sus ojos comenzaron a captar las primeras imágenes. Parecía que el cuerpo del muchacho no pesaba nada, puesto que seguía elevándose con más y más velocidad, sin ningún cambio en la trayectoria.

Aquello no podía ser bueno, cuanto más ascendiese, más velocidad tendría al caer…La caída…no se había parado a pensar en ello. ¿Cuánto tardaría en alcanzar la altura máxima y precipitarse contra el suelo? Iba a convertir sus huesos en pura papilla, y ¿todo eso para qué? ¿Qué conseguiría con eso? El plan de la Luna, si es que verdaderamente tenía uno, resultaba absurdo meditado desde aquella altura, con la tierra amenazando con acogerle entre sus brazos de la forma más estrepitosa posible y con la sangre golpeándole la cabeza a martillazos incesantes. En un momento sólo quedó espacio en su mente para la ansiedad y la incertidumbre de no saber de cuánto tiempo disponía antes de que ocurriera el desastre.

Caer…y no volver a ver a nadie más…caer…y no poder disfrutar nunca más de la compañía de quienes le querían…caer…y jamás volver a escuchar la risa inocente de su hermano pequeño cada vez que se ilusionaba con cualquier cosa, por simple que fuera…y caer…¿por qué? ¿Quién o qué lo ordenaba? ¿Y si no ocurría? Improbable, pero no imposible. ¿Y si todas las leyes físicas del mundo se equivocaran esta vez? Más improbable aún, pero tampoco imposible. Alguien debería protagonizar la excepción, ¿no? ¿Y por qué no iba a ser él?

Cerró los ojos, cogió aire lentamente hasta llenar sus pulmones por completo e intentó poner en claro sus últimas ideas en voz alta, puede que así tuviesen más sentido. Pero no pudo, su voz no pronunció tales conjeturas si no la frase más ilógica que cabría esperar en ese momento:

- Aún tengo esperanza. – y sonrió.

En ese instante toda su piel palideció hasta volverse de un blanco brillante, como si una luz le estuviese iluminando desde el interior. La sensación de que su cuerpo iba a caer se hacía más pequeña a medida que ascendía y una cálida esperanza tomaba el relevo al pesimismo con gran rapidez.

Ya no se precipitaría al vacío. No sabía por qué, ni cómo explicarlo, simplemente lo sabía.

No abrió los ojos, no lo necesitaba para saber lo que le empezaba a ocurrir a su cuerpo. Comenzando desde la punta de los pies, cada partícula de su anatomía comenzó a soltarse de su cuerpo, iluminándose aún más a medida que se alejaba. Pronto, una estela dorada delataba el rastro del muchacho, ya prácticamente desmembrado.

Polvo de estrella, el origen de toda la materia de los planetas y de los astros más jóvenes. Cada partícula de esperanza, ilusión, sueños…todas ellas sirvieron para alimentar a las estrellas moribundas que amenazaban con caer, lo que llevó a que se disipara el pánico que se había creado en el pueblo. Todos estaban atónitos, era algo imposible, ya lo decían los ancianos, una vez que cae una estrella todas las demás la siguen. ¿Cómo se podía explicar algo imposible? Nadie tenía la más mínima oportunidad de sobrevivir al desastre, pero al final lo consiguieron y todo porque uno de ellos no había renunciado a la esperanza.

miércoles 28 de enero de 2009

Amanecer

"El dolor era desconcertante.
Exactamente eso, me sentía desconcertada. No podía entender, no le encontraba sentido a lo que estaba ocurriendo.
Mi cuerpo intentaba rechazar el suplicio, y me absorbía una y otra vez una oscuridad que me evitaba segundos o incluso minutos enteros de agonía, haciendo que fuera aún más difícil mantenerse en contacto con la realidad.
Intenté hacer que se separaran, el dolor y la realidad.
La irrealidad era negra y en ella no me dolía tanto.
La realidad era roja y me hacía sentir como si me aserraran por la mitad, me atropellara un autobús, me golpeara un boxeador, me pisotearan unos toros y me sumergieran en ácido, todo a la vez.
La realidad era sentir que mi cuerpo se retorcía y enloquecía aunque yo no podía moverme, posiblemente debido al mismo dolor.
La realidad era saber que había algo mucho más importante que toda esta tortura, pero ser incapaz de recordar qué era.
La realidad había llegado demasiado rápido."
Stephenie Meyer, Amanecer, pág. 406

martes 20 de enero de 2009

Bekaturako bidean

Nonbaiten ezkutaturik,
mundua han kanpoan utzita,
biak puzzle piezak dira
bikain osatzen direnak.

Labankadak sartzeko prest
zaude, barnetik erauziz
ahots txuriko inuzentea.
Ilargiak zain dezala bere arima
zuk bekatuari gorputza
eskaintzen diozun bitartean.

Zer egin duzu zuk,
ihesbako harrapakin,
bihar emakume esnatzekotan,
eman diozu zure hesiak
igarotzeko baimena,
ta orain hemen zaude
plazerra eta minaren
arteko linea arakatzen.

Erritmoak bizkortzen, eta
arnasestu kantutan, hasi
dira biak dantzatan.
sinfoniaren amaiera
maindireko kolofoi isurkin.

Bekaturako bidean
topatuko duzue elkar
ilargi zurbil betea
galtzen den hurrengo gauean.




En el camino hacia el pecado


Escondidos en algún lugar,
dejando el mundo allá fuera,
ambos son como piezas de puzzle
que se complementan a la perfección.

Estás dispuesta a apuñalar
extirpando de tu interior
a la inocente de voz blanca.
Que la luna cuide de su alma
mientras tú le ofreces
al pecado tu cuerpo.

Qué has hecho tú,
presa sin escapatoria,
con intención de levantarte mañana mujer,
le has dado el permiso
para cruzar tus barreras.
Y ahora aquí estás
escudriñando la línea
entre el placer y el dolor.

Acelerando los ritmos y
cantando en jadeos
han comenzado los dos a bailar.
El final de la sinfonía,
el colofón sobre las sábanas.


En el camino hacia el pecado
os encontraréis
la próxima noche
que se pierda la pálida luna llena.

martes 23 de diciembre de 2008

Addio viaggiatore

A menudo un viajero se enamora de la ciudad que visita, pero ¿cuántas veces se enamora una ciudad de su viajero?


Siempre a esta hora te asomas para deleitarte con el gran festín del horizonte, devorar al sol y como si de un ritual se tratara, posas tu mirada en cada farola, las velas que acompañarán tan suculento banquete. Las altas farolas…buen lugar sobre el que reflejar mis ojos y así poder observarte, igual que cada noche, detrás de tu ventana. Pero tú nunca me ves, lo sé, porque siempre fluctúo de una luz a otra, cuando te fijas en una yo ya me he escondido en la siguiente. Si me descubrieses, ¿cómo podría explicarte los motivos por los que tu propia ciudad te espía cuando cae la noche?

Hoy pareces inquieto, algo te come por dentro y no sé lo que es. Normalmente permites al humo que sale de tus pulmones llevar consigo información sobre las cosas que te preocupan, tus ideas, pensamientos…recoger ese humo, junto con tus conversaciones con el mar, han sido siempre la manera más eficaz que he tenido para poder saber qué te pasaba y tratar así, mi querido viajero, de hacer cuanto estuviese en manos de esta vieja ciudad para que te sintieses mejor. Pero no, hoy no me has dado ni una sola pista de tus dudas.

Ya ha muerto el día, ni siquiera le has prestado atención a uno de tus espectáculos favoritos, y has dejado que se consuma gran parte del cigarro que has apoyado sobre el alféizar, sin apenas haberlo probado. Miras el reloj, parece que ya es la hora, pero ¿la hora de qué? Te giras y desapareces de la ventana, veo cómo la luz de la habitación se apaga. ¿Será que te fuiste a dormir? Si es así, sabes que acomodaré la noche para que nadie perturbe tus sueños. No estoy segura de dónde estás y lo reconozco, eso me inquieta.

No han pasado ni cinco minutos, que una figura sale de tu portal cargado con varios bultos a su espalda; el hecho de que no le pueda ver la cara por la oscuridad y que esté pendiente de si vuelves o no a la habitación, consiguen que realmente no preste demasiada atención a esa persona. Pero la luna, dichosa luna, siempre tan amiga y sincera, alumbra su cara… y un rostro conocido aparece…¿tú?...sí, tú intentando arreglártelas como puedes para cargar con una mochila y una maleta llena de objetos. Una vez que has conseguido colocar el equipaje de forma que lo puedas llevar relativamente cómodo comienzas a caminar con decisión, echando una mirada rápida primero a tu ventana y después a la luna.

Esto me ha pillado tan de sorpresa que para cuando he podido reaccionar ya te habías alejado varios metros. Me muevo de farola en farola lo más veloz posible, intentando atajar por algún camino, pero sin conseguir adelantarme a tus movimientos. Te detienes delante de la estación de trenes…me quedo expectante, pensando…tomarás el tren al centro de la ciudad, ¿cómo no se me pasó antes por la cabeza? Tendría que haberlo sabido, es uno de los mejores métodos para salir de aquí.

Me desvanezco de la farola para reflejarme sobre el cristal del tren, quiero comprobar que has subido a él, aunque eso conlleve el riesgo de que me veas. Vuelvo a desaparecer del vagón una vez que ha comenzado a andar. Sé que no tengo mucho tiempo, quizá una hora escasa para poder detenerte; me odiarás por esto, lo sé y lo siento, pero viajero, no te puedo dejar marchar. Siento cómo lo raíles vibran sobre mi suelo, oigo el ruido, noto la velocidad…¿cómo pararte sin hacerte daño? El viento, sí, al menos tengo que intentarlo. Es un gran amigo, me ayudará si se lo pido. Comienzan a crearse pequeños remolinos en las calles y en menos de un minuto las ráfagas son espeluznantes, pero nadie sabe que justo en el túnel que ahora mismo engulle a tu vagón el viento es aún más fuerte, es casi como un titán con las manos apoyadas en la parte frontal del tren, intentando que frene.

Maldita sea, no ha conseguido más que retrasarte unos minutos, lo suficiente para que pierdas tu próximo transporte, pero algo me dice que ni eso te retendrá esta noche, estás decidido a llegar a tu destino, sea cual sea. Rápidamente sales de la estación, intentando aún mantener en equilibrio todo tu equipaje. Es mi última oportunidad, después de esto no sé ni cómo podré volver a mirarte a los ojos, pero el miedo de no volver a verlos es mucho más fuerte. Afilo mis uñas, invisibles para ti y el resto de mis habitantes, y las clavo en una comisura de tu mochila para que cuando sigas caminando ésta se rasgue. No te das cuenta de que la tela se ha roto hasta que la colisión de un par de objetos contra el suelo te ha alertado. Los recoges mientras compruebas que no están rotos y, visiblemente malhumorado, comienzas a hacer malabares con la mochila y la maleta para poder continuar tu camino sin más incidentes.

Estás furioso, ¿conmigo quizá? No estoy segura. Pero aún así sigues caminando. Dios, ¿por qué? ¿Qué demonios es eso tan importante que te aguarda? Tanta decisión sólo puede significar una cosa, que pase lo que pasa, da igual lo que se me ocurra hacer, tú seguirás andando. Resulta desesperante, ¿qué hacer? Si ni siquiera sé por que o quién me abandonas; si no me puedo hacer a la idea de que otra ciudad te acoja, te cuide y se refleje en tus ojos cuando llegan tus momentos más felices. Supongo que lloraría si mis ojos reales, pero no lo son; soy sólo un mar con su paseo, unas calles mal asfaltadas, que la mayoría del tiempo acaban empapadas por culpa del temporal. ¿Cómo vas a preferir tú, mi estimado viajero, a esta ciudad antes que a cualquier otra en la que luzca el sol siempre en lo alto?

Parece que las nubes han visto mi llanto invisible y han decidido llorar por mí. Poco a poco finas gotas de agua comienzan a calar el asfalto, mis habitantes y a ti. Echas a correr como puedes, supongo que con la esperanza de que no resbalar y terminar con todo el equipaje por el suelo. Ya no sé si he dejado de observarte y sólo pienso o si he dejado de pensar y sólo te observo, pero a medida que te alejas por la calle principal recuerdo tantas cosas que a partir de mañana ya no pasarán.

Yo te he obsequiado cada día con los mejores bancos de todo el paseo para que pasaras allí las tardes con tu viejo cuaderno de notas, varios cigarrillos y poco más. Cuántas horas has invertido observando al mar, permitiendo que la sal y el humo invadiesen tus pulmones y así poder captar imágenes y sonidos que diesen forma a las frases que escribías sobre papel. Pero de lo que nunca te diste cuenta es que cada vez que agachabas la mirada para posarla sobre el cuaderno, yo me valía del mar para reflejar mis ojos y observarte, mi querido viajero.

Ya no disfrutaré de tu compañía cada noche cuando salías a correr de madrugada y me inquietaré al no saber si tu nueva ciudad también hace brillar las farolas para que, cada vez que atajes por el bosque, sepas siempre dónde está la carretera principal que te llevará de vuelta a casa.

Te detienes, exhausto y completamente empapado, frente a la gran estación de autobuses que permitirán que te alejes de mí para siempre. Pese a la hora que es hay bastante gente, personas que se van y familiares que los despiden. Y a ti viajero ¿quién te despide? La pequeña gran ciudad que ha intentado cuidarte todo este tiempo y ni siquiera lo sabes. Buscas entre todos los autobuses el que te llevará a tu destino, hasta que finalmente lo encuentras allí agazapado en una esquina, con el maletero abierto invitándote generosamente a que por fin tus hombros dejen todo el peso que llevan y descansen.

Subes al autobús, sigues el pasillo hasta encontrar un asiento que sea más o menos de tu agrado hacia el final del vehículo y te acomodas en el asiento del lado de la ventanilla, mirando a través de ésta. No estoy muy segura de si me miras a mí en forma de despedida o si simplemente tienes la mirada perdida y la mente puesta ya fuera de aquí. Y lo único que me queda claro es que cuando la última de esas lágrimas se haya evaporado, ya no quedarán restos de mi alma en ti.

sábado 29 de noviembre de 2008

Duerme ciudad, duerme




Duerme ciudad, duerme,
tú que ayer viste mis primeros pasos,
hoy soy yo quien te arropa.

El autobús no espera a nadie,
ya lo sabes bien,
y mientras avanza chirrían
las ruedas de goma gastada.

Tantas veces ha hecho el viaje…
y la primera vez que lo hago yo.

El miedo galopa hasta mí,
pero yo no quiero hacerle caso
y llegan a mí los recuerdos,
las imágenes de cómo tú,
en tus tierras cultivaste
mis dos primeras sonrisas:
una por escuchar las caricias
entre tierra, mar y puerto
y otra al saber que,
fuese donde fuese,
cuidarías de mí a través del viento.

Hoy duerme ciudad, duerme
que mis sueños descansarán
sobre tus farolas mientras
no termine esta noche.

Sal al ancho mar, ese que
te arropa cada día, pues
las olas te esperan ya
para cuidar de tus marineros.

Y una vez allí, no mandes
gaviotas a buscarme
porque allá donde voy,
sus voces no llegan
y no podrán encontrarme.

Siempre sabré que has sido
la más bella ciudad
que nadie pueda conocer,
la única a quien perteneceré
y a quien dejo esparcida
la ilusión que nace al crecer
para que la custodies
y nunca pueda morir.

Pero si algún día Saturno
te traiciona y arrebata
esa hermosa silueta
de mar, puertos y montañas,
no desesperes que yo
la retendré en mi mente
sin importar donde vaya.

Durante esta apacible noche,
duerme ciudad, duerme
que mañana cuando amanezca
te oraré con otro nombre.





domingo 26 de octubre de 2008

Los muertos no tiemblan en días fríos

Hoy quiero inaugurar una pequeña sección que titularé “Teorías”. Éste escrito que os presento realmente no es el primero que debería aparecer en este apartado, pero es el último que he escrito y por ello lo expongo aquí. Lo cierto es que hasta ahora había suprimido este tipo de textos por ser muy diferentes a la temática central de este blog, pero he pensado que esto también es parte de mí, por lo que perfectamente puedo incluirlo en mi pequeño espacio virtual. Sólo decir que es una sección que encontraréis mucho más caótica y menos elaborada que el resto de escritos, pero eso sólo es porque, en este caso, le doy más importancia a las propias ideas que a la manera de contarlas.


Ayer rescaté varios cuadernos antiguos, entre ellos uno que me servía de diario en esos tiempos en que los problemas no eran problemas y yo no era más que una pequeña inocente, ingenua y feliz.

Recuerdo que cada vez que de pequeña leía una historia me imaginaba que yo era la narradora de una historia que se iba haciendo realidad en algún mundo desconocido a medida que las frases del libro tomaban forma frente a mis ojos.

A veces incluso llevaba esa fantasía un poco más allá e imaginaba que la vida de cada uno era la trama de un cuento leído por un niño; y nosotros y las personas que nos rodean, los protagonistas. Ninguno de los dos mundos se mezclaba, la única conexión que había entre ambos era esa voz interior que cada uno de cada cual escucha cuando leemos para nosotros mismos, sólo que esta vez era la de ese niño desconocido que se hallaba en algún rincón en el que jamás sería encontrado en este mundo.

A lo que iba, que me desvío del tema. Comencé a ojear esa especie de diario, reconozco que al principio sin demasiado interés, sólo una pequeña curiosidad de a ver qué tipo que chorradas me daba por escribir hace años. Y lo cierto es que sí, la mayoría de las cosas (por no decir todas) eran temas sin ningún tipo de importancia, pero el caso es que mientras las leía veía nombres, nombres de gente de la que ya ni siquiera me acordaba es más, algunos me costó un gran trabajo traerlos de vuelta a mi memoria aunque fuese sólo por unos minutos. Había de todo, personas que se cambiaron de colegio y de la que no volví a saber más; gente que a día de hoy aún son buenos amigos; otros que por aquel entonces no lo eran pero que ahora sí; incluso gente que hizo su gran viaje demasiado pronto.

Por un instante hasta me pareció que era otra vez esa niña pequeña que creía que las cosas que leía estaban sucediendo en algún otro lugar. Y llegué a algo así como la versión ampliada de lo anterior: ésta vez cuando yo leía en el presente el diario, a cada frase se estaba creando el pasado en otro mundo; y mi presente era el pasado leído en un tiempo futuro.

Entonces es cuando se me ocurrió el poder que podría tener una simple goma de borrar; lo que podría llegar suponer eliminar incluso la más insignificante de las frases o el punto peor puesto. En ese momento muchas de las cosas que siguiese a esa pequeña oración desaparecerían ante mis propios ojos. Incluso podría llegar más lejos aún y no conformarme sólo con haberla borrado, sino coger un lápiz y reinventar la frase y ver así cómo los próximos sucesos cambian sin necesidad de que yo los escriba.

¿Pero qué es lo que nos diferencia a nosotros, los de este presente que leemos cosas pasadas; de nosotros, ese pasado leído en un presente que aún es futuro? ¿O qué me diferencia a mí de todos esos fantasmas que aparecen en las frases escritas a lápiz, fantasmas que aparecen y desaparecen a su antojo a lo largo de capítulos enteros?

Lo cierto es que hasta esta mañana no he encontrado una respuesta viable a todo eso. Al parecer la temporada de heladas que comienza estos días no sirve sólo para hacer tiritar hasta el último músculo de mi cuerpo, sino también para activar mi cerebro y hacer que piense más y más deprisa, aunque sea en teorías absurdas de estas.

Pero incluso después de haber tenido la oportunidad de reflexionar tanto, creo que el hecho de haberme pasado un buen rato mirando por la ventana cuando ni siquiera había amanecido aún, es lo que más ha aportado para que piense que probablemente, la única diferencia que haya entre ellos y nosotros, es que los muertos no tiemblan en días fríos.

domingo 5 de octubre de 2008

El mundo a través de una canica


Recién llegado el otoño, resulta una maravilla poder contemplar desde un banco de madera cómo comienza el sol a dorar las finas hojas de los árboles. Poco falta para que el transcurso de los días vaya consumiendo más y más al astro rey hasta que llegue un momento en el que apenas quiera salir a visitarnos.

Al parecer, los dos pequeños muchachos de apenas seis años de edad que juegan en medio del parque se han percatado de que pronto perderán a ese amigo brillante que tanto les ha acompañado durante el verano, y por ello, intentan aprovechar al máximo el tiempo que les queda a su lado, divirtiéndose con pequeñas y relucientes canicas que el sol hace resplandecer aún más. Desde mi banco puedo ver sus caras inocentes llenas de emoción cada vez que una de las canicas golpea suavemente a otra y sigue girando en una nueva dirección.

Una de esas pequeñas esferas de cristal rueda sin detenerse hasta chocar con mi zapato. Sin saber muy bien por qué, atrae mi atención más de lo que cabría esperar y, al observarla, su brillo atrapa mi mirada, invitándome así a cogerla suavemente entre mis dedos. Es extremadamente ligera y su tacto agradable se acentúa cada vez que la deslizo de manera casi imperceptible por las yemas.

Su sutil calidez logra que mis curiosos ojos se cierren con el único fin de que mi tacto se agudice lo suficiente para deleitarme aún más con el extraño objeto. Pero al volver a abrirlos ya nada es igual.

Toda la explanada que se extiende ante mí comienza a derretirse hasta formar un fluido de tono turbio y verdoso a causa de la mezcla de tierra y vegetación. A medida que se liquida, su espesor se diluye y adquiere un intenso matiz azul. Justo en el lugar en el que se encuentran los jóvenes muchachos se perfora el recién formado océano con un remolino descomunal cuyo fondo parece ser un abismo infinito. Ambos niños intentan de forma enérgica nadar a contracorriente para que el vacío que hay tras ellos no consiga devorarlos, pero uno de ellos, el más rezagado pierde sus fuerzas y se ve arrastrado al interior del desagüe oceánico. El pánico es fácilmente perceptible en la cara de su compañero que aún lucha con todas las fuerzas que le quedan contra el mar, aunque no son suficientes. Poco a poco siente como el vacío comienza a extenderse bajo sus pies; pronto todo su cuerpo se precipitará.

En ese instante en que lo cree todo perdido algo lo aferra de la muñeca; algo casi como una mano, pero más fría, más áspera y más firme. En un acto reflejo, el muchacho se apresura a sacar la otra mano del agua para sujetarse mejor a esa rama que lo acaba de atrapar como si no fuese más que un pececillo indefenso. Ésta lo impulsa fuera del agua con tal vigor que la propia velocidad del aire consigue que las ropas del chico estén completamente secas antes de aterrizar en la copa de un árbol. El robusto tronco es la única tierra firme que se consigue atisbar en el ancho océano, aunque parece completamente imposible que sus raíces estén unidas a algo.

El aire se agita cada vez con más intensidad hasta llegar a convertirse en viento y es entonces cuando el joven decide que ya es hora de abandonar su improvisado islote. Se aproxima lo máximo posible a la punta de una rama donde aún las ráfagas no han conseguido arrancar todas las hojas y se monta con mucho cuidado en una de ellas, dejando que la ventisca haga el resto. Por fin su plataforma verde se desprende del árbol para comenzar a planear hacia el horizonte, donde las aguas han recuperado su tranquilidad.

Mientras viaja hacia ninguna parte, no puede evitar mirar atrás para fijarse en la boca del océano que prácticamente lo devora y que ahora se rellena de agua desde su interior. Pero no es únicamente agua lo que regurgita el océano; del centro del agujero casi cerrado emerge una figura que se mantiene firme sobre su extraño soporte. Desde su hoja el joven muchacho no puede contener una sonrisa de asombro y felicidad al comprobar que no es otro que su compañero a lomos de una balsa gigante de tortugas. Pronto el capitán del navío acorta distancias hasta alcanzar a su amigo y ambos continúan el viaje dirigido por el viento.


No pasa demasiado tiempo hasta que en el horizonte aparece una pequeña mota que va aumentando de tamaño conforme se acercan a ella. Una playa de la más fina arena les da la bienvenida a la isla llena de exuberante vegetación que impide ver lo que hay más allá de los primeros árboles. Allí, al comienzo del bosque, les esperan un par de aves de picos dorados; éstas se inclinan ligeramente con gesto elegante, invitando a los dos aventureros a subirse a su espalda. Una vez arriba, cada muchacho se aferra firmemente a las plumas del cuello de sus improvisados medios de transporte y antes de poder mirarse si quiera una vez, ambos pájaros echan a volar de forma vertiginosa a través del bosque. El paisaje se convierte en poco más que un borrón debido a la creciente velocidad hasta que de repente y sin previo aviso se paran en seco en una explanada justo en el corazón de la espesura.

En el medio del insignificante claro se apilan unos cuantos pedruscos grises, dando forma a una pequeña y fría morada. No tiene puerta, sólo una manta colgada que evita que se vea el interior. Uno de los jóvenes la desplaza con cuidado para poder entrar seguido por su compañero.

En una esquina crepita suavemente un fuego azul y cálido que se encarga de iluminar la estancia; a su lado, una figura lo alimenta con pequeñas ramas secas, pero se gira hacia la entrada al oír a sus inesperados invitados. Las tres figuras se aproximan y dos de ellas extienden las manos; una para dar algo, y la otra para recibir ese objeto, pero en ese momento en el que la pequeña pieza se suelta de su amo el fuego centellea con más energía y el objeto, aún en el aire, expulsa todo el brillo reflejado de las llamas, consiguiendo cegar por unos instantes a todos los presentes.

Pestañeo un par de veces y me sorprende darme cuenta de que tengo a uno de los niños justo delante de mí, a menos de dos metros, sonriéndome pero a la vez con una mirada un tanto perpleja al no entender por qué tardo tanto en devolverle su preciado tesoro.
La diminuta esfera continúa brillando con la misma intensidad que antes, quizá esperando a una nueva persona a la que poder abrirle las puertas de la fantasía.

Cierro los ojos un instante y al abrirlos me quedo observando cómo el joven muchacho vuelve alegremente al encuentro de su compañero de juego para poder vivir mil nuevas aventuras más.

Sonrío permitiendo a los escasos rayos de hoy que bañen mi cara y dejo que mi mente siga volando hacia algún lugar desconocido. Al fin y al cabo, puede que el mundo que realmente esté del derecho sea ese que vemos a través de una pequeña canica.

sábado 27 de septiembre de 2008

Otoño


Supongo que cada año siempre hay una época que nos hace reflexionar más y zambullirnos en nuestros propios recuerdos. Al parecer la llegada del otoño es un momento más que perfecto para ese fin, así pues de mi propia inmersión pude rescatar esto, escrito hace poco más de un año.



Un año más el otoño llega con sus humildes marejadas
para empezar a deleitarnos una vez más con su canción.
Se le unen mil vientos y lluvias
para entonar flamantes melodías que sólo escucharán lo sabios

Un año más un hombre se sienta en el columpio del parque
donde hacía unas horas reían niños.
Mira al cielo de frente porque ya no le tiene miedo.

Y el otoño descarga toda su belleza
con gotas de lluvia cristalina
que mojan suelos, hojas y nuestras vidas.

Su alma quebrada en dos, uno lo que ha sido siempre,
y otro lo que nunca volverá a ser.
La lluvia cae sobre él,
llevándose consigo todo lo que ya fue
y empapa el suelo de recuerdos
que ni el otoño le hará olvidar.

Pero poco le importa porque
todo tiene principio y final;
ahora busca algo nuevo que consiga hacerle vibrar.

Ya no le queda nada que hacer en ese lugar.
Todo terminó y ahora debe volver a empezar.
Se levanta para iniciar de cero una vida ya comenzada.

Y el otoño descarga toda su belleza
con gotas de lluvia cristalina
que mojan suelos, hojas y nuestras vidas.

sábado 9 de agosto de 2008

Varios inconvenientes

Buenas tardes,

Sé que últimamente apenas estoy escribiendo nada, es porque tengo muchos problemas con la conexión y tampoco ando muy servida de ideas que digamos. Reconozco que he dejado el blog un poco descuidado, ruego me disculpéis, sé que no es forma de llevar una web. Espero que pronto pueda poner en orden y por escrito el torbellino de ideas que tengo en la cabeza y espero también que los problemas de conexión se solucionen lo más rápido posible, aunque algo me dice que tardaré un tiempo en poder volver a postear con asiduidad.

Muchas gracias por vuestra paciencia, sobre todo a aquellos que siguen esta aventura desde sus comienzos.

Clair de Lune

martes 5 de agosto de 2008

Camino hacia el túnel


Escrito durante el curso 2003-2004. Posteriormente hice la versión en euskera de este texto que, a mi juicio, quedó mejor, pero creo que no hay mucha gente leyendo este blog que entienda el idioma.


¡Bum!

Me encuentro tirado en el suelo. Estoy en el frío y duro asfalto de la calle, según me indica el escalofrío que recorre todo mi cuerpo. No sé cómo ni por qué he llegado hasta aquí. No recuerdo nada. Percibo una abundante cantidad de ruidos. Son todos diferentes, pero reconozco la gran mayoría. Los motores en marcha de lo que probablemente sean coches y motos, me resultan más fáciles de oír que los demás, aunque estén bastante lejos. Lo más cercano que tengo son las numerosas voces y murmullos que se van apilando junto a mí construyendo así una especie de manto que me aísla de lo que haya detrás de él.

De pronto una luz muy brillante surca el cielo obligándonos a todos los presentes a cerrar un instante los ojos, pero yo ya no los abro. Estoy demasiado cansado para hacerlo. Un momento después de ver la cegadora luz. Un ruido ensordecedor taladra mi mente, aunque estoy casi seguro de que no ha sonado sólo en mi cabeza, sino también en el cielo.

Unas gotas de agua comienzan a caer lentamente sobre mi cara. Pero en un segundo el agua empieza a abundar y choca con el suelo. Nunca antes había oído la lluvia caer sen tener otras ocupaciones, así que esta vez me limito a escuchar. El sonido que provocan las gotas de agua el estamparse contra el duro asfalto se asemeja bastante al de un alfiler al caer. Así que, en cierto modo estoy percibiendo una lluvia de pequeños alfileres tintineantes. Y su tacto es extraño respecto al sonido, ya que a pesar de frías, son como los pétalos de una rosa, suaves y delicados.

De pronto el ruido de una sirena me saca de mis pensamientos. El círculo que me rodeaba se abre y deja pasar a tres personas con unos maletines. Uno de ellos toca mi cuello con sus largos y fríos dedos y le dice algo a sus compañeros, algo que no llego a entender. Pero de repente noto que mi corazón se para en seco y mi cabeza comienza a crean un sinfín de imágenes, algunas más borrosas que otras. Una de ellas es la de un muchacho pequeño que está soplando las velas de una tarta. Soy yo en mi séptimo cumpleaños. En otra hay una familia al lado de un lago pescando, sonriendo y pasándoselo en grande: mi mujer, mi hijo Alex, mi hija Sonia y yo intentando pescar un gran pez para la cena. La imagen cambia dejando observar dos chicos de unos veinte años de edad jugando al fútbol en un patio. El de la derecha es mi amigo Tom y el otro soy yo, que acabábamos de entran en la universidad. Otra serie de imágenes aparecen ante mí como si de una película se tratara. Es algo que ha sucedido recientemente porque voy vestido con traje y corbata. Estoy pasando por un cruce y de pronto unos faros encendidos, que esconden un gran coche, se abalanzan sobre mí y caigo al suelo. No recuerdo que nada de eso haya ocurrido, pero me pongo a pensar: estoy tirado en el asfalto sin saber por qué. Sólo puede haber una explicación: ese accidente es el motivo por el que estoy aquí.

Siento que colocan en mi pecho dos tipos de planchas y de ellas surge una fuerza que sacude todo mi cuerpo. Mientras vuelvo a percibir ese impulso al menos tres veces más, mi vista se va nublando y se empieza a convertir todo en negro. Hasta que al final no veo nada y mi cuerpo ha dejado de sacudirse. Tampoco siento nada. Simplemente estoy yo y el vacío. Comienzo a andar. Tal vez sea verdad que hay una luz al final del túnel.

domingo 20 de julio de 2008

Cazador de Sueños


“Los indios americanos utilizaban los cazadores de sueños como trampa para las pesadillas, que quedaban atrapadas en él y no podían afectar a los que dormían.”

Demasiado calor para poder dormir, siempre pasa lo mismo en verano. Aunque la persiana esté bajada, a los pequeños rayos de luna aún se les permite la entrada a esta habitación, ya que siempre son los causantes de todas las siluetas que se perfilan sobre la blanca pintura de la pared. Ésta vez, sobre ella se dibuja una sombra que gira despacio, como si bailase una danza de cortejo para alguien.

Busco al culpable de esa figura y pronto lo encuentro colgado de la lámpara del techo por una fina cuerda y oscilando levemente a causa del aire que se cuela por las persianas. El aro grueso delimita una red creada a partir de un hilo muy fino, como una tela de araña. Es un cazador de sueños, yo misma lo até ahí en un intento de que desaparecieran mis pesadillas; desde entonces ni siquiera he vuelto a soñar.

Me gusta observar el movimiento de tan curioso objeto, resulta algo relajante ir perfilando con la mirada cada hilo que se entrecruza, pero que aún así, dejan un pequeño agujero justo en el centro de la red por el que se alejan las pesadillas de la persona que duerme.

Creo que hay algo enganchado en uno de los hilos más centrales; es pequeño, alargado y parece que intenta aletear para poder liberarse de su trampa. Me acerco más y sujeto el cazador de forma suave con las yemas para así dirigirlo a algún haz de luz que entre por la ventana.

Tiene la misma forma que una… boca. Sí, estoy segura, son unos finos labios que han quedado atrapados en la red por accidente. Pero tienen algo extraño que aún no logro identificar, diría que son las comisuras, son diferentes a las que he visto hasta ahora, están curvadas hacia arriba creando así una expresión de alegría.

¿Sonrisa? Sí, puede ser, sonrisa creo que así lo llaman…Vaya, hacía tanto que no veía una. No sé qué hace esta pequeña aquí, desde luego no es su lugar, pero ¿significa que he soñado con ella? No lo recuerdo. Hace mucho que mis sueños no dejan imágenes, sonidos ni sensaciones en mi memoria, quizá así sea mejor, pero algo tendré que hacer con mi inesperada visita de hoy.

Al acomodar entre mis dedos a los pequeños labios, éstos comienzan a batir sus comisuras de forma enérgica. Me recuerdan a una mariposa justo antes de echar a volar, sólo que aún no dejo que se eleve. En vez de soltar a la delicada sonrisa para que pueda revolotear libremente por mi habitación, me acerco a la ventana, subo la persiana y dejo que se pose de forma suave sobre el alféizar.

Los cálidos labios se han quedado inmóviles, parece como si ya no quisieran alzar su vuelo. Los observo nuevamente y por un momento me horrorizo. Dudo que sea mi imaginación. Las comisuras ya no están tan curvadas como antes, por lo que su expresión de alegría ha comenzado a remitir. Siento que necesito ayudarla a volver a ser como antes, así que de manera casi instintiva soplo débilmente a la cada vez menos feliz boca, a lo que ésta responde con un ligero temblor. Comienza a resbalarse del alféizar, está a punto de caer, pero antes de que yo la sujete, curva repentinamente sus comisuras y las agita con toda su energía hasta que logra elevarse por fin.

Veo como se aleja feliz sin ningún rumbo concreto. No intento retenerla, prefiero dejar que se marche en la oscuridad hasta que encuentre a otra persona que la sueñe. Me pregunto si volverá a quedarse atrapada en un cazador de sueños de alguien que luego no recordará ni haber soñado con ella, pero que en el fondo sabrá que lo ha hecho. Pese a que hace unos segundos que ya ha desaparecido por completo de mi campo de visión, me quedo un rato más mirando por la ventana y al final…¿sonrío? Sí, y al final sonrío.

lunes 14 de julio de 2008

Cada Puñalada

Día soleado de verano, perfecto para salir a dar una vuelta y dejar que mi alegría vuele junto a esa dulce brisa de la costa. Parece que todo el paseo huele a felicidad, o quizá sea la sal que despierta en mí unas ganas repentinas de dedicar a todo el mundo una sonrisa, tanto si los conozco como si no. Pese a que hace un buen rato que pasaron de ser las ocho de la tarde, el sol continúa allí arriba, con esa fuerza infinita que consigue no cansarle nunca de alumbrarnos. Por un momento se torna tan brillante que me veo forzada a entrecerrar los ojos, de tal manera que no puedo distinguir los rostros de todas aquellas personas que pasan por mi lado. Alguien de los que acaban de pasar agarra mi muñeca de manera suave pero al mismo tiempo contundente, lo que hace que mi cuerpo rote levemente sobré sí para averiguar de quién se trata.

Saludas con simpatía, sonríes y rápidamente te quitas las gafas de sol para que pueda apreciar tus ojos. Intento decir hola, hasta muevo los labios, pero ni siquiera yo lo he llegado a oír. Sigues hablando, pero yo ya no escucho. ¿Quién eres? Me recuerdas tanto a alguien, pero no puede ser….¿o quizá sí? Tienes sus mismos ojos, el mismo timbre de voz y unos labios iguales a los que recuerdo. Hacía demasiado que no sabía de ti, y sin embargo ahora te tengo delante, sonriendo, hablando, como si el tiempo hubiese retrocedido varios años.

Poco a poco, el sol comienza a esconderse y permite que mis ojos permanezcan abiertos. No hago más que observarte, parece que el tiempo no ha hecho mella en ti o eso parece al menos. Vuelvo al hilo de tu discurso sin que te hayas dado cuenta si quiera de que estaba totalmente ausente, e intento escuchar tus palabras, pero es que éstas ya no saben a nada.

Te delatas.

No eres más que una simple imitación de aquel a quien amé de una forma tan incondicional, de alguien a quien le entregué todo mi ser sin importarme lo que pudiera pasar. Tendrás sus ojos, sí, pero ya no miran con esa dulzura que conseguía traer la mayor tranquilidad a mi mente. También te has hecho con su voz, aunque está claro que no la sabes utilizar igual que él, ya que tu tono suena frío y distante, y él jamás habló así. Y qué decir de tus labios, esos que intentan en vano crear una sonrisa cómplice, ahora se congelan en una pequeña mueca que te delata como traidor.


Sé que aquella persona a la que tanto amé murió hace años, ya no existe más que en mi memoria, pero no por ello dejaré de quererla de la misma manera que cuando estaba a mi lado. Seguiré recordándole con toda la dulzura que le caracterizaba, con aquella paciencia infinita que siempre tenía conmigo y cada vez que vuelva a aparecer en mi mente podré sonreír, porque sé que conocí a una persona maravillosa que por un tiempo hizo que me sintiera completamente feliz y sé que soy afortunada por ello. Y ahora te observo a ti, que no sé quién eres, nada más que un desconocido cualquiera que pretende ser quien ya no puede y que nunca se dio cuenta que todas las puñaladas que me clavabas a mí, te mataron a ti.

domingo 25 de mayo de 2008

Cosa de exámenes

Puede que alguien a estas alturas ya se haya dado cuenta de que últimamente apenas posteo nada y de hacerlo es muy de vez en cuando. No estoy pensando en dejar el blog ni nada por el estilo, así que nadie se asuste, es sólo que tengo los exámenes a la vuelta de la esquina y quiero que vayan bien. Quizá de vez en cuando en algún descanso me de tiempo a escribir algo por eso no he puesto nada diciendo que hasta tal fecha no volveré, aunque en caso de que no tenga oportunidad de escribir hasta que se acaben los exámenes…para final del mes que viene ya estaré por aquí.

Hasta pronto

sábado 17 de mayo de 2008

Lluvia

Acabo de despertar en medio de un hermoso prado rebosante de hierba y pequeñas flores que parecen correr tan lejos como pueden para llegar a alcanzar el horizonte. Miro a mi alrededor y veo que todo el manto verde se extiende incluso por encima de las lejanas montañas, acariciándolas con la suavidad del roce de cada hebra verde que intenta desesperadamente alzarse para observar el sol. Es una vista magnífica en la únicamente se puede respirar tranquilidad. Me descalzo y comienzo a andar, quiero disfrutar lo máximo posible de la textura de la hierba que se escurre entre mis dedos y trata de hacerme cosquillas.

Por mucho que avance es como si siempre estuviese en el mismo sitio, tan verde, tan perfecto; aunque las montañas que difumina el cielo son las únicas que cambian de posición de forma casi imperceptible. Una ligera brisa empieza a pasear a sus anchas por todo prado, no sé bien de dónde bien, pero parece que tiene ganas de jugar conmigo, con las flores, incluso con las nubes, ya que ha ido a buscarlas muy lejos para traerlas hasta aquí.

Pronto el cielo se llena de nubes que van juntándose y obteniendo un tono cada vez más oscuro. Miro en todas direcciones intentando encontrar algún sitio donde resguardarme de la inminente lluvia, pero no sólo no encuentro cobijo, si no que lo que hallo me deja completamente de piedra. Justo detrás de mí descubro un camino creado por hierba quemada que, al aproximarme un poco, compruebo que son mis propias huellas las que han abrasado un paisaje tan perfecto. Levanto ligeramente mis pies y veo horrorizada que están quemando toda la hierba que hay debajo de ellos. Pienso en echar a correr muy lejos para no seguir dañando tan hermosa vista, pero rápidamente cambio de opinión, ya que un solo movimiento seguirá destruyéndolo todo.

Pequeñas gotas de lluvia caen desde el cielo y consiguen que me estremezca bajo su frialdad. Me alegro de que llueva porque pienso que así ayudará a que el prado se mantenga en todo su esplendor, pero no tardo en descubrir que me equivoco. Cada gota que cae sobre alguna planta la agujerea de inmediato como si de ácido se tratara, aunque sobre mi piel no tiene efecto; parece que ya no pueden corroerme más.

En pocos minutos soy testigo de la devastación de todo ese prado que al principio me había cogido con tanta paz. Veo como todas las plantas sin excepción van incinerándose lentamente sin que pueda hacer nada por evitarlo. No encuentro ningún lugar en el que quede algo de vida por más que mire a mi alrededor; todo ha quedado completamente destruido. Ya no importa que me mueva, no queda nada por quemar, así que camino hasta unas rocas que hay cerca para poder sentarme. Apenas puedo creer nada de lo que ha pasado, de un segundo a otro se ha desvanecido toda la hermosura del paisaje para dar paso a un desierto habitado únicamente por la muerte.

Dejo que mi mirada se pierda entre los resquicios que dejar las rocas hasta que, para mi sorpresa, atisbo una pequeña flor escondida allí intentando sobrevivir. La quiero ayudar, sé que mi presencia ha hecho mucho mal a este prado y no quiero que quede totalmente destruido, por eso la protejo bajo mi cuerpo, para que la lluvia no llegue a alcanzarla y acabe teniendo el mismo final que el resto del manto verde. Espero mientras todas las gotas ácidas caen sobre mi espalda sin hacerme una sola abrasión y me quedo allí intentando acoger a esa pequeña durante horas, hasta que finalmente la lluvia cesa por completo.

Ahí está esa insignificante flor que ha sobrevivido al desastre; me quedo contemplándola con una mezcla de admiración y pena al mismo tiempo, ya que ahora tendrá que quedarse completamente sola hasta que el tiempo repare todos los daños, pero mientras me gustaría poder cuidarla. La acaricio despacio intentando darle ánimos para que siga creciendo, pero en cuanto mis dedos entran en contacto con sus pétalos, el delgado tallo se estremece y los pétalos se vuelven negros hasta deshacerse en mi mano. Acabo de causar la muerte de lo único que quedaba de aquel frondoso prado, ha sido mi culpa y ahora ya sólo podrá existir en el recuerdo. ¿Pero quién creerá que no lo hice a propósito? ¿Quién?

viernes 9 de mayo de 2008

Reflejos

“Lo más probable es que la culpa de este texto a tenga el señor Gray”

No ha habido un solo minuto en lo que lleva de noche en el que haya conseguido que el sueño me visite, por eso hace un rato que me he levantado para dar vueltas por la casa he terminado llegando a la cocina. Abro la nevera, pero me doy cuenta de que la luz no se ha encendido. Miro a mi alrededor y compruebo que la pequeña bombilla roja del televisor también está apagada. Ha debido de saltarse la luz. Intento encontrar una linterna en uno de los cajones de la cocina, pero sólo doy con una antigua vela y, por suerte, con una caja de cerillas con la que poder prenderla.

La llama pronto comienza a brillar y en un principio tengo que cerrar los ojos hasta acostumbrarme a su intensidad.

Me parece oír unos ruidos que provienen del final del pasillo e intento encontrar algún aparato que haga un sonido parecido, pero no se me ocurre ninguno. Cruzo el pasillo aún con la vela en la mano, de forma que creo una burbuja de luz que recorre las paredes.

Finalmente llego hasta la puerta que vigila la habitación más lejana, y me decido a abrirla despacio, como si no quisiera despertar a la casa. Entro y encuentro frente a mí un espejo que decora ambas puertas del armario. No reparo demasiado en él ya que está al fondo de la habitación y prefiero buscar la fuente de esos ruidos que he escuchado antes. Bajo la vela hasta la altura de mi cintura para así poder observar bien el suelo; no encuentro nada.

No me había percatado, pero al parecer hace unos segundos que ya no se oye nada. Serían imaginaciones mías. Doy media vuelta dispuesta a marcharme y volver a intentar conciliar el sueño, pero justo cuando alcanzo el pomo de la puerta, unos ruidos extraños se empiezan a oír tras de mí. Me giro de inmediato, pero una vez más sólo alcanzo a ver el espejo del armario en el que apenas se refleja siquiera la luz de la vela.

Por alguna extraña razón, siento que esa imagen me está invitando a acercarme, y yo acepto. A medida que avanzo veo como una pequeña sombra también se acerca a mí en el espejo, pero a mi reflejo aún no le llega luz suficiente como para que pueda ser algo más que una simple sombra. Cada paso que doy recibe como respuesta un paso del reflejo. No puedo dejar de avanzar, hay algo que me lo impide, una extraña curiosidad quizá. Cuando faltan poco más de diez pasos para que pueda i ncluso tocar el espejo, los ruidos se aceleran; me recuerdan a una respiración lenta pero intranquila al mismo tiempo.

Me detengo en seco. No es posible que a la distancia en la que estoy aún no pueda ver más que mi emborronada silueta sujetando una débil luz. Entorno ligeramente los ojos para ver si puedo distinguir mejor la imagen que tengo delante de mí, pero justo entonces mi vela se apaga dejando todo sumergido en la oscuridad. O casi todo. Mi vela se ha apagado, sí, pero la del espejo continúa prendida, como si no hubiese pasado nada. Vuelvo a emprender mi camino hacia el espejo, y compruebo extrañada que sigue haciendo los mismos movimientos que yo, con la pequeña diferencia de que yo sigo en la penumbra y en el reflejo esa vela encendida sigue alumbrando débilmente su entorno.

Cuanto más me acerco más se acelera esa misteriosa respiración. Llego hasta el espejo, lo tengo justo a un palmo y aún soy incapaz de ver gran cosa. Ambas velas están a la altura de mi cintura, lo que consigue que pueda ver con mayor nitidez el cuerpo de mi reflejo, aunque el rostro continúa muy borroso, como si hubiese una gran cantidad de vaho.

De pronto me acuerdo de que el espejo sigue haciendo los mismos movimientos que yo. Alzo la vela muy despacio mientras noto que una respiración se acelera de forma incontrolada, pero no sé si es la mía o la suya. Poco a poco la luz de la vela comienza a reptar por su cuerpo, haciendo que todo se vuelva más nítido. Falta poco para que el rostro quede alumbrado y ambas nos acercamos aún más.

El rostro termina de iluminarse, pero lejos de reflejar mi cara de pánico, me recibe con una mueca que consigue petrificarme casi por completo. Tengo ante mí un rostro que no había visto nunca, con las cuencas de los ojos completamente negras, arrastrándome al vacío; y una piel aún más blanca que la propia vela Aunque jamás haya visto a alguien así, sus facciones me resultan extraordinariamente familiares. Algo me impulsa a intentar tocar ese reflejo; adelanto la mano mientras ella se queda expectante de mis movimientos. En cuanto mis dedos entran en contacto con el frío espejo, sus ojos chispean durante un brevísimo instante y su expresión se torna aún más despiadada. La mano que contactaba con la mía me agarra de la muñeca para que no pueda escapar, mientras que la otra acaba directamente dentro de mi pecho, rodeando el corazón con sus helados dedos. Tira de mí, consiguiendo que me aproxime más a ella. Durante un segundo la escena se congela, pero su recién formada risa me dice exactamente lo que pasará a continuación. Sus dedos comienzan a cerrarse sin pausa mientras que noto cómo mi alma va pasando a través de su brazo al espejo.

Me suelta sin previo aviso y caigo al suelo con un ruido sordo. Desde el suelo puedo ver un perfecto reflejo de mí cogiendo la vela aún prendida del suelo y alejándose hasta perderse en la penumbra del espejo.

domingo 27 de abril de 2008

Velas hacia el Olvido

Durante toda la noche la Luna estuvo acariciando suavemente los pequeños granos de arena que completaban esa playa, pero ya no era la única que los abrazaba. Unos pálidos pies acababan de saltar el muro que separaba la playa del paseo, y avanzaban descalzos por toda la arena sin tener ninguna prisa. Al poco rato se detuvieron para que su dueña pudiese posar su cuerpo tranquilamente no muy lejos de la orilla.

Levaba consigo una caja de cartón en la que no había demasiadas cosas, pero aún así parecía que le costaba cargar con ella, el pasado siempre pesa mucho. Una vez en el suelo sacó de ella de uno en uno todos los objetos que llevaba. Lo primero fue una pequeña pieza cuadrada de mimbre hecha por ella misma, con los bordes ligeramente levantados como si fuese un plato. Justo en el medio colocó una larga y delgada vela blanca, que consiguió dejar en equilibrio gracias a que la cera de ésta se había quedado ligeramente adherida al mimbre. Siguió buscando en aquella caja de cartón hasta que se topó con un libro por el que sobresalía una antigua foto que mostraba de frente a dos personas abrazadas que sonreían a la cámara. Durante unos momentos se quedó mirando esos ojos que le devolvían la mirada desde la imagen y recordó que hacía mucho que ya no la miraban acompañados de esa alegre sonrisa. Situó aquella foto cerca de la vela para que ésta pudiese sujetarla.

Volvió a fijarse en el libro del que había sacado la foto. Estaba en el suelo, abierto por la misma página que ella lo había dejado y con un poco de arena sobre ella, aunque también encontró dentro una pequeña margarita ya seca, que casi ni se acordaba que estuviese allí. Seguía teniendo el mismo tacto suave del día en que se la regaló. Fue el primer día que se habían conocido, él la había cogido para dársela junto con un una sonrisa radiante para hacerla sonreír a ella también, aunque nunca le confesó que había guardado aquella planta de la que ahora intentaba encontrar en vano el olor de su piel. También la colocó junto a la vela para que ésta la cuidase con su suavidad, aunque tuvo que esperar unos instantes a que le dejaran de temblar tanto las manos.

Miró sus temblorosas palmas y no pudo evitar fijarse en el único adorno que tenían sus dedos, un pequeño anillo de plata que, pese a tener ya unos años, aún conservaba su brillo. Se lo quitó para poder examinarlo mejor. En la parte interior se seguían viendo unas finas letras, al parecer el tiempo no había querido borrarlas. Las veces que había mirado esa inscripción siempre había sentido lo mismo, no entendía por qué se regalaban cosas así, no comprendía por qué se regalaban mentiras ni por qué todo el mundo se empeñaba en poner frases que sonasen bien, de esas que en dos días dejaban de ser verdad. Hacía tiempo que su mente cambió esas palabras y ahora sólo leía la realidad. “Cuando repares en esta inscripción será porque ya no te quiero”, pero aquella era una frase demasiado larga, así que quien le regaló la sortija lo acortó el un simple “Te quiero”. Dejó el anillo junto al resto de objetos de la pequeña balsa de mimbre y rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar un mechero casi gastado. Prendió con mucho cuidado la vela blanca, ayudándose de su otra mano para que el prácticamente imperceptible viento no la pudiese apagar. La llama fue creciendo hasta conseguir bañar con su luz tanto los objetos como los ojos de la chica, que cada vez brillaban más.

Con suma delicadeza para que nada se pudiese caer, tomó la balsa en sus manos y se acercó al mar y así poder obsequiarle con ella. Se adentró hasta que las aguas acariciaron sus rodillas y, con el mismo pesar de quien comprende que un ser querido tiene que marchar, le entregó la pequeña embarcación llena del pasado. Las olas comenzaron a llevarse todos aquellos recuerdos, pero la vela seguía encendida, quizá como un faro para que ella los pudiese ir a recuperar si quería, aunque pronto pensó que no era así, sino que era su forma de poder guiar su pasado hacia lo más lejano del mar, y poder quedarse sólo con los buenos momentos, con los que merecía la pena recordar con una pequeña sonrisa por el simple hecho de que ocurrieron, mientras que los malos se quedarían allí, entre el horizonte y el Olvido.

domingo 20 de abril de 2008

A mi querida amiga

Ayer volvió a quedarse en casa a dormir, lleva ya un tiempo haciéndolo. Hace bastante que nos conocimos y, pese a que ella es mucho mayor, no tardamos en caernos bien. Desde entonces se queda en mi casa casi siempre

Por las noches prefiere dormir conmigo, a mi lado y me rodea con sus brazos hasta que amanece. Ella dice que me abraza para protegerme, para que nadie pueda pensar siquiera en hacerme daño. Y por las mañanas siempre está ahí con los ojos ya abiertos, no sé si se despierta antes que yo o si es que no duerme. Pero yo me levanto antes que ella para preparar el desayuno, siempre para dos porque sé que ella llegará de un momento a otro para compartirlo conmigo, igual que compartimos todo.

Desde que la conozco es la única que nunca se ha separado de mí. Estamos juntas en todas partes desde que me levanto hasta que vuelvo a dormir, cada día y sin excepción. No está mal tener siempre a alguien cerca a quien poder contarle lo que me pasa, que me escucha en silencio y espera a que termine antes de dar alguna opinión. Opiniones que siempre son sinceras y objetivas, además con ellas consigue desempañar todos los cristales en los que siempre veo buenos reflejos, ella se encarga de que vea todo tal y como es en realidad y sin ningún tipo de adorno o mentira. Es ella la que, cuando estoy de espaldas, bebe de mi vaso para que al darme la vuelta lo vea medio vacío.

No se puede negar que es demasiado buena conmigo, es difícil encontrar a alguien así. A veces se ausenta unos minutos, puede que incluso días, pero ambas sabemos que acabará volviendo, siempre lo hace. Dice que me quiere demasiado como para abandonarme y yo sé que eso es cierto porque no hace más que demostrármelo día tras día.

Esta noche saldremos seguramente. Habrá dos asientos ocupados en el tren, uno por mí y otro por ella. En cualquier bar habrá que pedir dos copas, una para mí, otra para ella. Y al ir a cenar habrá que reservar una mesa para dos, una en la que quepamos mi soledad y yo.

miércoles 16 de abril de 2008

El círculo de fuego

Resulta extraño, no recuerdo que hiciese tanto calor al acostarme ni que mi cama fuese tan dura. Aún no he abierto los ojos y mi cabeza ya ha comenzado a dar vueltas, aunque no recuerdo que los somníferos tuviesen este efecto secundario. Dudo que si trato de incorporarme sea capaz de mantener el equilibrio, así que prefiero observar primero lo que hay a mi alrededor. Como si me acabasen de tirar un cubo de agua helada, mi mente parece que se despeja al menos durante unos breves segundos; algo no va bien. A escasos pasos de mí puedo ver la fuente de calor, unas llamas han brotado desde el mismísimo suelo y se elevan hasta una altura de más de dos metros. Sigo el recorrido del fuego con los ojos para intentar saber de dónde viene y cuánto alcanza, pero pronto me doy cuenta que mi mirada acaba de dar una vuelta de 360º y que las llamas no han desaparecido en ningún momento; dibujan un círculo y justo yo soy el centro.

Es hora de levantarse, pero acabo de comprobar que no estoy sobre ninguna cama, es el duro suelo quien me deja reposar el cuerpo. Intento encontrar algo a mi al rededor; nada, no hay absolutamente nada a parte de la bien pulida superficie que me devuelve una imagen borrosa que asemeja a su débil intento por reflejar mi figura. Tampoco consigo ver nada más allá de las llamas, todo es completamente negro a excepción de ese círculo naranja que arde cada vez con mayor intensidad.

Aún puedo percibir los efectos de los somníferos, por eso creo ver doble a veces y soy incapaz de levantarme del todo, así que me siento sobre mis rodillas a esperar que mi cabeza vaya recuperando. El suelo no hace más que centellear a causa de las brillantes llamas, que son las mismas que dan a mi piel un color tostado y que se clavan en mis ojos, obligándome a cerrarlos cada vez que intento visualizar si hay algo tras el círculo.

Una ligera humareda comienza a reptar desde el fondo de las llamas hasta el aire y poco a poco, veo cómo se va condensando de manera atípica. Todo el humo se ha arrejuntado frente a mí creando una especie de capullo que lentamente se va moldeando hasta convertirse en una figura blanca, casi transparente, de rostro difuminado. Pese a estar bastante desdibujada, su cara me resulta vagamente familiar, aunque no sé por qué dentro de mí acaba de crearse una pequeña chispa de ilusión. Una vez formada esta figura, se han formado más capullos que han ido cogiendo diferentes formas, creo que también los conozco.

Siento la necesidad de acercarme a ellos, es como si supiera que me van a proteger y que me darán las esperanzas que me faltan. Doy pequeños pasos, no quiero ahuyentarlos. Extiendo el brazo para poder alcanzar con los dedos la mano de la primera figura, que sigue siendo la más cercana a mí, pero apenas he rozado el humo y todas las siluetas se han desvanecido de inmediato y han traspasado las llamas para volver a formarse en el otro lado. ¿Por qué os vais? ¿Por qué me abandonáis aquí si llevo esperando vuestra llegada tanto tiempo? Echo a correr hasta tener justo en frente la pared de fuego, pero en ese momento las llamas crecen aún más, dejando claro que no me dejarán pasar. Las figuras siguen allí, esperándome pacientes detrás de esta cortina de luz ardiente que me impide llegar hasta ellas. Busco algo cerca para poder apagar el fuego, pero al igual que en el anterior intento, no encuentro absolutamente nada. Pero sigue ahí, a dos pasos de mí, quieren que vaya con ellos, ¿por qué no puedo?

Me retiro ligeramente del círculo casi arrastrando los pies. Necesito encontrarme con ellos. No pienso más, cierro los ojos y echo a correr completamente a ciegas hacia delante, confiando que habrá alguna señal que me indique cuándo he de parar. No tarda en llegar. Mi cuerpo rompe de lleno en la muralla de llamas. Parece una eternidad en la que miles de garras afiladas e incandescentes se incrustan en mi piel destrozándola por completo. Caigo al suelo por culpa del dolor y de haber estado con los ojos cerrados; antes de abrirlos noto que he arrastrado conmigo varias llamas sobre mi espalda que, antes de apagarse, se encargan de abrasar mi piel. Sin levantarme siquiera del suelo, abro los ojos y trato de distinguir cualquier cosa aunque vea todo un poco borroso. Las figuras de humo se ven aún más difuminadas que antes, como si hubiese un velo entre nosotras que evita que las observe con total claridad. Puedo ver frente a mí el pie de la primera silueta y levanto la cabeza para verle el rostro mejor, pero antes de que mi mirada pueda rozarle se desvanece junto con todas las demás. La pequeña chispa de ilusión que creía haber percibido antes se ha diluido por completo dentro de mí. ¿Por qué os vais de nuevo? ¿Por qué no os quedáis conmigo? ¿Por qué me abandonáis? ¿Por qué?

jueves 10 de abril de 2008

Insonorizado

Tardaron unos segundos en encenderse todas las lámparas fluorescentes del techo una vez pulsado el interruptor. Tras parpadear un momento, todas ellas consiguieron iluminar aquella habitación, permitiendo así poder contemplar su extrañeza, puesto que parecía estar fuera de lugar en la casa. Las paredes, completamente forradas con espejos, creaban resonancias en sus reflejos cada vez que un visitante intentaba mirar a más de un espejo. Tres lámparas dominaban aquel techo lechoso y, aunque ellas mismas brillaban con fuerza, todos sus destellos rebotaban en las paredes de modo que les permitía crear una sensación de mayor luminosidad. El suelo estaba entarimado con madera de ébano lo que conseguía un contraste curioso pero a la vez agradable con el techo. A cualquiera que se encontrase allí dentro sin conocer de antes el lugar le hubiese resultado difícil hallar el modo de salir ya que la puerta estaba camuflada a modo de espejo y solamente un pequeño pomo de bronce podía indicar que estaba allí.

Hacía tiempo que la habitación se había construido para un fin concreto, el de hacer música, puesto que era un lugar completamente insonorizado, lo que resultaba muy útil incluso cuando se quería tocar a las tantas de la madrugada. Pese a todo, hacía ya un par de años que nadie la utilizaba, nadie excepto aquellas manos pálidas y temblorosas que acababan de pulsar el interruptor para poder ver algo allí dentro. Ella no entraba allí a crear ni tocar nada, le había dado otro fin a aquel cuarto, uno que, para ella, en ese momento era mucho más útil. Se quedaba allí todos los días en lo que necesitaba esconderse del mundo y perderse por completo, y al final terminaba encontrándose y enfrentándose a sí misma.

Justo en el medio de la habitación había una silla de madera vieja que ella misma había traído consigo en su anterior visita y que dejó allí olvidada. Tras cerrar la puerta con cuidado e ir casi arrastrando los pies, tomó asiento y cerró los ojos, como si tanta luz le quemara los ojos. Apoyada en el respaldo, echaba la cabeza hacia atrás una y otra vez para encontrar una postura cómoda, pero ninguna de ellas le resultaba lo bastante confortable, por lo que, finalmente, echó todo su cuerpo hacia delante para posarlo sobre sus piernas y se quedó allí boca abajo durante un buen rato, abrazándose la cabeza y tratando de ocultarse en ella. Aunque le fue imposible ocultar esas pequeñas y cristalinas lágrimas que poco a poco caían sobre el ébano.

Una gran punzada en la espalda la avisó de que llevaba demasiado tiempo en aquella postura y que debía cambiarla antes de que el dolor aumentase. Primero levantó la cabeza que ahora, por culpa de haber estado tanto tiempo mirando al suelo, estaba casi totalmente cubierta de mechones oscuros, aunque éstos eran incapaces de crear una cortina lo suficientemente espesa como para no dejar ver sus ojos húmedos y enrojecidos. No necesitó más. En cuanto levantó la cabeza se dio de bruces contra su propio reflejo, lo que consiguió que hundiese todo su cuerpo en la silla y comenzasen a resbalar aún más gotas saladas sobre su rostro.

Ahora sólo quería escapar de allí. Se alzó de su silla tan rápido que tropezó con ésta y cayó al suelo al instante. Incluso desde el suelo y agarrándose el pie dolorido que había chocado contra la silla, miraba de forma desesperada a un lado y a otro en busca del pomo que le indicaba la salida. Pero no lo encontró, sólo veía su reflejo en cada rincón en el que posaba la mirada, nada más, sólo ella por todos lados. Aquello era demasiado, ni siquiera conocía a esa extraña que le devolvía la mirada, ¿o quizá es que la conocía demasiado bien? Quería huir de esa figura que alzaba los ojos para toparse con los suyos al mismo tiempo que ella quería observar si el reflejo seguía allí.
Por fin sacó fuerzas para levantarse del suelo y echó a correr por toda la habitación, pero aquella desconocía no hacía más que interponerse entre la puerta y ella. Paró por un instante y retrocedió para poder pensar en algo. No fueron más que dos o tres segundos de silencio y seguido arremetió contra la figura de los espejos, la golpeó todo cuanto pudo con las manos, pero lo único que notaba era el frío del espejo y el temblor que causaba golpear esas láminas que forraban la habitación. Ya no sabía que hacer. Siguió golpeando durante un buen rato mientras chillaba todo lo alto que podía para que la dejase pasar, aunque su reflejo no estaba dispuesto a ceder.

Estaba tan cansada que los puñetazos fueron perdiendo intensidad y al final dejó que todo su cuerpo se apoyase en la pared y resbalase hasta quedar sentada en el suelo. Esta vez rompió a llorar con muchas más ganas, pero su cuerpo estaba cansado incluso para eso. Tenía frente a ella su reflejo que la miraba con cara triste, aunque a ella le parecía ver odio en aquel monstruo. Quería rendirse pero no sabía si decírselo o no. ¿Iba dejar que esa figura horrible que decía ser ella la ganase? Fue arrastrándose hasta el centro de la habitación hasta llegar donde estaba la silla en la que antes se había sentado.

Reptando lentamente por el respaldo consiguió ponerse de pie ante su reflejo. Inhaló en un solo momento toda la rabia contenida que había en la estancia y la lanzó a gritos, aún más altos que los de antes. “¡Todo es culpa tuya!” La figura no contestó. “¿Por qué no hablas, eh? Defiéndete al menos, joder, es todo tu culpa, siempre lo es, no das más que problemas engendro asqueroso” Pero seguía sin obtener respuesta. Se quedó mirando fijamente aquel rostro, lo analizó por completo, ojos, cejas, nariz…todo, hasta que llegó a los labios. Los estaba observando cuando vio que se torcían formando una especie de sonrisa. Se estaba burlando de ella en su propia cara y eso la hizo enfurecer aún más. Agarró firmemente la silla que tenía al lado y la estrelló contra la pared, dando de lleno a su reflejo. “¡Ríete ahora si puedes!” Varios fragmentos quedaron colgando del espero, pero la mayoría habían saltado a causa del impacto y ahora se hallaban en el suelo. La lámina de espejo se había roto y dejaba ver el color blanco de la pared original, por lo que su reflejo había desaparecido.

Comenzó a acercarse lentamente hasta poder tocar la fría pared, lo que hizo que se sintiera un poco animada, pero poco duró. Pronto llegaron a sus oídos el ruido de cristales rotos bajo sus pies y de forma inconsciente bajó la mirada. Soltó un grito intentando expulsar todas las sensaciones que acababan de volver a ella porque allí estaba de nuevo. Lejos de desaparecer, aquel reflejo monstruoso se había multiplicado por culpa de todos miles de fragmentos que había en el suelo y la miraba con una mezcla de triunfo y odio. La angustia se apoderó de ella y se desplomó sobre el suelo. Notaba pinchazos de los fragmentos a través del pantalón, al ir a coger uno de ellos se cortó en los dedos lo que hizo que soltase de inmediato aquel cristal y se fijase en la sangre que empezaba a brotar de las yemas. Pero su interés pasó al fragmento que se le acababa de caer, en el que aquella extraña figura aún la seguía mirando. ¿Por qué no darle la victoria que se merecía? Al fin y al cabo había ganado y allí tirada, rodeada de cristales, resultaba bastante fácil y razonable concederle esa victoria.

domingo 6 de abril de 2008

Iraganaren Ibaia

Igual que cada vez que me da por escribir algo parecido a un poema, os dejo debajo la traducción.



Mundua izozten saiatu zinen
beren joatea ez ikustearren,
baina jarraitzen du zure ibaiak
haien odolez betetzen.

Ikusi nahi dituzu berriz,
behin ondoan eduki zenituenak
oin soilik trostan dihoaz
ahantziaren oroimenera.

Hondoetatik altxatu ta
hatzapar zorrotzak sartu
dizkizute bizkarrean
iraganera bultzatuz.

Lehengo pentsamenduak gogoan,
hasi dira larrua erretzen.
Behin hain ziren atseginak!
Zure ibaian zaude itotzen.

Zuk hainbeste erregutzen zeniola
beraien itzulera gauari
garrasi eta negarrez,
hemen daude zu eramateko.
Oin ezingo duzu egin ihes.




Río del Pasado


Intentaste congelar el mundo
por no ver su partida,
pero tu río sigue
llenándose con su sangre.

Quieres volver a verlos,
los que un día tuviste a tu lado
ya sólo cabalgan hacia
el recuerdo del Olvido

Se levantan de las profundidades y
clavan sus afiladas uñas
en tu espalda
empujándote al pasado

Con los pensamientos de antes en la memoria,
han empezado a quemar tu piel.
¡Qué agradables fueron una vez!
Te estás hundiendo en tu propio río.

Tú que tanto suplicabas
a la noche su regreso
entre gritos y lágrimas,
aquí están para llevarte.
Ahora no podrás escapar.

lunes 31 de marzo de 2008

Sobre comedias románticas

Esto es lo que pasa cuando se me deja pensar demasiado de forma muy pesimista (¿o quizá debería decir realista?)…

El otro día vi una comedia romántica de esas que dos horas después ya no se acuerda una ni del título pero que el argumento siempre se reduce a lo mismo: chico conoce a chica, ambos se idiotizan, luego se mete alguien en medio para darle un poco de emoción a la película y finalmente acaban juntos. Y ya está, esa es la trama de toda comedia romántica. Lo curioso es que si nos fijamos bien, en ninguna de ella veremos que la historia narre algo más después de que los dos protagonistas acaben juntos, en alguna como mucho aparece la boda justo al final con un “y vivieron felices y comieron perdices” y listo, nada más. ¿Alguien se ha preguntado alguna vez cómo siguen todas esas historias? ¿Alguien se atreve a narrarlas? ¿No? Bueno, pues ya lo hago yo.

Partimos justo después de la boda, cuando toda película se acaba mostrándonos qué feliz está todo el mundo. Pues bien, unos seis meses después del acontecimiento, justo cuando ya empiezan a notar lo difícil que será terminar de pagar esa boda, ella se queda embarazada. Entonces él tiene que meter ni sé cuántas horas extras para poder afrontar todo lo que supondrá eso y tras nueve meses, llega el niño. En este momento todavía tiene la estúpida idea de que son o seguirán siendo felices. Pero son casi unos recién casados y el bebé no les ayuda precisamente a su relación de pareja, así que poco a poco se van distanciando y empiezan a aparecer las primeras brechas en esa relación. Pasan los años y ellos siguen hasta el cuello intentando poder pagar todo lo que el niño necesita. Cada vez se hacen más brechas y aumentan las discusiones en la familia porque hay demasiada tensión. En dos tres años les llega el siguiente bombazo: ella se ha quedado de nuevo embarazada. Tienen muchos problemas entre ellos y su economía no está precisamente para tirar cuetes, pero aún así deciden tenerlo, pensando que ese nuevo hijo les ayudará a unirse un poco. Ilusos. ¿Qué pasa después? Pues que unos pocos años más tarde se dan cuenta que todo eso no aguanta en pie ni un minuto más y deciden separarse, así que mandan a ambos niños al psicólogo para intentar que el trauma sea lo más pequeño posible, pero no lo consiguen, se quedan traumatizados para siempre y con unas carencias afectivas bastante importantes. Sigue habiendo más discusiones entre la pareja que se separó porque los dos quieren quedarse con la mayor cantidad de cosas posibles y después de conseguir repartirse todos los bienes que tenían, se acuerdan de que tienen hijos y empieza la disputa por ellos. Da igual quién gane, los hijos aún se traumatizan más, se empiezan a meter en mil problemas diferentes, pero los padres siguen intentando utilizarlos para molestar más al otro. Continua pasando el tiempo y por fin cuando los hijos están más cerca de los treinta que de los veinte, consiguen marcharse de casa y conocen a alguien que ellos denominan como “especial”, se vuelven a idiotizar y juran que no les pasará lo mismo que a sus padres. Pero ellos también son unos ilusos. Claro que volverá todo a ser igual, es una historia que no hace más que repetirse. Y si alguien no me cree, por favor que intente buscar a una pareja que lleven más de diez años casados, con hijos y que encima sean realmente felices. ¿Conocéis a alguien así? Yo no, porque no se acaban las películas como todo el mundo dice, sino con un “y vivieron amargados para siempre y se atragantaron con las perdices”.

jueves 27 de marzo de 2008

Bajo un cielo estrellado

Hoy pretendía tomarme el día libre para poder comer mi tarta bien a gusto, pero luego se me ocurrió postear este texto como un pequeño regalito para vosotros. La imagen del final es de la película Ghost.


El pasillo estaba oscuro por lo que no pudo evitar alegrarse al llegar a la cocina y ver que estaba ligeramente iluminada gracias a la luz de las farolas que entraban por el cristal. Tampoco necesitaba la luz para guiarse en aquella casa en la que pasaba tantas y tantas horas; abrió la nevera para poder sacar un cartón de leche y calentar un vaso en el microondas. Al de un rato se dio cuenta que lo había dejado calentar demasiado, así que rodeó el recipiente con sus manos para que éstas se templasen mientras ella esperaba. Ojeó su alrededor de forma distraída hasta que sus ojos se toparon con la figura que estaba apoyada en la barandilla del balcón observando el cielo de aquella noche. Se acercó sigilosamente a la puerta del balcón y dio unos pequeños golpes, como quien llama a la puerta de una habitación pidiendo permiso para entrar.

-¿Se puede?
-Ey, hola, claro, pasa. Espero no haberte despertado al levantarme.
-No, es que no podía dormir.

Dejó el vaso de leche en la encimera y salió al balcón para ser gratamente recibida por la cálida brisa de verano de aquella noche. Se acercó a él despacio, a su espalda y le fue imposible evitar rodear su cuerpo con los brazos, de forma que sus mejillas quedaron perfectamente acopladas bajo los hombros de él.

-¿Estás bien?
-Sí, no te preocupes. Tenía ganas de abrazarte.- cerró los ojos por unos instantes, con el único propósito de poder sentir cómo respiraba.

Una sonrisa de cariño afloró en el rostro de él y a modo de respuesta, tomó sus manos con firmeza pero con una gran suavidad para poder dedicarse a acariciarlas. Era algo que siempre le había encantado hacer porque cada vez encontraba esas delicadas manos aún más sutiles y acogedoras. Segundos después se valió de sus propias manos para separar muy despacio los brazos que le rodeaban y conseguir que la dueña de aquellas palmas se deslizase hacia delante y, tras colocarla de espaldas frente a él, la envolvió entre sus brazos con seguridad, como si estuviese decidido a no dejar ni una sola posibilidad de que ella se cayese. La besó despacio en la mejilla, luego se retiró ligeramente para poder estar más cerca de su oído, lo que le invitaba a susurrarle cuanto dijese y así ser capaz de crear entre ellos una atmósfera de más ternura aún. Sin apenas soltarla, señaló hacia arriba:

-¿Mira, ves cuántas estrellas hay hoy en el cielo? Se dice que hay noches en las que la Luna desaparece del cielo para ir en busca de su amado Sol y que, mientras, las estrellas se ocupan de cuidarnos hasta que su pequeña amiga plateada regrese.
-¿Esa historia la inventaste tú?
-Son historias antiguas, algunas de cuando nació la Tierra.
-¿Y te sabes más? Me gustaría mucho poder escucharlas.
-Me sé varias más, pero creo que es mejor que cuando regrese, le pidas a la Luna que nos las cuente, ella las narra mucho mejor que yo.

Ambos se quedaron observando el cielo durante unos instantes y después ella giró suavemente sobre sí misma intentando seguir envuelta en él, pero pudiendo así verle la cara directamente. Desde que había aparecido en el balcón se notaba que estaba realmente alegre y eso era algo que no había pasado desapercibido para él.

-¿A qué se debe que estés tan sonriente hoy?- preguntó él con un tono divertido y amable.
-Será que consigues que sea feliz.- había una gran sonrisa llena de amor sobre sus labios al soltar esas palabras que, junto con lo que había dicho, consiguieron que él se sintiese aún más querido en aquel momento.

La estrechó todavía más entre sus brazos, vio que ella le miraba con esos ojos brillantes llenos de pureza e inocencia que parecía que a cada segundo se iluminaban un poco más, como si fuese su forma de decirle que le quería. Bajó sus labios hasta poder rozar los de ella, ni siquiera lo pensó, no tuvo que hacerlo, sólo quería dejarse llevar por todas aquellas sensaciones y sentimientos que surgían cada vez que estaban juntos. Y allí se quedaron, mientras todo el mundo dormía, bajo un marco de luces celestes, arropados por ese delicado manto de sentimientos que tanto les gustaba tejer.

martes 25 de marzo de 2008

Llantos de Vela

Confieso que este texto es realmente raro...
Esta noche la Luna se vuelve de barro, sola, frágil y olvidada, llora sardinas de latón que se disuelven en la fuente ya seca que un día fue anfitriona de tan dulces ríos de vino tinto, pero que hoy no conserva ni una fugaz chispa etílica.

Desde la ventana, un búho encadenado me vigila y me reprocha, picotea mis palabras envueltas en un susurro como si fuesen margaritas que deshoja a su paso. Dice que no las despelleja deprisa por temor a que me rompa, después funde las bombillas para que la oscuridad me alumbre y al final me acaba matando tan despacio.

Pintaste las paredes de mentiras y para ocultarlas quisiste empapelarlas con periódico y mortajas, pero el Tiempo a llorado demasiado y ahora se manchan de tinta china, empapándolas de secretos olvidados como fragmentos de cuchillas que se clavan bajo las uñas. Los espejos de la habitación reflejan lo invisible para que el eco de los nocturnos escorpiones de plata haga su aparición entre ambos porque las paredes que un día pintaste de gris ahora el hielo las tiñe de negro.

Los gritos del silencio devoran la noche advirtiéndome que estas ásperas caricias sólo significan que estoy en una ilusión tatuada en el aire por el cálido humo de esa vela encendida que llora lágrimas de cera al darse cuenta que se consume por intentar avivar un fuego que nunca llegará a encender tu corazón.

domingo 16 de marzo de 2008

Devorar

Llevaba horas leyendo aquel libro, aunque pronto se dio cuenta que había llegado al final de esa última página sin prestar atención a ni una sola de las palabras que estaba leyendo. Volvió al inicio de la página intentando obligarse a sí misma a concentrarse en lo que decía cada frase, pero cada dos por tres sus ojos se distraían y su atención se disipaba por la habitación. Lo notaba, estaba nerviosa y mucho además. Una de sus piernas comenzó a temblar levemente, como si toda su ansiedad se hubiera concentrado en un solo punto del cuerpo, aunque la agitación no tardó en extenderse a la otra pierna, a las manos hasta conquistar todo su cuerpo e intensificarse se manera alarmante. Necesitaba calmarse, tanto su cuerpo como su mente se lo pedían a gritos y sólo sabía una forma de tal ansiedad se esfumase.

Soltó el libro de repente sin molestarse si quiera en marcar la página en la que iba y saltó rápidamente de la cama para dirigirse de forma apresurada a la cocina. Una vez dentro fue directamente al armario donde guardaban todos aquellos alimentos que no necesitaban mantenerse en la nevera. Se sentó en el suelo, abrió las puertas y sin pensarlo comenzó a sacar toda la comida que encontraba allí dentro. No se molestó en llevarla a la mesa para poder comer cuanto sacaba, no, no quería esperar tanto, no podía esperar tanto, abrió un paquete de galletas y empezó a engullirlas de dos en dos, tragándoselas sin apenas masticar. Aquel primer mordisco hizo que todo su cuerpo se relajase de golpe para disfrutar del sabor que acababa de introducir en su cuerpo, pero la calma no duró mucho, sus manos comenzaron a convulsionar nuevamente, por lo que tuvo que coger más alimentos que llevarse a la boca. Galletas, patatas fritas, chocolate, algún que otro dulce que había para los postres…no podía dejar de ingerirlas a toda prisa. Apenas había empezado a comer una cosa, que ya estaba abriendo el paquete que separaba su calma de su boca.

Pasó cerca de veinte minutos devorando todo cuanto encontró en aquel armario, hasta que finalmente consiguió dejar de temblar. Miró a su alrededor, tanto el suelo como su camiseta estaban llenas de paquetes de plástico y migas que no se había ni molestado en retirar mientras comía. Se levantó despacio sacudiendo sus prendas y pronto se topó con su propio rostro reflejado en el cristal de la puerta del balcón. Aunque se veía algo borroso no pudo soportarlo y tuvo que echar a correr hacia el baño.

Cerró la puerta de madera tras de sí, mientras se apoyaba en ella y dejaba que su espalda se resbalase hacia el suelo por culpa del barniz. En ese momento se dio cuenta que tenía las manos manchadas por la comida, lo que provocó que las convulsiones y el descontrol volvieran a apoderarse de ella. Quería pararlo, dejar de sentirse así, hasta agarró su cabeza para que sus brazos quedasen aprisionados entre ésta y sus piernas para intentar que parasen los temblores, pero aquello era más fuerte que ella. En un último intento de pararlo se levantó, abrió el grifo y metió la cabeza en él como pudo y al parecer el agua fría y todas sus lágrimas decidieron otorgarle una tregua a su malestar.

Secó su cara con la toalla más cercana que encontró. Lentamente alzó su rostro hasta poder contemplarlo en el espejo; ahí seguía, el mismo reflejo que le había devuelto la mirada en el cristal de la puerta del balcón. Le pareció frío, horrible, incluso repugnante. Vio cómo su reflejo movía los labios y la gritaba con odio “¡Das asco!”. No podía más, no lo aguantó, giró sobre sí misma para así poder subir la tapa del retrete y esperó a que las nauseas que le producían su propia imagen le ahorrasen trabajo, pero no fue así. No esperó más, introdujo sus delgados dedos temblorosos por la boca hasta lo más hondo que le fue posible. Al principio no pasó nada, sólo conseguía que toda la saliva que no estaba tragando cayese al agua, pero pronto su garganta y su estómago reaccionaron, de manera que todo lo que había comido antes se dio de bruces con el mismo destino que había tenido su saliva. Aunque expulsó todo lo que había ingerido, no paró ahí, volvió a meter sus dedos, esta vez con más decisión, dispuesta a arrojar incluso sus tripas si hacía falta.

Tras un rato volvió a sentarse en el suelo, con la espalda apoyada en la bañera, estaba demasiado cansada como para moverse de allí. Miró su mano derecha y pudo comprobar que se habían abierto de nuevo las heridas que siempre se hacía al raspar sus dientes con el dorso de la mano, justo a la altura de los nudillos. Le dolía la garganta al tragar y estaba a todo sudar del esfuerzo que había hecho, pero le daba igual, ahora se sentía mucho mejor. Ya estaba tranquila, calmada, al menos hasta que la ansiedad volviera a apoderarse por completo de ella para hacer que perdiese el control.

sábado 8 de marzo de 2008

Desconocidos

Cada día nos topamos en nuestro camino con cientos de desconocidos en los que nunca reparamos lo más mínimo. En el tren, en la calle, en la tienda donde vamos a comprar a diario, pero ¿y si alguien se diera cuenta al fin de que muchas veces vemos a los mismos desconocidos en diferentes lugares? Esta historia comienza justo ahí…

Jueves 7:30 de la mañana, algunos rezagados se aferraban a sus sueños como podían mientras que otros ya hacía un par de horas que habían amanecido y se dirigían al metro para así dar comienzo a su larga jornada. Como cada mañana sobre esa hora, el andén estaba completamente abarrotado de gente de todo tipo: varios con maletines, otros con mochilas y apuntes en las manos, unos pocos con bolsas de plástico y el pan recién horneado…Todos esperando al siempre puntual metro que ya se oía a lo lejos cómo iba llegando. Al de pocos segundos se abrieron las puertas permitiendo el paso de la muchedumbre que, poco a poco, iban llenando los asientos.

Comenzó a sonar un pitido intermitente indicando el inminente cierre de las puertas. Justo en ese momento aparecía un joven bajando a toda prisa las escaleras que desembocaban en el andén. Con un ágil movimiento consiguió entrar en el vagón y buscar algo a lo que aferrarse para no perder el equilibrio en el poco espacio que le dejaban los demás.

Al igual que hacía en todos sus viajes, sacó de su mochila los auriculares que conectaban con el reproductor de música que aún seguía en el interior, e intentó que su mente se alejase un poco más de la realidad, al menos en lo que duraba el trayecto.

No tardó mucho en desconectar de las voces que le rodeaban, ni siquiera se inmutaba cada vez que, en una nueva parada, las puertas del vagón se abrían permitiendo el intercambio tanto de personas como de la fría corriente típica de la época. Pero en la siguiente parada algo llamó su atención. Junto con todos los desconocidos entró una chica que le resultaba familiar, aunque realmente no recordaba dónde la había visto. Ella se sentó en un asiento al lado de la puerta que acababa de quedar libre y él aprovechó para poder observarla en silencio sin que ella se percatara lo más mínimo.

No era mucho más joven que él, quizá un año, poco más. Iba lo suficientemente abrigada con un jersey marrón y una falda larga como para no pasar frío incluso con el día de invierno que hacía. Llevaba varias hojas perfectamente resguardadas en lo que seguro era su cuaderno de apuntes. Nada más sentarse sus ojos se perdieron a través del cristal, sin ningún interés en reparar en el resto del vagón.

De pronto le vino el recuerdo a la cabeza, ya sabía dónde la había visto. La recordaba con atuendos diferentes, pero con los mismos ojos grises tan llamativos. Se habían cruzado en el autobús más de una vez, incluso creía habérsela encontrado en la cafetería junto con alguna amiga el día anterior. Y ahora que realmente se fijaba en ella, le parecía que siempre coincidían en el metro, sólo que ella entraba tres paradas después que él.

Le entró la curiosidad de descubrir si ella también se había dado cuenta de esas coincidencias y se dispuso a averiguarlo. Así pues soltó la barra metálica a la que iba sujeto desde hacía unos minutos, dejó que los auriculares colgaran de su mochila y se aproximó a ella.

-Disculpe señorita, ¿me está usted siguiendo?- acompañó la extraña pregunta con una divertida sonrisa, intentando que ella no fuese a tomarle de buenas a primeras por un loco, pero al menos consiguió sacarla de su ensimismamiento y que posara sus bellos ojos en los de él. Al ver que no estaba muy segura de lo que debía responder, él prosiguió- Lo digo porque llevo días encontrándome contigo, primero en el autobús…luego en la cafetería…hoy en el metro…

-Entonces quizá yo también podría preguntarte lo mismo.- su voz sonó jocosa, nada cortante, dando a entender que sentía una gran curiosidad por saber cómo continuaría esa conversación.

-Yo soy Alex.- le tendió la mano.

-Clara- le resultaba divertido que alguien se presentara dándole la mano en vez de los dos besos típicos en las mejillas a modo de saludo. Junto con una discreta sonrisa cerró el apretón de manos y ambos llegaron a comprobar la calidez de la piel del otro.

-¿Y qué es lo que atrae a Clara hasta las profundidades de la Tierra a coger el metro?- se apoyó en el cristal de la puesta dispuesto a no dejar la conversación en un simple saludo.

-Pues obligación y gusto al mismo tiempo. Obligación porque hay días en los que ni me molestaría en levantarme con el día que hace, y gusto porque soy una apasionada de las ciencias y es justo lo que estudio. ¿Y al chico que utiliza la música para alejarse de todo?- él no pudo ocultar un gesto de asombro ante tal comentario, por lo que ella señaló los auriculares que seguían colgando de la mochila y explicó- Quizá no seas el único que se dedica a observar a los demás sin que se enteren.

Soltó esta última frase sin darle ningún tipo de importancia, como quien comenta el tiempo que hace, aunque sabía que tendría reacción en su oyente. Él se asombró aún más y sonrió con admiración, igual que un niño que acaba de entender que su abuelo le ha vuelto a ganar jugando al ajedrez. Sólo pudo musitar un “Vaya, impresionante” y aceptar esa primera derrota. Aunque lejos de avergonzarse porque ella le hubiese descubierto mirándola, se divirtió aún más y quiso seguir con esa especie de juego que había comenzado él, pero en el que claramente ahora jugaban los dos.

- A mí es que me gusta pasarme el día viajando en el metro para encontrar por casualidad a chicas de ojos grises que al parecer me persiguen a todas partes.- ambos intercambiaron una sonrisa de complicidad.- Así que ciencias, ¿eh? Entonces, ¿eres el tipo de persona que busca una explicación para absolutamente todo o eso es sólo un tópico?

-Más o menos.- esta vez fue ella quien se sorprendió de la pregunta.

-¿Crees en la magia?- él se apresuró a seguir preguntando al creer que había creado un cierta molestia en ella. Mientras, sacó una baraja de la mochila.

-¿No sólo te dedicas a viajar en metro sin ninguna razón, si no que también eres mago?- cada vez le resultaba más cómico e interesante aquel tipo con el que hablaba.

-Sólo en mis ratos libres.- comenzó a barajar las cartas de forma muy hábil- Piensa en una carta, da igual cual, la primera que te venga a la mente. ¿Ya?- tras unos instantes ella asintió- Veamos…no, esa carta no me gusta, mejor piensa en otra.- ella soltó una gran carcajada y volvió a asentir una vez elegida su nueva carta.- Bueno…vale…esa ya me gusta un poco más.

Terminó de barajar y con un gesto le indicó que pusiera el cuaderno que aún llevaba en las manos sobre sus piernas para poder utilizarlo como soporte. Acto seguido eligió tres cartas al azar y las colocó boca abajo sobre la mesa recién improvisada.

-Levanta las cartas una a una lo suficiente como para que puedas ver cual es, pero sigue dejándolas boca abajo.

Ella obedeció, lentamente fue mirando las cartas que él había dejado sobre su cuaderno…el siete de copas…el rey de espadas…la sota de oros, y al final, con aire triunfal dijo:

-Vaya…me parece que tendrás que practicar más. No es ninguna de ellas.

-¿Qué? No es posible.- agachó ligeramente la cabeza, decepcionado consigo mismo- ¿Cuál pensaste?

-El As de picas.

-Claro, ¿así como voy a acertar? Yo con una baraja española y tú pensando en una carta francesa…La próxima vez tendré que especificar de qué baraja hay que elegir la carta…- miró un instante por el cristal- Esta es mi parada.

En unos segundos todos los que iban a bajarse en aquella estación se levantaron, preparándose para salir en cuanto se abrieran las puertas.

-Quédate con las tres cartas, así la próxima vez que nos encontremos por casualidad me las podrás devolver.- las puertas del metro se abrieron- Creo que la del medio te interesará más que las otras.

El comentario le sonó muy extraño por lo que cogió rápidamente y miró la carta del medio que aún seguía boca abajo. Le invadieron de pronto sensaciones de emoción, admiración y asombro al ver ante ella ese As de picas en el que había pensado. Aunque tampoco pudo disimular su sorpresa al encontrarse bajo ese As un número de 9 cifras escrito con rotulador negro. Giró la carta para que él pudiese verla, como diciendo “¿Anda, y esto?”. Las puertas estaban a punto de cerrarse, él esbozó una sonrisa y finalmente dijo:

-Por si se dejan de dar estas casualidades.- y con un gesto de mano en forma de despedida salió del vagón para diluirse entre la gente.

Ella permaneció sentada aún con la boca abierta sin saber cómo pudo haber cambiado la carta sin que ella se diera cuenta. Miró sonriente el número de teléfono que seguía en su mano y deseó no tener que utilizarlo porque esas casualidades comenzaban a gustarle y mucho.

domingo 2 de marzo de 2008

Por si volvieras

Qué mejor que una canción para poder expresar lo que no sé poner en palabras. Es un tema de Pastora Soler que últimamente escucho mucho en la radio, os dejo en enlace abajo, espero que os guste.
Cada noche hay una rosa en la cama, por si volvieras…
No he cambiado ni una cosa de lugar, por si volvieras.
Le he pedido a Dios, que no sufra de amargura,
Que esa aventura que él empezó, no se le haga tan dura,
Como mis besos que aún lo desean, y me arañan la boca por ser tan idiota de quererlo aún más.


Por si volvieras aún me queda en una esquina,
La esperanza que retrasa mi condena,
Por si volvieras aún me queda ese silencio,
Y esas manos que una vez fueron las mías.
Por si volvieras, por si quieres enredarte una vez más entre mi cuerpo,
Hay tantos besos y promesas, presumiendo de grandeza,
Que hoy mendigan sin rumbo por las calles desiertas.


Y te inventaré despierta cada día, por si volvieras,
Hoy no quemaré tus fotos en la hoguera, por si volvieras,
Que no me cansaría de esperarte, aunque muera cada día,
Que lenta agonía si no estás aquí qué me importa la vida,
Y qué me importa ahora enfrentarme a tener que perderte entre rejas y olvidos, por amarte aún más…


Por si volvieras aún me queda en una esquina,
La esperanza que retrasa mi condena,
Por si volvieras aún me queda ese silencio,
Y esas manos que una vez fueron las mías.
Por si volvieras, por si quieres enredarte una vez más entre mi cuerpo,
Hay tantos besos y promesas, presumiendo de grandeza,
Que hoy mendigan sin rumbo por calles desiertas…

Por si volvieras, por si quieres enredarte una vez más entre mi cuerpo,
Hay tantos besos y promesas, presumiendo de grandeza,
Que hoy mendigan sin rumbo por calles desiertas…

Por si volvieras…

miércoles 27 de febrero de 2008

Vientos del Norte

Hacía poco que los rayos del Sol habían asomado por el horizonte inundando así de luz toda la playa. Gracias a esa calidez algún que otro pájaro madrugador ya se posaba sobre la orilla esperando a que las aguas humedeciesen la arena. No eran los únicos que estaban allí tan temprano. Una joven muchacha de ojos tristes entraba justo en ese momento a la playa con un vestido blanco muy fino, no demasiado adecuado para las fechas que eran y con los zapatos en la mano para poder mantener el equilibrio sobre los montículos de diminutas partículas.

Al poco de su llegada una ligera brisa la envolvió, acariciando así todo su cuerpo y rozando de forma jocosa su delicado rostro, y pudo escuchar una leve voz susurrándole al oído, “¿Bailas?” “¿Qué? No, no sé bailar” “No te creo. Vamos, es muy fácil, incluso divertido. Dame la mano y déjate llevar.” Pasó por debajo de su mano, acariciándola y consiguiendo que ésta se alzase ligeramente, como si realmente alguien la estuviese sujetando. Ella no hacía más que mirar a un lado y al otro para comprobar que nadie más los observaba, no estaba demasiado segura, pero al ver el entusiasmo de su extraño compañero de baile comenzó a mover los pies tímidamente. A penas removía la arena con sus pasos y seguía manteniendo los brazos muy pegados al cuerpo como si eso fuese a hacer que se la viera menos. El viento no pudo evitar soltar una carcajada al darse cuenta de la vergüenza que habitaba en su nueva amiga; la soltó de modo que ella pensara que se había dado por vencido en su intento de hacerla bailar, pero seguido cogió impulso y se deslizó con decisión rodeando su cintura para hacerla girar sobre sí misma. Esto hizo que ella perdiese el equilibrio, por lo que cayó sobre la fina arena, aunque no le produjo ningún tipo de daño, si no todo lo contrario, por alguna extraña razón comenzó a reírse sin poder parar hasta que tuvo que detenerse para coger aire.

Se levantó hábilmente aún con la inmensa sonrisa dibujada en la cara; su mirada buscó rápidamente al viento que seguía danzando por toda la playa. Éste lo entendió a la perfección, esta vez realmente quería bailar, así que no se hizo de rogar. Volvió hasta ella y empezaron a moverse de forma muy alegre. Ella giraba sobre sí misma sin parar, con los brazos extendidos y el rostro orientado hacia el cielo mientras que el viento volaba casi al ras del suelo consiguiendo crear pequeños remolinos de arena. De vez en cuando volvía a cogerla de la mano para que bailasen juntos y otras se movía cerca de ella consiguiendo que su fino vestido blanco cogiese algo de vuelo.

Después se le ocurrió, ¿por qué iban a ser felices sólo ellos dos? ¿por qué no hacer bailar a alguien más? Dejó que ella siguiese bailando y mientras corrió hasta la orilla del mar para hacer que todas las aves se moviesen. Lo consiguió de casi de inmediato; pronto hubo una gran bandada de pájaros revoloteando por toda la extensión de la playa cantando alegremente para animar la fiesta improvisada que se le había antojado al viento.

El mar quiso sumarse a la velada aportando su agua por lo que permitió que el aire llevase un gran número de gotas y las arrojase sobre la pequeña bailarina, de forma que pareciesen diminutos cristales brillando sin cesar e iluminando la figura de la chica, aunque no consiguieron iluminar más que su mirada. Ella se sentía cada vez más feliz, más de lo que se había sentido en muchísimo tiempo. Le parecía que en cualquier momento podría unirse a todas las aves del cielo y volar junto a ellas creando hermosas figuras sobre el fondo azul. Ya le daban igual sus miedos, sus vergüenzas y todo ese tipo de cosas que sólo conseguían que estuviese triste, era tiempo de reír hasta que se le saltaran las lágrimas y parar únicamente para poder respirar. Había llegado el momento de disfrutar de las cosas que hacía, de que no le importase lo que pensaran los demás ni lo que pudiesen decir sobre ella. En ese instante el mundo la había invitado a bailar y ella quería aceptar.

Gente que paseaba cerca de la playa se había parado al ver a esa alocada muchacha que bailaba y reía sola sobre la arena. Pronto ella se dio cuenta de la presencia de los nuevos espectadores, incluso de sus miradas atónitas y alteradas, a las que respondió con una sonrisa aún mayor, una carcajada que sólo podía denotar una infinita felicidad y un aumento de sus movimientos. El viento seguía tan alborotado que no se había percatado que los contemplaban, por eso decidió comunicárselo. “Viento, mira, nos observan.” “Qué más da. Mira a tu alrededor, las aves se divierten bailando a tu ritmo, el mar ha querido que brilles aún más y el Sol está dirigiendo todos sus rayos dorados hacía ti para enfocarte. Hoy la protagonista eres tú y lo que opinen los demás no importa.”

sábado 23 de febrero de 2008

La dulce Nadie



“Lo bueno de decidir llorar en la ducha es que si alguien entra, nunca podrá saber si las gotas que resbalan por tu rostro son saladas o no.”

Un ruido de llaves, un chirriar de la puerta al abrirse y entró ella en el piso. Durante un instante pensó que alguien saldría a recibirla, pero pronto se dio cuenta de su vana ilusión. ¿Quién demonios esperaba que saliese a su encuentro? ¿El gato que nunca tuvo? ¿El novio que la abandonó hace meses? ¿Quién?

Comenzó a oír los gritos que daban los vecinos, era una familia con críos que siempre estaban discutiendo y como las paredes eran casi de papel, ella tenía que aguantar todas sus voces. Dejó caer las bolsas de la compra en la entrada y posó las llaves en el taquillón con bastante desgana, le daba igual que éstas también acabasen en el suelo. Ni siquiera hizo un amago de ir a guardar la compra en la nevera, estaba demasiado cansada, cansada de todo.

Echó a correr por todo el pasillo directamente rumbo al baño; una vez dentro cerró la puerta a toda prisa. Allí dentro se sentía a salvo del mundo, de ella misma, era su escondite en el que podía pensar tranquilamente sin que nadie la fuera a molestar. Sacó un par de toallas para después, abrió el grifo del agua para que se fuese templando y seguido comenzó a quitarse la ropa, dejando que el espejo pudiese observarla un poco más con cada prenda que soltaba. Se quedó mirando su cuerpo como si fuese la primera vez que lo veía, incluso pensó en explorarlo intensamente para así poder perderse en sí misma y tranquilizarse, pero en cuanto vio su figura emborronada por el vaho que se había ido acumulando en el espejo esa idea se evaporó de su mente. En ese instante se sentía igual que si fuese el reflejo desdibujado que le devolvía la mirada, una mancha prescindible más, una simple sombra, una dulce nadie.

El ruido del agua cayendo le recordó que llevaba varios minutos allí plantada frente al espejo sin moverse. Entró despacio en la ducha, intentando no caer y colocó el chorro de agua en lo más alto para que todas y cada una de las templadas gotas resbalase por sus mechones hasta caer a los hombros y proseguir así su descenso hasta el frío suelo.

Le encantaba meterse en la ducha hasta que podía ver los dedos de sus manos completamente arrugados mientras aspiraba el vapor que salía del grifo. Le ayudaba a pensar, quizá demasiado. En aquella ocasión no fue distinto, en cuanto el calor acarició sus fosas nasales su mente se sumergió en un océano de reflexiones, dudas, nostalgia y lamentos.

Inevitablemente, lo primero en que pensó fue él, ¡quién sino! Tantos años juntos, se habían escapado de golpe por el desagüe con una simple nota escrita con prisa que contenía poco más de una frase. Las pequeñas gotas de agua de la espalda comenzaron a quemarle la piel como si de ácido se trataran, o eso le pareció a ella. Cada vez que se dibujaba la imagen de él en su mente se sentía mal, sin ningún tipo de cobijo abandonada a su suerte, que últimamente siempre era mala. Comenzaron a caer lágrimas por su rostro, que rápidamente se entremezclaron con el agua de la ducha. Sólo quería respuestas que nadie podía darle. Sólo quería poder formular esa pregunta que siempre se atragantaba en sus cuerdas vocales y nunca conseguía decirla en voz alta. Únicamente necesitaba saber por qué. ¿Por qué a ella? ¿Por qué tras tantos años? ¿Por qué la dejó ahí tirada arrancándole lo poco que tenía? Quiso gritar, pero el agua, más sabia que ella, se lo impidió acariciando su rostro suavemente y al mismo tiempo inmovilizando su lengua. Lo que no consiguió fue detener el golpe que su mano asestó a los azulejos del baño, lo que produjo en ella un punzante dolor que intentó aliviar frotando con la otra mano.

Abrió el grifo aún más hasta que la cascada de agua consiguió el mayor volumen posible. Se sentía sucia por haber malgastado tanto tiempo con un tipo así y lo peor es que aún seguía sintiendo todo su veneno dentro de ella, aún escuchaba esa risa que ahora sabía lo falsa que era. Todavía notaba sus caricias que ahora le irritaban la piel al recordarlas. Quería sacar todo eso de ella. Cruzó sus brazos como si fuese a abrazarse a sí misma, pero en vez de eso clavó con fuerza las uñas en sus hombros y rasgó tan fuerte como pudo, casi intentando arrancarse la piel. De los hombros pasó a los brazos y luego a la espalda. En ningún momento consiguió hacerse más que unos simples arañazos, pero casi todo su cuerpo estaba tan enrojecido que ahora sí, verdaderamente el agua empezó a escocerle por toda la piel. Sintió como si las trasparentes gotas fueran cuchillos que le estaban abriendo aún cada una de las invisibles heridas que nunca llegaron a cicatrizar, pero al mismo tiempo esas pequeñas chispas de agua las ayudaban a suturar, arrastrando sus recuerdo hacia el desagüe, para que al menos hasta la próxima ducha no volviesen a aparecer.

Con la cabeza apoyada en la pared cerró el grifo y el agua dejó de besar su cuerpo de golpe. Comenzó a oír las voces lejanas de la familia vecina que se gritaban unos a otros. Sonrió. Todo volvía a ser como siempre, todo estaba en su sitio y ella no era la protagonista de nada, ni siquiera de su propia vida. Una vez más, igual que los últimos años, volvía a ser esa persona en la que nadie repararía al verla por la calle, volvía a ser esa pequeña y dulce Nadie.

martes 19 de febrero de 2008

A quien abandone a mitad de camino

Recordé que hoy hace un año que volví a escribir, ese es justo el texto que aparece debajo y que creo necesario compartir hoy con los demás. A veces creo que debería hacerle caso a mis propias palabras, quién sabe, dudo que algún día lo consiga. Supongo que encontraréis el estilo bastante diferente a lo que estáis acostumbrados en este blog, no sé, al parecer he evolucionado quizá para bien o quizá no.


A la persona que abandone a mitad de camino la llamaré cobarde. A quien se crea sin fuerzas a un paso de la meta sólo recibirá una palabra de mi parte: ¡Levántate! Porque cuando no vemos la salida todos acabamos pensando que las fuerzas nos han abandonado, que nos han dejado solos, cuando en realidad, es nuestra mente la que abandona a esas fuerzas por creer que no hay escapatoria. Por eso mientras estés perdido dentro de ti mismo sin saber a dónde ir lo único que tendrás que hacer será cerrar los ojos para poder contemplar el mundo más claramente y así poder darte cuenta de que siempre que quede un aliento de vida en ti, la esperanza no huirá de tu corazón ni de tu alma. Y aunque no puedas ver todo eso, sentirás la energía fluyendo por tus venas y apoderándose de tus sentidos, hasta que llegue a un punto en el que no tengas dudas de querer seguir adelante por muchos obstáculos que encuentres en el camino.

Así pues, informo al mundo de que cogeré mi alma impregnada con el aroma de la esperanza y la partiré, elaborando con cada fragmento pequeñas semillas que sembraré en el corazón de cada persona para que en sus almas florezca el rayo de luz que creían haber perdido, luz que brotará como esperanza y que finalmente desembocará en felicidad. Porque no importa cuanto trates de esconderte de la vida, la vida, junto con su felicidad, siempre acabará encontrándote.

miércoles 13 de febrero de 2008

Confesiones de una Luna llena

Es muy tarde y hace ya unas horas que estoy cobijada por las sábanas intentando conciliar el sueño que, para no variar, se demora considerablemente. Apenas he oído ruido alguno en el tiempo que llevo así, sólo un par de autos pasando de largo, pero desde hace unos minutos escucho lo que parece ser un pequeño sollozo ahogado que alguien intenta disimular. Miro a mi alrededor para comprobar que no es posible que tal sonido provenga de dentro de la habitación y es entonces cuando veo a través del cristal de la ventana a una pobre Luna plateada haciendo todo lo posible por seguir alumbrando la solitaria calle sin que nadie se de cuenta de sus lamentos. Abro la ventana despacio para que el aire de fuera no entre de forma demasiado enérgica. Ella también se ha fijado en mí, en mi rostro, no de pena, si no de comprensión y acepta en silencio mi invitación de pasar dentro.

Me siento en la cama junto a ella y le ofrezco un pañuelo de tela fina con el que poder secar sus lágrimas. Tras unos instantes apoya su cabeza en mi hombro y yo intento abrigarla entre mis pequeños brazos; sabe que no le preguntaré nada, pero que puede contarme cuanto quiera. Al final consigue calmarse y se decide a hablar.

“Esto resulta demasiado angustioso, nunca pensé que me llegaría arrepentir tanto de tener que cuidar la noche” Me mira y comprueba que no consigo seguir del todo el hilo de su explicación por lo que decide comenzar su historia desde el principio. “Hace milenios que estoy enamorada del Sol, antes incluso de que este planeta existiera. Él también sentía lo mismo por mí y durante mucho tiempo pudimos disfrutar de aquel amor estando juntos, pero al crearse la Tierra nos obligaron a separarnos, puesto que él debía reinar con sus imponentes rayos durante el día y yo tenía que custodiar la noche. Y ahora estoy aquí, condenada a estar sin él, a permanecer en lo alto de la noche hasta que llegue el próximo eclipse para poder verle sólo un segundo. Resulta una espera demasiado tormentosa ya que existen demasiadas cosas sobre este planeta que me recuerdan todo lo que yo he perdido.

Cada noche desde lo alto del cielo puedo oír a través de las ventanas el leve susurro de canciones tristes y lentas, pero ya ni siquiera puedo terminar de escucharlas porque todas me recuerdan a él y acabo sintiéndome tan mal que me veo obligada a dejar de atender a lo que ocurre dentro de esa ventana y enfocar mi atención a otra. ¡Y vaya suerte la mía! Justo coincide que alguien está viendo una película romántica de esas con final feliz y no puedo dejar de imaginarme que los protagonistas somos nosotros viviendo una historia realmente preciosa.

Quizá la imagen de la siguiente ventana es la que más me molesta. Siempre me encuentro con alguna persona enfadada o discutiendo con otra porque esa otra no siente lo mismo. Y es cuando yo pienso ¿enojo? ¿por qué? Puedo comprender que se junten sentimientos de tristeza, desilusión y pena, pero nunca podré entender que alguien se enfade simplemente por no ser correspondido. Si tanto se quiere a esa persona habría que desearle toda la felicidad del mundo, incluso aunque en esa felicidad no entrase uno mismo. Enfadarse es muestra de un deseo de posesión, algo material fuera de los sentimientos más puros. Y eso, que espero ver cómo algún día alguien sobre la Tierra lo comprende, no es amar.

Y yo, sin embargo, aquí sigo pretendiendo expresar con palabras lo inexpresable, pero lo sigo intentado, aún sabiendo que ni todas las palabras que existen me alcanzan. Aunque diga un “te quiero” eso son sólo dos palabras que guardan dentro de sí una montaña enorme de sentimientos hacia él, pero que aún así son indescriptibles. Porque quererle significa echarle de menos a cada segundo que no está a mi lado. Significa desear cuidarle con todo el cariño del mundo incluso estando dormido para que a nadie pueda siquiera molestarle y escribir poemas sobre su espalda mientras duerme usando un pequeño rayo de plata como pluma, poemas que después recitarán todos lo enamorados durante las calurosas noches de verano.

Me entristezco cada vez que me pongo a pensar en todo lo bueno que merece porque sé que nunca recibirá todo eso de mí, yo sólo le daré todo lo que pueda, pero muy a mi pesar, jamás llegará a ser todo lo que merece.

Aunque precisamente el hecho de saber eso es lo que más me impulsa a querer tratarle aún mejor para que, al menos por un breve instante, pueda llegar a saborear aunque sólo sea una pequeña parte de lo que debería poder disfrutar. Y cuando los vientos me dicen que le vieron un poco triste, me dan ganas de cambiar el mundo entero para que esté mejor, para que sonría aunque sólo sea una vez, porque lo único que quiero es que él esté bien, todo lo demás no me importa, sólo él, aunque eso signifique tener que esperar durante muchísimos años para poder verle sólo un instante.

Pero me doy cuenta que cualquier espera merece la pena siempre y cuando al final de esa espera esté él. Porque en cada eclipse, justo en ese momento en el que nuestras siluetas se complementan a la perfección, él decide parar el tiempo y conseguir así que ese fugaz instante parezca que no terminará nunca. Es entonces cuando sobran todas las palabras y él me envuelve con toda su calidez consiguiendo por un momento que ambos seamos el otro y nosotros mismos al mismo tiempo. Una gran conexión en la quedamos atrapados dentro de miles y miles de sentimientos, sensaciones y emociones distintas pero increíblemente intensas y hermosas, todas aquellas que se han ido amontonado durante el tiempo que no hemos estado juntos.

Y ahora vuelvo a esperar ansiosa ese momento para recordar nuevamente ese conjunto de miradas, abrazos, caricias y ternura que nos permite saber lo que el otro piensa y siente en ese instante.

Pero esos mismos sentimientos son los que consiguen atemorizarme. Son los que hacen que tenga un pánico terrible a tener que despedirme algún día de él. Tengo miedo de que la próxima vez que llegue el eclipse sus ojos se vuelvan fríos, aparte la mirada porque no me quiera ni ver y que no desee parar el tiempo sólo por ese pequeño instante.

Y no hago más que repetirme que quizá esto sea una de esas historias imposibles, sólo que yo me empeño en no verlo. Y aunque a veces sí empiece a ver que no son posibles siempre me queda una pequeña esperanza de que en realidad no sea tan imposible como parece y lo paso mal porque soy incapaz de asimilar que siempre hay mil posibilidades que dicen que no volveremos a estar juntos.

Pero aún así, pese a que cada dos por tres piense de esa forma, no puedo evitar imaginar que de un momento a otro irrumpirá en mi oscuridad para reclamar mi compañía. O que la próxima vez que le vea me dirá que ya no hace falta que siga esperando noche tras noche porque ya nos permiten estar juntos. Es por eso que cuando llega la hora de retirarme siempre intento quedarme un poco más para conseguir verle, pero es entonces cuando aparece ante mí el Destino agarrándome de la muñeca y arrastrándome hacia mi cueva de oscuridad para que no pueda saber nada de él. Pero mientras él tira de mí yo sigo mirando al horizonte con la esperanza de ver aunque sólo sean los luminosos rayos que le envuelven para así poder aspirar su calidez y que ésta inunde mi cuerpo. Pero el Destino siempre es más rápido que el amanecer.

Y aunque sepa que debo dejar de cuidar la Tierra e ir a dormir no puedo evitar susurrar su nombre para que, en caso de que esté ahí, me abrace. Pero nunca está y sé que tampoco lo estará.

Al despertar dejo mis ojos cerrados durante un rato y pido, deseo, incluso rezo para que cuando los abra él vaya a estar ahí delante mirándome, sonriendo, dándome toda su calidez. Pero eso tampoco pasará nunca.

Y sigo esperando impaciente la llegada del día en el que pueda decir “te quiero” sin que mis oídos sean los únicos testigos de esa confesión

Daría cualquier cosa por convertirme, aunque fuese únicamente por un instante, en esos rayos de luz que le envuelven y le cuidan siempre. Hay momentos en los que siento tanta envidia de ese aire que no hace más que rozarle y acariciarle, me gustaría tanto poder hacer yo lo mismo.

Y hay noches en los que estoy tan decidida a estar con él que le sueño durante horas y horas para intentar que sea real, para que se materialice junto a mí y que verdaderamente esté aquí conmigo. Pero al parecer lo le sueño con suficiente intensidad como para que eso ocurra.

Otras noches grito ¡basta ya! Y me decido a dejar todo sin importar lo que vaya a pasar e ir a buscarle. Echo a correr lo más rápido posible, pero está a cuatro mil eternidades luz de distancia. Aunque esté al borde del desmayo y ya haga rato que se me nubló la vista, mi cuerpo sigue corriendo guiado por el calor que desprende que, pese a estar tan lejos, es capaz de llegar hasta mí, pero no me llegan las fuerzas, sé que de un momento a otro voy a caer, pero justo antes extiendo mis brazos por si a pesar de no ver, a pesar de caer puedo al menos rozar su piel, pero eso nunca pasa. A la noche siguiente despierto en mi cielo de siempre cubierta con el manto de oscuridad que tanto tengo que proteger, ese por el que tuve que renunciar a verle a diario.

Con esto quiero que comprendas por qué varias noches me ausento y después voy apareciendo poco a poco. Es como si fuese renaciendo despacio, un poco más cada noche hasta llegar a brillar lo máximo que pueda ahí en lo alto del cielo. Esa es mi forma de gritar su nombre, mi manera de decir que le necesito. Y espero a que alguna ráfaga de viento compasiva arrastre mi voz hasta él, pero nunca termino de saber si le llegó o no. Es por eso que las noches siguientes acabo entristeciéndome más y más hasta que vuelvo a decidir salir a buscarle en plena oscuridad.

Vaya, mira que tarde es, no es posible que me haya pasado casi la noche entera hablando y mientras tú aquí escuchándome sin un solo rastro de incomodidad o fastidio en tu cara. Ya es hora de que vuelva a cuidar de mi noche, pues las estrellas habrán comenzado a preocuparse. Sólo un favor, si es que puedo pedirte alguno, guárdame este secreto, que no llegue hasta el Sol la noticia de que lloré por no poder estar a su lado, no me gustaría ser un posible motivo de tristeza para él.”

Acaricia suavemente una de mis mejillas con su pálida mano y yo le devuelvo el gesto con una pequeña sonrisa. Después se levanta, abre la ventana y comienza a separarse lentamente del suelo, como flotando, hasta salir completamente y ascender hacía la noche. Yo también me acerco a la ventana para así poder posar mi mirada en ella y ver cómo se va alejando. Apoyada en el alféizar, permito que el frescor del aire roce mi rostro, mis ojos dejan de observar a la Luna para poder perderse en el horizonte. Es entonces cuando sonrío nuevamente al imaginar que, en uno de esos invisibles puntos de luz engullidos por el horizonte, pero que no consigo llegar a ver, justo ahí, también está mi Sol.

sábado 9 de febrero de 2008

Suge hozka


Que los verdaderos poetas perdonen mi atrevimiento al considerar esto un poema. (La traducción la tenéis debajo, pero está hecha de forma literal, quiero decir que no tiene ni rima ni métrica, es sólo para que podáis entender la historia.)



Dena atzean utzita, korrika
Ta bere irrifarra bertan,
Zapatilekin batera
Han, botata atari ondoan.

Desagertzeko desioz
Musika ahalik eta altuen.
Arrastaka eta isilpean
Sugeak hasi dira heltzen


Beso ta hanketatik heldu
Oin jada ez du mugitzerik,
Gorroto horzkada sarkorrak,
Nork nahi du bera bizirik?


Heriotzaren hortz pozoitsuz
Haiek zorroztu labana
Eta azkenik lortu dute,
Betiko urratu diote arima


Tantaka-tantaka dario
Eskumuturretik irteten
Bere ilusio hil guztixak
Gorri bizian islatzen


Nork josiko dizkio orain
Trebeziaz bere urradurak?
Nork hartuko ditu jada
Bere malko gazi isuriak?


Ta bere irrifar isila
Zapatilekin, bertantxe
Atari ondoan botata
Oin ja besterik ez ta negarrez


*******

Mordedura de serpiente


Dejando todo atrás, corriendo
Y su sonrisa ahí,
Junto con las zapatillas
Ahí, tirada al lado de la entrada.


Con el deseo de desaparecer
La música lo más alta posible.
A rastras y en silencio
Las serpientes han comenzado a llegar.


Cogida de brazos y piernas
Ahora ya no tiene cómo moverse,
Penetrantes mordeduras de odio,
¿Quién la quiere a ella viva?


Con los dientes envenenados de la muerte
Ellos han afilado la navaja
Y al final lo han conseguido,
Le han rasgado para siempre el alma.


Gota a gota están
Saliendo de su muñeca
Todas sus ilusiones muertas
Reflejándose en el rojo intenso.


¿Quién le va a coser ahora
Con habilidad sus jirones?
¿Quién cogerá ya
Sus lágrimas saladas?


Y su risa silenciosa
Con las zapatillas, ahí
Tirada al lado de la entrada
Ahora ya nada más que llorar.


jueves 7 de febrero de 2008

Recuerdos Tóxicos

Recuerdos que llevan bajo tierra semanas, meses, incluso años; recuerdos que han empezado a descomponerse y su hedor es capaz de entrar por cualquier resquicio que encuentre. El marco de la ventana, la rendija de debajo de la puerta, los agujeros de los enchufes…buscan todas las vías posibles para encontrarme y por fin lo han conseguido. Entremezclados con el aire se acercan a mí en plena noche, a mis fosas nasales, para que en cuanto me descuide los aspire a ellos también junto con el cálido aire de la madrugada.

En cuanto entran en mí mi cuerpo responde al ataque con una leve convulsión. Quiere que me despierte antes de que me hagan daño, pero no lo consigue. Parte de los recuerdos se han quedado fuera, formando grilletes alrededor de mis muñecas para que no pueda ni moverme, para que no pueda escapar. El veneno que acabo de inhalar inunda cada parte de mis pulmones y pasa a la sangre a una velocidad alarmante.

Han llegado hasta mi cabeza, se empiezan a apoderar de mis pensamientos y sensaciones hasta conseguir que un dulce sueño se torne en la peor pesadilla. Cada vez mi corazón bombea más y más deprisa mientras que mi cuerpo permite que la transpiración aumente; quiere expulsar a toda costa las toxinas.

Una última convulsión aún más enérgica que las anteriores logra despertarme, justo a tiempo para poder distinguir varias sombras saliendo a toda prisa por debajo de la puerta, otras perdiéndose por el enchufe, y unas pocas marchándose a través del resquicio del marco de la ventana. Me incorporo e intento tranquilizar mi respiración mientras siento cómo las palpitaciones van disminuyendo. Instintivamente me palpo la cara. Noto un sudor frío, que consigue que me estremezca, en la frente y gran parte del rostro, pero mis ojos y mejillas están completamente humedecidos de forma cálida, al parecer he estado llorando durante todo el forcejeo del que ahora sólo las sábanas son testigo.

Decidida a descubrir lo que ha sucedido, voy a buscar los recuerdos a cualquier descampado de mi imaginación. Allí están. La tierra está algo revuelta y fijándome más detenidamente veo a unos pequeños gusanos, los mismos que se alimentan de la degradación de mis recuerdos y los que sin querer han hecho que algunos de ellos se pudiesen escapar esta noche. Sin pensarlo dos veces, hecho más tierra encima, tapando así todos los agujeros para que sea imposible que volváis a salir. Os quedaréis ahí pudriéndoos, pudriéndote.

miércoles 6 de febrero de 2008

De vuelta por mucho tiempo

Justo hoy he terminado los exámenes y ya estoy aquí de vuelta, ¡qué le vamos a hacer! Soy incapaz de dejar de escribir. Estas semanas pasaron algunas cosas tanto buenas como malas, así que no puedo clasificar en “buenos” o “malos” estos días, dejémoslo simplemente en “diferentes”. Pero lo que sí puedo decir es que ahora mismo me siento genial, quizá sea por haber terminado el cuatrimestre o quizá por todo en general, y que estoy en la parte alta de mi pequeña gran montaña rusa. Sé que volveré a bajar, pero también sé con total seguridad que aunque eso pase habrá un momento en el que regrese arriba del todo, a ese instante en el que basta con estirar ligeramente el brazo para poder tocar las esponjosas nubes. Eso sí, tanto si subo como si bajo seguiré escribiendo, al menos hasta que se me agote la imaginación o empiece otra vez con exámenes. No haré esta entrada demasiado larga porque prefiero simplemente que sigáis leyéndome. Sólo me queda decir que bienvenidos una vez más a mi pequeño Claro de Luna y que espero que encontréis estos relatos, mezcla de fantasía con unas gotas de realidad, de vuestro agrado.

P.D: Se me ocurrió poner una lista con los enlaces de los blogs que suelo visitar (en cuanto averigüe cómo se hace), pero antes quería contar con vuestro permiso. Así pues…si me lo concedéis os rogaría dejar un comentario diciendo que estáis de acuerdo. Gracias.

martes 29 de enero de 2008

Bufón

Me siento como en una plaza en la que están todos los del pueblo esperando con la cosecha que se les ha podrido y yo, siendo las mofas de todos, en una especie de escenario de madera en medio de todos atada y sin poder moverme. Uno gritando “Jajajaja, mira qué tonta es….toma tomatazo”, otro “Jajajaja, mira qué ingenua….toma huevos podridos”, y “Jajaja”…”Jajaja”…”Jajaja” hasta que todo el escenario se llena de hortalizas y a mí me van llegando golpes por todos sitios. Y al final pierdo toda la noción del tiempo y de los golpes y solamente me llegan las risas como si fuesen dardos venenosos.

Y ahora resulta que tengo una ansiedad de caballo que aún no sé ni cómo frenar.

El otro día fui al balcón porque necesitaba pensar. Recordé que de pequeña siempre quería echar a correr por toda la extensión de hierba que comienza justo en frente de mi casa, pero nunca lo hice. Supongo que ahora el deseo es el mismo, sólo que con ganas de llegar hasta el mismísimo Serantes y seguir corriendo para perderme aún más. Me dio por pensar lo que ocurriría si venciese la valla, supongo que con suerte podría conseguir sujetarme a tiempo al borde y quedar colgando aunque no caer. También pensé en la larga lista de personas que estarían dispuestas a pisarme las manos y ver cómo caería. Luego decidí que tenía que calmarme de una vez, que necesitaba algo que me inundase casi completamente y que me ayudase a no pensar o al menos ha estar más tranquila.

Necesito calmarme, tranquilizarme, perderme en el mar como cuando hacía de pequeña “el muerto” que consistía en tumbarme sobre las olas y simplemente flotar, nada más. Necesito algo así. Algo que me arrastre a ni sé dónde, si tengo que acabar en una isla desierta, pues genial, si resulta que viene un tiburón y termita por arrancarme un brazo de cuajo, pues bueno, qué le vamos a hacer, pero necesito esa tranquilidad. Y quiero que llueva de una vez, que jarree con ganas, que se inunde todo el pueblo. Una tormenta de esas que se pasa días y días lloviendo (pero sin viento, que entonces ya no me gusta) y yo metida en la cama con las mantas y el edredón hasta el cuello para no pasar frío, mientras oigo cómo cae la lluvia fuera, mientras truena tan fuerte que siento como ese sonido son todos los gritos que yo no puedo dar, y mientras caen miles y miles de gotas cada una de ellas llevándose consigo un pensamiento de mi mente hasta que ésta se quede en blanco y yo me tranquilice. Y coger a la mañana siguiente y abrir las ventanas lo máximo posible para que entre todo ese olor a suelo mojado que tanto me gusta. Lo necesito, necesito que estalle esa tormenta o acabaré por estallar yo.

Se suponía que hasta que no acabasen los exámenes yo no iba a escribir más, pero joder, cuánto se echa de menos esto de poder contar lo que me de la gana.

P.D. Probablemente vayáis a encontrar todas las ideas que he contado muy desordenadas, es que lo he escrito según se me pasaba por la cabeza, necesitaba soltar todo esto.

miércoles 2 de enero de 2008

Echo el cierre


Pues nada, al final voy a hacer lo que tenía que haber hecho hace más de una semana, puede que incluso un mes. Echo el cierre. Se acabó el ordenador, el escribir y todo eso al menos hasta la segunda semana de febrero, si después volveré a abrir o no, es algo que aún no tengo pensado.



Oficialmente lo dejo por los exámenes, pero todo el mundo sabe que las versiones oficiales no siempre son las verdaderas. Así que nada, como no aguanto más con todo esto y necesito dejar de pensar me voy a enfrascar en mis exámenes, tanto en los obligatorios como en los otros, que a veces me parece que están a años luz y otras a la vuelta de la esquina.



Quizá alguno hubiese esperado un texto de esos míos en forma de despedida, pero os dejo sólo con esto. De paso aprovecho para agradeceros haber estado aquí, que es algo que nunca he hecho. Gracias a todos los que me habéis seguido en esta travesía hasta la fecha de hoy como a los que habéis caído en ella accidentalmente y no habéis regresado, gracias tanto a los que habéis dejado vuestros comentarios como a los que han preferido simplemente leerme sin dejar constancia de ello.

Quisiera poder despedirme con un "hasta dentro de varias semanas", pero es algo que no tengo claro, así que prefiero no mentir.


Saludos a todos,


Clair de Lune

martes 25 de diciembre de 2007

Componiendo la melodía perfecta

Escrito en compás de dulzura por exquisitez, siete emociones diferentes cabalgando por líneas invisibles de la piel. Se agrupan, se separan, danzan y cantan a ritmos vivos, consiguiendo que cada sensación y sentimiento conocido y por conocer quede plasmado en sus elegantes melodías.

Comienzan a crear océanos; océanos llenos de sonoridad que invitan a los sentidos a bucear en la profundidad de sus aguas, vibrando con cada movimiento del oleaje por leve que sea. Desde lo más hondo de la inmensidad del mar, un alma, miles de palpitaciones canalizando un pequeño soplo de aire hasta los labios. Los acaricia al ser expulsado con tanto sentimiento provocando susurros dulcemente melodiosos. Un soplo que se convierte en viento y se desliza de forma suave haciendo que las siete emociones se agiten aún con más pasión contagiando así de su alegría al fuego que ha comenzado a avivarse. Una combinación de muy diversos colores, cada cual más brillante que el anterior, deciden aportar su propio sonido a los que ya se estaban creando desde un principio. Las llamas juegan y se entretienen, invitando de vez en cuando al viento a unirse a ellas, consiguiendo que las sombras reflejadas en la pared brinquen llenas de júbilo.

Y de repente silencios, todo calla y empiezan a cantar tus ojos. Miradas llenas de melodías imperceptibles para los oídos, pero claramente advertidas por la piel. Vuelven las emociones, aún más sonoras que antes, cogen de la mano las miradas, fundiéndose en perfectas espirales de sonidos y silencios que sobrevuelan las cinco líneas invisibles casi sin rozarlas.

Se detienen momentáneamente en cadencias, luego siguen su camino. A veces desaparecen las miradas, pero pronto vuelves a abrir los ojos colgando inquietantes silencios entre tan intensos sonidos. Otras veces son las emociones las que parece que se van apagando lentamente; en seguida resurgen saltando desde dentro de las llamas, como si sólo estuviesen jugando al escondite. Pero tanto miradas como emociones siempre terminan juntándose de nuevo volviendo a cabalgar conjuntamente.

Así continúan todo su viaje, necesitan divertirse, aunque saben que llega el desenlace. Ven que no muy lejos terminan las líneas donde dejar sus sonidos, por eso deciden agruparse aún más. Olas, llamas, viento, emociones y miradas juntas una última vez, volando aún más al ras de la piel para que ésta les responda con su deliciosa voz. Cogen velocidad, saben que está ahí la pared que indica su final, pero no les importa. Chocan lo más fuerte posible contra esa pared provocando una explosión magnifica de sonidos y palpitaciones. Y al final todo queda en silencio, aunque las vibraciones siguen perdurando, muestra de una composición perfecta.

domingo 23 de diciembre de 2007

Despedida sobre la arena

Disculpad la tardanza, les había dado a mis musas unos días libres para que celebrasen las fiestas y al parecer con tanto champagne se les olvidó el camino de regreso a mi cabeza.



Hoy estoy aquí de nuevo en esta playa en la que siempre veníamos juntos. Hacía tanto que no pasaba por aquí que ya hasta se me había olvidado la belleza de este lugar, aunque por suerte la suavidad de la arena, el olor a sal que se cuela por las fosas nasales y el sonido de las olas que rompen en las rocas de allá a lo lejos me han recibido con los brazos abiertos una vez más, no se habían olvidado de mí. El leve viento que siempre guardaba el secreto de nuestras escapadas ha sido quien me ha saludado justo después. Se ha extrañado de verme aquí, aunque creo que se ha sorprendido más de que haya venido sin ti, aún así no ha preguntado nada, ya sabes cómo es, siempre igual de discreto.

Entonces miles de recuerdos han comenzado a salir del mar queriendo darme la bienvenida, venían tan alegres a saludarme…y sin embargo yo ahí de pie, sin poder ocultar mi tristeza…se han dado cuenta y han pasado de largo, aunque al llevar tal velocidad he caído al suelo cuando han rozado mi espalda. Mis manos se han hundido en la arena; al sacarlas he visto que habían dejado huella en ella, pero que poco a poco los pequeños hoyos que acababa de hacer desaparecían al ser rellenados por el resto del terreno. Es entonces cuando mis palmas han alisado los montículos que hay delante de mí y sin saber realmente por qué, mis dedos han comenzado a dibujar lo que parecían letras, hasta llegar a formar las líneas que ves ahora.

Creo que esto es una despedida, o al menos se le parece mucho. He venido aquí para echar al mar el resto de recuerdos, de imágenes, de sensaciones y que el viento se lleve mis sentimientos de la forma menos dolorosa que pueda. ¿Pero por qué escribir sobre arena? Porque me da miedo que esto permanezca aquí por siempre y arrepentirme de haber escrito estas frases. Mientras venía me he dado cuenta de que algunas de mis huellas se iban borrando lentamente, pero otras permanecían ahí, testigos del camino que he recorrido.

No sé lo que pasará con estas líneas. Puede que el mar se compadezca de mí y mande a sus olas para borrar este mensaje y así, si alguna vez vuelves a esta playa, no puedas ver que hoy me quiero despedir de ti, pero que me cuesta tanto hacerlo. Quizá en ese preciso instante en el que te encuentres aquí plantado con la mirada perdida eches de menos los momentos que vivimos y decidas llamarme, aunque sólo sea para preguntar “¿Cómo estás? Hacía mucho que no hablábamos, echaba de menos oír tu voz”. Aunque también es posible que estas aguas se den cuenta de mi malestar, de todas las lágrimas que terminan disolviendo aún más la sal que contienen y crean necesario que este mensaje perdure, por mucho que vaya a doler no verte más.

Pero sé que al final soy yo quien decide, por mucho que las olas y el viento opinen y quieran ayudarme, por mucho que crean saber qué es lo mejor para mí, al final soy yo quien deja este mensaje y quien puede volver a escribirlo aunque se haya borrado, da igual que las palabras vayan a ser diferentes, de mil formas se puede decir adiós. Claro que también es posible que en cuanto haya dado un par de pasos para alejarme de aquí vuelva corriendo y patee la arena haciendo que todo cuanto he escrito desaparezca en un instante. Todo puede ser, pero por de pronto tengo el suficiente valor como para exponer esto, un torbellino de ideas, un millón de sentimientos y sensaciones, pero una única palabra, un simple y sincero adiós.

domingo 9 de diciembre de 2007

Aire

Hoy me he convertido en aire, por unos momentos, por un pequeño instante me he entrelazado con los brazos del viento. Estaba tumbada, a punto de quedarme dormida cuando me he separado de mi cuerpo y le he permitido que siguiese yaciendo allí lo que queda de noche. Yo he traspasado el cristal de la ventana, sin chocar, sin que fuese una barrera para seguir adelante. Nunca antes me había sentido tan ligera, tan volátil. Desde aquí se puede ver toda la calle, algún coche solitario sin rumbo fijo, varios adolescentes sentados en el portal de la esquina y muchas farolas alumbrando la nada.

Unas débiles ráfagas que pasan por aquí me cogen suavemente de las muñecas y me piden que las acompañe. Les digo que sí, por supuesto, estoy deseando ver la noche desde esta nueva perspectiva. Consiguen moverme con delicados tirones que me impulsan sin descanso hacia delante. Pasamos por las casas que estaban a los lejos, llenas de diminutos puntitos de luz por la gente que aún estará despierta, después vemos las inmensas campas verdes, ésas que a la mañana brillaban por culpa de las gotas de lluvia. Cuando pasamos por encima de la carretera ambas ráfagas me miran sonrientes con aire divertido, intercambian entre ellas un par de miradas misteriosas y acto seguido incrementan la velocidad de nuestro extraño viaje de una forma extraordinaria. A cada segundo que pasa aceleran un poco más hasta que el paisaje que tenía debajo se torna completamente borroso y las luces de los coches se convierten de repente en gusanos luminosos, algunos rojos y otros blancos.

No sé a dónde me llevan, las miro en busca de respuestas, pero sólo sonríen. No puedo concretar cuánto tiempo llevamos viajando, quizá horas, quizá segundos; el viento acariciando mi rostro incorpóreo, invitándome a seguir en esta travesía, a descubrir el final. Sin previo aviso nos paramos en seco unos metros por encima de una casa en la que una de sus ventanas desprende tenues rayos de luz. Mis compañeras de viaje me animan a acercarme mediante un dulce gesto y yo, haciéndolas caso, me aproximo a la ventana. Está entreabierta, con las cortinas retiradas hacia los lados. Hay alguien dentro de la habitación, quien al parecer no tiene demasiado sueño y sigue despierto a estas horas de la noche. Se da la vuelta, veo su rostro, sé quién es. Sentimientos de alegría, incertidumbre y sorpresa se mezclan en mí; miro atrás buscando a las culpables de que yo esté aquí, pero ya no están, se han marchado, quizá para no interrumpir, quizá para que no les pueda preguntar el camino de vuelta. Sigues ahí dentro sentado frente a una pantalla, con los ojos perdidos en mares de letras, ignorando que alguien te está viendo desde la ventana.

Me decido a entrar de forma suave y silenciosa para no importunar. Por un momento creo que me has visto o al menos has sentido mi entrada, te levantas a cerrar la ventana, quizá sólo sentiste un poco de frío. Te vuelves a sentar en la silla, se te ve cansado con los ojos algo enrojecidos y no tardas en apagar la pantalla. Te vas de la habitación, incluso apagas la luz, al parecer no tienes pensado regresar. Has dejado la puerta abierta y pese a que no sabes que estoy aquí, lo tomo como una invitación para seguir buscándote en la oscuridad del resto de la casa.

No he tardado mucho en encontrarte tumbado en la cama de un cuarto en el que la poca luz que hay proviene de las rendijas de una persiana casi completamente cerrada. Parece que estás dormido o demasiado cansado para tener los ojos abiertos, no lo sé muy bien. Se te ve tan tranquilo que intento no moverme por si cualquiera de mis movimientos pudiese hacer ruido y despertarte. Dan ganas de abrazarte, pero sé que seguramente el frío te despertaría, al fin y al cabo sólo soy aire. No puedo evitarlo, lo siento si te despierto, prometo que sólo será una caricia, simplemente rozar tus mejillas durante un segundo. Me acerco y extiendo lo que hasta hace bien poco había sido mi mano. Unos centímetros me alejan de ti, estiro la mano para lograr mi propósito, estoy a escasos milímetros de tu rostro. En este momento siento frío, ¿por qué? Han vuelto, están ahí tras de mí las mismas ráfagas de viento que me han traído hasta ti. Siguen igual de sonrientes y juguetonas que cuando me han dejado. Me miran. ¡Oh no! Sé lo que pretenden, esperad un poco más por favor, sólo unos milímetros. Se miran. Antes de que pueda acercarme un poco más a ti me agarran firmemente de ambos tobillos y tiran de mí hacia atrás.

Como si de una película a cámara lenta se tratase veo como me alejan de ti, con la mano aún extendida queriendo llegar a tus mejillas sólo por un instante aunque sea, pero no me dejan. A toda velocidad salimos del cuarto, regresamos a la habitación por la que he entrado antes y la atravesamos lo más rápido posible. Volvemos a acelerar una vez nos hemos alejado un poco de tu ventana. Creo que repetimos el mismo camino de antes, pero esta vez muchísimo más veloces, así que no lo puedo asegurar. Traspaso un cristal y súbitamente abro los ojos, estoy en mi habitación de nuevo.

Compruebo que estoy en mi cuerpo porque no estoy segura de que haya sido un sueño. Me levanto y me acerco a la ventana. Se puede ver toda la calle desde aquí, pero me fijo en las luces que hay a lo lejos y después en el reflejo de mi rostro en la ventana. Pienso que quizá alguno de esos puntitos luminosos de allá a lo lejos esté más cerca de ti de lo que estoy yo. Acerco mi mano al cristal como si de repente fuese a aparecer tu figura en él, no puedo evitar sonreír. No sé si ha sido un sueño, pero sé que de alguna forma he estado allí y casi consigo rozarte. Quizá en la próxima visita lo consiga de verdad…quizá en el próximo sueño…quizá.

sábado 8 de diciembre de 2007

Historia de una gota de agua


Hola, soy sólo una simple y pequeña gota de las miles y miles que hay en el cielo. Dicen que nací de fragmentos de otras como yo, de esas otras que bajaron, pero no regresaron jamás. Aunque son muchas las leyendas que circulan sobre ese infierno, realmente nadie de aquí sabe mucho sobre lo que se puede encontrar allá. La mayoría de la información que tengo yo de ese sitio me la relataron mis padres, de ellos aprendí mucho, pero les llegó la hora de precipitarse como a otros tantos, dejando solos y desamparados a sus familiares. Nadie sabe realmente cuando les tocará la hora de caer, no hay unas pautas marcadas, no son ni siempre los más viejos ni los más jóvenes, simplemente un día te llega el momento y hasta entonces te pasas las horas temiendo que llegue ese día.

Muchos de los ancianos que aún quedan aquí nos cuentan historias casi a diario sobre lo que hay ahí abajo. Algunos dicen que es un paraíso lleno de zonas verdes y que debería ser un completo honor para todos nosotros regar toda esa vegetación y ayudar a que crezca con más brillo. A los que piensan así los llaman locos, no en voz alta por supuesto, pero los miran de mala manera, como esperando ver una sombra de su locura en su rostro.

En el resto de leyendas no surgen tan hermosas imágenes. Dicen que es un paraje frío y desértico, lleno de piedras grises y que en cuanto llegas a él caes en una espiral de desesperanza y desilusión, como si toda esa visión fuese capaz de robar la alegría de una forma tajante y despiadada. Los más optimistas creen que después de haber caído en las fauces de ese mundo algunas gotas logran las suficientes fuerzas como para volver aquí arriba, pero eso son sólo travesías que se cuentan de aquellos que fueron valientes, nunca nadie los ha visto volver de verdad.

Acaba de sonar la alarma. Una fuerte explosión en el cielo hace que empiece a cundir el pánico. Saben lo que se avecina, se ve en sus caras la preocupación y todos corren en busca de sus conocidos. La nube comienza a tornarse más compacta y gris. Alguien grita no muy lejos de aquí y todos se vuelven a ver qué ocurre. Una de las gotas se está hundiendo en la superficie, dentro de poco desaparecerá y caerá al vacío. Ahora sí se puede ver el terror en las caras de cada uno, todo es un caos, corren sin rumbo fijo, atropellándose unos a otros.

Más gotas comienzan a resbalarse por la nube, parecen elegidas al azar, lo mismo una de las que acaban de llegar que algunos de los ancianos que nos cuentan las leyendas. Caen y sus gritos se van perdiendo a medida que descienden. De repente el suelo comienza a tirar de mis pies, como si estuviese entre arenas movedizas. No, no puede ser, ¿por qué yo? Poco a poco la nube gris me engulle para después soltarme bruscamente y dejar que me precipite hacia un lugar del que no sé nada realmente cierto.

Las alarmas siguen sonando, pero estoy demasiado lejos ya y casi no puedo oírlas, pero lo que sí puedo escuchar bien claro son los gritos de mis compañeras, algunas están por debajo de mí, otras cayeron más tarde. A medida que descendemos se va acercando a nosotras ese mundo del que tanto habíamos especulado. Increíble, al parecer todos los ancianos tenían razón. Puedo ver zonas verdes, no muchas, pero sí algunas llenas de exuberante vegetación, aunque también hay muchas piedras grises que absorben la alegría de cualquiera. Creo que no dan a elegir dónde caerá cada una de nosotras, me gustaría poder opinar y ya que es inevitable que caiga, al menos me gustaría poder ser parte del rocío de todas esas plantas. Veo como algunas de mis compañeras van a parar justo ahí, pero al parecer yo no, acaba de tropezarse con muchas de nosotras un viento vigoroso que nos hace cambiar el rumbo. Muchas de las que habían caído antes que yo se estrellan contra ventanales enormes y fríos, es una imagen espantosa, yo no quiero terminar así. Sigo cayendo, no sé dónde acabaré. Finalmente mi cuerpo golpea sobre el duro asfalto, estoy aún aquí, puedo sentir y oír aunque tampoco creo que por mucho tiempo.

Empiezo a resbalar hasta juntarme con las aguas de un charco. Sus gotas vienen hasta mí, pero no son como las que yo conozco, son más oscuras y parece que menos amistosas. Para mi sorpresa me llevan hasta un lugar por debajo de ese asfalto y comienzan a cuidarme. Dicen que en unos meses me habré repuesto del todo y que siguiendo el camino de estas corrientes subterráneas llegaré hasta algo que ello han llamado “mar”. No sé lo que es, pero no parece un futuro tan malo. Creo que después de acabar allí habrá una posibilidad de regresar a mi hogar. Puede que algunas de las leyendas que contaban tuviesen su parte de verdad y que las historias de las gotas que regresan no sean sólo simples relatos.

jueves 29 de noviembre de 2007

Camino de Vuelta


Debe de ser aún pronto porque no hay mucha luz entrando por las rendijas de la persiana. Me doy la vuelta intentando encontrarte, pero sólo me tropiezo con un hueco vacío en la cama. Paso mi mano por ese gran hueco que ha dejado tu ausencia, pero sólo me sirve para confirmar lo que ya sabía. No estás, hace mucho tiempo que no vienes a arroparme, ni a darme un beso de buenas noches, ni siquiera a permitirme quedarme dormida entre tus brazos. Ahora hasta las sábanas más suaves arañan mi piel porque tú no estás, porque no pueden aprender de tu dulzura, porque te has ido.

Recuerdo las primeras noches así, en las que en plena madrugada, hallaba el hueco que habías dejado en mi cama, en mi vida, pero sobre todo en mi alma. Aquellas noches en las que rompía a llorar durante horas hasta quedarme dormida de puro cansancio y encontrar la almohada aún húmeda a la mañana siguiente. No ha cambiado mucho todo eso. Ya no me saltan las lágrimas tan a menudo, pero las grandes sensaciones de vacío y soledad se siguen apoderando de mí a altas horas de la noche, cuando todo el mundo duerme y yo solamente puedo pensar en que no estás a mi lado, ni hoy, ni ayer, ni hace tantos y tantos meses. Ya no puedo girarme en plena oscuridad y sentir que estás ahí, aunque sea dormido y descansar sobre tu pecho mientras te oigo respirar con la mayor tranquilidad del mundo.

Me he levantado con desgana. Vaya, el camisón está incluso más arrugado que las sábanas, todo por culpa de estar horas dando vueltas en la cama recordando, recordándote. Subo la persiana y unos nubarrones grises me saludan desde lo lejos; es más de día de lo que había pensado en un principio. Cruzo la habitación, pero muy a mi pesar me encuentro de frente con el espejo que hay en el rincón. Es de los grandes, de esos que muestran toda tu figura y te apuñalan con la más cruel realidad. Entiendo por qué te fuiste de mi lado, no tengo más que mirarme a través del espejo y devolverle la mirada a esa figura que hay dentro de él, esa sombra que dicen que soy yo, sin nada por lo que poder ser querida y llena de mil y un defectos, todos ellos desquiciantes. Te entiendo y no te culpo, me culpo a mí. Esa imagen me da tanta rabia…¿de verdad soy yo? No lo soporto, no me soporto.

Sin pensarlo siquiera cojo el teléfono que hay en la mesita y se lo lanzo con la mayor fuerza que puedo. La misma imagen me sigue devolviendo la mirada, sólo que esta vez en trozos quebrados, algunos aún en pie, otros muchos en el suelo. Me adelanto para arrancar todos los pedazos que quedan colgando del marco del espejo. La planta de mis pies pisa sin darse cuenta los fragmentos afilados del suelo, pronto empiezan a formarse charcos de sangre, pero no me aparto, sigo quitando hasta el último de los trozos para así evitar ver esa figura de ahí dentro.

Tras asegurarme de que no queda ninguno más en pie salgo lentamente de la habitación, posando los pies con cuidado sobre la alfombra, intentando que los fragmentos de espejo no se me incrusten más. Voy hasta el baño y justo antes de cerrar la puerta me fijo en que mis huellas han quedado impresas en el suelo, simulando un camino. “Un camino hacia mí” pienso. Un camino hecho de dolor, de sufrimiento, pero no por el espejo, sino por ti, por tu ausencia, por tu partida, por mi soledad. Quizá si algún día vuelvas y veas esas pisadas, son la senda que te trae de vuelta a mí.

miércoles 28 de noviembre de 2007

Voces de Depresión

Era uno de los más antiguos de la casa o el que menos se habían molestado en repararlo al menos. Hacía varios años que no servía para nada que no fuese amontonar trastos viejos y polvo en cualquiera de sus rincones, sólo que aquel día ella estaba allí, sentada en el suelo, sujetando las rodillas contra el pecho, intentando refugiarse del resto del mundo, queriendo quedarse en la tranquilidad que le proporcionaba la soledad. Únicamente la pequeña bombilla que colgaba del techo era la encargada de proporcionar un poco de luz a aquella estancia, bombilla sin ningún tipo de tulipa, pues nadie se molestó en poner una nueva cuando ésa se rompió. A ella no le importaba que no hubiese demasiada luz, es más, lo prefería así, necesitaba perderse en sus pensamientos y de haber colores muy intensos perdería su ensimismamiento. La pequeña fuente de luz comenzó a oscilar muy levemente a causa de un viento sin procedencia concreta. Tras varios parpadeos se apagó, bañando toda la estancia de una oscuridad casi total. Fue entonces cuando ella sintió algo, algo que no debía estar allí y levantó la mirada en su busca, pero sólo se tropezó son sombras que danzaban con ritmos diferentes. Intentando escuchar algún tipo de ruido agudizó el oído hasta conseguir captar varios susurros dirigidos a ella.

-Hacía mucho que no hablábamos.

-¿Dónde estás? ¿Quién eres? Nunca he hablado contigo, ni siquiera sé quién eres.

-Claro que lo sabes niña. Escucha atentamente mi voz, ya la conoces, la habías oído antes. Soy la que siempre viene a decirte la verdad.

-¿Y para qué has venido hoy aquí?

-Te he visto muy sola, aquí arriba tan triste. ¿Por qué no vas con el resto?

-Hoy no quiero estar con ellos, me apetece estar sola un buen rato, necesito tranquilidad.

-¿Estás segura de que eso es cierto? Porque yo creo que lo que dices y la realidad no coinciden en absoluto. Me parece más bien que son todos ellos los que no quieren estar contigo, los que quieren que les dejes solos y en la tranquilidad que da el hecho de no estar contigo.

-No sabes lo que dices.

-Claro que lo sé. Estás fuera de sus vidas, no te quieren en ellas, te han dejado completamente sola, no formas parte de nadie y sabes tú mejor que cualquiera que no les importas a ninguno de los que hay ahí afuera.

-Eso no es verdad…Quizá no haya muchos, pero está mi familia que intenta apoyarme siempre que puede, mis amigos que me animan en los malos momentos y casi nunca me fallan, y…

-Y…¿él? Veamos…tu familia…no haces más que causarles problemas y sumergirles en disgustos uno tras otro. No, no te hagas ilusiones en vano, lo único que consigues cada día es que se angustien por lo desastre que eres, seguro que se sentirían más aliviados si tú dejases de meter la pata cada dos por tres, si dejases de molestarlos con todas tus ocurrencias absurdas…Tus amigos…¿realmente existen? Vamos, niña, ya sabes la respuesta. Quizá como mucho puedas llamarles conocidos, pero ¿amigos? Tú no sabes lo que es eso, siempre te alejas de ellos, manteniendo las distancias. Con esa conducta fría nadie va a confiar en ti y sabes que es así, no te engañes. No se quejan de ti a la cara, por supuesto que no, pero cuanto menos tiempo estén contigo mejor para ellos….Y él…por favor, ¿qué puedo decir? Tanto que te importa y te da terror llamarle por teléfono, pero no es por no molestarle ¿a que no? Por mucho que intentes autoconvencerte ambas sabemos que la mayor de las razones es por que sabes que pensará algo así como “¿Para qué demonios me llama?”, pero también sabes que por mucho que lo piense no te lo dirá, pero simplemente por pura educación, nada más.

-¡No, mientes, basta ya! Nada de lo que has dicho es cierto, ¡no pienso escucharte más!

-No necesito que me escuches, dentro de ti sabes que todo lo que estoy diciendo es verdad, es más, es lo que en el fondo piensas, pero nunca te atreverás a admitirlo en voz alta, siempre has preferido dejar ese pequeño margen de duda para sentirte a salvo, para no tener que enfrentarte con toda esa realidad. Por mucho que intentes negarlo siempre pensaste así e incluso hoy sabes que todo esto es cierto. ¿Niña, de qué te sirve negarlo? El simple hecho de estar aquí sentada medio sollozando me da la razón. Absolutamente nadie te ha incluido dentro de su vida, estás sola, sin nadie que suba a hacerte compañía…¿realmente crees que alguien se dará cuenta de que falta ahí abajo? ¿Y aunque se den cuenta…crees que les importará? Mientras estés aquí no puedes hacer daño a nadie, no puedes molestarles, ni amargarles, ni nada de nada. Estarán más contentos mientras tú sigas aquí arriba.

-No sigas, yo ya sé lo que pienso, sé lo que tengo en la cabeza….y hay muchas cosas en las que creo que tienes razón. ¿Pero y si no es así? ¿Y si eres tú quien me está bloqueando, quien me impide pensar con total claridad?

-No te engañes, no vale de nada. Es mejor que lo aceptes cuanto antes. Ya te he demostrado que no sirves para nada, yo te estoy siendo completamente sincera, pues no tengo motivos para mentirte, sólo quiero ayudarte a que comprendas que tu sitio está aquí arriba completamente sola y no ahí abajo, déjales ser felices. Lo que te digo no es para hacerte daño, es para que veas la realidad, pero no te preocupes, yo te haré compañía, puedes quedarte aquí llorando, no molestarás a nadie, nadie se acordará de ti.

Tras unos instantes de silencio la bombilla que colgaba del techo parpadeó hasta volver a encenderse y ella siguió allí acurrucada, perdida en sí misma y con la cabeza ladeada, como si la estuviese apoyando sobre el hombro de alguien.

domingo 25 de noviembre de 2007

¿Qué es la amistad?

Este texto fue creado el dos de marzo del 2007 pocos días después de mi vuelta al mundo literario tras una pausa de varios años. Hoy, cuando mi vida está llena de traición, comparto estas líneas con vosotros para recordarme a mí misma lo que pensaba hace no muchos meses e intentar que estos temas no me hagan perder la sonrisa. Espero tener fuerzas y argumentos suficientes para poder seguir defendiendo esta opinión.


¿Qué es la amistad? Por muy sencilla que parezca la respuesta quizá tengáis problemas para definir esta palabra. He conocido a varias personas que han intentado dar su versión acerca de la amistad y lo cierto es que podría dividirlas principalmente en dos grupos. En el primero está todo aquel que opina que sólo se tienen amigos para poder pedirles favores, por lo que creen que no es más que un contrato en el que, mientras las dos partes cumplan con lo suyo, esa “amistad” seguirá en pie, pero que en cuanto deje de darse alguna de las cláusulas convenidas, todo se habrá acabado. En el segundo grupo se encuentran los que por culpa de los anteriores han acabado pensando así. Me explico: unos tienen amistades únicamente para poder sacar algún beneficio y los otros creen que no existe más gente que piense de otro modo, es por ello que están sumergidos en el pesimismo, creyendo así que no hay nadie que no vea a los amigos como simples partes de un contrato.

Yo, a mis casi dieciocho años, estoy en disposición de poder anunciar a los dos grupos ya mencionados que ambos se equivocan. Puede que sea parte de una minoría o incluso que sólo yo piense así, quizá por ser demasiado ingenua e inocente y pensar que siempre queda algo bueno en las personas que merezca la pena ser salvado. En mi opinión (que no es más que eso, sólo una opinión entre miles y miles distintas que pueda haber) si se tiene un amigo no es para sacar todo el beneficio posible, no es para poder pedirle cien favores y que esté “obligado” a cumplirlos en nombre de esa amistad. Esas personas son especiales, tienen algo que únicamente ves tú y que por eso decides que valen mil sacrificios intentar pelear por ellos. No hay que esperar a “deberles” un favor para ayudarles o portarse bien con ellos, simplemente es algo que sale de dentro. Les das todo lo que puedes porque te importan, porque es gente que se lo merece (las cosas buenas, por supuesto) y saber que algo les va mal te parte el alma. Por ello aviso a mis amigos que si hace falta les ofrezco hasta mi voz cuando necesiten gritar y no puedan. También les digo que quizá no consiga darles todo lo que necesiten (cosa que no será por no haberlo intentado), pero que todo lo que les de será cuanto tenga. Porque para mí la amistad no es dar esperando recibir, es dar sin esperar nada a cambio, pero que como la otra persona piensa parecido al final ambos salen ganando. Hay que saber que lo importante no es lo que les puedas pedir y que encima al darles todo obtendrás algo que no querrás cambiarlo por nada: la sonrisa que te dedican por haber intentado al menos ayudarles (aunque después no saliese bien) y la alegría que les produce saber que tienen a alguien que intenta cuidarles.


Después de todo este rollo que os he metido, creo que sólo me queda concluir diciendo que si alguien es lo suficientemente especial como para poder considerarlo tu amigo, se merece todo el cariño que puedas darle. Y recordad que el mayor regalo que te pueda hacer un amigo es justo eso, que sea tu amigo.

Cuidad de cada amigo como si fuese el único en el mundo que te comprende, anima y alegra.

martes 20 de noviembre de 2007

Aunque la eternidad dure un segundo


He abierto los ojos, estoy entre tus brazos y tú observándome con la mirada más dulce que haya visto nunca. Luego sonríes y surgen de tus labios las primeras palabras del día que oigo, un te quiero en un susurro seguido de un cálido beso en la frente. Suena tan bien que cierro los ojos durante unos momentos para que tus palabras rocen mi piel, acaricien mis labios y así poder saborearlas mejor.

Sé que podría pasarme cada día que me queda aquí, abrazada a ti, alumbrada por el increíble brillo de tus ojos, tranquila gracias a la suavidad de tu sonrisa y alimentándome únicamente de tus besos. Mis pensamientos hacen que me ruborice ligeramente, sé que te has dado cuenta, pero finjo que ha sido a causa de los acogedores rayos del sol que nos dan los buenos días a ambos. Respondo con una tímida sonrisa al comprobar que no tienes la más mínima intención de apartar tus ojos de mí durante bastante tiempo. Sabes de sobra que me pone nerviosa que te quedes observándome tan fijamente, pero eso mismo es lo que te divierte. Tras un rato son mis ojos los que quieren encontrarse con los tuyos, ambos sonreímos y terminamos en un baile de miradas, en el que al final se unen las caricias.

Acercas tus labios a mi oído, rozando en el camino mis mejillas y de una forma aún más suave que antes vuelves a susurrarme un dulce te quiero. Esto produce en mí una inimaginable sensación de felicidad, como si esas palabras creasen un escudo protector que me impiden seguir teniendo cualquier tipo de preocupación posible. Te abrazo más fuerte que antes, apoyando mi cabeza sobre tu hombro, pero intentando que mis oídos queden lo más cerca posible de tu boca para así no perder ni una sola de tus palabras.

Tú acaricias mi espalda muy lentamente, lo que me provoca un leve cosquilleo que se extiende por toda mi columna. Me siento como si estuviese acostada sobre capas y capas de algodón con suaves sábanas de seda cubriendo todo mi cuerpo. Sigues dándome pequeños besos en la frente susurrando de vez en cuando alguna que otra frase, haciéndome sentir todavía mejor. Si sigues así conseguirás que me quede dormida por la inmensa tranquilidad que me proporcionas. Pero ahora sólo quiero volver a escuchar esas dos palabras tan exquisitas. Dime que me quieres. Dime que me querrás para siempre, aunque la eternidad dure un segundo y al minuto siguiente te hayas olvidado hasta de mi nombre.

lunes 19 de noviembre de 2007

A fuego lento

Yo sólo pongo las palabras, cada cual que cree las imágenes en su mente.

Era una noche en pleno invierno, la nieve ocultaba todos los caminos e incluso el solitario coche que permanecía estacionado cerca de la cabaña. Dentro la chimenea estaba encendida y ellos dos tumbados desde hacía rato en el sofá. Todo el mundo daba por deshabitado aquel lugar, nadie hubiese imaginado que ellos estaban allí, por esa razón habían elegido tal sitio. Hacía un par de horas que una manta gris era lo único que protegía sus cuerpos. Él estaba tumbado sobre ella, con la cabeza apoyada en sus senos mientras con las yemas de los dedos los acariciaba lentamente. Ella sostenía en una mano un cigarro a medio terminar, depositando la ceniza en el recipiente que había dejado en el suelo para intentar manchar lo menos posible aquel sitio en el que se suponía que no estaban; con la otra rozaba el fino cabello de su pareja indicándole su aprobación ante aquellas caricias clandestinas.

Entre calada y calada él pasaba su lengua por el labio inferior de ella de la manera más suave que le era posible, hasta que el cigarro se consumió por completo. El pequeño roce con la lengua dio paso a un beso interminable en que apenas se podía apreciar dónde terminaban los labios de uno y comenzaban los de la otra. Tras unos minutos él desvió su boca hacia el cuello y empezó a deslizarla por aquel cuerpo que tenía debajo. Cruzó por sus hombros, bajó hacia sus pechos donde se entretuvo largo rato y continuó dejando un rastro de saliva por todo su vientre hasta llegar ligeramente más abajo del ombligo. Se detuvo y pasó su dedo índice creando una línea horizontal justo a la altura dónde, varias horas antes, había estado el elástico de su ropa interior. Dibujó la misma línea una segunda vez, esta vez con la lengua y mucho más despacio; mientras tanto, levantó la vista para clavarla en los ojos de ella y comprobar que seguramente sólo podría estar pasando una palabra por su mente: deseo. Sabía perfectamente dónde quería ella que acabase su boca, incluso hizo un amago de continuar su ruta, pero su boca saltó directamente hasta los muslos y comenzó a besarlos. Quería provocarla, hacer que lo deseara aún más y desde luego que lo estaba consiguiendo. No la hizo esperar más y volvió a la ruta que había dejado sin terminar, a modo de respuesta recibió un ligero estremecimiento seguido de un gemido que denotaba placer. Mientras se limitaba a sentir, ella cogió la mano de él que seguía cerca de sus muslos y la acompañó hasta sus senos, que hacía varios minutos que se encontraban algo abandonados.

Tras unos intensos minutos, ella se incorporó y volvió juntar una vez más sus labios con los de él, claramente más cálidos. Él adelantó su cuerpo en señal de que quería recostarse sobre ella y seguir besándola, pero ella tenía otros planes. Una vez tumbados ella lo apartó a un lado y después se recostó sobre él, ahora era ella quien quería hacer algo. Al igual que antes, comenzó a trazar una ruta por su pecho, pero ahora con los dedos mientras la boca los seguía varios centímetros por detrás. A mitad de camino sus labios se detuvieron, pero su mano no, ésta llegó a su destino, provocando una sensación de placer que iba incrementando según transcurrían los minutos. Mientras tanto su boca retrocedió en aquel recorrido, volviendo al cuello, al lóbulo de la oreja, incluso a sus labios. Entre algunos besos aprovechaba para mordisquear ligeramente con sus dientes el labio inferior y después pasaba la lengua creando en él un cosquilleo que le encantaba. Luego se deslizó sobre su pecho rozándolo intencionadamente con los suyos y finalmente su boca fue a acompañar a su mano para hacerle sentir más detenidamente el contacto tanto de sus labios como de su lengua. La respiración de él iba aumentando poco a poco gracias a las caricias que le proporcionaba su compañera.

Tiempo después él la atrajo hacia sí, dándole a entender que quería tenerla encima. Ella se sentó sobre él y pronto comenzaron los movimientos incesantes y los jadeos. Ni los besos ni las caricias cesaron en toda la noche mientras ellos ardían en la pasión, más intensamente incluso que aquel fuego encendido que perduraba en la chimenea.



sábado 17 de noviembre de 2007

Réquiem


Él estaba frente al espejo terminando de arreglarse los cuellos de la camisa que se habían descolocado ligeramente al ponerse la chaqueta. Ya estaba listo, completamente impecable, con los puños bien abrochados y la camisa sin una sola arruga. Se deseó suerte a sí mismo y cruzó todo el pasillo barnizado hasta llegar a unas inmensas puertas de roble con un pomo antiguo de color bronce. Se detuvo un momento ante ellas, respiró hondo y las abrió con decisión.

Estaba en lo alto de las gradas; a sus pies más de cien filas con asientos aterciopelados de color granate esperando a ser ocupados por las miles y miles de personas amantes de aquellos eventos. No era muy habitual que el propio artista entrase por aquellas puertas, pero a él le encantaba ver las caras de su público antes de cada actuación, sentir su calor y su cercanía. Aquella noche aún no había nadie sentado en las numerosas butacas aunque eso a él le daba igual, en su cabeza imaginaba aquel auditorio abarrotado de gente, todos expectantes de su entrada, aplaudiendo mientras bajaba las escaleras hasta llegar al pie del escenario. Nunca cesaba la inmensa ovación hasta que él no ocupaba su sitio en el piano de cola que estaba justo en medio del escenario. Estaba todo preparado, el piano, brillante como de costumbre, ya abierto, invitaba a sus dedos expertos a que lo acariciaran con suavidad, pero al mismo tiempo con firmeza. Las partituras se posaban sobre el instrumento, desplegadas seguramente desde la noche anterior. No pasaba nada si alguien decidía cogerlas porque hacía años que él ya no las necesitaba. Había interpretado aquella obra tantas veces que sus dedos se movías solos por el teclado, no era necesario ver las notas escritas, las tenía en su cabeza.

Todos los aplausos imaginarios cesaron en cuanto el pianista ocupó el taburete preparado para su altura. Silencio, durante unos segundos interminables no se oyó más que silencio. Un gesto pausado sobre el piano dio inicio a la interpretación. Durante los próximos minutos el auditorio se lleno de una explosión de sonidos enlazados entre sí de manera soberbia que hubiesen creado mil sensaciones distintas a cualquier oyente. La impecable matización podía provocar un cambio desde la más absoluta tensión hasta la calma más tranquilizadora en cuestión de segundos y todo eso gracias a los fortes interpretados con energía, pero sin dureza y a los pianissimos dulces y delicados, pero de sonido brillante.

Él seguía absorto en su obra, consiguiendo que sus dedos casi volaran sobre aquella alineación de teclas blancas y negras, y apenas se dio cuenta que alguien había subido al escenario y estaba frente a él desde el otro lado del piano. Minutos después ya sabía que aquel extraño estaba allí, pero no levantó la vista ni detuvo su interpretación; bajo ningún concepto debía dejar una obra sin terminar, eran sus principios como pianista. Además ya sabía para qué había ido aquel hombre allí, sabía lo que iba a hacer y por supuesto, sabía que nada podría evitar que pasase. Había entablado una cierta relación de amistad con la gente equivocada, sobre todo porque no podía devolver los favores que aquellos nuevos “amigos” le habían hecho. El otro hombre extendió el brazo empuñando un revólver antiguo, pero no disparó. Quizá por respeto o consideración decidió esperar a que terminase aquella interpretación, la última de todas. Segundos después de dar la última nota estalló en la mente del pianista una inmensa ovación del público que no tenía, mayor incluso que la primera de cuando había aparecido a lo alto de las gradas. Junto con todos aquellos aplausos se mezcló el inconfundible sonido de un disparo que hizo que el cuerpo del intérprete se desplomase sobre el instrumento que había dominado durante tantísimos años.

No tardaron en llegar los encargados del auditorio y ver manchado de sangre el teclado que aquella noche debía ser protagonista, pues el concierto comenzaba en unos quince minutos. No había cuerpo ni explicación posible al ruido que habían escuchado muchos de los que se encontraban en el edificio. Minutos más tarde las butacas comenzaron a llenarse de gente bien vestida para la ocasión. El piano parecía impoluto, como si lo acabasen de construir y pulir. Comenzó el evento y uno de los pianistas que debía aparecer aquella noche no hizo acto de presencia, pero no importó, el espectáculo debía continuar.

miércoles 14 de noviembre de 2007

Pesadilla de la madrugada del 3 de noviembre

La poca luz de las farolas que entraba en la habitación engañaba a mi vista haciéndome creer que las paredes eran de un gris azulado oscuro en vez de blancas. Comenzó a oírse un fuerte pitido que provenía al parecer de las baldas de al lado de mi cama. Maldito despertador, seguro que se olvidó apagarlo. A tientas busqué el reloj creyendo que sería fácil apagarlo, pero por más que presionara el botón para que cesase la alarma, ésta no dejaba de sonar. Decidí entonces incorporarme, cogí el despertador y para mi sorpresa, descubrí que no era eso lo que sonaba, aunque en ese momento el pitido paró tan repentinamente como había empezado. Supongo que estaba demasiado agotada como para darme cuenta que lo más probable era que procediese de la habitación de los vecinos que estaba justo en frente de la mía.

Me quedé unos minutos mirando la hora sin saber muy bien en qué pensaba, como ensimismada. Las cuatro de la mañana, demasiado tarde para algunos, muy pronto para otros, y yo ahí, intentando una vez más conseguir dormir antes de que saliera el sol. Seguramente el resto de la casa llevaría durmiendo varias horas, pero pronto pude apartar esta teoría de mi cabeza. La cama contigua a la mía estaba vacía, ni siquiera la habían descubierto. Agudicé el oído para intentar percibir algún ruido que me permitiese saber si había alguien en casa, pero no escuché nada. Aquello resultaba bastante raro ya que normalmente cuando me despertaba de madrugada podía oír la respiración del resto de las personas que había bajo mi mismo techo. Intenté encender la luz de la mesilla sólo para comprobar si mi visión volvía a gastarme otra de sus bromas a las que ya me tenía bastante acostumbrada, pero no ocurrió nada. Quizá estaba suelta la bombilla. ¡Argg! Suelta no, estaba rota, como si hubiese estallado y los fragmentos que aún quedaban en pie se me clavaron en los dedos consiguiendo que soltase un quejido. Pese que no entraba demasiada luz pude ver que mis dedos comenzaban a gotear sangre. Intenté que las sábanas no se mancharan, aunque pronto todo eso dio igual.

Empecé a oír un pequeño crujido que provenía del techo; algo estaba empujando la lámpara haciéndose un hueco para salir de ahí arriba. Un líquido marrón salía a borbotones desde allí, pero no caía al suelo, sino que se extendía desde el centro del techo hasta las esquinas. Marrón….no estaba segura de que ése fuese realmente su color. Entonces con el pulgar palpé mis otros dedos heridos y me fijé en su color. También parecía marrón, del mismo tono de aquel líquido que se propagaba por todo el techo. Un olor a cobre inundó la habitación y todas las dudas se disiparon de mi cabeza, pese a que no tenía forma real de comprobarlo. La sangre se extendía lentamente hacia las esquinas, pero antes de llegar a su destino unas cascadas del mismo líquido comenzaron a precipitarse por las paredes.

Miraba a todos sitios sin saber qué hacer, sin poder moverme siquiera. En una de las paredes aún se podía ver el dibujo que las cortinas creaban sobre su pintura blanca, pero había algo debajo de aquella imagen. En vez de a la pared dirigí mi vista hasta la ventana, no había duda, tras las cortinas se podía ver algo emborronado. Me acerqué despacio porque todos los miedos que estaban creciendo en mí me paralizaban poco a poco. Al apartar la cortina quise gritar, pero también tenía miedo de salir, por lo que al final quedó en un grito ahogado. Unos centímetros por encima de mi cabeza había escrito un mensaje, un mensaje dirigido a mí. Letras marrones aunque yo sabía que realmente eran rojas, escritas sin ninguna prisa, queriendo provocar en mí un sentimiento de terror inconfundible. “I’m gonna kill you…” rezaban aquellas sangrientas letras. Las sensaciones de angustia, desesperación y terror se habían adueñado de mi cuerpo, no me podía mover y aún así era incapaz de apartar la vista de aquellas palabras. En ese momento el último punto comenzó a alargarse. Al igual que si alguien hubiese caminado mientras apoyaba una pinturilla, ese punto se extendió poco a poco, pasando del cristal a la pared y de la pared a fuera de la habitación. Por primera vez aquella noche yo no quería salir corriendo, no quería ir fuera y ver dónde terminaba ese nuevo rastro, pero ya no controlaba mi cuerpo; mis ojos seguían la línea marrón mientras que mis pies daban pasos para no perder el dibujo horizontal. Estaba tan absorta en ello que incluso seguía el rastro con mis dedos heridos, haciendo que la sangre se renovara. Salí de la habitación. La línea continuaba por todo el pasillo hasta llegar al pomo de la próxima habitación y allí terminaba.

Mi cabeza ya sabía lo que iba ver tras aquella puerta o se lo imaginaba al menos, pero no quería comprobarlo, aunque mi mano se adelantó. Giró la manilla y algo chirrió; desgraciadamente pronto me di cuenta que ese sonido no provenía por haber abierto la puerta. Dentro de la habitación como dos fantasmas flotando, se podían distinguir dos cuerpos, pero éstos no flotaban. El chirriar que había oído al entrar era el de las dos cuerdas atadas a las vigas del techo que oscilaban lentamente como si de péndulos se tratara. Un par de metros por debajo de ellos estaba la cama totalmente descubierta y empapada con la sangre que caía desde el abdomen de ambos muertos. No les quería mirar, pero algo me impedía apartar la vista; quizá el querer saber si los conocía, pero tras un par de minutos observándolos en silencio me di cuenta de que no, no los había visto en mi vida. Por inoportuno que parezca, este hecho me proporcionó una pequeña dosis de alivio que pronto desapareció. Una vez más me fijé en la ventana de la habitación, había otro mensaje para mí o la continuación del anterior mejor dicho “…as I killed them”. Algo se movió a mi derecha. Había un cuerpo más apoyado en la esquina, al parecer estaba a punto de caerse. Sí era un cuerpo, pero éste no estaba muerto. Algo brilló cerca de su mano, algo parecido al metal, algo como una hoja.

En aquel momento se despertaron de golpe todos mis sentidos y eché a correr lo más deprisa que podía, primero saliendo de la habitación y después a lo largo del pasillo. Pero tropecé y me di de bruces contra el suelo. El pasillo era demasiado oscuro como para poder ver con exactitud aquello que me había llevado a caer, por eso me acerqué. Era otro cuerpo, el tercer muerto de la noche, pero éste tenía los ojos hundidos como si se los hubiesen metido hacia dentro con los pulgares. Seguía en el suelo y todas las fuerzas que había recuperado hacía un momento ya no estaban, se habían esfumado por completo. Oí unos pasos que se acercaban por el pasillo y de vez en cuando se podía ver el destello que generaba la poca luz al chocar contra el cuchillo. Al cabo de unos segundos aquella figura estaba a mi lado hundiendo su hoja en mí, y yo completamente petrificada, gritando eso sí, pero sin poder defenderme para escapar.

domingo 11 de noviembre de 2007

Anoche soñé que no te había olvidado

Anoche soñé que no te había olvidado,
que quería estar contigo,
que te seguía amando.
Pensé que aún vivías en mi corazón
y yo sufría por amor,
amor que no me habías dado.
Anoche desperté de tu sueño,
pero esta vez sin lágrimas,
sin razón para más llantos.
Recordé lo que era quererte,
lo que era sufrir sin motivos
y decidí llamar al Olvido
para que viniera a buscarte.
Anoche soñé que no te había olvidado,
recordé entonces algo aprendido
y es que sueños que se cumplen
realmente no hay ninguno.
Pero al igual que antes
cuando soñaba que me querías,
comprendí que el no olvidarte
ya no existía
porque el Olvido te llevó
hace tiempo de mi lado,
incluso de mis fantasías.

viernes 9 de noviembre de 2007

Llamas de recuerdos

Empezaba a caer la tarde y la luz del sol daba a los antiguos vagones de tren un brillo dorado. Hacía mucho que estaban allí aparcados sobre vías por las que en su día habían pasado trenes que se dirigían a la gran ciudad transportando importantes mercancías. Ahora sólo servían como cobijo de algún vagabundo o escondite de parejas jóvenes que buscaban apartarse de la multitud por unas horas.

Aquella tarde tuvieron una visita inesperada aquellos vagones casi oxidados. Una muchacha paseaba sin ningún rumbo exacto siguiendo la línea que las vías dibujaban en el suelo con pasos tímidos y lentos haciendo crujir bajo su calzado la poca hierba que crecía en esa zona. No hacía caso de nada de lo que tenía a su alrededor sólo caminaba, unos tramos intentando mantener el equilibrio sobre el camino de hierro y otros andando a un lado de éste. Tras un rato se detuvo frente a un vagón de mercancías que estaba abierto y apoyando un pie en las ruedas consiguió empujar su cuerpo hacia el interior. Allí se sentó durante un buen rato sin hacer otra cosa que mirar cómo el sol bañaba todo el paisaje con sus rayos.

Tardó un tiempo en salir de su ensimismamiento y finalmente se fijó en una carpeta que llevaba consigo. La miraba con aire dudoso, no estaba segura de si se atrevería a abrirla y repasar una vez más todo lo que había en su interior. Aún teniendo tantas y tantas inseguridades decidió volver a echar un vistazo. Allí encontró antiguas fotos en las que había quedado atrapada la esencia del momento en el que se hicieron, también había cartas escritas a mano con letra cuidada y perfectamente legible. Un par de lágrimas comenzaron a asomar por sus ojos y por mucho que trató de contenerlas, acabaron rodando por sus mejillas hasta caer en una de las fotos que estaba mirando. Pasó el pulgar por encima para quitar la gota, pero su dedo se paseó por el rostro que había en aquella fotografía incluso después de haberla secado. Había pasado varios meses de su vida acariciando esa piel tan suave que ahora sólo podía recordar a través de imágenes. Sé fijo en los ojos tan intensos y expresivos incluso en esos labios sonrientes que tantas veces la habían besado; un torbellino de recuerdos le bloquearon a garganta e hicieron que su labio inferior comenzase a temblar, siendo éste uno de los primeros indicios de que sus sentimiento de tristeza no tardarían en adueñarse de ella.

Había demasiados recuerdos en aquella carpeta y no quería que gobernasen sobre ella. Sacó un mechero del bolsillo del pantalón y prendió una llama, acercándola a esa foto que tantos recuerdos felices guardaba, pero que al mismo tiempo traía sentimientos muy melancólicos y grises. Pronto comenzó a arder desde la esquina propagándose por toda el área. Dejó aquella imagen en el suelo para que terminase de arder y fue añadiendo más fotografías que sacaba de su carpeta. Antes de arrojarlas al fuego se detenía frente a ellas, recordando esos momentos, haciendo un esfuerzo por no estallar en lágrimas. Veía como las llamas iban consumiendo un sentimiento de felicidad que hacía mucho que se había esfumado. Llegó la hora de las cartas. Las releía antes de deshacerse de ellas, algunas frases incluso varias veces. Todas acababan con las mismas dos palabras que tan hermosas habían sido en una época, pero que en aquel momento sólo abrían más heridas de dolor y tristeza. Las echó todas sobre el fuego haciendo que el humo esparciese cada uno de esos “te quiero” por el aire y la abrazasen una última vez antes de desaparecer por completo. Varios minutos más tarde sólo quedaba un montón de cenizas a su lado y ella contemplaba como moría el sol a manos del horizonte, pensando que de igual modo murió tanto amor, sólo que éste último no renacería a la mañana siguiente.

jueves 1 de noviembre de 2007

Sueños Rotos

Las pequeñas gotas de agua que se posaban en las hojas de los árboles empezaban a resbalarse hacia suelo ya húmedo por culpa de la tormenta de la mañana. Varias de esas frías gotas caían sobre mis pies mientras andaba sin ninguna prisa por ese sendero decorado a los lados por los robustos y frondosos árboles. Cada paso que daban mis pies descalzos sobre la hierba resonaba a lo largo de todo el camino y de cuando en cuando mis dedos se topaban con ramas muy finas y, al parecer, inofensivas que no me daba tiempo a esquivar por lo que tenía que acabar pisándolas. Creía que me estaban lacerando las plantas de los pies todas esas pequeñas maderas, aunque no me preocupaba mucho. Me desvié del sendero y me vi obligada a aferrarme a los troncos de los árboles para no perder el equilibrio. Sabía donde iba, había estado tantas veces que podría repetir el camino incluso con los ojos cerrados. Unos pocos metros me separaban de mi destino, ése que me provocaba una sensación de entusiasmo que se incrementaba a cada paso que daba para acercarme.

Aparté unas hojas que estaban a la altura de mis ojos para poder ver lo que había más allá. Ahí estaba. Una visión preciosa, realmente difícil de describir en todo su esplendor. La fina hierba daba paso al pie de una cascada de agua totalmente cristalina. Incluso el sonido el agua al caer conseguía crear un ambiente en el que parecía que se respiraba toda la paz y la ilusión del mundo. No pude contenerme y me adentré dentro de las aguas que descendían desde tan alto que se podía pensar que caían directamente del cielo. Su frescura me acogió los brazos abiertos. Tal era la tranquilidad que me invadió en aquel momento que mis ideas, pensamientos y sueños se mezclaron con las aguas dulces, recorriendo toda su extensión e incluso subieron hasta lo más alto para divertirse dejándose caer por la corriente hasta volver donde yo estaba. Pero no todo lo que había salido de mi cabeza había vuelto a mí aún. Los sueños se habían quedado petrificados, indecisos, allá arriba de la cascada. Al cabo de un rato ellos también saltaron, pero la diversión había terminado. Cada sueño caía abrazado a varias gotas de agua, pero en algún punto entre lo alto de aquella cascada y yo esas gotas se estrellaron contra la realidad, rompiéndose en pequeños fragmentos tan afilados como cristales. Para cuando me di cuenta ya era tarde para poder apartarme. Todos aquellos sueños rotos se me echaron encima rasgando mi piel, mis sentidos, devolviéndome a la más dura de las realidades. Las pequeñas pero numerosas heridas comenzaron a sangrar tintando el agua de un rojo intenso. Mi gran cascada de sueños e ilusiones se había convertido en cuestión de segundos en un enorme charco de sangre y yo, al saber que nunca podría volver a ver esas aguas cristalinas llenas de tranquilidad, de vida y de fantasía, me quedé allí, debajo de las gotas rotas y afiladas que seguían hiriéndome, abrazada al recuerdo de lo que había sido la más hermosa visión que había pasado por mis ojos, pero que nunca podría volver a salir mente.

sábado 27 de octubre de 2007

Fin del tiempo en escala de gris y negro

Salgo a la calle y todo está desierto, sin ruido, ni color, ni vida. A donde voy es un misterio incluso para mí, sólo vago por estas aceras que no sé dónde acaban, aunque tampoco dónde empiezan. Tras un tiempo andando todo se vuelve aún más gris y comienzan a aparecer ríos de gente de detrás de cada rincón. Caminan erguidos y sin apartar la vista del frente, como si lo que hubiese a los lados no existiera. Todos están vestidos de color oscuro, nadie destaca, son sombras con forma humana. Llegan hasta mí, pero nadie se detiene, cada cual sigue un rumbo al parecer ya marcado. Veo sus ojos, diferentes a los que había conocido hasta ahora, sin ningún tipo de brillo, ojos de ciegos. Por eso no me ven, pero tampoco sienten mi presencia, yo no existo para ellos, en realidad, nada de lo que haya más allá de cada uno de ellos existe para el resto, pero ellos no parecen notarlo. Están ahí, a unos pocos metros de mí, creando una especie de burbuja en cuyo centro estoy yo en un completo aislamiento.

Comienza a llover, pero no es agua transparente lo que cae, sino gotas negras y espesas que se estrellan con fuerza contra el suelo. Ninguna de las múltiples figuras mira siquiera al cielo, sólo abren los paraguas que llevaban consigo, todos a la vez, como si alguien les estuviese dirigiendo desde detrás de alguna esquina. Ahora los ríos de sombras negras son mares inmensos en los que no se puede distinguir nada.

Se empiezan a apoderar de mí varios sentimientos de desesperación y angustia. Van subiendo por mi espalda, haciéndose con todo mi cuerpo hasta llegar al mismísimo cerebro. En ese momento siento como si mil clavos se hubiesen incrustado en mi cabeza. Grito. Es lo único de lo que soy capaz ahora mismo, pero mi voz queda ahogada por un trueno. Vuelvo a notar el mismo pinchazo, que una vez más me hace desgarrar mi garganta con horribles alaridos, pero nuevamente un ensordecedor trueno impide que incluso yo pueda oír mi propia voz. Nadie se detiene a ver qué me ocurre, las masas negras siguen su camino sin mirar hacia donde yo estoy.

Un fuerte golpe en la parte trasera de las rodillas hace que caiga sobre éstas. Siento la presencia de algo, puede que de alguien. Lo que me ha tirado al suelo está ahí en algún lugar cerca de mí, pero no puedo verlo, aunque sí sentirlo. Me susurra palabras incomprensibles al oído. Es una voz extraña, muy aguda, pero me resulta extremadamente familiar. No está sola, la acompañan tres voces más que también dicen cosas que no entiendo. “¿No nos reconoces?” Es lo único que llego a comprender. Ya sé quienes son, las conozco desde hace tanto que apenas recordaba cómo sonaban. Intento levantarme, pero la Agonía vuelve a golpearme las rodillas, consiguiendo que caiga nuevamente mientras que la Desesperación y la Angustia, siempre juntas, encadenan mis brazos con los suyos para que no pueda escapar de ellas y para que la Soledad, maldita Soledad, rasgue toda mi espalda con sus garras, haciendo que grite, a pesar de que nadie puede oírme. Noto como empieza a brotar sangre de los desgarros de mi piel. Es cálida, puedo ver pequeños hilos cayendo al suelo, pero no es roja, sino negra y viscosa, al igual que la lluvia. Ambos líquidos se juntan en el asfalto y lo recorren hasta desembocar en alguna alcantarilla que encuentran en medio de su camino. Mi espalda comienza a arder y por lo que puedo observar, en el suelo mojado hierven la lluvia y mi sangre. Está llegando. Ellas lo saben y me apresan más fuerte, yo lo noto y me estremezco sin saber qué pasa realmente, y las masas negras siguen sin percibir absolutamente nada de lo que está ocurriendo.

Está aquí, frente a mí. Su sola presencia impresiona de forma indescriptible. Su mano empieza a jugar alrededor de mi cuello hasta que lo agarra con fuerza, haciéndome sentir como si el más frío de los vientos me hubiese cortado la respiración. Me está arrebatando todo segundo a segundo, las ilusiones, la esperanza, incluso la vida. “Se terminó tu tiempo” es lo único que oigo de él. Su mano acaba de soltarme, pero me quedan tan pocas fuerzas que no puedo aguantar siquiera sobre mis rodillas y mi cuerpo cae estrepitosamente contra el duro suelo. Aún sigo con vida, aunque no durará mucho. Tiene razón, ya no me queda más tiempo pues él me lo ha robado todo, al igual que me lo dio en un principio y está claro que el Tiempo siempre gana.

martes 23 de octubre de 2007

Refugio de Melodías

La luna llena cumplía su cometido de vigilar la pequeña ciudad dormida. Todo era tranquilidad y salvo algún que otro gato travieso nada se movía. La brillante esfera reparó entonces en un edificio no muy alto de unas cinco plantas a lo sumo. No había luz en ninguna ventana, ni se oían ruidos, pero le pareció ver algo en la azotea. Una débil sombra se iba acercando cada vez más al borde del edificio, y la luna curiosa dirigió uno de sus rayos plateados hacia allí, para poder averiguar qué era aquello que, a diferencia del resto de la ciudad, no dormía. Se sorprendió al ver una muchacha joven con un maletín no demasiado grande entre sus manos. Ella, a pesar de haberla visto, trataba de ignorar a aquella luna que la miraba de forma amable, casi incluso maternal. Llegó hasta el borde de la azotea y se maravilló una vez más ante el espectáculo de luces y silencio que ofrecía la ciudad a aquellas altas horas de la madrugada. A pesar de que casi cada noche terminaba allí arriba el cuadro que veía siempre era diferente en una forma u otra.

No pudo evitar que un par de lágrimas resbalaran por sus mejillas al recordar por qué siempre acababa en lo alto de aquel edificio. Era el único sitio que tenía para esconderse del mundo, donde nadie la trataba mal y podía despejar su mente con total tranquilidad. Era su refugio, el lugar en el que se sentía a salvo de los demás. Siempre subía allí durante la noche para buscar esa paz que no encontraba de ningún otro modo. Pasaba las horas pensando en mil y una ideas diferentes y perdiendo su mirada en aquella oscuridad del cielo. Muchas veces incluso se acercaba al borde todo lo que podía y miraba hacia abajo, soñando cómo sería pedirle al Tiempo que la arrojase desde allí, imaginando lo que sería aquella caída hacia la nada, intentando saborear lo que sería dejar de sufrir para siempre. Pero por más que le rogaba a aquel dios que acortara su tiempo, él nunca aparecía y ella seguía en la azotea mirando al infinito, esperando que algunas manos la empujasen y la ayudasen a precipitarse al suelo.

Tras pasar numerosas noches esperando que algo así sucediera, aquella madrugada cambió su forma de rogar. Abrió el pequeño maletín que había subido consigo y sacó de él un violín de madera, algo viejo, pero que casi sonaba mejor que las primeras veces que alguien tocó con él. Se sentó tranquilamente en el bordillo de la azotea, fijó el instrumento en su hombro derecho y por último, posó el arco sobre las seis cuerdas recién afinadas. El sonido que vibró de aquel violín fue casi indescriptible. De cada movimiento del arco no manaban sólo notas, si no unos sentimientos desgarradores que hacían comprender a la perfección todo lo que pasaba por la mente de la intérprete. Sólo ella podía saber si esa magnífica melodía era para llamar la atención del Tiempo o si lo único que quería conseguir aquella tranquila noche era conmover a la luna.

domingo 21 de octubre de 2007

Imperios de Hielo

Es extraño darse cuenta de cómo las malas sensaciones y sentimientos parece que retornan con más frecuencia que las buenas.

Creo que, poco a poco, he ido abandonando a todo el mundo que me rodeaba al ver que nos separaban enormes abismos. Ellos ahí y yo aquí, incapaz de dar siquiera un paso al frente para buscarlos porque sé que caeré hacia lo más profundo antes incluso de haberlos encontrado. Una vez más, y como ya es costumbre últimamente, he vuelto a mi castillo de hielo en el que soy la única persona que se pueda encontrar en él. Completamente aislada, sé que debe de haber alguien fuera de este frío, pero nadie se atreve a entrar para decirme que no hace falta que me quede dentro, que existen más cosas más allá de cuatro paredes completamente congeladas. Y los que entran no lo hacen para decir nada agradable, nada sincero al menos. De vez en cuando llegan pequeños halagos de no se sabe muy bien dónde, de gente que realmente no me conoce, que no sabe lo que hay dentro de la chica que apenas habla. Varios dicen que puedo conseguir muchas cosas, todas las que me proponga, dicen que soy tal cosa o tal otra. Todo el mundo cree conocerme, saber quien soy y como pienso, pero lo cierto es que a la gran mayoría ni siquiera les he permitido cruzar las puertas de mi castillo de hielo. Y aquí sigo yo, dentro de un bloque helado en el que no hay nada ni nadie más, en el que no dejo que la falsedad o la hipocresía traspasen esas puertas y no permito que nadie me mire a los ojos si sé que va a mentir. Me quedé sin bengalas y ahora sólo quiero que entre gente lo suficientemente hábil como para encender una pequeña fogata que derrita todo este infierno helado o que me diga que puedo salir de aquí sin que pase nada malo. Pero eso no pasa porque todos me han ido abandonando igual que yo, un día, abandonaré a todos.

sábado 20 de octubre de 2007

Mensajes al trasluz

Te parecerá extraño despertar y ver en la pared las sombras de algo escrito en el cristal de tu ventana, lo cierto es que busqué, pero no encontré sitio mejor en el que dejar constancia de mi despedida. Seguramente al leer estas líneas mirarás hacía atrás buscándome y encontrarás al sol dando los buenos días, pero yo ya no estaré. Sólo espero que en ese instante tus ojos no pierdan su alegre brillo, que tu dulce sonrisa no se apague y que por el contrario sonrías al darte cuenta de que pasé la noche entera cuidando de ti al igual que lo haré siempre esté donde esté.

Debí haberte dicho esto antes de partir, lo siento, no puedo. Ambos sabíamos que tendría que irme pronto, pero te veo tan hermosa mientras duermes que no soy capaz de despertarte, por eso tengo que dejar este mensaje escrito en la ventana y al terminar, podré quedarme a observar cómo respiras. Esta noche haré todo lo posible porque duermas bien, no te preocupes, yo conseguiré que ninguna pesadilla se cuele en tus sueños y que puedas descansar para afrontar esta larga espera que ambos tendremos que soportar. Pero tranquila porque aunque no me veas podrás sentirme en todos los abrazos que te den las sábanas y cada vez que mires por la ventana y veas un par de estrellas brillando allá arriba serán mis ojos que observan lo bella que estás a la luz de la luna.

No olvides recoger el beso que mis labios dejaron para ti en los pétalos de la flor de la mesilla. A su lado encontrarás una cajita, en ella deposité mi corazón para que lo puedas cuidar. Prometo volver a buscarlo y no irme más, pero si de aquí a ese día dejas de oír sus latidos será que he muerto por no estar contigo.

Ahora me despido, no sin antes decirte que hace mucho que conseguiste ser todo mi mundo y que siempre lo seguirás siendo. Eres la pequeña dama que habita en mi corazón, que lo cuida y que cada día se preocupa de que esté sano y feliz.

Nunca dudes que volveremos a vernos, te quiero.

martes 16 de octubre de 2007

La amante del mar

El invierno amenazaba con verter toda su furia sobre aquella estrecha carretera que conducía a las afueras del pueblo. El viento que comenzaba a levantarse desnudaba a los pocos árboles que aún les quedaba alguna hoja y la lluvia, fina pero incesante, otorgaba al camino un matiz peligroso. Apenas había luces que iluminaran aquella escena, únicamente el inquietante brillo de la luna llena y los focos de un antiguo coche que salía del pueblo por la carretera rumbo al faro.

Poco se sabía del conductor del vehículo. Sólo que cada año en esa fecha pasaba casi sin detenerse por el pueblo y continuaba su camino por aquella carretera llena de piedras y mal asfaltada. El conductor redujo la velocidad justo en aquel punto, quizá para contemplar el mismo paisaje de cada año o puede que porque sabía del peligro incrementado por el mal tiempo.

Los árboles que adornaban ambos lados del camino dejaron ver por fin el acantilado sobre el que se encontraba el viejo faro y tras él, la inmensidad del mar revuelto de aquella noche. El hombre detuvo el coche en el arcén varios metros delante de la torre de luz. Abrió la puerta, bajo del automóvil y se dedicó a esperar con el codo derecho apoyado sobre el techo. En ese momento comenzó a llover aún más fuerte y se podían oír truenos cada vez más altos, pero él no se movió. Simplemente contemplaba el faro que, pese a su antigüedad, seguía guiando a los barcos en sus travesías. Cuando ya creía haberse perdido en sus pensamientos un luminoso rayo le hizo volver a la realidad. Y precisamente esa luz que lo había sacado de su ensimismamiento fue la misma que dejó entrever aquello que estaba esperando, o mejor dicho, aquella a quien estaba esperando.

No pudo evitar acercarse un poco más, incluso se le olvidó cerrar la puerta del coche, pero en ese instante todo aquello daba igual, cualquier cosa que no fuese ella no importaba en absoluto. Allí estaba ella, saliendo de detrás del faro de forma pausada con su vestido de hilo fino y un par de flores en las manos. Hasta el viento se había fijado en ella y acariciaba sus pálidos brazos con suma suavidad mientras la lluvia le daba a su agitada melena un brillo digno del mismísimo sol. Él observó las manos de la chica primero, que seguían igual de jóvenes que hacía 23 años, y después las suyas, en las que el paso del tiempo había dejado huella. Aunque sólo la veía una vez al año se dio cuenta de que seguía tan hermosa como siempre. Ella había sido la única que consiguió detener su corazón por unos instantes, después ninguna había tenido un sabor tan increíblemente dulce. Pero ella era libre, así se lo dijo el primer día que se vieron hacía ya tantos años. Era un espíritu libre que no se detenía por nada, mucho menos por nadie y como era de esperar, el mar también la quería. Él no podría igualar nunca la oferta que el mar había puesto sobre la mesa, libertad eterna y poder conocer hasta el último rincón del planeta en el que vagaban sus aguas. Algo irresistible para alguien que llevaba soñando toda su vida con aquello. Sólo había una condición, que para ser tan libre como sus aguas debía despojarse de lo único que la encarcelaba, su cuerpo. Pero a ella no le importó tal precio. Se abrazó al mar desde aquel mismo acantilado hacía ya 23 años y desde entonces él había ido a visitarla porque siempre aparecía de nuevo. Aquel año no era distinto. Ella también le vio, incluso sonrió al reconocerle, pero una vez más, la oferta del mar era demasiado tentadora. Dejó que las flores que llevaba en la mano cayeran al suelo para que el viento pudiera cuidarlas, y adelantó varios pasos para poder volver junto al mar.

Cada año que iba observaba la misma escena. Llevaba 23 años perdiéndola del mismo modo, viendo como su amada le dejaba por aquellas aguas que le ofrecían completa libertad y ni siquiera podía saber si era real todo lo que veía. Lo único cierto era que cada año aquella fecha era la única en la que la podía ver con la nitidez que durante sus sueños no encontraba. Al próximo año volvería otra vez, necesitaba tanto verla, aunque ello significase observar cómo ella se echaba a los brazos del mar, fundiéndose en un eterno abrazo del que no saldría jamás.

viernes 12 de octubre de 2007

Lágrimas de Luna

Ríos salados que nacen de verdes torbellinos,
se desplazan por rosadas montañas
y desembocan en la suavidad de una almohada.

Recuerdos que se diluyen en el café de la mañana
y para endulzarlos se añade azúcar.
Recuerdos, café y azúcar
en el mismo vaso se juntan,
pero son imposibles de mezclar.
Será por eso que nunca tomé café.

Pasa el día sin ríos,
se han vuelto invisibles
o es que nadie los quiere ver.
Remolinos sin agua
hasta que llega la próxima madrugada.

Un rayo surca el cielo,
una imagen sacude mi mente.
Fuera llueve y huele a mar.
Dentro todo es tranquilidad.
Pero la noche vuelve.

Lágrima sobre lágrima
hasta que terminó la madrugada.
Lágrima sobre lágrima
que sólo la Luna verá

Hementxe zaude

Medikuek esan zuten
jadanik ez zeundela gure artean,
baina nik somatzen zaitut
atarian,
itsasoan,
haizean.
Gauero jaitsi zara niri muxu ematera
eta hemen geratu zara loa hartu arte.
Maindireen besarkada gozoak
eta airearen laztan leunak...
badakit hortxe zaudela ezin ikusi arren.
Izarrek kontatu didate
mesedez eskatu diozula ilargiari ni zaintzeko
eta horrexegatik dagoela
han goian beti niri so.
Sartu nire ametsetan,
zaindu nazazu,
begira nazazu eta
igaro dezagun gau osoa hizketan.

miércoles 10 de octubre de 2007

Carta a la señorita Soledad

Querida Soledad:

Hace ya varios años que te presentaste en mi puerta y sin ni siquiera haberte invitado decidiste pasar y acomodarte aquí. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero aún sigues viviendo conmigo, apoderándote de mis días, de mis noches, de mi vida. Una vez más, ayer, apareciste por la noche, te quedaste hasta la madrugada e incluso te adueñaste de mi cama desde la que me mirabas con tu jocosa sonrisa. Conseguiste que confundiera con un susurro el leve viento que soplaba allá fuera, pero no, no había nadie, eras sólo tú. Llegó mi desesperación, te burlabas de mí pues ya sé que estoy perdido.

Nunca pensé que le pediría esto a nadie, pero márchate, abandóname a mi suerte sea cual sea. No puedo vivir viendo cada mañana tu figura tras de mí al limpiar el vaho del espejo. Siempre estás ahí, expectante, como si fueses una sombra y tu único cometido observarme. Cada mirada amenazante, recordándome que pasaré el resto de mis días encadenado con unos grilletes que ni siquiera tienen cerradura y haciéndome entender que jamás me libraré de ti. Y da igual que te suplique incluso de rodillas que me dejes, no importa si lo grito hasta que me tomen por loco, tú no contestas, ni pestañeas siquiera, ni un pequeño amago de mover los labios, nada.

Pero lo peor es que me has alejado de todo y todos, cada persona que conocía, cada actividad que me divertía los has reducido a la nada únicamente para encerrarme en mí mismo y así, apoderarte de mí. Sabía lo que pretendías desde el día que llamaste a mi puerta, pero poco a poco fui dejando que entraras en mí. No pretendía llegar a este punto, simplemente quería tu compañía, no la del resto y no me importaban las consecuencias. Sé que estoy pagando por ello y que me queda toda la vida para pagar mi error. Lo único que te pido es que no me acompañes a estar solo.

A partir de ahora intentaré comenzar un nuevo camino sin ti, con todos. Te abandono por siempre. Espero sinceramente que no encuentres nuevas víctimas a las que acompañar.
Saludos y hasta nunca.

domingo 7 de octubre de 2007

Cárcel de Sal

Todos los personajes y hechos de esta historia son puramente ficticios, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia......¿o no?

Tú, que desgarraste mi corazón de arriba abajo con una daga y vertiste la sangre en una copa de cristal, alzaste esa copa hacia el cielo para brindar, convirtiéndote en mi dueño y señor. Los restos de mi corazón quedaron abandonados en el frío suelo, pero no contento con eso, lo recogiste y lo encerraste en un tarro de sal para que fuese imposible que las heridas cicatrizasen. Así pues, pasaron cien días con sus cien noches mientras mi pequeño corazón seguía preso en tu cárcel de sal, lo que significaba que yo misma estaba también atada a ti. Pero un día, harta del dolor y del sufrimiento que me causaba esa situación opté por secuestrar a mi propio corazón de tus garras para poder cuidarlo y sanar sus heridas. Para ello tuve que entrar a tu castillo de oscuridad y esquivar a todas las ideas diabólicas que hacían de centinela. Y al final, allí estaba, en carne viva, en medio de una sala enorme y sin apenas poder latir, pensando que todas sus fuerzas lo habían abandonado y que lo único que le quedaba esperar era una muerte lenta al igual que dolorosa. Pero yo rompí el tarro, llena de ira, odio y lágrimas al ver mi corazón en ese estado. Lo envolví en las mantas de mi cariño y dejé que descansara en una cajita de cerámica durante varios siglos. Cada noche podía oír a mi corazón profiriendo gritos de dolor y sufrimiento por todas las cosas que había pasado. Resultó que mi pequeño corazón lloro durante mil inviernos sin parar, pero esas lágrimas no fueron en vano. Cada una de ellas desgastaba el nombre que tenía grabado a fuego desde hacía tanto, tu nombre, hasta que al final, no quedó rastro de él sobre mi piel, lo que indicaba que todos y cada uno de los grilletes que me encadenaban ya no existían. En ese momento juré que no volverían a existir jamás. Así que pasados los inviernos sólo podían venir las nuevas primaveras que alegrarían a un pequeño corazón malherido como el mío, que ahora vuelve con suficientes fuerzas como para querer seguir navegando por el ancho océano, guiado por las ganas de encontrar un norte nunca antes hallado.

Arden los molinos de la locura

En principio este título iba a dar lugar a un poema, pero me acordé que escribir poesía no es lo mío y que se me da mejor la prosa. Puede que en varias ocasiones parezca un texto demasiado lento y descriptivo, estoy de acuerdo, pero todo tiene su porqué. Así pues, aquí está el relato que nació con la idea de ser un poema, pero que al final no lo fue.


Una noche helada y oscura, el cielo amenazaba con verter toda el agua de los océanos sobre la tierra, una figura se acercaba desde la lejanía. Nuestro viajero llevaba recorrido un largo camino, paso tras paso, sin un solo descanso y tampoco se iba a detener ahora que había entrado por fin en La Mancha. Encorvado y con una tela que cubría todo su rostro y gran parte de su cuerpo, llevaba en una mano lo que al parecer era una antorcha improvisada. Era la única fuente de calor que había en varios kilómetros. En la otra, aferraba con todas sus fuerzas un viejo libro de hojas amarillentas y cuya cubierta se desmenuzaba fácilmente. Al cabo de unos instantes aparecieron a su lado otras cuatro figuras de idénticas características, portando también una llama sobre sus antorchas. Siguieron caminando sin hablar una sola palabra entre ellos. Todos tenían el mismo propósito, un mismo destino que conseguirían al fin llevar a cabo aquella noche. Llegaron a un pequeño pueblo en el que incluso las piedras dormían. Los cinco encapuchados atravesaron el pueblo en sumo silencio, andando tan sigilosamente que cualquier persona que hubiese estado despierta a aquellas horas de la madrugada hubiese jurado ver a cinco figuras flotando por las calles. El lugar al que iban quedaba algo más lejos de aquella pequeña aldea, por eso continuaron caminando hasta dejarla atrás. Por fin divisaron su objetivo. Allá a lo lejos podían ver los inmensos molinos de piedra que habían venido a buscar. Hacía ya muchos años que nadie entraba en ellos, cuando los dejaron abandonados solían entrar chavales a jugar, pero algunos mayores del pueblo lo consideraban demasiado peligroso dado el estado de los molinos y por eso decidieron tapiar la puerta. Pero a la llegada de nuestros viajeros, aquellas maderas que impedían el paso al interior se encontraban en el suelo. Pronto se dieron cuenta de que no estaban solos en aquel lugar. Sin previo aviso comenzaron a aparecer miles de sombras que se acercaban a las cinco figuras. Cada una de ellas bailaba una danza lenta a causa de las antorchas que llevaban en la mano. Fueron acercándose más y más hasta que las sombras dieron paso a figuras, éstas también encapuchadas. Parecía una reunión de antiguos compañeros, sólo que nadie allí se conocían, eran todos como hermanos a los que había que tratar con respeto, pero nadie mandaba sobre los demás. Flotando suavemente sobre la hierba rodearon los tres molinos de piedra. Visto desde el cielo se podría apreciar un círculo de fuego enorme con tres torreones en su interior. De ese mismo cielo comenzaron a caer algunas gotas de lluvia y a sonar en la lejanía algunos truenos débiles que poco a poco se iban acercando. El sonido de las gotas se asemejaba al de miles y miles de agujas golpeándose una contra la otra que intentaban por todos los medios posibles apagar las llamas de las antorchas. Pero no lo conseguían. Cada vez que una pequeña gota de agua golpeaba el fuego, éste se tornaba azul por unos instantes. Los numerosos componentes del círculo ni se inmutaron ante semejante fenómeno, siguieron en pie, expectantes, sin importarles el tiempo que llevaban allí, ni la lluvia que cada vez era más copiosa. De repente una de las figuras abrió el libro que llevaba en la mano y, como si les hubiesen dado una señal, comenzaron todos a entonar unos fragmentos de aquel antiguo libro. Sus voces fueron incrementando en volumen, tanto que llegaron a oírse en el pueblo que habían dejado atrás, tanto que quebró el sueño de muchos de los vecinos y empezaron a verse varias luces prendidas en sus casas. Pero para cuando los vecinos se percataron de lo que pasaba en los molinos ya era demasiado tarde, no llegarían a tiempo de impedirlo. La lluvia llegó a ser tan abundante que el círculo de fuego no recuperó su color rojizo y cuando la última de las llamas se tornó azul, surcó el cielo una luz cegadora seguida por un estruendo que acalló las voces de las figuras. Había llegado el momento. Alzaron sus antorchas y las lanzaron por las ventanas y las puertas al interior de los molinos. Sorprendentemente, los tres molinos comenzaron a arder muy rápido desde dentro. Ya no había vuelta atrás. Pese a que muchos de los vecinos habían salido de sus casas y se habían acercado hasta la procedencia de aquel misterioso canto, no podrían detener lo que ya había comenzado. La mayoría eran ancianos que llevaban viviendo allí desde mucho antes de que se cerraras aquellos torreones, por eso ellos eran los que reflejaban pánico en sus caras, profundo terror a lo que vendría después de este inesperado acontecimiento. Eran los mismos ancianos que habían dado orden de sellar los tres antiguos molinos, los únicos que sabían sus secretos. Pero ya era hora de liberarlos y que el mundo los absorbiese. Los molinos seguían ardiendo y ni la torrencial lluvia era capaz de apagarlos. Una columna de humo negro se aproximaba cada vez más al cielo, hasta que cambió bruscamente de dirección. Comenzó a expandirse hacia el pueblo. Entraba por todas las puertas, ventanas y resquicios que hubiese, sin ser siquiera invitado. Cada uno de lo habitantes inhaló parte de aquel humo sin darse cuenta, tanto niños como ancianos, no podría librarse nadie. La nube de humo siguió su camino y pronto llegó a todos los rincones del planeta. El mundo ya estaba infectado. Poco a poco el círculo y sus componentes se fueron desvaneciendo, ya había cumplido su cometido, nada les retenía allí. Habían sido lo guardianes de la caja de Pandora durante mucho tiempo, demasiado quizá y ahora, al igual que su primera guardiana, habían decidido abrirla al mundo y expandir todo su mal, toda su locura.

Cuaderno de Bitácoras

Soy el capitán de una pequeña embarcación de madera que navega sin rumbo por el mar del olvido. La brújula dejó de señalar el norte, el camino correcto…pero a fin de cuentas, ¿qué es lo correcto? Hace varios años que es sol ya no sale, quiere impedir que sea capaz de encontrar mi ubicación y que pueda divisar algún continente, viejo o nuevo ¿qué más da?, en el que poder labrar algo que algún día llamaré presente. Pero ahora aquí estoy recostado en mi bote con un cuaderno al que, en principio, debería de contarle todos los movimientos de mi travesía, pero que como ni siquiera sé dónde estoy, a dónde llegaré o qué rumbo tomar, prefiero contarle mis horas muertas en las que nunca es de día ni de noche porque no hay ni sol ni luna, sólo oscuridad. Sé que al terminar cada página la arrojaré al mar para que su tinta se pierda en las profundidades y forme parte del pasado.

Las aguas han empezado a agitarse. Algo, seguramente alguien, tendrá la culpa de desatar tal tormenta. Se oyen truenos y noto lo que podría ser lluvia, aunque no estoy seguro de si son gotas de lluvia o si el mar entero está cayendo sobre mí. Las olas son cada vez más grandes, ya no se conforman sólo con conseguir que mi embarcación esté más perdida de lo que ya estaba, no, ahora prefieren golpearla violentamente. Tanto es así, que el bote de madera acaba volcando y yo comienzo mi propio viaje hacia el fondo del mar.

No puedo respirar, pero siento que tampoco me estoy ahogando. Simplemente mi cuerpo se va alejando de la superficie y yo casi ni soy consciente de ello. Ahí está mi cuaderno, metros más arriba que yo. Baja despacio y sin ninguna prisa mientras cada palabra que en él había escrita va desapareciendo. La tinta ni siquiera ha dejado una pequeña huella en el mar, nada, es como si las palabras nunca hubiesen sido escritas y por lo tanto, no podrán ser recordadas. Y yo aquí sigo hundiéndome en aguas llenas de imágenes antiguas y sonidos confusos, sabiendo que me espera el mismo destino que a mi compañero de papel.

Quizá hubiese preferido vivir estos últimos tiempos en el continente, aunque sé que los que mueren allí, en el presente, no lo hacen sobre un lecho de rosas tal y como lo solemos imaginar, sino que esas rosas cuenta a su vez con millones de espinas. Y cuando llega tu hora te ves allí tumbado sobre rosas rojas mientras que sus espinas te rasgan la piel con cada pequeño movimiento que hagas. Así, gracias a esa sangre, las rosas ganan brillo y tú pierdes la vida. No los envidio, no es una muerte dulce morir en ese continente. El mar es más suave, te arrastra con más tacto hacia las profundidades del olvido. Ves imágenes y sonidos que incluso tú no recordabas y te das cuenta que acabarás igual, que a medida y bajas el recuerdo que había sobre tu persona en otros va disminuyendo, hasta que alcanzas el fondo y desapareces por completo del presente.

Yo sigo cayendo, aunque ahora tengo compañía. Antiguos fantasmas que pasaron por mi vida, ahora están aquí a mi lado en forma de sombras. Quieren que vaya con ellos, que siga el camino hacia el fondo, que no pueda regresar nunca a mi embarcación. Me han cogido del brazo, de las piernas y me arrastran con ellos. No opongo resistencia, al fin y al cabo, esto es mi muerte, acabar en el olvido.

As de Picas

Los lectores de este texto han de saber que cuatro son las damas que custodian la baraja francesa: la del Amor, la de la Suerte, la del Dinero y La dama de la Muerte.


Viernes de madrugada, un bar cualquiera y él próximo a la barra apurando su copa. Nadie reparaba en él en aquel lugar, era un tipo normal, uno más de los que acababa allí metido cada noche. “Póngame algo fuerte” habían sido sus únicas palabras dirigidas al camarero con voz grave y fría. Llevaba en el local cerca de hora y media con una sola consumición y sin hacer demasiado caso a todas las conversaciones que se podían oír a su alrededor. No le interesaban en absoluto. En realidad, nada de lo que pudiese ocurrir allí le importaba lo más mínimo. El vaso continuaba en su mano pese a que hacía rato que estaba vacío. Lo posó cuidadosamente sobre la madera barnizada de la barra, sacó un billete que dejó con desgana al lado del vaso de cristal y sin esperar el cambio salió de aquel antro con su gabardina marrón y su sombrero. Empezó a caminar por las calles desiertas de la ciudad. Todo estaba en silencio, todo era tranquilidad. Las farolas apenas iluminaban la calle, aunque tampoco había mucho que ver. Al de cierto rato se le acercó una señorita, de ésas que ofrecen su compañía a cambio de una cartera llena. Posiblemente cualquier otra noche hubiese gastado sus billetes en ella, pero aquella noche no. Aquella noche sólo tendría la compañía de una dama, no tenía prisa por llegar a su encuentro, pero tampoco se podía demorar mucho, a fin de cuentas no está bien visto hacer esperar a una dama. Continuó andando hacía su destino, pero se dio cuenta de que aún le faltaba un buen trecho para llegar, por eso palpó sus bolsillos. Intentaba encontrar un paquete de cigarrillos para poder llevarse uno a la boca, pero no estaba allí el paquete. Pensó que lo más probable es que se lo hubiese olvidado en el bar. Pero halló otra cosa, algo más...interesante: una baraja francesa, de haber jugado un par de partidas al póquer la noche anterior. Comenzó a pasar las cartas, cada vez con más ansia, hasta que allí la encontró. La única carta que le interesaba. El As de Picas: su dama. Dejó caer el resto de la baraja sin hacer mucho caso de dónde caía cada una de las cartas que la componían. Pero el As permaneció en su mano, más imponente que nunca. Guardó la carta en el bolsillo de la camisa y se apresuró para llegar por fin a tan esperado encuentro. Sus últimos pasos fueron casi corriendo, hasta que se paró en seco y sonrió. Tenía ante él un puente que pasaba por el río más largo de la ciudad. Reposó los antebrazos en la baranda mirando primero al agua y después al cielo. Estaba allí por una razón: encontrarse con lo único que le ayudaría a vencer en su guerra. Sacó la carta del bolsillo, subió a la baranda y extendió los brazos intentando mantener el equilibrio. En ese momento sintió la presencia de su dama, su espera había acabado. Cerró los ojos, sonrió al cielo con aire triunfal y dio un paso al frente. Su cuerpo se precipitó hacia el agua y durante la caída su sombrero se desprendió de su cabeza. Pero no le importó porque su enemigo era el Tiempo y su aliada la Muerte.

Carta de presentación

Mediante esta primera entrada quisiera darle la bienvenida a cualquiera que haya comenzado a leer este blog, bien sea de manera premeditada o accidental. Puede que esta presentación vaya a ser un tanto atípica, puesto que dudo que en algún momento escriba datos sobre mí. No creo que eso ayude a nadie a saber de mí, pero sí lo harán cada escrito, frase incluso palabra que aquí exponga, ya que salen de mí misma. En este blog podréis leer principalmente prosa, aunque quizá de vez en cuando os topéis con algo parecido a un poema. Respecto al idioma, he de decir que por lo general será el castellano y en menor medida el euskera, pero que nadie se alarme si un día encuentra algo también en inglés. Por último les invito a que dejen sus críticas tanto constructivas como destructivas, todas ellas serán bienvenidas. Espero que disfruten leyendo este blog tanto como yo escribiéndolo.